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  • EL SÁBADO ENSEÑARÉ...(10)
    RESEÑA

    Texto clave: Éxodo 24:3.

    Enfoque del estudio: Éxodo 24:1-31:18.

    Introducción

    El Señor salvó a su pueblo del poder de Egipto, le dio la libertad, lo condujo a él a través del desierto y estableció su pacto de amor con él en el Sinaí (Éxo. 19:3-6; Deut. 7:9, 12; Neh. 9:32). Su gracia y su cuidado en favor de su pueblo fueron asombrosos. En un poderoso despliegue de su gloria en el Sinaí, pronunció las Diez Promesas (el don del Decálogo, registrado en Éxo. 20) y las explicó con más detalle en el Código del Pacto (Éxo. 20:22-23:19). Ahora, el Señor ratificó este pacto con Israel en una importante ceremonia que incluyó el sacrificio de animales, lo que señalaba hacia el futuro sacrificio de Cristo.

    COMENTARIO

    La ratificación del Pacto

    La ratificación del Pacto incluyó varios elementos importantes:

    En el marco del Pacto, el pueblo de Dios respondió tres veces de la misma manera a las bondadosas palabras de Dios: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho” (Éxo. 19:8; ver también Éxo. 24:3, 7). ¿Había algo de malo en semejante promesa? Sí, lo malo era la confianza propia del pueblo, su limitada comprensión del poder del pecado y de su propia naturaleza pecaminosa, y su incapacidad para reconocer la necesidad de la ayuda divina. Solo unas semanas después, muchos de ellos estaban danzando alrededor del becerro de oro. La respuesta adecuada debió ser: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho con la ayuda del Señor y por el poder de su gracia”.

    Josué, un colaborador muy fiel de Moisés y más tarde un excelente líder del pueblo de Dios, escuchó estas promesas bien intencionadas y sabía lo frágiles, débiles y fáciles de romper que eran. Varias veces fue testigo de la apostasía de los israelitas. Cuando más tarde repitieron: “Nosotros también serviremos al Señor” (Jos. 24:18), Josué les dijo con firmeza que no eran capaces de servir al Señor (Jos. 24:19) porque su decisión no era firme, ya que aún conservaban algunos ídolos paganos (ver Jos. 24:14, 23) y no dependían de la ayuda de Dios, sino de su propia fuerza de voluntad. Sin embargo, Josué declaró personalmente: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos. 24:15).

    Dios convocó a Moisés, a Aarón y a dos de sus hijos, Nadab y Abiú, junto con setenta ancianos, para que se reunieran con él en el monte Sinaí (Éxo. 24:9, 10). Mediante su cercanía, Dios deseaba revelarles más plenamente quién era. En dicha ocasión, comieron y bebieron, aunque no se dice quién preparó el banquete. Lo más probable es que fuera el Señor mismo. Comer juntos era parte de la ratificación de un pacto, por lo que se trataba de una comida pactual. En tiempos bíblicos, el mero hecho de comer juntos establecía una profunda amistad y un vínculo de parentesco y hermandad. Si algo no iba bien entre quienes comían juntos, se daba lugar al perdón y los comensales prometían que se apoyarían mutuamente para siempre (ver, por ejemplo, la comida de Jacob y Labán en Gén. 31:54).

    Experimentamos una comunión de pacto similar cuando celebramos la vida y la muerte de Jesús durante la Cena del Señor, o Santa Cena. Dios invita a los creyentes a mantener una estrecha relación con él y entre sí comiendo y bebiendo juntos. Quienes participamos en esa ceremonia constituimos por ello una sola familia con Cristo, pues esa conmemoración actualiza y hace tangible lo que él hizo por nosotros. La Cena del Señor es el momento en que su iglesia se restablece y se vuelve a constituir como una comunidad de fe que reconoce a Dios como su Señor, Rey y Amigo. Los miembros de la iglesia están unidos a él y entre sí. Son santificados por su presencia entre ellos, y ese vínculo es sellado mediante su presencia y su Palabra.

    El Tabernáculo de Dios

    Casi un tercio del libro del Éxodo se refiere al Tabernáculo, lo que indica su importancia. Éxodo 25 a 31 registra una pormenorizada descripción de su estructura, de las instrucciones acerca de su diseño y los materiales que debían ser utilizados, mientras Éxodo 35 a 40 describe cómo debía ser construido y la dedicación del Santuario para sus funciones sagradas. ¿Cuál es el significado de esta narración?

    Lo más importante del Tabernáculo no era su mobiliario, aunque ello preparaba el escenario para lo que tendría lugar en el Santuario. Lo crucial era la actividad que allí se realizaba. Eso podría compararse con las diferentes escenas de una obra teatral. Lo que se ve en el escenario indica al público si la historia transcurre durante el día o a medianoche, si ocurre en una ciudad, un palacio, un cementerio o un banquete de bodas; quiénes son los actores principales y muchos otros detalles. El escenario es importante para entender la trama y la obra. Del mismo modo, nuestra atención en relación con el Tabernáculo debe centrarse siempre en la obra en sí, no solo en el entorno, el mobiliario y el tipo de sacrificios, para ser así capaces de reconocer lo que allí se estaba representando. Debemos comprender el significado de todo ello. El Tabernáculo era una monumental lección objetiva del plan divino de redención.

