Hace unos años, mientras trabajaba en Brasil, me quedé sin material de lectura en inglés. Entiendo algo de portugués, pero no lo suficiente como para disfrutar de un libro completo. Me dirigí a la ciudad de Sao Paulo en busca de algo, lo que fuera, para leer y, después de mucho buscar, por ün encontré un libro sobre jardinería. Odio la jardinería, pero me siento como un barco a la deriva cuando no tengo nada que leer, así que lo compré. Y me alegro de haberlo comprado. En ese libro descubrí la historia de un príncipe indio del siglo XVII que experimentó el amor a primera vista. EíBazar Real de Meena solo recibía público femenino, excepto uno o dos días al mes, cuando se permitía la entrada a los hombres. Un día de 1607, un príncipe entró en el mercado y se encontró con una muchacha comerciante que vendía seda y artículos de cristal, a la que nunca había visto. Era la hija del primer ministro, por lo que pocos hombres se atrevían a coquetear con ella. Él, sin embargo, era el príncipe, así que fue directo a su puesto y señaló uno de los objetos de la mesa. —Esa enorme pieza de cristal —le dijo—, la que tiene la forma de un gran diamante. ¿Cuánto quieres por ella? —Bueno —le dijo ella riéndose—, eso no es cristal, ¡es un diamante! Es demasiado caro incluso para un príncipe como tú. Él metió la mano en el abrigo, sacó diez mil rupias y las puso sobre la mesa. Tomó el cristal y se marchó. La mañana siguiente, fue a ver a sus padres, los gobernantes de la nación, y les preguntó si podía casarse con la mercader. Casarse por amor era impensable, ya que los matrimonios reales siempre se concertaban para sacar el máximo provecho político. Pero su padre tenía un corazón sensible porque él también se había casado por amor, así que se lo permitió. Pasó el tiempo necesario y, en 1612, el joven príncipe Sha Jahan se casó con Mumtaz Mahal. Era tan hermosa, decían los poetas, que la luna se veía obligada a ocultar su rostro en su presencia, porque no podía competir con^U^,. El príncipe siguió enamorado de ella año tras año, hasta que ella murió repentinamente al dar a luz a su decimocuarto hijo. El príncipe sufrió una tristeza tal, que se encerró en su habitación durante ocho días. Sus guardias lo oyeron lamentarse durante todo ese tiempo. Cuando por ñn salió, dicen que estaba encorvado como un anciano y su barba se estaba volviendo gris. Ordenó a todo el imperio que guardara luto por su esposa. Cualquiera que fuera sorprendido celebrando algo durante el periodo de luto nacional moriría pisoteado por elefantes. Algunos relatos dicen que el príncipe contempló el suicidio porque no sabía cómo vivir sin ella. El luto duró dos años y terminó cuando el príncipe hizo algo espectacular: construyó un mausoleo de mármol blanco para su amada esposa a orillas del río Yamuna, un mausoleo que sigue en pie y que visitan millones de personas cada año. La mayoría de la gente lo conoce como el Taj Mahal, llamado así por Mumtaz Mahal, y es posible que sea el monumento más hermosamente trágico que existe sobre la faz de la tierra. Alguien lo describió como "una lágrima solitaria suspendida en la mejilla del tiéfhpo". El monumento es absolutamente impresionante: es de mármol blanco, con incrustaciones de caligrafía árabe en mármol negro. La caligrafía se va ensanchando a medida que asciende por cada pilar para mantener la perspectiva y crear la ilusión de que las letras son perfectamente paralelas. Si se pasan los dedos por las juntas entre la caligrafía y la columna, no se nota ningún borde. Pero por magnífico que sea este mausoleo, fue el jardín lo que más me llamó la atención, tanto, que de repente hizo que comenzara a interesarme mucho en la jardinería. El jardín frente al Taj Mahal está inspirado en uno de los diseños paisajísticos más antiguos del mundo. Los emperadores mogoles tomaron prestado el diseño de los persas, que a su vez lo tomaron de las antiguas culturas mesopotámicas. Los persas lo llamaban "jardín amurallado", un nombre obvio porque se trata de un jardín cuadrado rodeado por un muro. Pero en el centro del jardín hay una fuente, conocida por muchos como la "fuente de la vida", de la que parten cuatro canales que fluyen hasta el borde del jardín. Cuando se construyó, estaba lleno de resplandecientes árboles frutales y animales exóticos de todo tipo. Ahora, el nombre "jardín amurallado" es una especie de juego de palabras en el idioma original. Las palabras persas eran pairi, que significa "alrededor" y daeza, que significa "muro". En la mayoría de los idiomas se ha traducido como "jardín amurallado", pero si juntamos estas dos palabras, nos daremos cuenta de que suenan muy parecido a "paraíso". Es, literalmente, un jardín paradisíaco. . » . Se