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  • COMPLEMENTARIO - - CAPÍTULO 8
    EL DIOS DEL PACTO

    Texto bíblico para el estudio: Éxodo 19:1-20:20

    Tras dos meses de viaje, los israelitas llegaron al monte Sinaí, donde Dios había prometido a Moisés que Israel le adoraría. De acuerdo con el cumplimiento de la predicción divina, Moisés tendría la seguridad de que Dios realmente estaba con él y guiando a los israelitas: "Ve, porque yo estaré contigo. Y esto te servirá de señal de que yo te envío: cuando hayas sacado a este pueblo de Egipto, servirán a Dios en este monte" (Éxo. 3:12). Israel permaneció allí casi un año (menos diez días; comparar Éxo. 19:1 y Núm. io:n). Es significativo que el Señor los instruyera en el Sinaí acerca de quién era él y de cómo mantener una relación significativa con él. Llevó a los israelitas a esta magnífica maravilla natural para profundizar su relación con ellos y ayudarles a crecer espiritualmente. Este alto en el camino fue muy significativa para el viaje de los israelitas a la Tierra Prometida.

    EL DIOS DE LA RELACIÓN

    Nunca se insistirá lo suficiente en el profundo deseo de Dios de tener una relación estrecha, de confianza y de amor con su pueblo. Él creó a los seres humanos con ese propósito,1

    ' Ver mis artículos: "The Sabbath ¡n the First Creation Account", Journal of the Adventist Theological Society 13.1 (2002), pp. 55-66; y "Origin of Sin and Salvation According to Genesis 3: A Theology of Sin", en Salvation: Contours

    y anhelaba que esa comunión se desarrollara en el Sinaí. Por eso declaró: "Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí" (Éxo. 19:4). Dios no solo estaba llevando a Israel a un lugar específico, sino que también procuraba a través de ello alimentar una profunda conexión entre su pueblo y él. Toda la congregación había sido testigo de las poderosas intervenciones de Dios en su favor. Ya habían experimentado su gracia a través de su liberación de Egipto, y ahora su misericordia les comunicaría una mayor y mejor comprensión acerca de él y de su verdad. Las acciones del Señor revelaban sus valores y lo que él representa. Sus juicios contra los dioses egipcios expresados mediante las diez plagas demostraron cómo la idolatría destruye todo lo que tiene sentido, todo lo bello, bueno y relevante en la vida. Israel ya había gustado la bondad de Dios al verle derrotar al experimentado ejército egipcio y por la manera como satisfizo sus necesidades cotidianas a través de los milagros del agua, las codornices y el maná. Todos los cuidados del Señor tenían el objeto de enseñarles que él era su Dios, que podían confiar en él, y que les ayudaría a comprender y abrazar sus enseñanzas y a acercarse a él, dando lugar a una relación personal e íntima.

    En Éxodo 19 y 20 se destaca la presencia de Dios, cuya intención era establecer una relación de pacto con los israelitas. En el Sinaí, Dios les reveló su carácter por medio del Decálogo, que encarna los diez principios fundamentales de su reino de amor.

    El relato del Sinaí es el más extenso del Pentateuco, ya que abarca los acontecimientos y la legislación registrados en el resto del libro de Éxodo (caps. 19-40), de todo el libro del Levítico (caps. 1-27) y de la primera parte del libro de Números (1:1-10:10). Esto significa que es la parte central de los cinco libros de Moisés y la más significativa. En el Sinaí sucedieron acontecimientos cruciales: Dios estableció la alianza entre él y su pueblo, entregó el Decálogo, describió la construcción del Tabernáculo y sus servicios, y dio las instrucciones necesarias acerca de cómo vivir

    0/Adventist Soteriology, ed. Martin F. Hanna, Darius W. Jankiewicz y John W.

    Reeve (Berrien Springs, MI: Andrews University Press, 2018), pp. 127,128.

    y servirle adecuadamente. La presencia de Dios está relacionada con sus bendiciones: "Donde yo establezca la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré" (Éxo. 20:24).

