CAPÍTULO 9
EL SEGUNDO VIAJE

MISIONERO (HECHOS 15:36-18:22)

"No temas, sino habla y no calles, porque yo estoy contigo y nadie pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad" (Hech. 18:9,10).

Como reacción a un sermón que prediqué recientemente en una ceremonia de graduación de la maestría en Divinidad, un experimentado pastor adventista del séptimo día me escribió, expresando su preocupación por la profesionalización del ministerio y la adaptación de las técnicas de la administración de negocios al liderazgo de la iglesia. Notó que dos tercios del calendario de predicaciones de los sábados estaban dedicados a la promoción de programas o eventos decididos por la División, la Unión o la Asociación local. Se usaba aplicaciones para los teléfonos inteligentes a fin de registrar las actividades del pastor y permitir una evaluación directa de sus realizaciones. Y una Asociación hasta requería que el pastor siguiera la evaluación de prioridades y la implementación de estrategias sugeridas por un autor del mundo de los negocios.

Aunque nadie cuestiona la necesidad que tiene un pastor de poseer habilidades de administración de su tiempo y tener objetivos claros, los enfoques que dependen de programas y eventos empobrecen fácilmente el ministerio pastoral y lo privan de la conducción y el poder del Espíritu. Una mentalidad empresarial se orienta a la productividad y el manejo para la ganancia personal y política. El problema con esta mentalidad es que la iglesia no es una empresa, y la misión no es principalmente un negocio. Las prioridades corporativas no necesariamente se pueden traducir a los asuntos espirituales. El Espíritu Santo trabaja con una agenda diferente y con un ritmo diferente.

Esta es la lección principal que debemos aprender del segundo viaje misionero de Pablo, descrito en Hechos 15:36 a 18:22. Mientras el apóstol estaba haciendo esfuerzos por consolidar la presencia de la iglesia en tierras gentiles, Dios estaba dando lecciones objetivas acerca de cómo un obrero del evangelio debería seguir la conducción del Espíritu, y dejar con él los resultados.

DE NUEVO EN GALACIA

La elección selectiva de eventos lleva al apóstol directamente a Derbe y Listra (Hech. 16:1) en Licaonia, Galacia del sur. Habían pasado unos tres años desde que había estado allí (cf. Hech. 14:6-21). Durante esos años, un joven creyente llamado Timoteo había llegado a madurar lo suficiente para dejar a su familia y ser uno de los fieles colaboradores para toda la vida. Aunque el padre de Timoteo era gentil, su madre era una judía cristiana llamada Eunice. Ella pudo haber llegado a la fe por la influencia de su madre, Loida (2 Tim. 1:5), quien probablemente fuera una de las primeras conversas allí. A pesar de no ser circuncidado, Timoteo conocía las Escrituras desde la niñez (2 Tim. 3:15), y como cristiano, ya había ganado el respeto de los creyentes locales (Hech. 16:1,2).

Siendo que los judíos contaban la condición de ser judíos por medio de la línea materna en vez de la paterna, Timoteo era udío. Que él no había sido circuncidado al octavo día después del nacimiento, como lo requería la ley (Gén. 17:12; Lev. 12:3) se debió, probablemente, a la oposición del padre, dado que los griegos en general rechazaban la circuncisión como práctica bárbara. Sin embargo, para los judíos, la circuncisión era el mayor de todos los preceptos. De acuerdo con los rabíes, era mayor que el del sábado,1 porque era la señal por excelencia de la lealtad al pacto de Abraham. Sabiendo que Timoteo, un judío incircunciso, no podría entrar en las sinagogas judías bajo la acusación de apostasía, Pablo lo hizo circuncidar. Lucas dice explícitamente que esto ocurrió "por causa de los judíos" (Hech. 16:3), y el informe parece sugerir que el padre de Timoteo ya había fallecido.

