4

La Biblia, la fuente de autoridad de nuestra teología

 

E1 asunto de la autoridad de la Biblia es quizás el problema .i más crucial que enfrenta la iglesia hoy. En cierto sentido, es la pregunta que yace detrás de cualquier otra pregunta teológica. Para la sociedad moderna, sin embargo, el concepto de auto

ridad no es atractivo, especialmente cuando se trata de convicciones religiosas. En nuestra sociedad Contemporánea, el pensamiento se ha vuelto algo hostil hacia los conceptos de autoridad religiosa y obediencia. Para muchos, la piedad es génuina y legítima solo cuando se basa en una convicción interna y personal; una convicción que no debe estar sujeta a autoridades externas. Este profundo recelo a la autoridad prevalece hoy y ha sido un problema grave de la humanidád desde la caída de Adán y Eva.

Es axiomático que un grupo sociológico, en este caso una iglesia, requiera un elemento de autoridad para mantener su identidad e integridad. De lo contrario, es difícil, si no imposible, resolver conflictos internos. Además, sin la aceptación de la autoridad, es difícil lograr la unidad teológica cuando se enfrentan problemas de verdad y herejía. El dilema de la autoridad está en el corazón de la crisis moderna de la teología, eclipsando todos los demás problemas que enfrenta el cristianismo.

La respuesta a la pregunta de la autoridad afecta cada aspecto de la existencia espiritual, y su importancia no puede ser sobreestimada. Influye en nuestra adoración, nuestra predicación, nuestra misión, nuestra teología y nuestra ética. En resumen, toca el fundamento de cómo vivimos como discípulos de Cristo. Las preguntas que abordan cuestiones tan amplias como el aborto, creación/evolución, la homosexualidad, el papel de la razón, la relación entre la fe y la ciencia y el tema de la sumisión se ven afectadas por nuestra comprensión de la autoridad.

El significado de la autoridad

La palabra «autoridad» se deriva del latín auctoritas y se refiere a la reputación de las personas y su capacidad para ejercer influencia.1 La autoridad surge al reconocer la excelencia superior de alguien en una esfera determinada. Por lo tanto, cuando hablamos de la autoridad de las Escrituras, estamos diciendo que la Biblia tiene el derecho superior de ordenarnos qué hacer, de exigir obediencia, y de determinar y juzgar la validez y rectitud de nuestra fe y práctica.2

Pero el tema de la autoridad es complejo,3 ya que involucra muchos factores que deben tenerse en cuenta. Entre los diversos elementos involucrados están el lugar y el papel de Dios, la Biblia, la tradición, la razón humana, la experiencia, la cultura y las visiones del mundo. Cada posición teológica asigna, consciente o inconscientemente, un papel a cada uno de estos criterios autorizados. Las diferencias surgen como resultado de la prioridad que damos a cada aspecto. En la sociedad moderna, especialmente a nivel occidental, vivimos en un mundo secularizado y humanista donde el hombre es el centro de atención. Esto es algo que nos hace preguntarnos: ¿Existe una autoridad superior al hombre mismo?

La autoridad bíblica

En la enseñanza bíblica, la fuente de toda autoridad no es el ser humano sino Dios mismo (véase Romanos 13: 1; Daniel 4: 34; Juan 19: 11). La autoridad de la Biblia está conectada a la autoridad de Dios y deriva su autoridad de Dios y su revelación divina. Los estudiosos de la Biblia a lo largo de los siglos han aceptado a las Sagradas Escrituras como la Palabra de verdad escrita por Dios. Los críticos de la fe cristiana perciben la Biblia como un libro completamente humano y han desafiado durante mucho tiempo la veracidad de las Escrituras, argumentando que las Escrituras deben ser confiables para considerarse autoridad. Otros limitan la autoridad de las Escrituras a cuestiones teológicas: se percibe que la Biblia tiene autoridad para enseñarnos el camino de la salvación, pero cuando se trata de temas históricos y éticos, no se puede confiar en la Biblia. Pero persisten las mismas preguntas: ¿Debería la Biblia ser la autoridad concluyeme en todos los asuntos de la vida y la práctica? ¿Debería la Biblia reservarse el derecho de interpretarse a sí misma? ¿Se debe permitir que las determinantes científicas y socioculturales influyan en el significado de la Biblia?

