Capítulo 3

LAS RAÍCES DEL DESCONTENTO

El hundimiento del insumergible Titanic, en su viaje inaugural en 1912, debido a una colisión con un iceberg, provocó la pérdida de unas 1.500 personas. Según el testimonio de testigos, el mar estaba inusualmente tranquilo esa noche, lo que dificultaba reconocer el rompimiento del agua en la base de un iceberg.1 Dado que alrededor del 90 % de un iceberg es invisible debajo de la superficie del agua,2 los oficiales navales en el puente del Titanic no pudieron reconocer lo suficientemente rápido los icebergs peligrosos y reducir la velocidad y el rumbo, lo que finalmente condujo al catastrófico hundimiento.

Sabemos a ejué se refiere cuando escuchamos la expresión idiomáticaTla punta del iceberg". Nos dice que hay un indicio (visible) de un problema que apunta a un problema subyacente mucho mayor.

La intranquilidad a menudo funciona como "la punta del iceberg" en nuestra vida. Sin embargo, es posible que no siempre reconozcamos el problema subyacente que causa esta intranquilidad. Principalmente vemos lo que es evidente, y cuando miramos con más atención, podemos ver un poco más allá de lo notorio. Sin embargo, la visión perfecta es una visión 20/20, sin puntos ciegos ni cataratas. Obtener esta visión en nuestra vida espiritual requiere ayuda externa.

TEMA: LLEGAR A LA RAÍZ DE LA REBELIÓN

Se registra que Agustín de Hipona, uno de los llamados "padres de la iglesia", dijo en el siglo IV: "Fue el orgullo lo que convirtió a los ángeles en demonios; es la humildad la que convierte a los hombres en ángeles".3 La Biblia nos dice que la ambición y el orgullo fueron los motivos subyacentes que llevaron a la caída de Lucifer. Sabemos esto por el oráculo de Isaías que describe la caída del rey de Babilonia (ver Isa. 14). El lenguaje sumamente evocador del pasaje sugiere que la visión profética de Isaías trascendía los hechos históricos para referirse a las realidades metafísicas, señalando la caída de un ser celestial creado que codiciaba la autoridad de Dios y quería ser como Dios:2

Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo (Isa. 14:13,14).

El orgullo y la exaltación propia hicieron qué Lucifer, el hijo de la mañana, se rebelara contra su Creador. Quería ser igual o más grande que Aquel que puede crear mundos y galaxias con una simple palabra.

El orgullo está en el corazón del gran conflicto. Elena de White comenta: "El orgullo de su propia gloria le hizo desear la supremacía. Lucifer no apreció como don de Dios los altos honores que le había conferido y no sintió gratitud hacia su Creador. Se gloriaba en su belleza y exaltación, y aspiraba a ser igual a Dios".3

En la rebelión de Coré se ve en pequeña escala el desarrollo del espíritu que llevó a Satanás a rebelarse en el Cielo. El orgullo y la ambición indujeron a Lucifer a quejarse contra el gobierno de Dios, y a procurar derrocar el orden que había sido establecido en el Cielo. Desde su caída se ha propuesto inculcar el mismo espíritu de envidia y descontento, la misma ambición por cargos y honores en la mente humana. [...]

¿No existen aún los mismos males que fueron el fundamento de la ruina de Coré? Abundan el orgullo y la ambición, y cuando.se los cobija, abren la puerta a la envidia y la lucha por la supremacía; el alma se aliena de Dios, e inconscientemente es arrastrada a las filas de Satanás.6

El orgullo y el egoísmo son la raíz del descontento y la ambición. Eso es lo que podemos ver cuando nos miramos cuidadosamente al espejo. Una vez que hayamos reconocido esto, podemos sentir la tentación de cubrir o reparar estos defectos tratando de "ser buenos", haciendo todo lo posible para "darle una mano a Dios" cuando se trata de nuestra salvación. De hecho, esa es otra forma de orgullo, porque siempre podemos señalar un "buen esfuerzo", "aunque no logremos una buena calificación. De hecho, este enfoque nos incita a tratar los síntomas en lugar de las causas fundamentales. En última instancia, no sabemos realmente quiénes somos ni cuál es la verdadera condición de nuestro corazón.