La motivación de Pablo para esto era enteramente práctica, y no contradecía el evangelio que él predicaba. Además, no violaba el principio guiador de que ni los circuncidados ni los incircuncisos debían cambiar su condición al convertirse (1 Cor. 7:i8,19). En este pasaje, Pablo no se concentra en los circuncisos y los incircuncisos. Está preocupado con los judíos circuncisos y los gentiles incircuncisos. Timoteo, un judío incircunciso, era una excepción a la norma y no se encontraba en ninguna de esas categorías. No ser circuncidado era una circunstancia singular, y producía un serio estorbo en el intento de alcanzar a las comunidades judías. Pablo no tenían otra opción que hacerlo circuncidar; especialmente siendo que no hay evidencia de que el apóstol alguna vez enseñara que los judíos debían abandonar a Moisés y la orden de circuncidar a sus hijos, de lo que más tarde fue acusado (Hech. 21:21). Si Timoteo hubiese sido gentil, la actitud de Pablo habría sido impensable, especialmente después del Concilio de Jerusalén. Además, la forma en que se refiere a Tito, un gentil incircunciso, también en el contexto del concilio (Gál. 2:3; cf. vers. 2-9), muestra que no estaba dispuesto a hacer concesiones cuando la verdad del evangelio estuviera enjuego (cf. Rom. 3:28-30; 4:9-12; Gál. 5:2,3,11).

Al ordenar la circuncisión de Ti moteo, Pablo mostró que su polémica contra la circuncisión, especialmente en Gálatas, tenía conexión cierta con la teología de la salvación. Su concepto de libertad le permitía comportarse como un judío entre los judíos, a fin de ganarlos (i Cor. 9:19,20). En otras palabras, por razones utilitarias, Pablo podía circuncidar a un colaborador que provenía de un casamiento mixto, como era el caso con Timoteo. Su comprensión de la circuncisión se encuentra en 1 Corintios 7:19: "La circuncisión nada significa, y la incircun-cisión nada significa" (cf. Gál. 5:6; 6:i5).2 Es decir, siendo que no establece diferencia si un hombre está circuncidado o no, la circuncisión puede usarse en el servicio del evangelio, siendo que no es una condición para la salvación. Para Pablo, aceptar la circuncisión en un intento de estar bien con Dios significaba renunciar a los beneficios salvíficos de su muerte (Gál. 5:2,4).

La historia de Timoteo nos pone frente a frente con un problema importante: el evangelio no requiere que los gentiles lleguen a ser judíos, ni los judíos lleguen a ser gentiles. En la historia cristiana posterior, la aceptación de los gentiles en su condición original fue tomada como una validación de su supuesta superioridad. La destrucción de Jerusalén y la masacre de judíos en Roma en el año 70 d.C., y otra vez en 135 d.C., fueron consideradas como evidencia de que Dios los había abandonado. Los judíos sobrevivientes, disgregados por todo el mundo cristiano, fueron marginados y tratados con desprecio. Las costumbres judías fueron consideradas carnales, no espirituales. La circuncisión llegó a ser ilegal, y junto con el sábado y las leyes alimentarias de Levítico, se decía que eran impuestas a los judíos por causa de sus pecados. La Biblia hebrea fue llamada el "Antiguo Testamento", implicando que era de menor valor para los cristianos. Como Judas Iscariote, los judíos fueron considerados traidores deshonestos y avaros, malditos por Dios y para siempre culpables de haber matado al Hijo de Dios. Si se bautizaban, se esperaba que los judíos renunciaran a todos sus lazos con la vida judía, incluyendo la observancia del sábado y las restricciones alimentarias. Llegó a ser herejía sugerir que se pudiera ser a la vez judío y cristiano. De hecho, el segundo Concilio de Nicea, en el año 787 d.C., llegó al punto de prohibir explícitamente que los creyentes judíos pudieran vivir como judíos (Canon 8). Esto era lo contrario a la enseñanza de Pablo.

Pablo nunca alegó que los judíos llegarían a ser gentiles cuando aceptaran a Jesús; por el contrario, enseñó que na-

EL CÓDIGO VISIGODO

La siguiente confesión, añadida al código de leyes visigodas en el año 681 d.C. por el rey Erwig, un títere incondicional de los obispos, fue ocasionalmente usada para que los judíos conversos muestren su lealtad a la iglesia:

"Por este medio renuncio a todos los ritos y observancias de la secta judía, y sin reservas expreso mi total aversión a todas sus ceremonias y solemnidades que yo he practicado y guardado en tiempos anteriores, hasta ahora; y me comprometo que de aquí en adelante no observaré ninguno de dichos ritos y ceremonias, ni me adheriré a ninguno de mis anteriores errores; es decir, no los retendré en mi mente, o de ninguna manera los llevaré a cabo. De aquí en adelante, renunciando a todas las cosas que están condenadas y prohibidas por las doctrinas del cristianismo".*