    EL PACTO CON DIOS

    En el Sinaí, Dios estableció su pacto con Israel, su pueblo, tras lo cual se ocupó de la relación con ellos. El pacto es el establecimiento legal de la relación entre Dios y su pueblo. Puesto que anhelaba una conexión genuina con ellos, los llevó al Sinaí para que entraran en una relación especial con él. Dios condescendió al nivel del pueblo y proclamó que quería legalizar su relación, asegurándoles así su amor, su cuidado y su cercanía.

    El Señor les concedió allí un estatus asombroso: "Si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, ustedes serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y ustedes serán mi reino de sacerdotes y gente santa" (Éxo. 19:5,6). El triple ofrecimiento divino es excepcional. Toda la congregación constituiría lo siguiente para él: (1) Un tesoro especial; es decir, todos pertenecerían al Señor, cultivarían una relación personal con él y tendrían un lugar único en su corazón. (2) Un reino de sacerdotes, lo que significa que no solo ocuparían una posición de realeza en la familia de Dios, sino que también tendrían un estatus sacerdotal de acuerdo con el concepto bíblico posterior del sacerdocio de todos los creyentes (ver 1 Ped. 2:5,9; Apoc. 1:6; 20:6). (3) Una nación santa. En otras palabras, un pueblo escogido y totalmente dedicado al Señor como ninguna otra nación en el mundo, lo que los convertiría en un modelo de santidad para los demás.

    LA INVITACIÓN ESPECIAL DE DIOS

    Dios convocó a toda la congregación de Israel a reunirse con él en el monte Sinaí. Permitió esta cercanía con condiciones especiales: el pueblo debía prepararse para ello durante dos días enteros, ya que solo las personas santificadas, consagradas, santas, pueden entrar en la presencia de Dios y vivir. En tal sentido, el Señor instruyó al pueblo de la siguiente manera por medio de Moisés: "Señala límite alrededor del monte, y diles: 'Guárdense, no suban al monte ni toquen su límite. El que toque el monte, de seguro morirá. Ninguna mano lo tocará, porque, si no, será apedreado o asaeteado. Sea animal o sea hombre, no vivirá'. Cuando el cuerno suene largamente, se acercarán al monte" (Éxo. 19:12,13; énfasis añadido). Lamentablemente, los intérpretes suelen oscurecer el significado de la primera parte de estos versículos clave cuando subrayan que el pueblo no podía subir a reunirse con el Señor, olvidando que esta disposición se refería solo a los días de preparación, durante los cuales el pueblo debía consagrarse por completo al Señor.

    La parte central del versículo 12 también puede traducirse del siguiente: "Tengan cuidado al subir a la montaña y al tocar su perímetro". Es cierto que la sintaxis de esta frase es ambigua, pero la idea principal queda clara cuando se interpreta junto con el versículo 13. La prohibición está relacionada con los dos días de preparación durante los cuales Israel debía consagrarse a Dios de manera adecuada y completa para encontrarse con él en el monte. Debían estar limpios física y espiritualmente. "Moisés descendió del monte, santificó al pueblo y lavaron sus vestimentas" (vers. 14). Independientemente de cómo sea interpretado el versículo 12, la invitación de Dios queda clara al final del versículo 13: "Cuando suene largamente la bocina, subirán al monte" (RVR1960). La forma del verbo hebreo traducido como "subirán" implica autorización, consentimiento: "Pueden subir", o una orden según otros: "Suban".

    En la mañana del tercer día, Dios descendió sobre el monte Sinaí con un despliegue abrumador de su gloria, majestad y soberanía. Todas las características esenciales de una teofanía o manifestación divina estaban presentes: truenos, relámpagos, terremoto, densas nubes, sonido de trompeta, humo y fuego. Entonces Dios pronunció las "diez Palabras", sus Mandamientos, o, mejor dicho, sus "diez Promesas" (Éxo. 20:1-17).

    Cuando el pueblo experimentó la imponente y majestuosa presencia de Dios, sintió un gran temor (vers. 18) y se negó a ascender. "Se quedaron al pie del monte" a pesar de que "Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios" (Éxo. 19:17). Estaban tan aterrorizados que pidieron a Moisés que les hablara en lugar de Dios (Éxo. 2o:r8, rg). De esa manera, Moisés se convirtió en su mediador, y el pueblo perdió su mayor oportunidad de encontrarse personalmente con el Señor.