COSMOVISIÓN: ENTONCES, ¿QUIÉN SOY REALMENTE?

A lo largo de la historia, hemos luchado con la cuestión de quiénes somos en realidad. ¿Somos realmente buenos o realmente malos en el fondo de nuestro corazón? ¿Somos malvados desde el momento en que nacemos, o yenimos al mundo como una hoja en blanco y nuestras experiencias y decisiones de la vida nos hacen buenos o malos? La frase "naturaleza versus crianza" resume bien estos dos extremos. Algunas escuelas de pensamiento han enseñado que somos naturalmente malos desde el momento de la concepción, mientras que filosofías más modernas han enseñado que con la inocencia viene la bondad y que todos somos realmente buenos de corazón. Otras posturas filosóficas han tratado de evitar la cuestión por completo y argumentan que lo bueno o lo malo es solo una construcción social. Sin embargo, el Holocausto y los muchos horrendos genocidios del siglo XX han hecho que sea difícil ignorar la presencia del mal.

La Biblia responde a la pregunta de quiénes somos de una manera diferente. Fuimos creados a imagen de Dios (Gén. 1:26, 27). Todo lo creado, incluidos nuestros primeros padres, fue "bueno en gran manera" (vers. 31). Y, sin embargo, después de que Adán y Eva decidieron desobedecer, el pecado penetró nuestro ADN y, junto con el color de nuestros ojos, heredamos el virus del pecado. Sin una cura, estábamos condenados. El pecado, abierta o silenciosamente, destruye la imagen de Dios en nosotros hasta que no queda nada bueno. Los efectos del virus del pecado son mucho más evidentes en algunos que en otros por la forma en que se comportan, pero en realidad, todos somos pecadores (Rom. 3:9-20).

Cuando entendemos esto, nos damos cuenta de que no tenemos que seguir mirando dentro de nosotros mismos para descubrir quiénes somos. Lo que realmente necesitamos saber es quién es Dios. Y aunque sabemos que nacemos con el virus del pecado, también podemos saber que Jesús pagó por la curación y que ve un potencial en nosotros que muchas veces cyestaítomprender. Sólo cuando conozcamos e interioricemos esta verdad cesará nuestra intranquilidad.

PROFUNDICEMOS: TODOS ESTAMOS EN EL MISMO BARCO

En Lucas 18:9 al 14, Jesús cuenta una historia sencilla sobre dos hombres que van al templo a orar: un fariseo y un recaudador de impuestos. Es una historia sobre el au-todescubrimiento o, al menos, la autoevaluación. Ambos hombres le dicen a Dios quiénes creen ser. El fariseo y el recaudador de impuestos hacen oraciones breves, y luego Jesús hace un juicio de valor, ¡y declara que el recaudador de impuestos está justificado!

¿Cómo nos hace sentir esta historia? ¿Con quién nos identificamos: con el fariseo o con el recaudador de impuestos? La mayoría de nosotros odiaría que nos etiqueten como fariseos. Ser fariseo se ha vuelto sinónimo de hipócrita. Jesús tenía pocas cosas buenas que decir sobre ellos. "¡ Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a laverdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia" (Mat. 23:27). Esa es solo una acusación entre muchas en este capítulo. Ellos fueron los que sistemáticamente se propusieron matar al Hijo de Dios. Nadie quiere ser fariseo. Entonces ¿nos identificamos con el recaudador de impuestos? ¿Somos tramposos? ¿Nos hemos convertido en traidores a nuestro propio pueblo? La gente, ¿escupe cuando nos ven venir? ¿Nos consideraríamos en la misma liga moral que las prostitutas, los asesinos, los traficantes de drogas o los abusadores de niños? ¿No nos gustaría que Jesús tuviera un tercer grupo en esta parábola en el que pudiéramos sentirnos más cómodos? Echemos un vistazo más de cerca a las oraciones de los dos hombres.