* Leges Visigothorum 12.3.14.


die debía cambiar su condición (1 Cor. 7:18). Nunca procuró eliminar las diferencias entre judíos y gentiles, en el sentido de un cristiano que asuma una nueva identidad híbrida que reemplazara o combinara las anteriores.3 Su afirmación de que el judío y el gentil, el esclavo y el libre, el hombre y la mujer, todos son "uno en Cristo Jesús" (Gál. 3:28) y que han sido revestidos con el "nuevo [hombrel" (Col. 3:10), no significa que tales diferencias hayan sido eliminadas (cf. 1 Cor. 7:17-24); sencillamente, no dividen más. I.n discriminación desapareció; el exclusivismo se ha marchado. Cada persona está ahora reconciliada con los demás y con Dios por medio de la Cruz (cf. Efe. 2:14-16).

GUIADOS POR EL ESPÍRITU

Después de terminar su viaje por el sur de Galacia, Pablo, junto con Timoteo y sus otros compañeros, viajó a Asia (Hech. 16:6), una provincia rica y altamente civilizada. Éfeso, la ciudad más grande e importante de la provincia, era probablemente el destino al que Pablo deseaba ir. Esto parece razonable porque en su primer viaje ya había estado en Panfilia, hacia el sur (Hech. 13:13; 14:24, 25), y Bitinia, un poco más al norte. Con una población de más de un tercio de millón, Éfeso tenía el gran templo de Artemisa (Diana, en latín), una de las siete maravillas del mundo antiguo. Este templo, junto con otros templos y santuarios, hacía de Éfeso un importante centro religioso, y su gran población judía ciertamente aumentaría las posibilidades evangelizadoras de Pablo.

Sin embargo, Dios tenía planes diferentes para él, y el Espíritu Santo impidió que el apóstol fuera en esa dirección (Hech. 16:6). Luego, él consideró ir hacia el norte, a Bitinia, que era la segunda selección obvia, pero otra vez el Espíritu se lo impidió (vers. 7). Siendo que Pablo no quería retroceder, la única opción que tenía era pasar por Misia y bajar al puerto de mar de Troas, desde donde él y su grupo pudieran navegar en diversas direcciones (vers. 8). Al llegar a Troas, Dios le mostró en una visión nocturna que debían cruzar la parte norte del mar Egeo y dirigirse a Macedonia, en lo que es hoy Europa (vers. 9).

No es claro por qué Dios dirigió a Pablo a Macedonia, porque en su tercer viaje el apóstol pasaría tres años en Éfeso (Hech. 19:1-21; cf. Hech. 20:31). Además, los resultados evange-lizadores en Macedonia y Acaya, la provincia que Pablo visitó después, no parecían haber sido mejores que en otros lugares. Esto es especialmente cierto de Atenas, donde, desde la perspectiva humana, los resultados no podrían haber sido peores (Hech. 17:32-34). También, la evangelización de Corinto y el establecimiento de la iglesia allí fueron marcados por profundas divisiones internas y una cantidad de otros problemas. Corinto y sus asuntos molestaron a Pablo y ocuparon una parte considerable de su atención, especialmente durante su tercer viaje. Esto queda demostrado por la longitud y la frecuencia de su correspondencia con los corintios. Ellos le escribieron por lo menos una vez (i Cor. 7:1), y Pablo les escribió tres cartas, si no cuatro (cf. 1 Cor. 5:9; 2 Cor. 7:8). Por razones desconocidas, solo la segunda y la cuarta cartas se han conservado.

