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El origen y la naturaleza de la Biblia

 

Durante siglos, la Biblia ha sido considerada una fuente de autoridad para la teología cristiana. Alguien dijo acertadamente que «la comunidad cristiana que abandona la autoridad del testimonio bíblico, se convierte en poco más que el portavoz de cualquier tendencia cultural del momento que se le antoje».1 Sin embargo, la autoridad de la Escritura está significativamente determinada por nuestra comprensión del origen de la Palabra escrita de Dios. Nuestro conocimiento del origen de la Escritura está a su vez formado por nuestra comprensión de la naturaleza de lo que llamamos el proceso de revelación e inspiración.

Durante toda la historia han surgido diversas interpretaciones de la naturaleza y la función de la inspiración. Estos diferentes conceptos de la inspiración han afectado significativamente nuestra comprensión de la naturaleza de la Biblia, su fidelidad, su fiabilidad, su autoridad única y los principios interpretativos utilizados para entenderla. Desafortunadamente, la falta de una terminología clara y unificada ha complicado toda la discusión, haciendo que resulte un desafío tener una conversación significativa sobre el tema. Sin embargo, hay algunos conceptos básicos que rodean la inspiración y la autoridad de las Escrituras que deben entenderse, incluso dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Sin inspiración sobrenatural

Los conceptos actuales sobre la inspiración incluyen una tendencia que se desarrolló a raíz de la Ilustración . En esta escuela de pensamiento, la teología liberal clásica negaba cualquier inspiración de origen sobrenatural. El origen de la Escritura no viene de arriba, sino que es de abajo, es decir, del flujo cerrado de la historia humana. Como esta comprensión puramente naturalista del mundo no deja espacio para la participación sobrenatural, la inspiración divina no tiene cabida. En consecuencia, bajo este punto de vista, la «inspiración» es un fenómeno puramente natural y humano, quizás comparable a los genios inspirados de Shakespeare, Lutero o Mozart.

Según este punto de vista, la Escritura tiene que ser estudiada e interpretada como cualquier otro libro; abordarse como si Dios no existiera. Y sin inspiración divina, la Biblia solo refleja las circunstancias históricas y culturales que la produjeron. La ausencia de inspiración divina predetermina el estudio de la Palabra de Dios a las influencias culturales y socioeconómicas que dieron forma al texto bíblico.

Esta perspectiva, que afirma que la Biblia es un simple producto de su tiempo, naturalmente despoja a las Escrituras de la autoridad divina. Para comprender correctamente las Escrituras, uno solo necesita apelar a factores intrínsecos y al principio de analogía, utilizando el conocimiento actual para interpretar los acontecimientos del pasado distante.

Además, la Biblia tiene que estudiarse de manera histórico-crítica, lo que significa que no se puede confiar en ella a menos que la evidencia externa respalde sus afirmaciones. Esta visión crítica no conduce a ninguna certeza a nivel de creencias, sino que hace que cada acontecimiento individual sea incierto.2 Genera solo probabilidades que hacen surgir preguntas sobre la certeza de la fe.3 El cristianismo y la Biblia pierden su singularidad, ya que solo pueden entenderse en relación con toda la historia.4 Como libro puramente humano, la Biblia se caracteriza por la diversidad teológica, contradicciones y errores. No hay unidad teológica en la Escritura, sino solo una pluralidad de voces conflictivas e incluso mutuamente excluyentes que reflejan la diversidad de su entorno original y de los escritores bíblicos. Es decir, la Biblia es como cualquier otro libro: está lleno de errores e incluso de puntos de vista éticos deficientes. La razón humana, en lugar de la Escritura, es la norma fundamental de lo que se debe y no se debe aceptar.

