INTRODUCCION

“CONSOLAOS, PUEBLO MÍO”

Desde el momento en que se pronunciaron por primera vez, las palabras del profeta Isaías han quedado grabadas, y hasta incrustadas, en nuestra conciencia. Hay palabras inolvidables, cargadas no solo de significado, sino también de esperanzas y promesas; palabras como: “Dios con nosotros” (Isa. 7:14, TLA); “Porque un niño nos es nacido” (9:6); “Todo valle sea alzado” (40:4); y “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (53:5).

Las palabras crean ilustraciones, imágenes mentales, ecos.

Las palabras débiles y miserables crean imágenes débiles y miserables; las palabras potentes, refinadas y bien elaboradas crean imágenes potentes y refinadas, y ecos fuertes y nítidos. Esto, por supuesto, explica por qué las palabras de Isaías nos hablan en forma tan fuerte, tan nítida, incluso después de 27 siglos.

En su poema del siervo sufriente, por ejemplo (52:13–53:12), Isaías presenta una imagen del Mesías con una resolución más fina que en cualquier otro lugar del Antiguo Testamento. Este pasaje es suficiente para justificar el nombre de “El profeta evangélico”.

Además, la predicción que hace de Ciro, por su nombre, un siglo y medio antes de que el rey persa conquistara Babilonia (44:28–45:6), es tan asombrosamente específica que algunos eruditos han atribuido gran parte de Isaías a un “segundo Isaías” posterior; un invento hueco de quienes no pueden ver más allá de los confinados límites intelectuales de la imaginación humana.

Con una combinación única de imágenes vívidas, ritmo y equilibrio poéticos inigualables, contrastes dramáticos al estilo de Beethoven y un rico entramado de temas profundos que se repiten en un sofisticado proceso sinfónico de elaboración y desarrollo continuo, el libro inspirado de Isaías es un valioso vehículo literario para los pensamientos divinos, que son más altos que los mundanos, “como son más altos los cielos que la tierra” (ver Isa. 55:9). Incluso después de la traducción, por la que se pierden los juegos de palabras sugerentes y las aliteraciones del hebreo, el libro de Isaías tiene pocos parangones en la historia de la literatura, tanto secular como religiosa. 3 Conocemos sus palabras, tan elocuentes, tan poéticas, tan emotivas y poderosas; pero ¿conocemos al hombre Isaías y el mundo en el que escribió, oró y profetizó? Cuando el cruel Imperio Asirio alcanzó su apogeo de poder, fue una época de peligro abrumador. Peor aún, el pueblo de Judá, el pueblo elegido, se hundía cada vez más en la debilidad moral. La codicia y la miseria luchaban en las calles. En su lucha por la riqueza o la supervivencia, algunos inhalaban los vapores narcóticos de la vana euforia, mientras que otros se marchitaban en la desesperación. Isaías trató de preservar la identidad de su nación al arrebatar a un remanente de un estado de negación para anclarlo a la realidad; él llamó a su pueblo a contemplar a su Dios, el Santo de Israel, el Creador del cielo y la Tierra, el que los conocía por nombre y prometió redimirlos del fuego. Pero solo si escuchaban y obedecían. Isaías aconsejó a reyes. Cuando el delgado hilo de la línea del remanente de Dios se limitó a una ciudad sentenciada por las legiones asirias, fueron las palabras proféticas de Isaías las que fortalecieron al rey Ezequías para esperar el milagro que era la única esperanza de Jerusalén (Isa. 36, 37). Si Jerusalén hubiera caído en ese entonces, y no en manos de los babilonios un siglo después, la política asiria de dispersar a los pueblos conquistados podría haber esfumado la identidad nacional de Judá. Por lo tanto, no habría habido pueblo judío de quien surgiera el Mesías, el Salvador del mundo. Este trimestre analizaremos a Isaías, sus palabras, sus tiempos, sus dificultades. Pero principalmente a su Dios, el Dios que, tanto en aquel entonces como hoy, nos interpela: “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú” (Isa. 43:1). El Dr. Roy Gane, experto en Hebreo, es profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews, en Berrien Springs, Míchigan, Estados Unidos.