CAPÍTULO 2
Entre los candelabros
Juan en Patmos (1:9)


Juan comienza su historia diciendo que estaba en Patmos por causa de su testimonio fiel del evangelio (Apoc. 1:9). Los autores cristianos tempranos son unánimes en decir que Juan fue exiliado a esta isla rocosa y árida por las autoridades romanas para impedirle esparcir el evangelio. Como prisionero, el anciano apóstol soportó muchas penurias en su exilio en Patmos.1 La tradición cristiana primitiva testifica que fue forzado a realizar labores pesadas en las canteras.2

La experiencia de Juan en Patmos dio forma al lenguaje y las imágenes de Apocalipsis. Por ejemplo, la tribulación que él soportó allí por causa de su testimonio fiel del evangelio llegó a ser un precursor de la experiencia del pueblo fiel en un mundo hostil, pero especialmente de la gran tribulación que el pueblo de Dios debe pasar en el tiempo del fin (cf. Apoc. 7:14). También, Juan probablemente tenía en mente la isla montañosa de Patmos cuando mencionó que las islas y los montes desaparecerían al final del tiempo (Apoc. 6:14; 16:20).

Especialmente notable es la prominencia del mar y las imágenes relacionadas con el agua en el libro (aparecen 26 veces). Siendo que Juan estaba confinado en Patmos, el mar también llegó a significar la separación y el sufrimiento para él. Las aguas tormentosas alrededor de la isla vinieron a simbolizar las condiciones perturbadoras sociales y políticas en el mundo. El mar está obviamente relacionado con el dbussos (abismo), que es la morada de Satanás y sus demonios {cf. Apoc. 13:1 con 17:8). Es de ese mar metafórico que el apóstol ve que sale la bestia que viene a oprimir al pueblo de Dios (Apoc. 13:1). A la Babilonia prostituta se la ve sentada "sobre muchas aguas" (Apoc. 17:1; cf. vers. 15). También es de ese mar simbólico que los mercaderes figurados de Babilonia, que venden sus doctrinas y sus costumbres corruptas, obtienen toda su riqueza y lujos (Apoc. 18:17-24).

Recordando esto, no es sorprendente que en la última visión de Juan de los cielos nuevos y la Tierra Nueva lo primero que observó fue que "el mar ya no existía más" (Apoc. 21:1). El texto no se refiere simplemente a cualquier mar sino al mar que rodea a Patmos, y eso llena al anciano apóstol con un profundo anhelo del tiempo cuando el mar ya no existirá más. La ausencia del "mar" sobre la Tierra Nueva significa la ausencia de todo mal y del "Patmos" del sufrimiento y el dolor en la vida diaria.

Sin embargo, el verdadero dolor que sintió el revelador en Patmos fue mayor que su sufrimiento físico. Estaba abrumado -ramente preocupado por la situación de las iglesias, ubicadas en siete ciudades en la provincia de Asia {cf. Apoc. 1:11), que habían sido privadas de su liderazgo. La situación en las iglesias se había desestabilizado gradualmente por causa de la hostilidad creciente de las autoridades romanas hacia los cristianos en Asia. También había informes perturbadores de que estas iglesias estaban en crisis. La mayoría de ellas, divididas; en algunas, la mayoría de los creyentes estaban involucrados en difundir la apostasía.

Muchos cristianos en Asia estaban luchando con su identidad. Las terribles circunstancias y la angustia pudieron haber conducido a muchos de ellos a cuestionar si Dios estaba todavía en el control y qué traería el futuro a la iglesia. Estaban con la necesidad urgente de conducción y ánimo. Pero el anciano apóstol no podía estar con ellos. Su preocupación por su bienestar espiritual era, a veces, abrumadora. Juan estaba grandemente angustiado y necesitaba una expresión de seguridad y ánimo.

