Con los lomos ceñidos, las sandalias calzadas, y el bordón en la mano, el pueblo de Israel permanecía en silencio reverente, y sin embargo expectante, aguardando que el mandato real les ordenara ponerse en marcha. Antes de llegar la mañana, ya estaban en camino. Durante el tiempo de las plagas, ya que la manifestación del poder de Dios había encendido la fe en los corazones de los siervos y había infundido terror en sus opresores, los israelitas se habían reunido poco a poco en Gosén; y no obstante lo repentino de la huida, se habían tomado ya algunas medidas para la organización y dirección de la multitud durante la marcha, dividiéndola en compañías, bajo la dirección de un jefe cada una.
Y salieron "como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños. Y también subió con ellos grande multitud de diversa suerte de gentes." Éxodo 12:34-39. Esta multitud se componía no sólo de los que obraron movidos por la fe en el Dios de Israel, sino también de un número mayor de individuos que trataban únicamente de escapar de las plagas, o que se unieron a las columnas en marcha por pura excitación y curiosidad. Esta clase de personas fué siempre un obstáculo y un lazo para Israel.
El pueblo llevó consigo también "ovejas, y ganados muy muchos." Estos eran propiedad de los israelitas, que nunca habían vendido sus posesiones al rey, como lo habían hecho los egipcios. Jacob y sus hijos habían llevado su ganado consigo a Egipto, y allí había aumentado grandemente. Antes de salir de Egipto, el pueblo, siguiendo las instrucciones de Moisés, exigió una remuneración por su trabajo que no le había sido pagado; y los egipcios estaban tan [287] ansiosos de deshacerse de ellos que no les negaron lo pedido. Los esclavos se marcharon cargados del botín de sus opresores.
Aquel día completó la historia revelada a Abrahán en visión profética siglos antes: "Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré
yo; y después de esto saldrán con grande riqueza." Génesis 15:13, 14; véase el Apéndice, nota 6. Se habían cumplido los cuatrocientos
años. "En aquel mismo día sacó Jehová a los hijos de Israel de la
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tierra de Egipto por sus escuadrones." Exodo 12:40, 41, 51. Al salir de Egipto los israelitas llevaron consigo un precioso legado: los huesos de José (véase Exodo 13), que habían esperado por tanto tiempo el cumplimiento de la promesa de Dios, y que durante los tenebrosos años de esclavitud habían servido a manera de recordatorio que anunciaba la liberación de los israelitas.
En vez de seguir la ruta directa hacia Canaán, que pasaba por el país de los filisteos, el Señor los dirigió hacia el sur, hacia las orillas del mar Rojo. "Porque dijo Dios: Que quizá no se arrepienta el pueblo cuando vieren la guerra, y se vuelvan a Egipto." Si hubieran tratado de pasar por Filistea, habrían encontrado oposición, pues los filisteos, considerándolos como esclavos que huían de sus amos, no habrían vacilado en hacerles la guerra. Los israelitas no estaban preparados para un encuentro con aquel pueblo poderoso y belicoso. Tenían un conocimiento muy limitado de Dios y muy poca fe en él, y se habrían aterrorizado y desanimado. Carecían de armas y no estaban habituados a la guerra; tenían el espíritu deprimido por su prolongada servidumbre, y se hallaban impedidos por las mujeres y los niños, los rebaños y las manadas. Al dirigirlos por la ruta del mar Rojo, el Señor se reveló como un Dios compasivo y juicioso.
"Y partidos de Succoth, asentaron campo en Etham, a la entrada del desierto. Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube, para guiarlos por el camino; y de noche en una columna de [288] fuego para alumbrarles; a fin de que anduviesen de día y de noche. Nunca se partió de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego." El salmista dice: "Extendió una nube por cubierta, y fuego para alumbrar la noche." Salmos 105:39, véase también 1 Corintios 10:1, 2. El estandarte de su invisible caudillo estaba siempre con ellos. Durante el día la nube dirigía su camino, o se extendía como un dosel sobre la hueste. Servía de protección contra el calcinante sol, y con su sombra y humedad daba grata frescura en el abrasado y sediento desierto. A la noche se convertía en una columna de fuego, que iluminaba el campamento, y les aseguraba constantemente que la divina presencia estaba con ellos.
En uno de los pasajes más hermosos y consoladores de la profecía de Isaías, se hace referencia a la columna de nube y de fuego para indicar cómo custodiará Dios a su pueblo en la gran lucha final con los poderes del mal: "Y criará Jehová sobre toda la morada del monte de Sión, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y obscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas: porque sobre toda gloria habrá cobertura. Y habrá sombrajo para sombra contra el calor del día, para acogida y escondedero contra el turbión y contra el aguacero." Isaías 4:5, 6.
Viajaron a través del lóbrego y árido desierto. Ya comenzaban a preguntarse adonde los conduciría ese viaje; ya estaban cansándose de aquella laboriosa ruta, y algunos principiaron a sentir el temor de una persecución de parte de los egipcios. Pero la nube continuaba avanzando, y ellos la seguían. Entonces el Señor indicó a Moisés que se desviara en dirección a un desfiladero rocoso para acampar junto al mar. Le reveló que Faraón los perseguiría, pero que Dios sería honrado por su liberación.
En Egipto se esparció la noticia de que los hijos de Israel, en vez de detenerse para adorar en el desierto, iban hacia el mar Rojo. Los [289] consejeros de Faraón manifestaron al rey que sus esclavos habían huido para nunca más volver. El pueblo deploró su locura de haber atribuido la muerte de los primogénitos al poder de Dios. Los grandes hombres, reponiéndose de sus temores, explicaron las plagas por causas naturales. "¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel, para que no nos sirva?" (véase Exodo 14) era su amargo clamor.