    Cuarenta años después, Moisés recordó esta triste situación y comentó: "Yo estaba entonces entre el Señor y ustedes, para comunicarles su palabra; porque ustedes tuvieron miedo del fuego y no subieron al monte" (Deut. 5:5). ¡Qué oportunidad perdieron de desarrollar su amor, su obediencia y su respeto reverente para con Dios cuando él descendió para ayudarlos e instruirlos a fin de que no pecaran! (Éxo. 20:20).

    Éxodo 19 y 20 constituyen una base sólida para la parte teológica y didáctica de la revelación de Dios en el libro de Éxodo debido al establecimiento del pacto y al don del Decálogo.

    El Decálogo es la primera legislación del Pentateuco y en ella encuentran sus raíces todas las demás leyes de la Biblia. Estas diez Palabras (en hebreo 'aseret haddevarim; ver Éxo. 34:28; Deut. 4:13; 10:4), también llamadas "el testimonio" (Éxo. 31:18) o "las palabras del pacto" (Éxo. 34:28), forman parte de la alianza que Dios estableció con su pueblo. El estudio diligente de la Biblia muestra que los capítulos 19 a 24 constituyen una unidad literaria que va desde el establecimiento del pacto entre Dios e Israel hasta la confirmación de ese pacto. En medio están el Decálogo y el código del pacto, junto con la garantía de Dios de que guiaría a su pueblo a la Tierra Prometida.

    MOISÉS COMO SERVIDOR DEL PACTO

    Moisés era el servidor del pacto, quien ampliaba la relación entre el Señor y su pueblo y explicaba las obligaciones que se derivaban de ella. Dios destacó el hecho de que, si los israelitas le obedecían, los bendeciría abundantemente. La respuesta inicial de Israel a la iniciativa de Dios fue positiva: "Haremos todo lo que el Señor ha dicho" (Éxo. 19:8). Lamentablemente, confiaban demasiado en sus propias fuerzas y no se daban cuenta de lo corrupta que es la naturaleza pecaminosa del ser humano. Deberían haber respondido: "Por la gracia de Dios y con su ayuda, haremos todo lo que el Señor ha dicho". Del mismo modo, antes de que Josué muriera, cuando estaba renovando el pacto entre el Señor e Israel, los israelitas prometieron a Josué que seguirían al Señor. Aun así, Josué declaró sin rodeos: "No podrán servir al Señor" (Jos. 24:19). Solo el poder del Espíritu Santo da a los creyentes la fuerza y la capacidad para obedecer al Señor de todo corazón y con alegría (Eze. 36:26, 27; Gál. 5:22).

    El formato o estructura de los pactos bíblicos refleja los tratados hititas entre soberanos y vasallos. Basándose en los estudios de estos tratados, los eruditos bíblicos reconocen que los pactos bíblicos tienen varias partes:

    1. Preámbulo: presenta al Señor soberano, dice quién es.

    2. Prólogo histórico: define la relación pasada entre el Señor y su pueblo.

    3. Estipulaciones: presenta leyes que deben ser observadas.

    4. Bendiciones y maldiciones: define claramente los privilegios resultantes de la obediencia o lealtad y las consecuencias de la deslealtad o rebelión, por ejemplo: Lev. 26 y Deut. 27-30.

    5. Testigos del acuerdo entre las partes.

    6. Disposiciones especiales o señales del pacto.1

    La Biblia registra varios ejemplos de este tipo de convenios: el Decálogo (Éxo. 20:1-17); todo el libro del Deuteronomio, que está estructurado de acuerdo con las partes de un pacto;5 y Josué 24, donde el pacto se renueva bajo el liderazgo de Josué (dividido en seis partes: 24:2; 2b-i3; 14-18; 19-21; 22-24; 25-27).

    Por medio de Moisés, Dios recordó a Israel que las condiciones de su pacto con ellos eran siempre las mismas: obediencia continua y permanencia en una relación vibrante con él (Éxo. 19:5).