Los cristianos nunca deben olvidar que siempre que se encuentren en un "Patmos" rodeado por un interminable "mar" embravecido, cualquiera que sea para ellos el significado del mar, no están solos. La experiencia de Patmos siempre resulta en una revelación de Jesucristo. Es porque Daniel experimentó la cautividad babilónica que hay un libro de Daniel en la Biblia. Del mismo modo, el exilio de Juan en Patmos produjo el libro de Apocalipsis. Jesús, quien visitó a Juan en una visión en esa isla desértica, es el mismo Jesús que está presente con su pueblo para sostenerlo y apoyarlo hoy. El siempre estará con su pueblo, hasta el mismo fin del tiempo (ver Mat. 28:20).

En el día del Señor (1:10a)

No sabemos cuánto tiempo estuvo Juan en Patmos antes de que Cristo se le apareciera en la visión. Juan afirma brevemente que, mientras estaba en medio de su aflicción, fue tomado en visión "en el día del Señor" (Apoc. 1:10). Es evidente que, para él, el "día del Señor" era un día especial.

En la Biblia, hay dos días especificados como del Señor. El primero es el sábado del séptimo día. Dios llama a estos días sábados "mis sábados" (Exo. 31:13; Eze. 20:12, 20) y "mi día santo" (Isa. 58:13). Jesús se llamó a sí mismo "Señor del sábado" (Mat. 12:8; Mar. 2:28). Esto muestra claramente que Juan'pudo haber recibido la visión en sábado, el séptimo día, como el día del Señor.

Otro día que en la Biblia se menciona como del Señor es el "día del Señor" escatológico, que aparece a menudo tanto en el Antiguo Testamento (Isa. 13:6-13; Joel 2:11,31; Amos 5:18-20; Sof. 1:14; Mal. 4:5) como en el Nuevo Testamento (1 Tes. 5:2;2 Ped. 3:10). Se refiere al tiempo cuando Dios dará fin a la historia de este mundo y establecerá un nuevo orden. En el Nuevo Testamento, el "día del Señor" se refiere exclusivamente a la Segunda Venida.

Es particularmente significativo que el sábado en la Biblia tiene un significado escatológico (Isa. 58:13,14; 66:23) y es una señal de liberación (Deut. 5:15; Eze. 20:10-12). Estas realidades hacen que sea razonable pensar que Juan acuñó la frase "el día del Señor" para combinar los dos conceptos bíblicos en uno solo: decirles a sus lectores que fue tomado en visión en el escatológico día del Señor para presenciar los eventos durante la conclusión de la historia de esta Tierra (cf. Apoc. 1:7) y decirles que esta visión realmente ocurrió en el sábado, un séptimo día. Esto se adecuaría a la descripción de los eventos finales en Apocalipsis y subrayaría el rol central del sábado en el drama del tiempo del fin.

Descripción de Cristo (1:13-16)

Jesús viene a Juan como el Señor exaltado; no obstante, aparece como "uno semejante al Hijo del hombre" (Apoc. 1:13), que es una designación favorita de Jesús (Mat. 26:45; Mar. 1:26; Luc. 19:10). El Cristo exaltado que Juan ve en visión tiene una apariencia completamente diferente de la del Jesús que él conoció cuando estaba en la carne. El apóstol encuentra que el lenguaje humano es inadecuado para describir la apariencia de Jesús, y recurre a imágenes antiguas y descripciones de Dios del Antiguo Testamento.

El retrato que Juan hace de Jesús es similar a la figura divina de un ser semejante a un hombre en Daniel 10:5 al 12. Pero Jesús es mucho más que eso. También tiene características de Dios en el Antiguo Testamento. La frase "uno semejante al Hijo del hombre" es un eco de Daniel 7:13 y 14. Jesús tiene el cabello blanco del "Anciano de días" en Daniel 7:9. Sus ojos son como llamas de fuego; sus pies son como bronce bruñido; y su rostro brilla como la figura divina de la visión de Daniel (Dan. 10:6; cf. Mat. 17:2). Su voz, "como el estruendo de muchas aguas", era la voz de Dios en Ezequiel 43:2 (cf. Dan. 10:6). En las imágenes de esta figura semejante a un hombre, Juan reconoce rápidamente al Señor glorificado con todas sus características y prerrogativas divinas.