Una revisión minuciosa de las Escrituras muestra que los autores bíblicos le atribuían autoridad. La veían como la Palabra de Dios escrita. Para el apóstol Pablo, las Escrituras eran «los oráculos de Dios» (Romanos 3: 2, LBLA). Por eso las llamó las «santas Escrituras» (Romanos 1: 2). Para Jesús, la Escritura era la Palabra de Dios que no puede ser quebrantada (ver Juan 10: 35). Enfrentó las tentaciones del diablo con un decisivo: «Escrito está» (Mateo 4: 4, 7, 10). Haciendo uso de todas las Escrituras, explicó todo lo concerniente a sí mismo (Lucas 24: 27). Para Cristo, el Antiguo Testamento era verdadero, atribuyéndole una autoridad suprema e incuestionable a las Escrituras hebreas.4

El hecho de que las Escrituras nos lleguen como los oráculos de Dios, las dota de una autoridad divina intrínseca. A diferencia de la autoridad humana, que a menudo se basa en la fuerza y la coerción, la autoridad divina se basa en el amor y se evidencia en el servicio y la abnegación. Las Escrituras nos hablan con la misma autoridad de Cristo. Revelan el amor y la verdad divinos. Existe un profundo paralelismo, expresado en lenguaje humano, entre Cristo, la Palabra hecha carne, y las Escrituras, la Palabra de Dios. Las palabras de los profetas y apóstoles no son simples palabras humanas, sino la Palabra de Dios en forma humana.

Según los escritores bíblicos, el Espíritu de Cristo es el que habla en las palabras de los profetas y los apóstoles (1 Pedro 1: 10-12). Jesucristo era un verdadero ser humano, pero también quería ser reconocido por lo que realmente era: el Hijo de Dios. Del mismo modo, aunque las palabras de las Escrituras están limitadas por el lenguaje humano, hablan con la suprema autoridad divina. Lo que proclaman «permanece para siempre» (Isaías 40: 8), «es verdad» (Juan 17: 17), «es viva y poderosa» (Hebreos 4: 12, NTV), y «no puede ser quebrantada» (Juan 10: 35). Debido a ello, se nos advierte que no agreguemos a su Palabra (Proverbios 30: 6; Apocalipsis 22: 18-19). Las Escrituras se dan como la Palabra de Dios, contentivas de la autoridad divina del único Dios verdadero y hemos de reconocerlas como tal.

El alcance y la suficiencia de la autoridad bíblica

Durante la Reforma, los reformadores protestantes defendieron la tesis de sola Scriptura, rompiendo el dominio eclesiástico que mantenía la Iglesia Católica Romana sobre la interpretación y la autoridad de la Biblia. La tradición, la filosofía y la autoridad papal dejaron de ser la última palabra. Dejó de concederse a los apócrifos el mismo origen y autoridad divinos de la Escritura canónica.

Hoy, han surgido nuevas amenazas a la autoridad bíblica. A raíz del hincapié que hizo la Ilustración en la razón humana omnipotente, la teología liberal ha venido demoliendo todas las autoridades externas. La revelación divina se juzga por la razón humana, que solo permite la validación de lo que se puede conocer a través de la reflexión racional sobre la naturaleza. La razón humana se ha convertido en la nueva norma y autoridad para la verdad bíblica. Para muchos teólogos liberales, la «revelación» se ha convertido en un reconocimiento meramente racional de verdades morales que ya estaban disponibles para la razón ilustrada.5