Inspiración verbal

En el otro extremo del espectro interpretativo hay un método llamado «inspiración verbal», el cual ve a Dios como alguien que es capaz de usar el lenguaje humano para comunicar su voluntad a los seres humanos. El origen de la Escritura es el Dios del cielo, en lugar de los hombres terrenales. Esta conjetura de la inspiración apela a declaraciones como la que se encuentra en 2 Timoteo 3: 16, donde el apóstol Pablo afirma que toda la Escritura es inspirada o dada por Dios. Según este punto de vista, la inspiración se encuentra predominantemente en el producto inspirado, es decir, en las palabras de las Escrituras, más que en las mentes de los escritores bíblicos. Como se hace hincapié en las palabras, el verbum de las Escrituras, el nombre de este método es inspiración verbal.

Esta manera de ver la inspiración, acompañada de la lectura literal de algunas declaraciones de las Escrituras, está fuertemente influenciada por la visión calvinista de la predestinación divina, la cual lleva a sus defensores a creer que Dios, en su soberanía, predeterminó las mismas palabras utilizadas en la producción de la Biblia. De esta forma, las palabras de las Escrituras comparten su perfección divina, siendo infalibles e inerrantes en cada detalle. Tal comprensión de la inspiración a menudo se asocia, especialmente por parte de los críticos liberales, con una visión estricta y mecánica de la inspiración que raya eñ el dictado divino; la idea de que Dios transmitió directamente las palabras usadas por los escritores de la Biblia.

Durante el tiempo de la ortodoxia protestante, algunos defensores de la inspiración verbal incluso afirmaron que Dios mismo dictó cada letra y hasta los signos diacríticos del texto hebreo del Antiguo Testamento, eliminando efectivamente cualquier participación humana ge-nuina en el origen de las Escrituras. Si bien pocos representantes modernos de la inspiración verbal mantienen un punto de vista tan rígido, las palabras de la Escritura aún están asociadas con los conceptos de inerrancia y perfección. Tenemos así entonces que la Escritura fue dictada por Dios mismo, con los escritores bíblicos funcionando como su pluma. Tal enfoque puede conducir al descuido del contexto histórico y a una posterior mala interpretación de muchos pasajes de la Biblia.

Los defensores de esta interpretación consideran que las Escrituras poseen autoridad divina y comparten la perfección de Dios. Debido a esta inspiración divina, reconocen su unidad teológica y enseñan la verdad bíblica con un alto nivel de seguridad. En lugar de reconocer contradicciones y errores internos dentro de la Biblia, los defensores de la inspiración verbal se muestran ansiosos de armonizar sus declaraciones. Creen que la unidad interna de la Escritura es la obra del Espíritu Santo en el proceso de inspiración y, debido a que el Espíritu Santo está obrando, la Biblia no puede ni debe estudiarse como cualquier otro libro. El componente divino debe tomarse en serio. La historia también se estudia, pero juega un papel interpretativo menor. La inspiración es entonces la obra de Dios a través del autor bíblico, al punto de que las mismas palabras que se emplean son perfectamente capaces de transmitir la verdad divina y el mensaje de Dios sin errores.

Inspiración del pensamiento

Algunos estudiosos de la Biblia han apartado la atención de las palabras como tal. Según ellos, la inspiración está en los pensamientos de los escritores bíblicos y no en las palabras que emplean. En cierto sentido, esta posición es una reacción a la visión mecánica de la inspiración verbal que busca elevar el factor divino. La inspiración del pensamiento mantiene la creencia en la inspiración sobrenatural por parte de Dios, pero deja el proceso de registrar los resultados de esa inspiración enteramente al profeta. Los escritores bíblicos eligen libremente sus propias palabras.