Al aplicar estas imágenes del Antiguo Testamento a Cristo, Juan usa las palabras como o semejante a, que sugieren un significado metafórico más bien que literal. En el mundo antiguo, el cabello blanco o gris significaban sabiduría y experiencia (Job 15:10; Prov. 20:29). Los ojos de Cristo, como llamas de fuego, indican su capacidad de penetrar en los secretos más íntimos del corazón humano (Apoc. 2:18, 23); sus pies, como bronce bruñido, simbolizaban estabilidad y fortaleza (Eze. 1:7); su voz como de trompeta y "el estruendo de muchas aguas" era la voz de Dios que habla (Eze. 43:2); y su rostro resplandeciente se menciona en su exaltación (Mat. 17:2, 3). Además, equipado con una espada de dos filos que sale de su boca (Heb. 4:12), Cristo aparece y actúa como la plena autoridad de Dios.

En términos de las descripciones de Dios del Antiguo Testamento, su retrato de Jesús apelaba en particular a los judíos. Pero, para los gentiles, la misma descripción podía evocar la imagen de la diosa helenística Hécate, quien era popularmente adorada en el Asia Menor occidental durante el tiempo de Juan. Los paganos le asignaban autoridad universal; la consideraban como la fuente y la gobernante del cielo, la Tierra, el Hades (el mundo subterráneo), y la agente por la que aquellos llegarían a su fin. Se manifestaba en tres formas, correspondientes a cada parte del Universo: su forma celestial era Selene, o Luna; su forma terrestre era Artemisa, o Diana; y su forma subterránea era Perséfone. La llamaban "la portadora de llaves" porque se pensaba que poseía las llaves de las puertas del Hades. De ella, se escribió: "Al principio [...] [y] al fin [...] eres tú, y tú sola gobiernas todo. Porque de ti vienen todas las cosas, y en ti todas las cosas son. Eterna, ves el fin de ellas".3

Jesús se presenta a los gentiles como su única esperanza. Todo lo que esperaban en la religión pagana lo podían encontrar en Cristo. Su autoridad sobrepasaba la autoridad de Hécate y de cualquier otra autoridad en el cielo, sobre la Tierra o debajo de la Tierra (ver Fil. 2:10). Por virtud de su propia muerte en la Cruz, Jesús quebró el poder de la muerte, y esto lo empoderó para poseer "las llaves de la muerte y del Hades" (Apoc. 1:18). Por causa de su muerte y su resurrección, Jesús vive para siempre, está con su pueblo y lo sostiene.

Los mensajes a las iglesias

Jesús proporcionó a Juan mensajes especiales para las iglesias, y estos se aplican en tres niveles:

Aplicación histórica. Es importante recordar que estas eran iglesias reales en Asia Menor, con desafíos reales. Estaban en ciudades que eran centros importantes y prósperos ubicados sobre la ruta postal principal, que las conectaba. Bajo el gobierno romano, generalmente gozaban de paz y prosperidad. Como señal de su gratitud y lealtad a Roma, una cantidad de ciudades establecían la adoración al emperador en sus templos. La adoración al emperador era obligatoria, y el deber de todos los ciudadanos. También se esperaba que los ciudadanos se involucraran en los eventos públicos de la ciudad, y participaran en las ceremonias religiosas paganas. A los que no participaban les esperaban consecuencias serias, tales como les ocurrieron a los cristianos a quienes escribió Juan. *

Aplicación universal. Aunque fueron enviadas originalmente a las iglesias en Asia Menor, estos mensajes no fueron escritos solo para ellas. Aunque Pablo escribió sus epístolas a las iglesias de sus días, ellas todavía contienen mensajes oportunos para las generaciones siguientes de cristianos. En forma similar, los mensajes a las siete iglesias contienen valiosas lecciones que se aplican a los cristianos de todas las épocas.