De esta forma, en los círculos protestantes liberales, el ministerio docente ha sido reemplazado por el razonamiento humano autónomo, generando un «papado de eruditos» y especialistas que se dedican a lo que se conoce como «erudición científica», que no es más que interpretar la Biblia haciendo uso constante de la razón histórica y el naturalismo metodológico.6 Basados en la razón humana como la norma final y la máxima autoridad, «los académicos liberales [se han dedicado] a la investigación literaria e histórica que cuestiona la autoría tradicional, cuestionando la fiabilidad de los hechos, rechazando o reformando la inspiración divina y promoviendo un relativismo destructivo de los absolutos doctrinales y éticos».7

La crítica bíblica moderna ha influido en los cristianos sinceros para limitar la autoridad de la Escritura, reduciendo su papel a los elementos esenciales de la fe y la moral cristiana. Cada vez que la Biblia habla sobre temas de historia o de ciencia, sus declaraciones están sujetas a los criterios de la crítica histórica naturalista y una filosofía naturalista de la ciencia. Este método excluye cualquier causalidad sobrenatural en el ámbito de la naturaleza y el flujo de la historia. Y dicha exclusión de lo sobrenatural conduce a interpretaciones que ignoran, distorsionan o niegan las afirmaciones de los escritores bíblicos sobre el origen divino, la autoridad y la veracidad de sus escritos.

Otro elemento importante eniel debate moderno sobre la autoridad bíblica es el tema del alcance y el propósito de las Escrituras. Según Pablo, el propósito principal' de la Biblia es darnos «sabiduría para recibir la salvación que viene por confiar en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3: 15, NTV). El apóstol Juan nos dice que estas cosas «se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20: 31). Jesús mismo criticó a los líderes judíos de su época por su incapacidad de comprender este importante propósito de la Escritura: «Ustedes estudian con diligencia las Escrituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor! Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Juan 5: 39-40, NVI).

Sin embargo, el debate sobre el límite de la autoridad de la Biblia no tiene que ver con el propósito espiritual de la Escritura. La pregunta es si la autoridad de la Escritura abarca todo el contenido de la Biblia, es decir, todo lo que la Escritura afirma (tota Scriptura). Algunos críticos modernos de la Biblia han reducido la autoridad de la Escritura a los temas relacionados con la salvación, anulándola por completo. Elena G. de White abordó este tema, al decir: «Muchos profesos ministros del evangelio no aceptan toda la Biblia como palabra inspirada. Un hombre sabio rechaza una porción; otro objeta otra parte. Valoran su juicio como superior a la Palabra, y los pasajes de la Escritura que ellos enseñan se basan en su propia autoridad. La divina autenticidad de la Biblia es destruida».8 El principio que Elena G. de White sostuvo es que toda la Escritura debe ser recibida como la Palabra de Dios porque habla con autoridad divina (ver Hechos 24: 14; 2 Timoteo 3:16). Aunque la Biblia hace énfasis principalmente en el ámbito espiritual, su autoridad no puede limitarse excluyéndola arbitrariamente de otros ámbitos del conocimiento humano, como la historia y la naturaleza. La Biblia no limita explícitamente el alcance de su autoridad a los temas espirituales.9

Algunos afirman que la Biblia no es un libro de texto, de ciencia o de historia y que no debe considerarse una autoridad en estos ámbitos del conocimiento. Si bien esto es cierto en un sentido técnico, equivale a un ataque frontal a la autoridad de la Biblia. Si la veracidad del relato de la creación y las narrativas históricas se rechazan o reinterpretan siguiendo las teorías científicas naturalistas o la investigación histórica, entonces su autoridad se neutraliza. En este sentido, ni Jesús, ni los profetas ni los apóstoles, cuestionaron la verdad histórica de las Escrituras ni el registro del Génesis. Por el contrario, afirmaron la veracidad y la autoridíid divina de las Escrituras. Tanto Dios como su Palabra están anclados en sus actos históricos y declaraciones proféticas. Desacreditar la integridad de los detalles históricos de las Escrituras es el paso inicial para disminuir la autoridad de la Biblia.

La teología adventista apela a la autoridad divina de toda la Sagrada Escritura porque la ve como la Palabra escrita de Dios. La Biblia no solo contiene la palabra de Dios, sino que es la Palabra de Dios en forma escrita. Su autoridad no se deriva ni se encuentra en su eje material, que es

Jesucristo. Más bien, la Biblia está investida de autoridad divina debido a su inspiración sobrenatural. Por esta razón, Jesús se refiere a ellas como la norma de su teología: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva» (Juan 7: 38, itálicas añadidas).

Las Escrituras no han recibido su autoridad de la iglesia ni son legitimadas por la comunidad científica actual o por nuestra experiencia humana. Su credibilidad se deriva de la inspiración divina. Y como tal, la Biblia se caracteriza por su verdad y autoridad espiritual. Comunica la verdad divina de una manera que la naturaleza y la creación no pueden lograr adecuadamente, debido a que el pecado estropeó el mundo natural. Además, el mundo natural no comparte la inspiración como cualidad.

La veracidad innata de la Biblia las hace confiables y fidedignas, y las convierte en testigo de la verdad de Dios. Son el patrón normativo (norma normans) que rige todo lo demás. En palabras de Elena G. de White: «En su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la salvación. Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como dotadas de autoridad absoluta y como revelación infalible de su voluntad. Constituyen la regla del carácter; nos revelan doctrinas, y son la piedra de toque de la experiencia religiosa».10

Solo la Biblia puede proporcionar un fundamento sólido para comprender nuestro propósito y nuestro destino. Revela la voluntad de Dios, sus mandamientos, su carácter y el plan de salvación. Tiene el poder de unificar pueblos y culturas, llevándolos a la presencia de su Dios creador y redentor.


Referencias

1. Rolf Schieder, «Authority. II. History andTheology» en Religión Past & Present: En-cyclopedia of Theology and Religión, ed. Hans Dieter Betz, Don S. Browning, Bernd Janowski, y Eberhard Jüngel (Leiden: Brill, 2007), 1:519. Véase también Waldemar Molinski, «Authority» en Encyclopedia of Theology: The Concise Sacramentum Mundi, ed. Karl Rahner (Nueva York: The Seabury Press, 1975), p. 61.

2. Cf. H. D. McDonald, «Authority» in Evangélical Dictionary ofTheology, ed. Walter A. Elwell, 2a ed. (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2001), p. 153.

3. Sobre el tema de la autoridad, véase Peter M. van Bemmelen, «The Authority of Scripture» in Understanding Scripture: An Adventist Approach, ed. George W. Reid (Sil-ver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2006), pp. 75-89.

4. Ver John Wenham, Christ and the Bible, 3a ed. (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1994), pp. 16-44.

5. Alister E. McGrath, «Enlightenment» en The Blackwell Encyclopedia of Modem Chris-tian Thought, ed. Alister E. McGrath (Oxford: Blackwell, 1993), p.>152.

6. Cf. Gerhard Maier, Biblical Hermeneutics (Wheaton, IL; Crossway Books, 1994), pp. 167-168 y Alvin Plantinga, «Two (or More) Kinds of Scriptural Scholarship» en 'Behind' the Text: History and Biblical ¡nterpretation, ed. Craig Bartholomew, C. Ste-phen Evans, Mary Healy, y Murray Rae (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2003), pp. 19-57.

7. Geoffrey W. Bromiley, «Scripture, Authority of», en International Standard Bible Encyclopedia, ed. Geoffrey W. Bromiley, rev. ed. (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1988), 4:363.

8. Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, cap. 2, p. 21, la cursiva es nuestra.

9. Véase la interesante discusión sobre este tema en Noel Weeks, The Sufficiency of Scripture (Carlisle, PA: Banner ofTruth, 1988), pp. 85-90.

10. Elena G. de White, El conflicto de los siglos, introducción, p. 10.