Si bien es cierto que los escritores de la Biblia disfrutan de una libertad genuina, los defensores de la inspiración del pensamiento a menudo asocian un asunto que es problemático. Se trata de la creencia de que todo lo humano es automáticamente falible y propenso al error. Por lo tanto, el lenguaje utilizado para transmitir pensamientos inspirados es, en el mejor de los casos, imperfecto, y se presta a discrepancias y errores. Esta presuposición coloca el juicio de lo que es confiable y lo que es falible directamente en manos del intérprete, convirtiéndolo en el árbi-tro final de la verdad en lugar de las Sagradas Escrituras. Si bien es cierto que Dios les dio a los escritores de la Biblia una gran libertad para expresarse en su propio estilo, su humanidad no hace que la Biblia sea automáticamente falible. Incluso en medio de su pecaminosidad, los seres humanos son totalmente capaces de comunicar la verdad. ¿No debería Dios poder comunicarse efectivamente con las criaturas que creó? Después de todo, él es el autor del lenguaje, y la veracidad es uno de sus rasgos de carácter (ver Éxodo 20: 16). Además, ¡la única manera de expresar los pensamientos es a través de palabras humanas! Si no pudiéramos expresar nuestros pensamientos en palabras adecuadas, no conoceríamos ninguno de los pensamientos inspirados de Dios.

Ahora, si bien la inspiración funciona a nivel de pensamiento, también debe haber algún efecto en el producto que exprese esos pensamientos, pues de lo contrario la inspiración sería inútil. Al descontar la autoridad de la página escrita, el enfoque de inspiración de pensamiento de la interpretación bíblica falla, porque no «interpreta rectamente la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15, NVI). Este defecto ha llevado a los estudiosos de la Biblia a proponer otro concepto de inspiración que resuelve el problema.

La inspiración pienaria o total

En lugar de enfocar la atención en la predeterminación del texto, eliminando la libertad humana genuina o restringiendo el proceso de inspiración a la simple inspiración del pensamiento, los estudiantes meticulosos de las Escrituras apoyan la denominada inspiración pienaria. Según el Diccionario de la lengua española, la palabra «plenario» significa «Lleno, entero, cumplido, que no le falta nada» o «pleno, como la reunión de una corporación».5 Por lo tanto, en lugar de eliminar la libertad del componente humano o negar la supervisión divina en el proceso de inspiración, la visión pienaria de la inspiración mantiene ambos factores bíblicamente atestiguados en equilibrio. Un erudito bíblico reciente la llamó «inspiración total».6 Tanto el nombre como el concepto se derivan directamente de la Biblia, específicamente de 2 Timoteo 3: 16, donde leemos que «toda la Escritura es inspirada por Dios» (la cursiva es nuestra). Por «toda la Escritura», Pablo se refiere a toda la Escritura de su día o «cada pasaje de la Escritura», incluidas varias partes de la Biblia.7

La inspiración pienaria o total evita los desequilibrios de la inspiración verbal y del pensamiento. Los autores adventistas opinan lo siguiente sobre este tema: «Si la inspiración debiera atribuirse a los escritores inspirados o a las Escrituras escritas por ellos es en gran medida un dilema inútil».8 De hecho, la Biblia afirma que el Espíritu Santo influyó sobre los escritores bíblicos (ver 2 Pedro 1: 19, 21; 1 Tesalonicenses 2: 13). No hay duda de que el primer lugar donde ocurre la inspiración es en los pensamientos de los escritores bíblicos. Sin embargo, se deduce que lo que produjeron se inspiró y se convirtió en la Palabra inspirada de Dios. Los adventistas reconocen que «hay poca duda de que en este proceso están involucrados los pensamientos como también las palabras».9 Las personas inspiradas recibieron visiones, sueños y estampas de Dios en forma visual o verbal, y los transmitieron fiel y verazmente, tal como los habían recibido.

Si bien las palabras escritas por ellos son claramente humanas, los escritores bíblicos hacen hincapié en que sus palabras son, ciertamente, la Palabra de Dios. La comprensión plenaria de la Escritura preserva el carácter divino de la Biblia al tiempo que le da al contexto histórico la debida consideración.

En la inspiración verbal, de pensamiento o plenaria (total), el proceso de inspiración funciona a nivel individual o verbal. Más recientemente, también se ha propuesto otro concepto relacionado con la inspiración.