A los ojos humanos, esto indica que el viaje por Macedonia y Acaya, como opuesto al que pasó por Asia, parece no haber producido ningún beneficio notable para Pablo o para la iglesia. Los resultados no fueron estelares, y el apóstol continuó teniendo problemas con los judíos porque la mayoría de ellos no aceptaron el evangelio (Hech. 17:5-9). También hubo un aumento de dificultades con las autoridades romanas (Hech. 16:19-24,35-39; 17:6-9; 18:12-17). No obstante, este era el plan de Dios, y aunque podría alegarse que Dios tenía planes especiales para Corinto (cf. vers. 9,10), esto no explica por qué Pablo no pudo predicar el evangelio primero en Asia o en Bitinia. Lo que vemos en el informe de Lucas, especialmente en Hechos 16:6 al 10, es un "agudo interés en el diálogo entre el propósito humano y el propósito divino, indicando que los testigos de Jesús, también, deben soportar pacientemente la frustración de sus propios planes a fin de descubrir la oportunidad que Dios les presenta. Esta oportunidad pudo no haber sido el siguiente paso lógico según los cálculos humanos".4

El ejemplo de Pablo de seguir la conducción del Espíritu tiene implicaciones poderosas para los obraros evangélicos modernos. La vida está repleta con obligaciones profesionales y personales. Hay programas que poner en marcha, proyectos que comenzar, metas que alcanzar, visitas que hacer, y acon-sejamientos que brindar. No es de extrañar que los pastores se quejen de que no tienen tiempo para estudiar para sus sermones y para ayudar a la iglesia a crecer en fe. Añadamos a eso la mentalidad empresarial que prevalece y su presión en favor de resultados, y será fácil ver cómo el seguir al Espíritu llega a ser difícil. No obstante, pocas cosas pueden ser tan perjudiciales para el ministerio cristiano como la falta de conducción del Espíritu.

Según las normas humanas, la predicación de Pablo en el Areópago en Atenas (Hech. 17:18-31) fue un gran fracaso (vers. 32-34). Él no estaba tratando de ganar la aprobación de la gente, sino la de Dios (Gál. 1:10). Y sabía que Dios actúa sobre la base de consideraciones divinas (cf. Hech. 28:25-27). El sentido de obligación hacia la gente que tenía Pablo era tal que no elegía su audiencia (Rom. 1:14; cf. 1 Cor. 9:16). Él no trataba de alcanzar solo a los bárbaros y a los necios únicamente para obtener mejores resultados y engrosar su currículo; iría dondequiera el Espíritu lo condujera, y dejaría los resultados con Dios, sabiendo que sin tener en cuenta cuánto él o cualquiera pudiera hacer, era Dios quien daba el crecimiento (1 Cor. 3:6,7).

Tal vez esto explica su énfasis en un llamado a predicar, más bien que a bautizar (1 Cor. 1:17; cf. 1 Cor. 9:16). Los métodos y los programas tienen su valor, pero nunca deben limitar la participación del Espíritu en dar forma al ministerio pastoral. Y el Espíritu no está preocupado con el estatus, el reconocimiento, la ganancia política. Abandonar estrategias cuantifi-cables para dar lugar a la conducción del Espíritu va en contra de la ambición humana; tal acción destruiría, probablemente, la prueba de la inversión propia en tiempo, dinero y energía. El temor es a obtener resultados magros, que arruinen el informe anual, o en el caso de que sean numerosos, que todo el crédito vaya al Espíritu. No es raro que la misión de la iglesia llegue a ser la cubierta de la ambición política de uno mismo.

Sobre la base de 1 Corintios 2:1 y 2, a veces se alega que el enfoque más filosófico de Pablo en el Areópago fue un error, que posiblemente explique su pobre rendimiento allí. Sin embargo, dos puntos necesitan clarificarse.

Primero, el enfoque de Pablo allí era perfecto para su audiencia. El Concilio del Areópago, la institución más venerable de Atenas, incluía a personas ricas, educadas y seculares, representantes de la elite de la ciudad. En términos modernos, podría describírselos como materialistas y racionalistas, que difícilmente representan a la gente común. Para ellos, las estatuas y los templos eran meras supersticiones u obras de arte. Sin tener un conocimiento de las Escrituras hebreas, la apelación de Pablo a la historia sagrada y a Jesús como el Mesías prometido no podría haberlos alcanzado. Lo que funcionaba en la sinagoga judía de Antioquía de Pisidia (Hech. 13:16-51) no habría servido en el Areópago.

Por esta razón, Pablo eligió hablar acerca del verdadero conocimiento de Dios de una manera que era apropiada a su audiencia. Él no fue más decidido acerca de "Jesucristo y a él crucificado" que en Corinto (1 Cor. 2:2) porque no se le dio la oportunidad. Parece haber sido interrumpido en el instante en que mencionó la resurrección de Cristo de los muertos (Hech. 17:31,32); los griegos creían en la inmortalidad, no en la resurrección (vers. 32). El pequeño número de conversos en Atenas, por lo tanto, no es sorpresivo.