Estos mensajes no fueron enviados separadamente, sino juntos en una carta (Apoc. 1:11). La carta entera debía ser leída por todas las iglesias. Siendo que cada mensaje termina con una exhortación a observar lo que el Espíritu dice a las iglesias, cada mensaje se aplica a todas las iglesias, aunque cada uno fue escrito a una iglesia individual. Estos mensajes, de esta manera, hablan a todos los cristianos y pueden, en general, representar diferentes tipos de cristianos en ciertos períodos de la historia o en diferentes lugares.

Aplicación profética. El Apocalipsis afirma ser un libro de profecía y refuerza el significado profético de los siete mensajes (vers. 1-3). Además, las condiciones espirituales de las siete iglesias corresponden notablemente a las condiciones espirituales del cristianismo en diferentes períodos de la historia.4 Todo esto muestra que los siete mensajes tenían la intención de proveer, desde la perspectiva celestial, un repaso panorámico del cristianismo desde el siglo primero hasta el tiempo del fin.

Examinaremos las luchas de cada iglesia, cómo se aplicaba el mensaje a esa iglesia entonces y ahora, y a qué período histórico corresponde la iglesia. Cada mensaje sigue el mismo formato, que consiste en 1) un saludo, 2) una presentación de Jesús, 3) la evaluación de Jesús de esa iglesia, 4) el consejo y la advertencia de Jesús a la iglesia, 5) una apelación para escuchar al Espíritu, y 6) promesas a los vencedores. Al comparar las partes paralelas de los mensajes, podemos obtener una vislumbre más profunda del significado de ellos.

Éfeso

En el cruce de dos de las principales rutas comerciales, Éfeso era un famoso centro político, comercial y religioso. Con una población de cerca de un cuarto de millón de habitantes, era una de las ciudades más grandes del Imperio Romano. En la ciudad había dos templos dedicados a la adoración al emperador, así como quince templos a otras divinidades. El mayor era el templo de Artemisa (o Diana, para los romanos), una de las siete maravillas del mundo antiguo. Sin embargo, la ciudad era notoria por el crimen, la inmoralidad y la superstición.

Jesús se presenta a la iglesia de Éfeso como "el que tiene las siete estrellas en su diestra, el que camina en medio de los siete candelabros de oro" (Apoc. 2:1); así representa su presencia en la iglesia, y el conocimiento de su situación difícil.

Jesús felicita a la iglesia por varias grandes cualidades. A pesar de vivir en un ambiente pagano, rodeados por estilos de vida paganos y prácticas inmorales, los miembros trabajaban mucho y demostraban paciente perseverancia por causa del evangelio, y se mantenían firmes frente a la persecución. La iglesia también era doctrinalmente íntegra, y ejercitaba discernimiento al probar a los falsos apóstoles, y no tolerar enseñanzas falsas (vers. 2, 3).

Específicamente, resistían las prácticas de los nicolaítas (vers. 6). Aunque la identidad exacta de Jos nicolaítas no es clara, algunos autores cristianos de los primeros tiempos los describían como seguidores heréticos de Nicolás de Antioquía, uno de los siete diáconos de la iglesia de Jerusalén, quien finalmente cayó en herejía (Hech. 6:5).5 Los nicolaítas defendían componendas y conformidad con prácticas paganas para evitar la incomodidad y las dificultades del aislamiento social y la inminente persecución. También se los menciona en el mensaje a la iglesia de Pérgamo, donde se los vincula con otro grupo herético: los seguidores de las enseñanzas de Balaam (Apoc. 2:14,15).

Pero la iglesia en Efeso no fue seducida por las doctrinas perversas de los falsos maestros. Hizo todo esfuerzo posible para conservar la pureza del evangelio y evitar que la falsedad corrompiera a los miembros, algo que Ignacio, obispo de Antioquía, alabaría de los efesios no mucho más tarde.