    El apóstol Pedro utiliza esta exhortación divina a Israel cuando dice a los cristianos que ahora han sido llamados de las tinieblas a la luz, de una vida pecaminosa a Cristo, para ser "linaje elegido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Ped. 2:9).

    MOTIVACIONES

    Las motivaciones de nuestras acciones son cruciales. Dios evalúa nuestro comportamiento en base a ellas: "No estima Dios a los hombres por su fortuna, su educación o su posición social. Los aprecia por la pureza de sus móviles y la belleza de su carácter. Se fija en qué medida poseen el Espíritu Santo y cuánto de semejanza divina revela su vida. Ser grande en el reino de Dios es ser como un niñito en humildad, en sencillez de fe y en pureza de amor".2 Las grandes preguntas son siempre: ¿Por qué servimos a Dios? ¿Qué nos lleva a la obediencia?

    EL DON DEL DECÁLOGO

    La ley de Dios es un reflejo de su carácter (Rom. 7:12). Es buena, justa y sabia como él. El Decálogo revela lo que el Señor valora y lo que aborrece. Si son respetados, los mandamientos obran en nuestro favor y garantizan nuestra felicidad y nuestro crecimiento personal, interpersonal y espiritual. Solo dentro de los límites de la ley de Dios se encuentra la libertad, la satisfacción y la creatividad.

    La ley de Dios solo puede ser vivida y disfrutada por personas salvadas, ya que la gratitud por el don de la salvación las motiva a pedir a Dios que su Espíritu las ayude a vivir en armonía con sus enseñanzas. No guardamos los mandamientos de Dios para ser salvos, sino porque somos salvos. Dios concede sus leyes a las personas redimidas porque solo estas pueden obedecerle gracias a que él obra en ellas por el poder de su gracia, su Palabra y su Espíritu.

    Los mandamientos de Dios son las promesas que nos hace y nos informan lo que Dios puede hacer por nosotros si se lo permitimos. Él nos imparte su estilo de vida permanente y seguro cuando confiamos no en nuestro propio poder, sino en su capacidad de ayudarnos y guiarnos para experimentar una vida victoriosa.

    El amor es el resumen de la ley de Dios. Este principio fundamental de la vida y base del gobierno divino puede sintetizarse, a su vez, en dos mandamientos básicos: (r) Amar a Dios, lo cual es explicado perfectamente en Deuteronomio 6:5; y (2) amar al prójimo, según se expresa en Levítico i9:r8. Toda la ley encuentra su cumplimiento solo en el amor (Rom. T3:io; cf. Gál. 5:6). El capítulo r3 de 1 Corintios contiene la mejor explicación acerca de lo que en verdad constituye el amor genuino y de cuán importante es en nuestras vidas.

    Jesús declaró que el resumen de la ley y los profetas consiste en el siguiente estilo de vida práctico: "Así, todo lo que quieran que los hombres les hagan, háganlo también ustedes a ellos. Esta es la ley y los profetas" (Mat. 7:12).

    El preámbulo del Decálogo es la sección más importante y debe ser aplicado no solo como principio general a todo el Decálogo, sino a cada mandamiento: "Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de casa de servidumbre" (Éxo. 20:2).

    La primera sección del Decálogo describe nuestro respeto para con Dios, y la segunda, nuestro respeto al prójimo:

    1. Respeto por una relación exclusiva con el Señor.

    2. Respeto por una relación personal y única con él.

    3. Respeto por el nombre de Dios y su carácter de amor.

    4. Respeto por el sábado; es decir, por el tiempo sagrado y la comunión con Dios.

    5. Respeto para con los progenitores, ya que la relación entre padres e hijos es la primera de la vida y su núcleo.

    6. Respeto por el carácter sagrado de la vida, nacida o por nacer.

    7. Respeto por el matrimonio y la familia, así como por la pureza y la integridad moral.

    8. Respeto por la propiedad ajena, ya sea material, intelectual o espiritual.

    9. Respeto por la reputación de todas las personas en todas las esferas de la vida cotidiana y en oposición a cualquier forma de calumnia,

    10. Respeto propio: no debemos dar cabida en nuestro corazón a pensamientos o deseos que nos degraden y nos aparten de Dios.


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