La situación es análoga a nuestro intento de alcanzar a las sociedades posmodernas. No se puede esperar resultados significativos; pero como los griegos de la antigüedad, ellos tienen derecho a escuchar el evangelio (cf. Rom. 1:14).

Segundo, i Corintios 2:1 y 2 no alude al discurso de Pablo en el Areópago. Este pasaje corresponde a una sección (1 Cor. 1:18-2:5) en la que el apóstol desarrolla su afirmación de 1 Corintios 1:17b, que predicar "no con sabiduría de palabras" no era parte de su vocación. Al describir su primera visita a Corinto, valientemente Pablo recuerda a sus lectores que intencional-mente evitó palabras de excelencia y sabiduría impresionante al hablar del misterio de Dios (1 Cor. 2:1). Con esto, quería decir que la efectividad de su evangelización no estaba limitada al estilo o la sabiduría humana. De hecho, cualquier respuesta al evangelio debe surgir del mensaje mismo, no de la forma externa o estética de la presentación. La sabiduría y la elocuencia humanas tienen el potencial de hacer vana la Cruz de Cristo (1 Cor. 1:17).

El evangelio excluye la jactancia humana (vers. 28, 29), mientras que la sabiduría y la elocuencia exaltan el talento y la realización humanos. La última pone a los oyentes ante el riesgo de desviar su atención de la Cruz a la personalidad del orador (1 Cor. 2:5). El evangelio se originó en Dios (Gál. 1:11), y dondequiera se predique con su poder (Rom. 1:16) él lo hará fructífero (1 Cor. 3:6,7). Lo hace por medio de su Espíritu Santo (Rom. 15:19; 1 Cor. 2:10-16), sin la ayuda de la sabiduría y la retórica humanas. Las estrategias, los programas y los eventos que parecen proveer una ventaja "competitiva" pueden bloquear la actividad divina y vaciar el evangelio de su poder (1 Cor. 1:17).

OBSERVACIONES FINALES

"La conexión con una iglesia", dice Elena de White, "no toma el lugar de la conversión. Suscribir el nombre al credo de una iglesia no tiene el menor valor para ninguno, si el corazón no está verdaderamente transformado".5 Solo Dios puede producir la conversión (Juan 16:8-11), y la actividad divina en el corazón humano no puede medirse. Vincular la misión de la iglesia y el ministerio pastoral con una perspectiva orientada hacia los números no hace justicia al rol del Espíritu en la conversión; por lo contrario, disminuye su soberanía y drena al evangelio de su poder. Esta deshonra debilita a la iglesia con el ingreso de personas no convertidas.

Presionar por la fuerza para el bautismo en vez de hacerlo por la convicción, está mal dirigido y puede conducir a la evaluación del desempeño de los pastores sobre la base de su "productividad". Para ser verdaderamente exitoso, la obra de la iglesia debe primero ser un esfuerzo espiritual, alimentado por una expectativa genuina del pronto regreso de Jesús.

La misión de la iglesia nunca debe justificar la adopción de procedimientos evangelizadores que socaven la condición espiritual que es necesaria para encontrar a Jesús en paz. El segundo viaje de Pablo es un recordativo solemne de que el Espíritu Santo es vital para los individuos y para la iglesia. Lo que comenzó con el derramamiento del Espíritu y fue alimentado con su conducción terminará con su poder (Hech. 1:8).


Referencias:

'Mishnah Nedarim 3.11.
2 Gerd Lüdemann, Ear¡y Christiamty According to the Traditions in Acts: A Commentary (Mineápolis: Fortress Press, 1989), p. 176.
3 R. Kendall Soulen, The God of Israel and Christian Theology (Mineápolis: Augsburg Fortress, 1996), p. 169.
4 Robert C. Tannehill, The Narrative Unity of Luke-Acts: A Literary Interpre-tation, Volume 2: The Acts of the Apostles (Mineápolis: Fortress 1990), p. 195.
5 Elena de White, "The Truth as It Is in Jesús", Review and Herald, 14 de feb. de 1899.