A pesar de estas grandes cualidades, esta iglesia tenía fallas serias: estaba fallando en el amor. En los primeros tiempos, los cristianos de Efeso eran conocidos por su "fe en el Señor Jesús" y su "amor por con todos los santos" (Efe. 1:15). Ahora ese amor se estaba desvaneciendo. El poner todo su énfasis en las acciones correctas y la sana doctrina, los miembros estaban disminuyendo en su amor por Cristo y, como resultado, su amor mutuo se había desvanecido. Su religión había llegado a ser legalista y sin amor. Estaban haciendo lo que era correcto, pero sus obras eran frías y sin amor.

La situación de la iglesia de Éfeso refleja la situación de Israel antes del exilio, cuando habían perdido el amor y la devoción ardiente que habían tenido por Dios durante su historia temprana (Jer. 2:2). Más tarde, Israel renunció a su amor a Dios y se abusaron de sus conciudadanos. Como resultado, Dios les quitó el privilegio de ser su pueblo portador de luz. Un castigo similar podría caer sobre la iglesia de Efeso. Si no refleja el amor de Dios, pierde la razón misma de su existencia, y está en peligro de que su candelabro sea quitado de su lugar (Apoc. 2:5), lo que es similar a la pérdida de este privilegio del antiguo Israel.

Jesús apela a la iglesia con tres imperativos (vers. 5). Primero, los efesios deben seguir recordando. Como indica el texto griego, ellos no habían olvidado la relación que una vez habían tenido con Cristo, pero dejaban de seguir en ella. Al recordar el amor ardiente por Cristo y entre sí, los miembros se darían cuenta de su condición espiritual actual.

Luego, los efesios debían arrepentirse. El arrepentimiento, en la Biblia, está estrechamente vinculado con un cambio completo en la vida de la persona. La revitalización de su primer amor, que es hacia Cristo, resultará en el bien hacer. Si los cristianos en Efeso volvieran a su primera devoción a Cristo, el amor por sus compañeros humanos rebosaría en medio de ellos.

A lo largo de toda la historia, los cristianos siempre se han encontrado tensionados entre prácticas religiosas estrictas y la expresión del amor de Cristo. El mensaje a la iglesia en Éfeso es una advertencia perpetua a todos los cristianos cuya primera preocupación es hacer lo correcto. Deben recordar siempre el tema central del evangelio: el amor de Dios.

Los vencedores de Efeso -los que atiendan el consejo de Cristo- reciben la promesa de "comer del árbol de la vida, que está en medio del paraíso de Dios" (vers. 7). Después de que Adán y Eva pecaron, se les prohibió comer del árbol de la vida, pero la buena nueva es que aquellos efesios que se mantuvieran fieles y no participaran de las prácticas paganas tendrían permiso para comer del árbol en el Edén restaurado (Apoc. 22:2).

La situación de la iglesia de Efeso corresponde a la situación y la condición espiritual de la iglesia en conjunto en el siglo primero. Este período se caracterizó por el amor y la fidelidad al evangelio; pero, para cuando Juan escribió el Apocalipsis, la iglesia había comenzado a perder el primer amor y a apartarse así de la sencillez y la pureza del evangelio.


Referencias

1 Plinio menciona Patmos como un lugar de exilio (Historia natural4.23.11).

2 Ver Ireneo, Contra las herejías 5.30.3; Eusebio, Historia eclesiástica 3.18-20.

3 Ver David E. Aune, "Revelación 1-5", WordBiblical Commentary 52a (Dallas, Texas: Word Books, 1997), pp. 104-115.

4 Ver Philip Schafí,History ofthe Christian Church, 3" ed. (Nueva York: Charles Scribner's Sons, 1910), t. l,pp. 13-20.

5 Ireneo, Contra las herejías 1.26.3; 3:11, en The Ante-NiceneFathers, ed. A. Roberts yj. Donaldson (Nueva York: Charles Scribner's Sons, 1913), t. 1, pp. 352, 426-429; Hipólito de Roma, The Refutation of AllHeresies 7.24, en The Ante-Nicene Fathers, ed. A. Roberts y J. Donaldson (Nueva York: Charles Scribner's Sons, 1919), t. 5, p. 115.