La inspiración de la comunidad

Paul Achtemeier afirma que el proceso de inspiración no opera tanto a nivel individual sino a nivel comunitario. La proclamación de la comunidad de fe y su testimonio del Señor vivo se eleva al punto en que se convierte en «la Palabra de Dios en toda su oportuna relevancia para la coyuntura histórica en la que vivimos».10 En lugar de obrar a través de individuos elegidos para comunicar su voluntad, Dios inspira a toda la comunidad de fe.

Con esto, Achtemeier sugiere que la Biblia ya no puede considerarse la Palabra de Dios.11 De hecho, para Achtemeier, la única ecuación con la Palabra de Dios que se encuentra en el Nuevo Testamento es la persona de Jesús de Nazaret. De esta forma, la Biblia contiene la Palabra de Dios (Jesús) en las muchas palabras humanas de sus autores, haciéndose eco de la famosa distinción de Karl Barth, para quien la Biblia no es sino un testigo de la Palabra de Dios testificada, que es Jesús.12 La Biblia ya no es la Palabra normativa escrita de Dios: solo contiene testimonio de la Palabra de Dios y puede convertirse en la Palabra de Dios al predicarla.

Sin embargo, en la Biblia, no encontramos indicios de que toda la comunidad esté inspirada, como parece creer Achtemeier. Elevar la proclamación de la comunidad de fe a un nivel en que se convierte en la Palabra de Dios, no explica adecuadamente las distorsiones en su proclamación y la testificación de la iglesia. Sin la Escritura inspirada divinamente como la norma orientadora, la proclamación de la iglesia y sus enseñanzas se convierten en una «nariz de cera» cuya forma real puede retorcerse de cualquier manera, según la creatividad teológica. Según esta hipótesis la Escritura tiene, en el mejor de los casos, una autoridad funcional en la vida de la iglesia,13 pero carece de su unidad y de autoridad divinamente inspirada.

El carácter divino-humano de las Escrituras

Tomar en serio el carácter divino-humano de la Escritura evita que caigamos en la trampa de ver la Biblia como un producto puramente humano sobre el cual podemos presentarnos como jueces. Nos motiva a tratar las palabras bíblicas con respeto y amor. Fomenta la investigación humilde y honesta, permitiendo que la Biblia dé forma a nuestra vida y visión del mundo.

Nuestro amor por la Palabra de Dios hará surgir el deseo de seguirla fielmente. Reconocer la Biblia como la Palabra inspirada de Dios fomenta una fe profunda en él, confianza en su Palabra y confianza en la Biblia como una guía confiable para la vida cristiana práctica. Respetamos las palabras de las Escrituras porque comunican la verdad de Dios revelada a las mentes de los escritores bíblicos. Esta comprensión conduce a una interpretación de la Escritura que valora todo lo escrito sobre un tema en particular y permite que la Escritura sea su propio intérprete.


7. Cf. Gerhard F. Hasel, Understandíng the Living Word of God (Mountain View, CA: Pacific Press, 1980), p. 69.

8. Peter M. van Bemmelen, Revelación e inspiración, p. 23. Para la visión igualmente equilibrada de Elena G. de White del proceso de revelación e inspiración, véase Frank M. Hasel, «Revelation and Inspiration», The Elena G. de White Encyclopedia (Hagerstown, MD: Reviewand Herald, 2013), pp. 1087-1101.

9. Van Bemmelen, Revelación e inspiración, p. 24.

10. Achtemeier, p. 159.

11. Achtemeier, p. 158.

12. Cf. Karl Barth, Church Dogmatics, The Doctrine of the Word of God, t. 2, parte 2 (Londres: T & T Clark, 2004), p. 457 ff. Véase también Frank M. Hasel, «The Christolo-gical Analogy of Scripture in Karl Barth», Theologische Zeitschrift 50, no. 1 (1994): pp. 41-49.

13. Achtemeier, p. 146.