trata de uno de los lugares más visitados del planeta, ya que cada año millones de visitantes son testigos del inigualable amor del gran príncipe. Si se observa la estructura desde el aire, no solo se aprecia un jardín paradisíaco, sino que justo fuera de la muralla se encuentra la tumba de la amada novia. Este antiguo diseño, transmitido de generación en generación, es una espectacular representación del evangelio: la amada novia ha sufrido el precio del pecado, la muerte, pero está justo al otro lado del jardín, con la esperanza de reunirse algún día con su Príncipe en el paraíso. La historia del Edén está presente en casi todas las culturas de una forma u otra. No solo está presente en nuestra cultura, sino en los corazones humanos. "Dios lo hizo todo hermoso para el momento apropiado —explica el libro del Eclesiastés—. Él sembró la eternidad en el corazón humano" (Eclesiastés 3:11, NTV). Hay una razón por la que la muerte nos hace sentir tan mal. Aunque Darwin y otros nos han dicho que la muerte es algo natural en la vida, hay algo en nuestro corazón que se opone a ella: sabemos que no debería ser así. Aquí, afuera de los muros del jardín, nos sentimos engañados por la muerte, y cualquier persona honesta entiende también que los seres humanos somos tremendamente defectuosos, los culpables más probables del desastre en el que vivimos actualmente. ¿Qué había de malí» en comer del árbol del conocimiento del bien y del mal? La fruta no era toxica por sí misma. El rabino David Sykes nos da una respuesta interesante: El rabino Moshéh ben Najmán (Rambán) explica que antes de que el ser humano comiera de ese árbol, solo conocía la bondad y, por lo tanto, actuaba en consecuencia. Como no era consciente del mal, el ser humano no se sentía tentado a ir en contra de la voluntad de Dios. Solo a través de un ser externo, la Serpiente, el mal se introdujo en la humanidad. Después de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, el ser humano fue capaz tanto del bien como del mal, y estos dos impulsos dieron lugar a una lucha interna.1 El buen rabino lo expresa de manera sutil. La rebelión contra Dios corrompió nuestra propia naturaleza. El pecado no es una mera violación de la ley, sino un defecto de carácter profundamente arraigado. Corrompida por el egoísmo, nuestra vida ya no sirve como vitrina para la gloria del Creador, y le hemos dado a los ángeles caídos la oportunidad de señalar a la raza humana y burlarse: ¿Es esto lo que Dios, bueno y benévolo, ha hecho? Cuando era niño (crecí en un hogar cristiano), solía preguntarme por qué Dios permitió que la raza humana continuara con vida después de haber optado por el camino del dolor y el sufrimiento. ¿No habría sido más fácil acabar con ella, es decir, eliminarnos de la existencia? Seguramente habría estado en su derecho de hacerlo. Sin embargo, cualquier padre tiene la respuesta a esta pregunta: el amor. Podemos escuchar la voz de Dios en los gritos de David cuando descubrió que su hijo rebelde había muerto: "¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!" (2 Sam. 18:33). ¡Este era el hijo que intentaba derrocarlo del trono! Fuera del Edén, Dios nos da libertad de elegir nuestro propio camino, pero nunca nos abandona. Desde el principio del pecado, sin vulnerar nuestro libre albedrío, nos ha estado cortejando, y parece que una de las principales formas en que nos corteja es permitiéndonos tener lo que queremos. Él sabe que nuestra desafiante independencia nos llevará al desastre: "Hay camino que al hombre le parece derecho, pero es camino que lleva a la muerte" (Prov. r4:r2). A pesar de que tenemos miles de años de historia atroz a nuestras espaldas, el orgullo del pecado parece cegarnos ante el hecho de que somos responsables del desastre. Señalamos fácilmente a los demás, culpando a ideologías, filosofías, intereses corporativos y movimientos populares como los responsables. Rara vez (hasta que nos arrepentimos) llegamos a darnos cuenta de que cada uno de nosotros tiene la culpa: yo soy tan autor del sufrimiento como el» resto. A pesar de no haber dirigido un campo de concentración ni de haber enterrado los cadáveres de víctimas inocentes en el sótano de mi casa (la mayoría de la gente recurre a los asesinos en serie y a los nazis para describir la encarnación del mal), no cabe duda de que he contribuido al dolor de los demás, consciente o inconscientemente. En vez de aferramos a Aquel que nos hizo, seguimos manteniendo la esperanza de que, de algún modo, el ingenio humano resolverá nuestros peores problemas. Un imperio reemplaza a otro imperio, un gobierno reemplaza a otro gobierno, y nuestros peores problemas persisten. Esta es la historia de Daniel, que