El fariseo comienza su oración como debe comenzar toda buena oración: con alabanza. Pero esto es un elogio con un toque diferente. En lugar de alabar a Dios por ser Dios, dice: "Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano" (Luc. 18:11). Quizá no podía pensar en las cosas malas que había hecho últimamente. Creció en la iglesia y nunca consumió drogas, ni fue a clubes nocturnos ni sufrió resacas graves.

En general, buscar en los demás para descubrir quiénes somos o qué se esconde debajo de nuestra superficie es arriesgado, ya que siempre podemos encontrar a alguien que es peor que nosotros. En esta comparación, por defecto, siempre nos veremos mejor. El fariseo agradece a Dios porque es un hombre bastante bueno y luego pasa a recitar las evidencias de esta bondad. Él ayuna, no solo una vez a la semana, lo que sería impresionante, sino' dos veces. Luego menciona el pago del diezmo que, sobre la base de otras declaraciones de Jesús (p. ej., Mat. 23:23), era una gran hazaña e incluía mucho más que simplemente dar el 10 % de las ganancias. Cumplía en todos los detalles y se tomaba la molestia de incluso diezmar todas las hierbas que se usaban en su casa.

Y, sin embargo, en la evaluación de Jesús, ¡no era suficientemente bueno!

El recaudador de impuestos, en cambio, tenía mucho menos que decir. Después de todo, él era un recaudador de impuestos, y todos, incluso el propio recaudador de impuestos, sabían lo que eso significaba. Sabía que era el más bajo de los más bajos. Sabía que no tenía nada de qué estar orgulloso. No tenía una lista de cosas buenas que haya realizado para compensar las malas. No tenía con quién compararse. Él sabía quién era. Y, sin embargo, también parecía tener algunáldea de quién es Dios. A pesar de que sabía quién era, con todo se había aventurado a entrar al templo, y aunqúfe se paró en la parte de atrás con la cabeza inclinada, estaba listo para desafiar las miradas y los comentarios de todas aquellas "excelentes personas" del templo, porque realmente parecía pensar que Dios lo escucharía. Su oración fue simple y al grano. Golpeándose el pecho en señal de arrepentimiento, clamó: "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Luc. 18:13).

En esta parábola, Jesús no parecía pensar que pudiera haber una tercera categoría. Por medio del fariseo y el recaudador de impuestos, nos dice que, ante los ojos de Dios, el mundo no está realmente dividido en buenos y malos. Más bien, la línea divisoria separa a los que saben que necesitan la ayuda de Dios y a los que se niegan a reconocer que necesitan su salvación, esforzándose incansablemente por lograrlo por sí mismos.

IMPLICANCIAS: ESTAMOS DIVIDIDOS

Cincuenta gobiernos asistieron a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional en San Francisco, California, a partir del 25 de abril de 1945, varias semanas antes de que terminara la Segunda Güerra Mundial en Europa con la rendición incondicional de Alemania el 8 de mayo. Tenían grandes esperanzas de establecer una organización y un trasfondo internacional que eliminara para siempre el peligro de otra guerra mundial. Lamentablemente, estas grandes esperanzas no se han hecho realidad. Han sido pocos días (si es que hubo alguno) desde 1946 en que no hubo al menos una guerra activa (incluidas guerras civiles y guerras regionales). El hecho es que la naturaleza humana caída divide a la humanidad. El egoísmo, la ambición y el orgullo conducen al conflicto y la división. Estamos divididos por género, raza, situación económica y educación. Estas divisiones no solo afectan las relaciones entre naciones y tribus, sino también influyen en las parejas y las familias. Mientras buscamos construir puentes y reparar el dolor de la separación, nos damos cuenta de que esto requiere un esfuerzo que va más allá de las capacidades humanas. Como la comunidad postexílica que vivía en Jerusalén, enfrentando conflictos y antagonismo a su alrededor (ver Esd. 4), hacerrtos bien en recordar el mensaje especial de Dios a Zorobabel, el gobernador que había guiado al primer grupo de exiliados que regresaba a casa desde Babilonia: "Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac. 4:6). Esta transformación impulsada por el Espíritu ofrece un buen punto de partida.

TÓMATE UN RESPIRO: TIEMPO PARA UN AUTODESCUBRIMIENTO SALUDABLE

Los adolescentes no son los únicos que luchan por saber quiénes son realmente. La mayoría de nosotros nos preguntamos esto en diferentes momentos de nuestra vida. La Palabra de Dios ofrece algunas ideas alentadoras, y hacemos bien en recordar estas afirmaciones, incluso cuando tratamos de darle sentido al mundo y nuestro lugar en él.

Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien (Sal. 139:13,14).

Dios quiso crearnos, ese es el punto de partida de nuestro viaje con Dios. No somos accidentes ni percances. Dios nos hizo, y nos hizo maravillosamente. A pesar de nuestro ADN rebelde, él sigue preocupándose mucho por nosotros. Él nos conoce y nos ama a pesar de lo que hemos hecho.

"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os l¡amó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Ped. 2:9). Esto.suena'como una gran declaración. Pedro les recuerda a sus lectores que no están solos. Si bien a menudo nos definimos como individuos, en realidad somos parte de un gran plan maestro de Dios. Él nos ha elegido; debemos prolongar sus bendiciones a otros (como lo hicieron los sacerdotes del Antiguo Testamento); podemos compartir su santidad (que es lo opuesto a nuestro egoísmo); somos su posesión por creación y salvación. Todos estos hechos están destinados a hacernos alabar a Aquel que transformó nuestra oscuridad en una luz brillante y resplandeciente.

"Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer" (Juan 15:15). La mayoría de nosotros no entendemos la naturaleza radical de esta declaración que Jesús les hizo a sus discípulos justo antes de la traición. El texto griego original usa el sustantivo doulos, que significa literalmente "esclavo". Esta no era una referencia a un empleado o a un socio comercial. En Jesús, Dios cambió nuestro estatus: de la esclavitud a la amistad. Si bien hay referencias a la amistad de Dios en el Antiguo Testamento (p. ej., Abraham es llamado amigo de Dios en Sant. 2:23), Jesús nos ofrece una nueva relación consigo mismo. Les decimos a nuestros hijos que elijan sabiamente a sus amigos. Jesús nos eligió como amigos, sabiendo muy bien quiénes somos realmente.

"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis" (Jer. 29:11). Los pensamientos de Dios (o planes como se indica en la NTV) para su pueblo en el tiempo de Jeremías estaban bien diseñados. Si bien el exilio fue horrible, se limitó a un período relativamente corto. Los pensamientos de Dios veían más allá de la realidad actual y anticiparon muchos comienzos nuevos, que finalmente condujeron a la venida del Mesías. ¿Qué pasaría si pudiéramos estar convencidos de que los planes de Dios para nosotros son verdaderamente buenos?

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1  Encydopaedia Brítannica Online, Amy Tikkanen, s.v. "Titanic", actualizado el 15 de octubre de 2020, <https://www.britannica.com/topic/Titanic>.

 La declaración se atribuye a Agustín de Hipona en Manipulus Florum. La declaración en latín es: Humilitas homines sanctis angelis símiles facit, et superbia ex angelis demones facit. "Superbia i", The Electronic Manipuíus Florum, <http://web.wlu.ca/history/cnighman/MFfontes/Superbial.pdf>.

2  La tesis doctoral de José María Bertoluci ofrece una fuerte evidencia de que el lenguaje utilizado en Isaías 14 y Ezequiel 28 trasciende el ámbito terrenal y señala a un contexto mucho más amplio; es decir, el comienzo del conflicto cósmico: José María Bertoluci, "The Son of the Morning and the Guardian Cherub in the Context of the Controversy Between Good and Evil" (tesis de doctorado, Universidad Andrews, 1985).

3  Elena de White, El conflicto de los siglos (Florida, Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2015), p. 549.