    Los servicios del Santuario representaban quién es Dios, los valores que defiende, cómo salva al pecador arrepentido, cómo se relaciona con el pecado y con las personas obstinadamente malvadas, cómo juzga y qué solución tiene para la definitiva erradicación futura del pecado. Todo lo que ocurría en el Santuario demostraba que la paz, la reconciliación y la armonía serían finalmente restablecidas.

    Dios quería morar con su pueblo. El Tabernáculo era su morada terrenal, no porque él no estuviera ya con ellos o porque pudiera ser contenido en una estructura material, sino porque quería mostrar su presencia tangible y real a su pueblo y demostrarles que no estaban solos, abandonados o desamparados, sino que él cuidaba de ellos.

    El apóstol Pablo afirma claramente que el Señor no vive en templos hechos por manos humanas (Hech. 17:24, 25), y Salomón declara solemnemente, después de construir un templo maravilloso para Dios en Jerusalén, que ni siquiera los cielos podrían contener al Señor: “¿Habitará ciertamente Dios con el hombre en la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, ¿cuánto menos esta casa que he edificado?” (2 Crón. 6:18). Luego Salomón dice: “Oye el ruego de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Desde el cielo, desde tu morada, oye y perdona” (2 Crón. 6:21). En su amor y misericordia, Dios condesciende a nuestro nivel e irrumpe en nuestro tiempo y espacio para estar con nosotros.

    El deseo de Dios de morar con su pueblo estaba detrás de la orden de que construyeran un tabernáculo en el centro del campamento. El Señor declaró: “Que me hagan un santuario, y yo habitaré en medio de ellos” (Éxo. 25:8). No pasemos por alto la conjunción “y”, que aparece en el original hebreo en esta frase. Las buenas traducciones la incluyen, a diferencia de la fórmula causativa “para que”, aunque esta es también una traducción correcta. Esta “y” es exegética y teológicamente crucial. Dios no necesitaba el Santuario para estar o morar con su pueblo. Él estaba con ellos todo el tiempo, ya que el tema principal del libro del Éxodo es la presencia de Dios junto a su pueblo. Sin embargo, Dios utiliza más tarde la preposición hebrea le (“para que” o “que”) en Éxodo 29:46b, para destacar que el propósito del Santuario era que Dios estuviera cerca de su pueblo y les mostrara su presencia visible (Éxo. 29:42-46).

    Cuando el glorioso templo salomónico fue destruido por Nabucodonosor y el pueblo fue enviado al exilio debido a su infidelidad (Dan. 9:4-20), Dios aseguró a su pueblo por medio del profeta Ezequiel que sería “un santuario […] en las tierras adonde lleguen” (Eze. 11:16).

    Dios dijo a Moisés que debía construir el Tabernáculo según el modelo del Santuario celestial que se le mostró en el monte Sinaí (Éxo. 25:9, 40; ver más acerca de esto en la sección COMENTARIO de la lección 13). El espacio más importante del Santuario era el Lugar Santísimo, cuyo objeto central era el Arca del Pacto, también llamada Arca del Testimonio (Éxo. 25:16), porque las palabras del testimonio de Dios, o Decálogo, debían ser colocadas dentro de ella (Éxo. 40:20). En la parte superior del Arca se encontraba una cubierta de oro puro llamada Propiciatorio (traducción del hebreo kaporet, de la raíz kapar, “expiar” o “cubrir”; hilasterion, en griego). Este era el lugar donde ocurría la reconciliación final entre Dios y los pecadores arrepentidos y se borraban los pecados confesados del pueblo de Dios. Aquí, Dios proporcionaba la solución definitiva al problema del pecado y del mal (ver Lev. 16:15, 16, 30). Jesucristo es el hilasterion, o propiciatorio, quien asume las consecuencias de nuestros pecados y nos purifica de ellos (Rom. 3:25; 1 Juan 2:2).

    APLICACIÓN A LA VIDA

    1. Después de que Salomón construyó el Templo, Dios le dijo: “Y si mi pueblo que lleva mi nombre se humilla y ora, si busca mi rostro y se convierte de sus malos caminos, entonces oiré desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra” (2 Crón. 7:14). ¿Cómo podemos aplicar y practicar cuidadosamente este consejo divino como comunidad de fe?
    2. ¿Qué obstaculiza nuestras oraciones, impidiendo que Dios escuche y responda nuestros pedidos de ayuda?
    3. ¿Cómo renovamos el pacto de amor con el Señor durante la Santa Cena? ¿Necesitamos una ceremonia especial para hacerlo?
    4. Jesucristo “se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Una traducción literal de la última parte de este texto sería: “acampó entre nosotros”. ¿Cómo puede la encarnación de Jesús y su vida en la Tierra hacer que te sientas seguro de que él está contigo y comprende todos tus problemas y desafíos?