mencionamos en un capítulo anterior: Dios nos revela los intentos humanos de reparar el planeta como lo que son: fracasos. En Daniel 2, vemos cómo el valor de los materiales va disminuyendo a medida que avanza la historia humana, al final vemos que la estatua se vuelve quebradiza. Los pies, que describen al Imperio Romano tras su colapso, están hechos de hierro y arcilla, una mezcla increíblemente frágil. Sin embargo, a pesar de tantos siglos de dominio de la Europa occidental, seguimos enorgullecién-donos. Vivimos bajo la ilusión del progreso. La arcilla es algo así como otra Torre de Babel, destinada a desmoronarse con la llegada de Cristo y, sin embargo, no comprendemos lo frágiles que son nuestros logros. Ciertamente, valoro mu^ho lo que hemos conseguido: la mayoría de nosotros, aunque seamos pobres, disfrutamos de un nivel de vida que provocaría la envidia de nuestros antiguos antepasados. Gran parte del mundo ha dejado atrás la servidumbre y la esclavitud (trágicamente, no todo el mundo), y los avances en odontología y medicina nos permiten sobrevivir a dolencias simples que antes nos mataban. Hay mucho que agradecer a Dios por el ingenio humano. Pero todo nuestro esfuerzo no ha servido para cambiar el defecto esencial del corazón humano. A finales del siglo XIX se alzaron voces prominentes proclamando una nueva edad de oro en la que resolveríamos para siempre problemas como el hambre y la guerra. El optimismo reinante en la Exposición Universal de Chicago (1893) produjo un entusiasmo desbordante. Sin embargo, aquella confianza se derrumbó cuando los Aliados entraron en Auschwitz al final de la Segunda Guerra Mundial. Nunca se había visto tal nivel de maldad. El movimiento posmoderno es, en parte, una reacción a aquella decepción. Nuestros mejores esfuerzos no cambiaron absolutamente nada de nuestro defecto más básico. Como Adán y Eva, que se imaginaron ascendiendo a un plano superior de existencia después de comer la fruta,2 el mundo postdarwinista se visualizaba a sí mismo en ascenso constante, evolucionando hacia algo mejor. El modernismo veía el universo como una máquina, algo que podíamos manipular y mejorar. El posmodernismo renunció a la esperanza: tal vez no haya nada que podamos hacer para arreglar este lugar, y tal vez la vida no tenga sentido, no haya un Dios que haya creado el universo.18 Nuestra generación ha descubierto lo que los antiguos griegos sabían. Sus tragedias retrataban a una raza humana incapaz de detenerlo inevitable. Los héroes de estas tragedias estaban condenados; a menudo fracasaban a causa de sus propios defectos. Dios permitió este descubrimiento. Ya nos lo había advertido antes de que emprendiéramos el camino de la rebelión; ahora que lo hemos elegido, nos permite comprobar por nosotros mismos que él tenía razón. Y al final, sucede algo interesante: antes del establecimiento del reino de Cristo, el mundo que hemos construido comienza a derrumbarse con asombrosa rapidez. Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y terremotos en diferentes lugares. Todo esto será apenas el comienzo de los dolores" (Mat. 24:6-8, NVI). El mundo que construimos debe desmoronarse, o de lo contrario nunca aprenderemos las verdaderas consecuencias del pecado. A veces, la única manera de que un niño aprenda a no tocar la estufa caliente es tocando la estufa caliente. En medio del caos, Dios siempre ha tenido un pueblo del pacto, un remanente, por así decirlo. En los días de Daniel, ese remanente, incluso en el exilio, estuvo compuesto por los hijos del pacto de Abraham. En la visión de las bestias que surgen del mar encontramos la percepción que el cielo tiene del mundo que hemos construido. Los israelitas, apropiadamente, se veían a sí mismos como una isla de la gracia de Dios en medio de un mar de gentiles. Cada imperio sucesivo, de Babilonia hasta Roma, surgió del mar debido a la guerra (vientos de contiendas agitando las aguas), y subió a la tierra, donde Daniel estaba de pie. Estos fueron gobiernos humanos que dominaron al pueblo de Dios. Y continúan hasta que la raza humana ha tenido suficiente, hasta que hemos aprendido la lección y llegado al punto en que no podemos imaginar rebelarnos de nuevo. Entonces, se celebra el juicio y Cristo recibe su reino. Es en ese momento que la amada esposa vuelve a la vida y se reúne en el Jardín con el fñrfcjpe cuyo corazón había sido destrozado. 1 Rabino David Sykes, Patterns ¡n Genesis and Beyond (Patterns Publications, 2014), p. 4. 2 Sykes, Patterns ¡n Genesis and Beyond, p. 57. Estoy, por supuesto, simplificando en exceso una filosofía bastante compleja. No me refiero a lo que la filosofía enseña, sino al efecto que tiene sobre el optimismo humano.