Faraón reunió sus fuerzas, "y tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto," y capitanes y soldados de caballería, e infantería. El rey mismo, rodeado por los grandes de su reino, encabezaba el ejército. Para obtener el favor de los dioses, y asegurar así el éxito de su empresa, los sacerdotes también los acompañaban. El rey estaba decidido a intimidar a los israelitas mediante un gran despliegue de poder. Los egipcios temían que su forzada sumisión al Dios de Israel los expusiese a la burla de las otras naciones; pero si ahora salían con gran demostración de poder y traían de vuelta a los fugitivos, recuperarían su prestigio y también el servicio de sus esclavos.
Los hebreos estaban acampados junto al mar, cuyas aguas presentaban una barrera aparentemente infranqueable ante ellos, mientras que por el sur una montaña escabrosa obstruía su avance. De pronto, divisaron a lo lejos las relucientes armaduras y el movimiento de los carros, que anunciaban la vanguardia de un gran ejército. A medida que las fuerzas se acercaban, se veía a las huestes de Egipto en plena persecución. El terror se apoderó del corazón de los israelitas. Algunos clamaron al Señor, pero la mayor parte de ellos se apresuraron a presentar sus quejas a Moisés: "¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué lo has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los Egipcios? Que mejor nos fuera servir a los Egipcios, que morir nosotros en el desierto." [290]
Moisés se turbó grandemente al ver que su pueblo manifestaba tan poca fe en Dios, a pesar de que repetidamente habían presenciado la manifestación de su poder en favor de ellos. ¿Cómo podía el pueblo culparle de los peligros y las dificultades de su situación, cuando él había seguido el mandamiento expreso de Dios? Era verdad que no había posibilidad de liberación a no ser que Dios mismo interviniera en su favor; pero habiendo llegado a esta situación por seguir la dirección divina, Moisés no temía las consecuencias. Su serena y confortadora respuesta al pueblo fué: "No temáis; estáos quedos, y ved la salud de Jehová que él hará hoy con vosotros; porque los Egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis quedos."
No era cosa fácil mantener a las huestes de Israel en actitud de espera ante el Señor. Faltándoles disciplina y dominio propio, se tornaron violentos e irrazonables. Esperaban caer pronto en manos de sus opresores, y sus gemidos y lamentaciones eran intensos y profundos. Habían seguido a la maravillosa columna de nube como a la señal de Dios que les ordenaba avanzar; pero ahora se preguntaban unos a otros si esa columna no presagiaría alguna calamidad; porque ¿no los había dirigido al lado equivocado de la montaña, hacia un desfiladero insalvable? Así, de acuerdo con su errada manera de pensar, el ángel del Señor parecía como el precursor de un desastre.
Pero entonces he aquí que al acercarse las huestes egipcias creyéndolos presa fácil, la columna de nube se levantó majestuosa
hacia el cielo, pasó sobre los israelitas, y descendió entre ellos y los ejércitos egipcios. Se interpuso como muralla de tinieblas entre los perseguidos y los perseguidores. Los egipcios ya no pudieron localizar el campamento de los hebreos, y se vieron obligados a detenerse. Pero a medida que la obscuridad de la noche se espesaba, la muralla de nube se convirtió en una gran luz para los hebreos, [291] inundando todo el campamento con un resplandor semejante a la luz del día.
Entonces volvió la esperanza a los corazones de los israelitas. Moisés levantó su voz a Dios. Y el Señor le dijo: "¿Por qué clamas a mí? di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre la mar, y divídela; y entren los hijos de Israel por medio de la mar en seco."
El salmista describiendo el cruce del mar por Israel, cantó:
"En la mar fué tu camino,
y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas.
Condujiste a tu pueblo como ovejas, por mano de Moisés y de Aarón."
Salmos 77:19, 20.
Cuando Moisés extendió su vara, las aguas se dividieron, e Israel marchó en medio del mar, sobre tierra seca, mientras las aguas se mantenían como murallas a los lados. La luz de la columna de fuego de Dios brilló sobre las olas espumosas, y alumbró el camino cortado como un inmenso surco a través de las aguas del mar, que se perdía en la obscuridad de la lejana playa.
"Y siguiéndolos los Egipcios, entraron tras ellos hasta el medio de la mar, toda la caballería de Faraón, sus carros, y su gente de a caballo. Y aconteció a la vela de la mañana, que Jehová miró al campo de los Egipcios desde la columna de fuego y nube, y perturbó el campo de los Egipcios." La misteriosa nube se trocó en una columna de fuego ante sus ojos atónitos. Los truenos retumbaron, y los relámpagos centellearon. "Las nubes echaron inundaciones de aguas; tronaron los cielos, y discurrieron tus rayos. Anduvo en derredor el sonido de tus truenos; los relámpagos alumbraron el mundo; estremecióse y tembló la tierra." Salmos 77:17, 18.
La confusión y la consternación se apoderaron de los egipcios. En medio de la ira de los elementos, en la cual oyeron la voz de un Dios airado, trataron de desandar su camino y huir hacia la orilla que habían dejado. Pero Moisés extendió su vara, y las aguas [292] amontonadas, silbando y bramando, hambrientas de su presa, se precipitaron sobre ellos, y tragaron al ejército egipcio en sus negras profundidades.
Al despuntar el alba, las multitudes israelitas pudieron ver todo lo que quedaba de su poderoso enemigo: cuerpos vestidos de corazas arrojados a la orilla. Una sola noche les había traído completa liberación del más terrible peligro. Aquella vasta y desamparada muchedumbre de esclavos no acostumbrados a la batalla, de mujeres, niños y ganado, que tenían el mar frente a ellos y los poderosos ejércitos de Egipto a sus espaldas, habían visto una senda abierta al través de las aguas, y sus enemigos derrotados en el momento en que esperaban el triunfo. Jehová solo los había libertado, y a él elevaron con fervor sus corazones agradecidos. Sus emociones encontraron expresión en cantos de alabanza. El Espíritu de Dios se posó sobre Moisés, el cual dirigió al pueblo en un triunfante himno de acción de gracias, el más antiguo y uno de los más sublimes que el hombre conoce:
"Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente, Echando en la mar al caballo y al que en él subía.
Jehová es mi fortaleza, y mi canción, Y hame sido por salud:
Este es mi Dios, y a éste engrandeceré; Dios de mi padre, y a éste ensalzaré.
Jehová, varón de guerra; Jehová es su nombre.
Los carros de Faraón y a su ejército echó en la mar;
Y sus escogidos príncipes fueron hundidos en el mar Bermejo. Los abismos los cubrieron;
Como piedra descendieron a los profundos.
Tu diestra, oh Jehová, ha sido magnificada en fortaleza;
Tu diestra, oh Jehová, ha quebrantado al enemigo.... ¿Quién como tú, Jehová, entre los dioses?
¿Quién como tú, magnífico en santidad,
Terrible en loores, hacedor de maravillas? ...
Condujiste en tu misericordia a este pueblo, al cual salvaste;
Llevástelo con tu fortaleza a la habitación de tu santuario.
Oiránlo los pueblos, y temblarán;...
Caiga sobre ellos temblor y espanto;
A la grandeza de tu brazo enmudezcan como una piedra;
Hasta que haya pasado tu pueblo, oh Jehová,
Hasta que haya pasado este pueblo que tú rescataste.
Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad,
En el lugar de tu morada, que tú has aparejado, oh Jehová."
Éxodo 15:1-17.
Como una voz que surgiera de gran profundidad, elevaron las vastas huestes de Israel ese sublime tributo. Las mujeres israelitas también se unieron al coro. María, la hermana de Moisés, dirigió a las demás mientras cantaban con panderos y danzaban. En la lejanía del desierto y del mar resonaba el gozoso coro, y las montañas repetían el eco de las palabras de su alabanza: "Cantad a Jehová; porque en extremo se ha engrandecido." Vers. 21.
Este canto y la gran liberación que conmemoraba hicieron una impresión imborrable en la memoria del pueblo hebreo. Siglo tras siglo fué repetido por los profetas y los cantores de Israel para atestiguar que Jehová es la fortaleza y la liberación de los que confían en él.
Ese canto no pertenece sólo al pueblo judío. Indica la futura destrucción de todos los enemigos de la justicia, y señala la victoria final del Israel de Dios. El profeta de Patmos vió la multitud vestida de blanco, "los que habían alcanzado la victoria," que estaban sobre "un mar de vidrio mezclado con fuego," "teniendo las arpas de Dios. "Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero." Apocalipsis 15:2, 3.
"No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria; por tu misericordia, por tu verdad." Salmos 115:1. Tal fué el espíritu que saturaba el canto de liberación de Israel, y es el espíritu que debe morar en el corazón de los que aman y temen a Dios. Al libertar nuestras almas de la esclavitud del pecado, Dios ha obrado para nosotros una liberación todavía mayor que la de los hebreos ante el mar Rojo. Como la hueste hebrea, nosotros debemos alabar
al Señor con nuestro corazón, nuestra alma, y nuestra voz por "sus [294] maravillas para con los hijos de los hombres." Salmos 107:8. Los que meditan en las grandes misericordias de Dios, y no olvidan sus dones menores, se llenan de felicidad y cantan en sus corazones al Señor. Las bendiciones diarias que recibimos de la mano de Dios, y sobre todo, la muerte de Jesús para poner la felicidad y el cielo a nuestro alcance, debieran ser objeto de constante gratitud.
¡Qué compasión, qué amor sin par, nos ha manifestado Dios a nosotros, perdidos pecadores, al unirnos a él, para que seamos su tesoro especial! ¡Qué sacrificio ha hecho nuestro Redentor para que podamos ser llamados hijos de Dios! Debiéramos alabar a Dios por la bendita esperanza que nos ofrece en el gran plan de redención; debiéramos alabarle por la herencia celestial y por sus ricas promesas; debiéramos alabarle porque Jesús vive para interceder por nosotros.
"El que sacrifica alabanza me honrará" (Salmos 50:23), dice el Señor. Todos los habitantes del cielo se unen para alabar a Dios. Aprendamos el canto de los ángeles ahora, para que podamos cantarlo cuando nos unamos a sus huestes resplandecientes. Digamos con el salmista: "Alabaré a Jehová en mi vida: cantaré salmos a mi Dios mientras viviere." "Alábente los pueblos, oh Dios: todos los pueblos te alaben." Salmos 146:2; 67:5.
En su providencia Dios mandó a los hebreos que se detuvieran frente a la montaña junto al mar, a fin de manifestar su poder al liberarlos y humillar señaladamente el orgullo de sus opresores. Hubiera podido salvarlos de cualquier otra forma, pero escogió este procedimiento para acrisolar la fe del pueblo y fortalecer su confianza en él. El pueblo estaba cansado y atemorizado; sin embargo, si hubieran retrocedido cuando Moisés les ordenó avanzar, Dios no les habría abierto el camino. Fué por la fe cómo "pasaron el mar Bermejo como por tierra seca." Hebreos 11:29. Al avanzar hasta el agua misma, demostraron creer la palabra de Dios dicha por Moisés. [295] Hicieron todo lo que estaba a su alcance, y entonces el Poderoso de Israel dividió la mar para abrir sendero para sus pies.
En esto se enseña una gran lección para todos los tiempos. A menudo la vida cristiana está acosada de peligros, y se hace difícil cumplir el deber. La imaginación concibe la ruina inminente delante, y la esclavitud o la muerte detrás. No obstante, la voz de Dios dice claramente: "Avanza." Debemos obedecer este mandato aunque
nuestros ojos no puedan penetrar las tinieblas, y aunque sintamos las olas frías a nuestros pies. Los obstáculos que impiden nuestro progreso no desaparecerán jamás ante un espíritu que se detiene y duda. Los que postergan la obediencia hasta que toda sombra de incertidumbre desaparezca y no haya ningún riesgo de fracaso o derrota no obedecerán nunca. La incredulidad nos susurra: "Esperemos que se quiten los obstáculos y podamos ver claramente nuestro camino;" pero la fe nos impele valientemente a avanzar esperándolo todo y creyéndolo todo.
La nube que fué una muralla de tinieblas para los egipcios, fué para los hebreos un gran torrente de luz, que iluminó todo el campamento, derramando claridad sobre su sendero. Así las obras de la Providencia acarrean a los incrédulos tinieblas y desesperación, mientras que para el alma creyente están llenas de luz y paz. El sendero por el cual Dios dirige nuestros pasos puede pasar por el [296] desierto o por el mar, pero es un sendero seguro.
Capítulo 26—Del Mar Rojo al Sinaí
Este capítulo está basado en Éxodo 15:22; 16 y 18.
Desde el mar Rojo, las huestes de Israel reanudaron la marcha guiadas otra vez por la columna de nube. El panorama que los rodeaba era de lo más lúgubre: estériles y desoladas montañas, áridas llanuras, y el mar que se extendía a lo lejos, con sus riberas cubiertas de los cuerpos de sus enemigos. No obstante, estaban llenos de regocijo porque se sabían libres, y todo pensamiento de descontento se había acallado.
Pero durante tres días de marcha no pudieron encontrar agua. La provisión que habían traído estaba agotada. No había nada que apagara la sed abrasadora mientras avanzaban lenta y penosamente a través de las llanuras calcinadas por el sol. Moisés, que conocía esa región, sabía lo que los demás ignoraban, que en Mara, el lugar más cercano donde hallarían fuentes, el agua no era apta para beber. Con gran ansiedad observaba la nube guiadora. Con el corazón desfalleciente oyó el regocijado grito: "¡Agua, agua!" que resonaba por todas las filas. Los hombres, las mujeres y los niños con alegre prisa se agolparon alrededor de la fuente, cuando, he aquí, un grito de angustia salió de la hueste. El agua era amarga.
En su horror y desesperación reprocharon a Moisés por haberlos dirigido por ese camino, sin recordar que la divina presencia, mediante aquella misteriosa nube, era quien los había estado guiando tanto a él como a ellos mismos. En su tristeza por la desesperación del pueblo, Moisés hizo lo que ellos se habían olvidado de hacer; imploró fervorosamente la ayuda de Dios. "Y Jehová le mostró un árbol, el cual metídolo que hubo dentro de las aguas, las aguas se [297] endulzaron." Exodo 15:25. Allí se le prometió a Israel por medio de Moisés: "Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié
a los Egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu Sanador." Vers. 26.
De Mara el pueblo se encaminó hacia Elim, "donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmas." Vers. 27. Allí permanecieron varios días antes de internarse en el desierto de Sin. Cuando hacía un mes que estaban ausentes de Egipto, establecieron su primer campamento en el desierto. Sus provisiones alimenticias se estaban agotando. Había escasez de hierba en el desierto, y sus rebaños comenzaban a disminuir. ¿Cómo podía suministrarse alimento a esta enorme multitud? Las dudas se apoderaron de sus corazones, y otra vez murmuraron. Hasta los jefes y ancianos del pueblo se unieron para quejarse contra los caudillos señalados por Dios: "Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de las carnes, cuando comíamos pan en hartura; pues nos habéis sacado a este desierto, para matar de hambre a toda esta multitud." Véase Exodo 16-18.
Hasta entonces no habían sufrido de hambre; sus necesidades habían sido suplidas, pero temían por el futuro. No podían concebir cómo esta enorme multitud podría subsistir en su viaje por el desierto, y en su imaginación veían a sus hijos muriendo de hambre. El Señor permitió que se vieran cercados de dificultades, y que sus provisiones alimenticias disminuyeran, para que sus corazones se dirigieran hacia el que hasta entonces había sido su Libertador. Si en su necesidad clamaban a él, todavía les otorgaría señales manifiestas de su amor y cuidado. Les había prometido que si obedecían sus mandamientos, ninguna enfermedad los afligiría, y fué una pecaminosa incredulidad el suponer que ellos o sus hijos pudiesen morir de [298] hambre.
El Señor les había prometido ser su Dios, hacerlos su pueblo, y guiarlos a una tierra grande y buena; pero siempre estaban dispuestos a desmayar ante cada obstáculo que encontraban en su marcha hacia aquel lugar. De manera maravillosa los había librado de su esclavitud de Egipto, para elevarlos y ennoblecerlos, y hacerlos objeto de alabanza en la tierra. Pero era necesario que ellos hicieran frente a dificultades y que soportaran privaciones.
Dios estaba elevándolos del estado de degradación, y preparándolos para ocupar un puesto honorable en el concierto de las naciones, a fin de encomendarles importantes cometidos sagrados.
Si en vista de todo lo que había hecho por ellos, hubiesen tenido fe en él, habrían soportado alegremente las incomodidades, privaciones y hasta los verdaderos sufrimientos; pero no estaban dispuestos a confiar en Dios más allá de lo que podían presenciar en las continuas evidencias de su poder. Olvidaron su amarga servidumbre en Egipto. Olvidaron las bondades y el poder que Dios había manifestado en su favor al liberarlos de la esclavitud. Olvidaron cómo sus hijos se habían salvado cuando el ángel exterminador dió muerte a todos los primogénitos de Egipto. Olvidaron la gran demostración del poder divino en el mar Rojo. Olvidaron que mientras ellos habían cruzado con felicidad el sendero abierto especialmente para ellos, los ejércitos enemigos, al intentar perseguirlos, se habían hundido en las aguas del mar. Veían y sentían tan sólo las incomodidades y pruebas que estaban soportando, y en lugar de decir: "Dios ha hecho grandes cosas con nosotros, ya que habiendo sido esclavos, nos hace una nación grande," hablaban de las durezas del camino, y se preguntaban cuándo terminaría su tedioso peregrinaje.
La historia de la vida de Israel en el desierto fué escrita para beneficio del Israel de Dios hasta el fin del tiempo. El relato de cómo trató Dios a los peregrinos en todas sus idas y venidas por el desierto, en su exposición al hambre, a la sed y al cansancio, y en las [299] destacadas manifestaciones de su poder para aliviarlos, está lleno de advertencias e instrucciones para su pueblo de todas las edades. Las variadas experiencias de los hebreos eran una escuela destinada a prepararlos para su prometido hogar en Canaán. Dios quiere que su pueblo de estos días repase con corazón humilde y espíritu dócil las pruebas a través de las cuales el Israel antiguo tuvo que pasar, para que le ayuden en su preparación para la Canaán celestial.
Muchos recuerdan a los israelitas de antaño, y se maravillan de su incredulidad y murmuración, creyendo que ellos no habrían sido tan ingratos; pero cuando se prueba su fe, aun en las menores dificultades, no manifiestan más fe o paciencia que los antiguos israelitas. Cuando se los coloca en situaciones estrechas, murmuran contra los medios que Dios eligió para purificarlos. Aunque se suplan sus necesidades presentes, muchos se niegan a confiar en Dios para el futuro, y viven en constante ansiedad por temor a que los alcance la pobreza, y que sus hijos tengan que sufrir a causa de ellos. Algunos están siempre en espera del mal, o agrandan de tal manera
las dificultades que realmente existen, que sus ojos se incapacitan para ver las muchas bendiciones que demandan su gratitud. Los obstáculos que encuentran, en vez de guiarlos a buscar la ayuda de Dios, única fuente de fortaleza, los separan de él, porque despiertan inquietud y quejas.
¿Hacemos bien en ser tan incrédulos? ¿Por qué hemos de ser ingratos y desconfiados? Jesús es nuestro amigo; todo el cielo está interesado en nuestro bienestar; y nuestra ansiedad y temor apesadumbran al Santo Espíritu de Dios. No debemos abandonarnos a la ansiedad que nos irrita y desgasta, y que en nada nos ayuda a soportar las pruebas. No debe darse lugar a esa desconfianza en Dios que nos lleva a hacer de la preparación para las necesidades futuras el objeto principal de la vida, como si nuestra felicidad dependiera de las cosas terrenales. No es voluntad de Dios que su pueblo esté [300] cargado de preocupaciones. Pero nuestro Señor no nos dice que no habrá peligros en nuestro camino. No es su propósito sacar a su pueblo del mundo de pecado e iniqui dad, sino que nos señala un refugio siempre seguro. Invita a los cansados y agobiados: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar." Mateo 11:28. Deponed el yugo de la ansiedad y de los cuidados mundanales que habéis colocado sobre vuestra cabeza, y "llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas." Vers. 29. Podemos encontrar descanso y paz en Dios, echando toda nuestra solicitud en él, porque él tiene cuidado de nosotros. 1 Pedro 5:7.
Dice el apóstol Pablo: "Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo." Hebreos 3:12. En vista de todo lo que Dios ha hecho por nosotros, nuestra fe debiera ser fuerte, activa y duradera. En vez de murmurar y quejarnos, el lenguaje de nuestros corazones debiera ser: "Bendice, alma mía, a Jehová; y bendigan todas mis entrañas su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios." Salmos 103:1, 2.
Dios no había olvidado las necesidades de Israel. Dijo a Moisés: "He aquí yo os haré llover pan del cielo." Y mandó al pueblo recoger una provisión diaria, y doble cantidad el día sexto, para que se cumpliese la observancia sagrada del sábado.
Moisés aseguró a la congregación que sus necesidades serían satisfechas: "Jehová os dará a la tarde carne para comer, y a la mañana pan en hartura; por cuanto Jehová ha oído vuestras murmuraciones." Y agregó: "Nosotros, ¿qué somos? vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová." Además le mandó a Aarón que les dijera: "Acercaos a la presencia de Jehová; que él ha oído vuestras murmuraciones."
Mientras Aarón hablaba, "miraron hacia el desierto, y he aquí la [301] gloria de Jehová, que apareció en la nube." Un resplandor que nunca antes habían visto simbolizaba la divina presencia. Mediante manifestaciones dirigidas a sus sentidos, iban a obtener un conocimiento de Dios. A fin de que obedecieran a su voz y temieran su nombre, se les iba a enseñar que el Altísimo era su jefe, y no meramente Moisés, que era un hombre.
Al caer la noche, todo el campamento estuvo rodeado de enormes bandadas de codornices, suficientes para suplir las demandas de toda la multitud. Y por la mañana "he aquí sobre la haz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como una helada sobre la tierra." "Y era como simiente de culantro, blanco." El pueblo lo llamó maná. Moisés dijo: Este "es el pan que Jehová os da para comer." El pueblo recogió el maná, y encontraron que había abundante provisión para todos. "Molían en molinos, o majaban en morteros, y lo cocían en caldera, o hacían de él tortas;" y era "su sabor como de hojuelas con miel." Números 11:8. Se les ordenó recoger diariamente un gomer1 para cada persona; y de él no habían de dejar nada para el otro día. Algunos trataron de guardar una provisión para el día siguiente, pero hallaron entonces que ya no era bueno para comer. La provisión para el día debía juntarse por la mañana; pues todo lo que permanecía en el suelo era derretido por el sol.
Al recoger el maná, algunos llevaban más y otros menos de la cantidad indicada; pero "medíanlo por gomer, y no sobraba al que había recogido mucho, ni faltaba al que había recogido poco." Una explicación de estas palabras, así como también la lección práctica que se deriva de ellas, la da el apóstol Pablo en su segunda epístola a los corintios. Dice: "Porque no digo esto para que haya para otros desahogo, y para vosotros apretura; sino para que en este tiempo,
con igualdad, vuestra abundancia supla la falta de ellos, para que
[302] también la abundancia de ellos supla vuestra falta, porque haya igualdad; como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más; y el que poco, no tuvo menos." 2 Corintios 8:13-15.
Al sexto día el pueblo recogió dos gomeres por persona. Los jefes inmediatamente hicieron saber a Moisés lo que había pasado. Su contestación fué: "Esto es lo que ha dicho Jehová: Mañana es el santo sábado, el reposo de Jehová: lo que hubiereis de cocer, cocedlo hoy, y lo que hubiereis de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana." Así lo hicieron, y vieron que no se echó a perder. Y Moisés dijo: "Comedio hoy, porque hoy es sábado de Jehová: hoy no hallaréis en el campo. En los seis días lo recogeréis; mas el séptimo día es sábado, en el cual no se hallará."
Dios requiere que hoy su santo día se observe tan sagradamente como en el tiempo de Israel. El mandamiento que se dió a los hebreos debe ser considerado por todos los cristianos como una orden de parte de Dios para ellos. El día anterior al sábado debe ser un día de preparación a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas. En ningún caso debemos permitir que nuestros propios negocios ocupen el tiempo sagrado. Dios ha mandado que se atienda a los que sufren y a los enfermos; el trabajo necesario para darles bienestar es una obra de misericordia, y no es una violación del sábado; pero todo trabajo innecesario debe evitarse. Muchos, por descuido, postergan hasta el principio del sábado cosas pequeñas que pudieron haberse hecho en el día de preparación. Tal cosa no debe ocurrir. El trabajo que no se hizo antes del principio del sábado debe quedar sin hacerse hasta que pase ese día. Este procedimiento fortalecería la memoria de los olvidadizos, y les ayudaría a realizar sus tareas en los seis días de trabajo.
Cada semana, durante su largo peregrinaje en el desierto, los israelitas presenciaron un triple milagro que debía inculcarles la santidad del sábado: cada sexto día caía doble cantidad de maná,
[303] nada caía el día séptimo, y la porción necesaria para el sábado se conservaba dulce sin descomponerse, mientras que si se guardaba los otros días, se descomponía.
En las circunstancias relacionadas con el envío del maná, tenemos evidencia conclusiva de que el sábado no fué instituido, como muchos alegan, cuando la ley se dió en el Sinaí. Antes de que los
israelitas llegaran al Sinaí, comprendían perfectamente que tenían la obligación de guardar el sábado. Al tener que recoger cada viernes doble porción de maná en preparación para el sábado, día en que no caía, la naturaleza sagrada del día de descanso les era recordada de continuo. Y cuando parte del pueblo salió en sábado a recoger maná, el Señor preguntó: "¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?"
"Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que entraron en la tierra habitada: maná comieron hasta que llegaron al término de la tierra de Canaán." Durante cuarenta años se les recordó diariamente mediante esta milagrosa provisión, el infaltable cuidado y el tierno amor de Dios. Conforme a las palabras del salmista, Dios les dió "trigo del cielo; pan de ángeles comió el hombre" (Salmos 78:24, 25, VM); es decir, alimentos provistos para ellos por los ángeles. Sostenidos por el "trigo del cielo," recibían diariamente la lección de que, teniendo la promesa de Dios, estaban tan seguros contra la necesidad como si estuviesen rodeados de los undosos trigales de las fértiles llanuras de Canaán.
El maná que caía del cielo para el sustento de Israel era un símbolo de Aquel que vino de Dios a dar vida al mundo. Dijo Jesús: "Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y son muertos. Este es el pan que desciende del cielo.... Si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo." Juan 6:48-51. Y entre las bendiciones prometidas al pueblo de Dios para la vida futura, se escribió: "Al que venciere, daré a comer del maná escondido." Apocalipsis 2:17. [304]
Después de salir del desierto de Sin, los israelitas acamparon en Refidín. Allí no había agua, y de nuevo desconfiaron de la providencia de Dios. En su ceguedad y presunción el pueblo fué a Moisés con la exigencia: "Danos agua que bebamos." Pero Moisés no perdió la paciencia. "¿Por qué altercáis conmigo? ¿por qué tentáis a Jehová?" Ellos exclamaron airados: "¿Por qué nos hiciste subir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, y a nuestros hijos, y a nuestros ganados?"
Cuando se los había abastecido abundantemente de alimentos, recordaron con vergüenza su incredulidad y sus murmuraciones, y prometieron que en el futuro confiarían en el Señor; pero pronto
olvidaron su promesa, y fracasaron en la primera prueba de su fe. La columna de nube que los dirigía, parecía esconder un terrible misterio. Y Moisés, ¿quién era él? preguntaban, ¿y cuál sería su objeto al sacarlos de Egipto? La sospecha y la desconfianza llenaron sus corazones, y osadamente le acusaron de proyectar matarlos a ellos y a sus hijos mediante privaciones y penurias, con el objeto de enriquecerse con los bienes de ellos. En la confusión de la ira y la indignación que los dominó, estuvieron a punto de apedrear a Moisés.
Angustiado, Moisés clamó al Señor: "¿Qué haré con este pueblo?" Se le dijo que, llevando la vara con que había hecho milagros en Egipto, y acompañado de los ancianos, se presentara ante el pueblo. Y el Señor le dijo: "He aquí que yo estoy delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y herirás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo." Moisés obedeció y brotaron las aguas en una corriente viva que proporcionó agua en abundancia a todo el campamento. En vez de mandar a Moisés que levantara su vara para traer sobre los promotores de aquella inicua murmuración alguna terrible plaga como las de Egipto, el Señor, en su gran misericordia, usó la vara como instrumento de liberación.
"Hendió las peñas en el desierto: y dióles a beber como de grandes abismos; pues sacó de la peña corrientes, e hizo descender aguas como ríos." Salmos 78:15, 16. Moisés hirió la peña, pero fué el Hijo de Dios, el que, escondido en la columna de nube, estaba junto a Moisés e hizo brotar las vivificadoras corrientes de agua. No sólo Moisés y los ancianos, sino también toda la multitud que estaba de pie a lo lejos, presenciaron la gloria del Señor; pero si se hubiese apartado la columna de nube, habrían perecido a causa del terrible fulgor de Aquel que estaba en ella.
La sed llevó al pueblo a tentar a Dios, diciendo: "¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?" Si el Señor nos ha traído aquí, ¿por qué no nos da el agua como nos da el pan? Al manifestarse de esa manera, aquélla era una incredulidad criminal, y Moisés temió que los juicios de Dios cayeran sobre el pueblo. Y como recuerdo de ese pecado llamó a aquel sitio: Masa, "tentación;" y Meriba, "rencilla."
Un nuevo peligro los amenazaba ahora. A causa de su murmuración contra el Señor, él permitió que fuesen atacados por sus enemigos. Los amalecitas, tribu feroz y guerrera que habitaba aquella región, salió contra ellos, y atacó a los que, desfallecidos y cansados, habían quedado rezagados. Moisés, sabiendo que la masa del pueblo no estaba preparada para la batalla, mandó a Josué que escogiera de entre las diferentes tribus un cuerpo de soldados, y que al día siguiente los capitaneara contra el enemigo, mientras él mismo estaría en una altura cercana con la vara de Dios en la mano.
Al siguiente día Josué y su compañía atacaron al enemigo, mientras Moisés, Aarón y Hur se situaron en una colina que dominaba el campo de batalla. Con los brazos extendidos hacia el cielo, y con la vara de Dios en su diestra, Moisés oró por el éxito de los ejércitos de Israel. Mientras proseguía la batalla, se notó que siempre que sus manos estaban levantadas, Israel triunfaba; pero cuando las bajaba, el enemigo prevalecía. Cuando Moisés se fatigó, Aarón y Hur sostuvieron sus manos hasta que, al ponerse el sol, el enemigo huyó.
Al sostener Aarón y Hur las manos de Moisés, mostraron al pueblo que su deber era apoyarlo en su ardua labor mientras recibía las palabras de Dios para transmitírselas a ellos. Y lo que hizo Moisés también fué muy significativo, pues les demostró que su destino estaba en las manos de Dios; mientras el pueblo confiara en el Señor, él combatiría por ellos y dominaría a sus enemigos; pero cuando no se apoyaran en él, cuando confiaran en su propia fortaleza, entonces serían aun más débiles que los que no tenían el conocimiento de Dios, y sus enemigos triunfarían sobre ellos.
Como los hebreos triunfaban cuando Moisés elevaba las manos al cielo e intercedía por ellos, así también triunfará el Israel de Dios cuando mediante la fe se apoye en la fortaleza de su poderoso Ayudador. No obstante, el poder divino ha de combinarse con el esfuerzo humano. Moisés no creyó que Dios vencería a sus enemigos mientras Israel permaneciese inactivo. Mientras el gran jefe imploraba al Señor, Josué y sus valientes soldados estaban haciendo cuanto podían para rechazar a los enemigos de Israel y de Dios.
Después de la derrota de los amalecitas, Dios mandó a Moisés: "Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que del todo tengo de raer la memoria de Amalee de debajo del cielo." Un poco antes de su muerte, el gran caudillo dió a su pueblo el solemne encargo: "Acuérdate de lo que te hizo Amalee en el camino, cuando salisteis de Egipto: que te salió al camino, y te desbarató la retaguardia de
todos los flacos que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y trabajado; y no temió a Dios.... Raerás la memoria de Amalee de debajo del cielo: no te olvides." Deuteronomio 25:17-19. Tocante a este pueblo impío declaró el Señor: "La mano de Amalee se levanta contra el trono de Jehová." Éxodo 17:16 (VM).
Los amalecitas no desconocían el carácter de Dios ni su soberanía, pero en vez de temerle, se habían empeñado en desafiar su poder. Las maravillas hechas por Moisés ante los egipcios fueron [307] tema de burla para los amalecitas, y se mofaron de los temores de los pueblos circunvecinos. Habían jurado por sus dioses que destruirían a los hebreos de tal manera que ninguno escapase, y se jactaban de que el Dios de Israel sería impotente para resistirles. Los israelitas no les habían perjudicado ni amenazado. En ninguna forma habían provocado el ataque. Para manifestar su odio y su desafío a Dios, los amalecitas trataron de destruir al pueblo escogido.
Durante mucho tiempo habían sido pecadores arrogantes, y sus crímenes clamaban a Dios exigiendo venganza; sin embargo, su misericordia todavía los llamaba al arrepentimiento; pero cuando cayeron sobre las cansadas e indefensas filas de Israel, sellaron la suerte de su propia nación. El cuidado de Dios se manifiesta en favor de los más débiles de sus hijos. Ningún acto de crueldad u opresión hacia ellos se pasa por alto en el cielo. La mano de Dios se extiende como un escudo sobre todos los que le aman y temen; cuídense los hombres de no herir esa mano; porque ella blande la espada de la justicia.
No muy lejos del sitio donde los israelitas estaban entonces acampados se hallaba la casa de Jetro, el suegro de Moisés. Jetro había oído hablar de la liberación de los hebreos, y fué a visitarlos, para llevar a la presencia de Moisés su esposa y sus dos hijos. El gran jefe supo, mediante mensajeros, que su familia se acercaba y salió con regocijo a recibirla. Terminados los primeros saludos, la condujo a su tienda. Moisés había hecho regresar a su familia cuando iba a cumplir su peligrosa tarea de sacar a los israelitas de Egipto, pero ahora nuevamente podría gozar del alivio y el consuelo de su compañía. Relató a Jetro la manera en que Dios había obrado maravillosamente en favor de Israel, y el patriarca se regocijó y bendijo al Señor, y se unió a Moisés y a los ancianos para ofrecer
sacrificios y celebrar una fiesta solemne en conmemoración de la misericordia de Dios.
Durante su estada en el campamento, Jetro vió lo pesadas que eran las cargas que recaían sobre Moisés. Era una tarea tremenda [308] la de mantener el orden y la disciplina entre aquella vasta multitud ignorante y sin experiencia. Moisés era su jefe y legislador reconocido, y atendía no sólo a los intereses y deberes generales del pueblo, sino también a las disputas que surgían entre ellos. Había estado haciéndolo porque le daba la oportunidad de instruirlos; o de declararles, como dijo, "las ordenanzas de Dios y sus leyes." Pero Jetro objetó diciendo: "Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el negocio es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo." Y aconsejó a Moisés que constituyera a personas capacitadas como "caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez." Debían ser "varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia." Habrían de juzgar los asuntos de menor importancia, mientras que los casos más difíciles e importantes continuarían trayéndose a Moisés, quien iba a estar por el pueblo, "delante de Dios, y—dijo Jetro—somete tú los negocios a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde anden, y lo que han de hacer." Este consejo fué aceptado, y no sólo alivió a Moisés, sino que también estableció mejor orden entre el pueblo.
El Señor había honrado grandemente a Moisés, y había hecho maravillas por su mano; pero el hecho de que había sido escogido para instruir a otros, no le indujo a creer que él mismo no necesitaba instrucción. El escogido caudillo de Israel escuchó de buena gana las amonestaciones del piadoso sacerdote de Madián, y adoptó su plan como una sabia disposición.
De Refidín, el pueblo continuó su viaje, siguiendo el movimiento de la columna de nube. Su itinerario los había conducido a través de estériles llanuras, escarpadas pendientes y desfiladeros rocosos. A menudo mientras atravesaban los arenosos desiertos, habían divisado ante ellos, como enormes baluartes, montes escabrosos que, levantándose directamente frente a su camino, parecían impedirles [309] el paso. Pero cuando se acercaban, aparecían salidas aquí y allá en la muralla de la montaña, y otra llanura se presentaba ante su vista. Por uno de estos profundos y arenosos pasos iban ahora. Era una
escena grandiosa e imponente. Entre los peñascos que se elevaban a centenares de pies a cada lado, fluía la corriente de las huestes de Israel con sus ganados y ovejas, como un torrente vivo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Y entonces con solemne majestad, el monte Sinaí levantó ante ellos su maciza frente. La columna de nube se posó sobre su cumbre, y el pueblo levantó sus tiendas en la llanura. Allí habían de morar durante casi un año. De noche la columna de fuego les aseguraba la protección divina, y al amanecer mientras dormitaban todavía, el pan del cielo caía suavemente sobre el campamento.
El alba doraba las obscuras cumbres de las montañas y los áureos rayos solares que herían los profundos desfiladeros parecieron a aquellos cansados viajeros como rayos de gracia enviados desde el trono de Dios. Por todas partes, inmensas y escabrosas alturas, en su solitaria grandeza parecían hablarles de la perpetuidad y la majestad eternas. Todos quedaron embargados por un sentimiento de solemnidad y santo respeto. Fueron constreñidos a reconocer su propia ignorancia y debilidad en presencia de Aquel que "pesó los montes con balanza, y con peso los collados." Isaías 40:12.
Allí Israel había de recibir la revelación más maravillosa que Dios haya dado jamás a los hombres. Allí el Señor reunió a su pueblo para hacerle presente la santidad de sus exigencias, para anunciar con su propia voz su santa ley. Cambios grandes y radicales se habían de efectuar en ellos; pues las influencias envilecedoras de la servidumbre y del largo contacto con la idolatría habían dejado su huella en sus costumbres y en su carácter. Dios estaba obrando para elevarlos a un nivel moral más alto, dándoles mayor conocimiento [310] de sí mismo.