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Lección 4: Para el 25 de octubre de 2025

Lee Éxodo 2:23-25 12:12, 13 15:3-11. ¿Qué significa el hecho de que Dios es un guerrero? (Jos. 1:7).
Durante su prolongada permanencia en Egipto, los israelitas olvidaron al Dios verdadero de sus antepasados. Como demostraron muchos episodios de su peregrinar por el desierto, su conocimiento del Dios de Abraham, Isaac y Jacob se había desvanecido y habían incorporado **elementos paganos** en sus prácticas religiosas (ver Éxo. 32:1-4).
Cuando el pueblo de Israel clamó al Señor bajo la opresión de los egipcios (Éxo. 2:23-25), el Señor intervino en su favor en el momento oportuno. Sin em- bargo, el conflicto descrito en los primeros 12 capítulos de Éxodo fue mayor que una simple lucha de poder entre Moisés y el faraón. Según la ideología bélica del antiguo Cercano Oriente, los conflictos entre pueblos se consideraban, en última instancia, **conflictos entre sus respectivos dioses**. Éxodo 12:12 declara que el Señor ejecutó su juicio no solo sobre el faraón, sino también sobre los **dioses de Egipto**, esos poderosos demonios (Lev. 17:7; Deut. 32:17) que estaban detrás del poder opresor y del injusto sistema social de Egipto.
Dios está en guerra con el pecado y no tolerará este conflicto para siempre (Sal. 24:8; Apoc. 19:11; 20:1-4, 14). Todos los ángeles caídos, así como los seres humanos que se han identificado definitiva e irrecuperablemente con el pecado, serán destruidos. A la luz de esto, las batallas contra los habitantes de Canaán deben ser percibidas como una etapa previa de este conflicto que alcanzaría su clímax en la cruz y su consumación en el juicio final, cuando la justicia y el carácter amoroso de Dios serán vindicados.
La destrucción total de los cananeos debe ser comprendida a partir de la cosmovisión bíblica, en la que Dios es parte de un **conflicto cósmico** con los exponentes del mal en el universo. En última instancia, lo que está en juego es la reputación y el carácter de Dios (Rom. 3:4; Apoc. 15:3).
Desde que el pecado ingresó a la existencia humana, nadie puede perma- necer en terreno neutral. Solo es posible estar **del lado de Dios o del lado del mal**. En vista de este trasfondo, la erradicación de los cananeos debe ser vista como un anticipo del juicio final.
La realidad de la gran controversia solo permite optar por uno de los dos bandos. ¿Cómo saber de qué lado se está realmente?
El ejército hebreo marchó en perfecto orden. Primero fue un grupo selecto de **hombres armados**, ataviados con sus uniformes de guerra, no para ejercitar su destreza con las armas, sino solo para creer y obedecer las instrucciones que se les daban. A continuación, **siete sacerdotes con trompetas**. Luego venía el **arca de Dios**, reluciente de oro, con un halo de gloria sobre ella, llevada por sacerdotes con sus ricas y peculiares vestiduras que denotaban su oficio sagrado. El vasto ejército de Israel los seguía en perfecto orden, cada tribu bajo su respectivo estandarte. Así rodearon la ciudad con el arca de Dios. No se oía ningún sonido salvo los pasos de aquel poderoso ejército y la solemne voz de las trompetas, que resonaban en las colinas y por toda la ciudad de Jericó.
Con asombro y alarma, los centinelas de aquella ciudad condenada observaban cada movimiento e informaban a las autoridades. No podían comprender el significado de todo este despliegue. Algunos ridiculizan la idea de que la ciudad fuera tomada de esta manera, mientras que otros se sobrecogen al contemplar el esplendor del arca y la solemne y digna apariencia de los sacerdotes y el ejército de Israel que la seguía, con Josué a la cabeza. Recuerdan que el Mar Rojo, cuarenta años antes, se abrió ante ellos, y que acababan de prepararles un paso a través del río Jordán. Están demasiado aterrorizados como para jugar. Mantienen **estrictamente cerradas las puertas de la ciudad**, y guerreros poderosos custodian cada puerta.
Durante **seis días**, los ejércitos de Israel dieron la vuelta a la ciudad. El **séptimo día** rodearon Jericó siete veces. Se ordenó al pueblo, como de costumbre, guardar silencio. Solo se oiría el sonido de las trompetas. El pueblo debía observar, y cuando las trompetas dieran un toque más largo de lo habitual, todos debían gritar a viva voz, pues Dios les había dado la ciudad. Y aconteció que al séptimo día se levantaron temprano al amanecer y rodearon la ciudad de la misma manera siete veces; solo que ese día la rodearon siete veces. Y aconteció que a la séptima vez, cuando los sacerdotes tocaron las trompetas, Josué dijo al pueblo: «¡Gritad! ¡Porque el Señor os ha entregado la ciudad!». Y el pueblo gritó cuando los sacerdotes tocaron las trompetas; y aconteció que cuando el pueblo oyó el sonido de la trompeta y gritó a gran voz, **la muralla se derrumbó**, y el pueblo subió a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron.
Dios quería mostrar a los israelitas que la conquista de Canaán **no les debía atribuirse a ellos**. El Capitán del ejército del Señor conquistó Jericó. Él y sus ángeles participaron en la conquista. Cristo ordenó a los ejércitos celestiales que derribaran los muros de Jericó y prepararan la entrada para Josué y los ejércitos de Israel. En este maravilloso milagro, Dios no solo fortaleció la fe de su pueblo en su poder para someter a sus enemigos, sino que reprendió su incredulidad anterior.
Jericó había desafiado a los ejércitos de Israel y al Dios del cielo. Y al ver al ejército de Israel marchar alrededor de su ciudad una vez al día, se alarmaron; pero al contemplar sus fuertes defensas, sus firmes y altas murallas, estaban seguros de que podrían resistir cualquier ataque. Pero cuando sus firmes murallas se tambalearon repentinamente y cayeron con un estruendo impactante, como el retumbar del trueno más fuerte, quedaron paralizados por el terror y no pudieron oponer resistencia.
— La Historia de la Redención, págs. 179-181.
Juan 8:54-58
1 Corintios 1:26-29
26 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia.