CAPÍTULO 3
LA VIDA EN LA IGLESIA PRIMITIVA (HECHOS 2:42-5:42)
"Perseveraban todos unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan en las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón" (Hech. 2:46).

El 22 de octubre de 1844 es bien conocido entre los adventistas como el día del Gran Chasco. Dirigidos por Guillermo Miller y sus asociados, miles de protestantes estadounidenses se convencieron mediante el estudio de la Biblia de que Jesús volvería ese día. La excitación alcanzó a todas las filas del movimiento millerita: la "bendita esperanza" del retorno de Jesús, como lo describe Pablo (Tito 2:13), finalmente llegaba a su cumplimiento.

A medida que el día se aproximaba, muchos fieles mille-ritas dejaron sus cosechas sin recoger; otros cerraron sus negocios o renunciaron a sus cargos. En las reuniones campestres, veintenas confesaron sus faltas y pasaron adelante para la oración. Se donaron grandes sumas con el fin de que los pobres pudieran saldar sus deudas y estar listos para encontrarse con el Salvador. Como lo describe un autor: "El sentido del tiempo apocalíptico dejó abandonadas todas las preocupaciones terrenales de largo alcance".1

La iglesia primitiva no actuó en forma diferente. Convencidos de que el derramamiento del Espíritu y las miles de conversiones en Pentecostés señalaban el establecimiento del reino mesiánico, vendieron todo lo que tenían, desarrollaron una caja común, y se dedicaron a aprender y al compañerismo.

Es difícil de censurar su celo por el Reino, pero un desafío creciente asomaba en el horizonte: vivir en un estado de alerta perpetua llegó a ser problemático. Por esta razón, Dios inició una corrección del rumbo que mantuvo unida a la iglesia y consciente de su misión mundial.

SENTIDO DE URGENCIA

Como se observó en el capítulo i, cuando los discípulos le preguntaron acerca de cuándo inauguraría su Reino (Hech. 1:6), el Jesús resucitado no les dio una respuesta directa (vers. 7). Al no contradecir explícitamente la suposición de la cercanía, sin embargo, pudieron entender que él lo reafirmaba, siendo las únicas condiciones la venida del Espíritu y la predicación del evangelio a todo el mundo (vers. 8). La promesa de los ángeles inmediatamente después de su ascensión asegurando a los discípulos el retorno visible de Jesús (vers. 9-n), pudo también ser tomada como un apoyo indirecto de la idea de que el tiempo sería más bien corto.

EL CONCEPTO DE CERCANÍA

La Biblia enfatiza que Jesús viene pronto (Heb. io:25,37; Sant. 5:8; Apoc. 3:11; 22:12,20; cf. Mat. 24:45-49; Luc. 12:35-40). Siendo que han pasado dos mil años y todavía no ha venido, ¿cómo debe entenderse aquel énfasis?

Hay por lo menos dos explicaciones posibles. La primera es la brevedad y la incertidumbre de la vida humana. Nadie sabe cuánto vivirá, y ochenta o noventa años parecen pocos, especialmente en vista de la eternidad. Como lo dijo apropiadamente Moisés: "Los días de nuestra edad [...] pronto pasan y volamos" (Sal. 90:10). Por esto, en lo referente a la salvación, el único tiempo con que podemos contar es el presente (cf. Hech. 22:16; Heb. 3:7, 8,13,15; 4:6, 7). El pasado se ha ido, y el futuro podría nunca llegar. La dilación es un trágico error, de proporciones eternas.

La segunda explicación para el sentido de cercanía es que, desde la perspectiva de Dios, "un día es como mil años y mil años como un día" (2 Ped. 3:8). El punto que destaca Pedro es que Dios no puede ser confinado a nuestra propia comprensión del tiempo, así que ninguno puede juzgarlo basado en normas humanas. El hecho de que Jesús todavía tenga que regresar no es evidencia de que la promesa ha fallado o que los planes de Dios han cambiado. Por lo contrario, desde el punto de vista humano, el tiempo de espera es solo una indicación de la paciencia salvífica de Dios (vers. 9). Sin embargo, no es una paciencia que dura para siempre. En su plan soberano, Dios ha fijado un momento cuando Jesús regresará y el orden presente de las cosas llegará a su fin (Mar. 13:32; cf. Hech. 3:19-21; 17:30,31).

Desde la perspectiva de hoy, parece obvio que la misión que Jesús dejó a los discípulos requeriría tiempo. Dos mil años han pasado ya, y la obra todavía no se ha terminado. Pero desde la perspectiva de los discípulos, el panorama cambia. Familiarizados como lo estaban con el modelo evangelizador del Antiguo Testamento, en el cual las naciones vendrían en masa a Jerusalén para escuchar la Palabra de Dios, y convencidos de que la salvación podía solo ocurrir dentro de los límites del pacto abrahámico, no es difícil de ver que, para ellos, las condiciones de Hechos 1:8 se habían cumplido.

En Pentecostés recibieron el Espíritu y compartieron el evangelio con el mundo entero. No, ellos no habían dejado Jerusalén, pero el mundo había venido a ellos (Hech. 2:5,9-11), y esto estaba en completa armonía con lo que sabían entonces acerca del evangelismo (cf. Mat. 8:11,12; io:5,6; Mar. 11:17), no importa cuán estrecho fuera el concepto. El hecho de que aquellos que fueron bautizados en Pentecostés eran todos judíos y prosélitos (es decir, conversos al judaismo) no era tampoco un problema, ya que de acuerdo con la comprensión judía tradicional la salvación podía otorgarse solo a los que eran fieles al pacto de Abraham, en el que la circuncisión y la adherencia a la Ley desempeñaban un papel central (cf. Hech. 11:3; 15:1,5; Gál. 2:11-14). Para ellos, lo único que faltaba era el retorno de Jesús.

En este punto, vale notar que el mismo error sería repetido por los adventistas sabatarios después del movimiento mi-llerita. Su pensamiento sobre el evangelismo mundial sufrió cambios progresivos durante los primeros cincuenta años del movimiento adventista. Al principio (1844-1850), bajo la suposición de que la puerta de la gracia se había cerrado para el mundo, ellos se sintieron impulsados a predicar solo a aquellos que habían aceptado el mensaje millerita. De 1850 a 1874, en una actitud que recuerda a la iglesia primitiva, ellos creyeron que la predicación del mensaje del tercer ángel por todos los Estados Unidos constituía el evangelio al mundo entero. Por extraño que esto parezca, ellos se sintieron justificados en esta posición porque el país estaba compuesto por personas de casi cada nación del mundo.

Durante los siguientes quince años (1874-1889), enviarían algunos misioneros a ultramar; pero inicjalmente solo a naciones cristianas, donde el protestantismo tenía una fuerte presencia. Recién después de 1890 la Iglesia Adventista del Séptimo Día hizo esfuerzos importantes para alcanzar a todas las naciones y a todos los pueblos, sin tomar en cuenta su trasfondo religioso.2

Volviendo ahora ai siglo primero, una lectura cuidadosa de los Hechos muestra que la iglesia posterior a Pentecostés vivía con una expectativa diaria del retorno de Jesús. Primero, hubo una separación completa de los bienes materiales y la disposición de compartir las pertenencias los unos con los otros (Hech. 2:45; 4:34-37). Sintiendo que el tiempo era breve, pareció prudente reunir los recursos, de modo que comenzaron a vender sus propiedades y vivir de una caja común, de acuerdo con sus necesidades individuales. "No había necesidad de pensar para el mañana ya que no lo habría".3

La segunda evidencia era el hecho de que permanecieron arraigados en Jerusalén y centrados en el Templo, que de acuerdo con el profeta Malaquías sería el punto central de la consumación inminente (Mal. 3:1). Hasta cierto punto, la misteriosa declaración de Jesús acerca de destruir y reconstruir el Templo (Mar. 14:58) podía, de algún modo, alimentar la esperanza de un nuevo orden religioso que instalaría el Mesías. Solo años más tarde los apóstoles entendieron que Jesús se refería a su resurrección (Juan 2:22).

La tercera evidencia de su creencia en la inminencia del regreso de Jesús era la observancia diaria de la Cena del Señor (Hech. 2:46; 5:42). Como un antitipo de la Pascua y la fiesta anual más importante del calendario judío, la Cena del Señor señala hacia atrás, a la cruz, donde Jesús, el Cordero pascual, fue crucificado (1 Cor. 11:23-26). Pero una declaración de Jesús también la vincula con el futuro, al banquete mesiánico que ocurrirá a su regreso (Mat. 26:29; Apoc. 19:7-9). Al observar juntos este servicio cada día, los primeros creyentes encontraron una manera significativa de expresar su fe en que Jesús pronto regresaría.

Sin embargo, no todo esto demostró ser una bendición para la iglesia. La caja común de bienes, aunque efectiva para ayudar a los pobres, pronto llegó a representar un problema. Empobrecía a la iglesia de Judea (cf. Rom. 15:26; Gál. 2:10), que comenzó a depender de la generosidad de los creyentes gentiles {cf. Hech. 11:29; 2 Cor. 9:1,2,12-14), dejándolos incapacitados para patrocinar el evangelismo mundial. Todo esto puso una carga indebida sobre las iglesias gentiles (Hech. 13:1-3; 15:35, 36; 2 Cor. 11:8,9).
Esta vida comunitaria no parece haber durado mucho tiempo, y no es sostenida por ninguna de las cartas del Nuevo Testamento. Por lo contrario, cuando afrontaron un leve movimiento en esa dirección, la reacción de Pablo fue más bien fuerte (cf. 2 Tes. 3:6-12). Aunque la premisa subyacente de la vida comunitaria era laudable, tuvo corta duración, y la benevolencia cristiana rápidamente llegó a ser la norma para una vida de sacrificios (Efe. 4:28). Para los cristianos de hoy, se esperará la separación de las cosas materiales en el pueblo de Dios justo antes de la Segunda Venida, pero para la iglesia primitiva con una misión mundial por cumplir, representó un paso hacia atrás.

El segundo problema con la vida comunal es la ilusión de que su misión había sido lograda en Pentecostés. Los apóstoles siguieron testificando por Jesús en Jerusalén, pero ninguno se alejó más que unas pocas docenas de kilómetros. Y cuando lo hicieron no fue para echar los cimientos de una nueva obra evangelizadora, sino para verificar lo que otros habían hecho (Hech. 8:14-25) o para pastorear a los que ya habían sido alcanzados (Hech. 9:2-43).

Aun el episodio que involucró a Cornelio fue iniciado por Dios (Hech. 10), destacando el panorama limitado de la urgencia evangelizadora en la iglesia cristiana naciente. Recién en el contexto de la persecución, dirigida por el Pablo inconverso, algunos creyentes cruzaron las fronteras de Palestina y abrazaron la misión mundial (Hech. 8:4-8,26-35; 11:19-21).

ENSEÑANZA Y COMPAÑERISMO

En su descripción de la vida de la iglesia en Jerusalén, Lucas declara que los creyentes "se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración" (Hech. 2:42, NVI). Los intérpretes han notado que los cuatro elementos mencionados aquí aparecen en dos grupos básicos: enseñanza y compañerismo,4 y este último incluye el partimiento del pan y la oración. De acuerdo con el versículo 46, la enseñanza era principalmente en el Templo, y el compañerismo en las casas particulares.

El atrio del Templo estaba rodeado en dos de sus lados por magníficos portales techados, donde con frecuencia enseñaban los rabinos. Cuando Jesús enseñaba en el Templo, probablemente usaba esos portales (Luc. 19:47), como lo hicieron los apóstoles (Hech. 3:11). Bajo esa tradición, los creyentes se dedicaban a recibir la enseñanza de los apóstoles.

A pesar de alguna confusión con respecto al tiempo de la Segunda Venida, el don del Espíritu no los condujo a una religión contemplativa sino, más bien, los llevó a un intenso proceso de aprendizaje bajo la enseñanza de los apóstoles. Los líderes apostólicos eran guardianes dotados de autoridad en cuanto al conocimiento de la vida y la enseñanza de Jesús, y su obra era autenticada por muchas señales y maravillas (Hech. 2:43; 5:12). Pronto, las autoridades judías los acusarían de llenar Jerusalén con sus doctrinas (vers. 28).

Estrechamente vinculado a la enseñanza, estaba el compañerismo espiritual. Esta señal distintiva de la piedad del cristianismo primitivo inducía a los creyentes a reunirse en el Templo y también en sus hogares, donde compartían comidas, celebraban la Cena del Señor y oraban (Hech. 2:42,46; 5:42; cf. 12:12). Las comidas, llamadas fiestas de amor (en griego, agápé) (Jud. 12), eran cenas regulares que recibían una connotación religiosa. El judaismo tenía varias comidas religiosas, una de las cuales era la Pascua, pero la práctica de la iglesia primitiva pudo haber tenido su origen en las comidas posteriores a la resurrección con los discípulos (Hech. 10:41; cf. Luc. 24:30, 41, 42). La Cena del Señor había sido instituida en el contexto de una comida doméstica religiosa judía (Mar. 14:22-25), y siguió observándose en el contexto de una comida (cf. 1 Cor. 11:20-34). Al tener tales celebraciones diarias, los primeros cristianos expresaban su esperanza en el pronto retorno de Jesús, cuando su compañerismo con ellos sería restaurado en el Reino mesiánico (Mat. 26:29; 1 Cor. 11:26).

Los hogares particulares desempeñaron un rol clave en la vida de la iglesia primitiva. Públicamente, los creyentes todavía asistían a las ceremonias diarias del Templo (Hech. 3:1) y los sábados, presumiblemente, concurrían a las sinagogas con los demás judíos (Sant. 2:2; cf. episunagogé en Heb.io:25).s Los elementos distintivos de la devoción cristiana, sin embargo, eran realizados en los "hogares-iglesias", en griego, ekklesía kat'oikon, literalmente, "iglesias en el hogar" (Rom. 16:5; i Cor. 16:19; Rom. 16:10,11,15,23).

En los años siguientes a la destrucción del Templo de Jerusalén en 70 d.C., los dirigentes rabínicos tomaron medidas para excluir a los judíos cristianos de las sinagogas, haciendo que los hogares-iglesias permanecieran como el único lugar para los servicios religiosos cristianos. Entre los cristianos gentiles, este proceso ocurrió mucho más rápidamente (cf. Hech. 17:4-7; 18:5-8). La liturgia de adoración, sin embargo, siguió basada en la de la sinagoga. Además de las fiestas de amor y de la Cena del Señor, otras actividades que se realizaban en los hogares-iglesias incluían orar, cantar, estudiar la Palabra, compartir experiencias (Col. 3:16) y predicar el evangelio (Hech. 5:42; 28:30,31).

OBSERVACIONES FINALES

En sus instrucciones a los discípulos posteriores a la Resurrección, Jesús dejó dos legados que deben mantenerse en perfecta armonía: la expectativa de su pronto retorno y una misión mundial. La expectativa comunica un sentido de urgencia; la misión presupone tiempo. Sin lo primero, no habría preparación para la Segunda Venida o motivación para la misión. Sin lo segundo, habría fanatismo y contemplación ociosa. Esto explica, por lo menos en parte, lo que sucedió a la iglesia primitiva. Aunque la reunión de los recursos-para el bien común resultó muy útil a los primeros creyentes, finalmente llegó a ser un impedimento para el crecimiento del evangelio.

Se ha dicho que debemos estar listos como si Jesús regresara hoy, pero trabajar como si pudiera demorarse otros cien años. Mantener la tensión apropiada entre estas dos actitudes es clave para la salud espiritual de la iglesia. Todavía no es tiempo de retirarse del mundo y esperar a Jesús en algún lugar en la selva o entre las montañas, porque la oración intercesora de Jesús por los discípulos todavía hoy es válida (Juan 17:15-18). Estamos en el mundo con una misión que cumplir. Al mismo tiempo, sin un sentido real de la cercanía del regreso de Jesús, la única motivación verdadera para la misión desaparece y se pierde el objetivo misionero, haciendo que la iglesia llegue a convertirse nada más que en un club social, con algún aspecto religioso. El triste resultado es una misión que se vuelve una preocupación con los números y los resultados.

Estar listos para el regreso de Jesús comprende una inversión en el avance del Reino de Dios, sin presión por los resultados, codicia de ganancia o posicionarse para tener ventajas políticas. El crecimiento genuino proviene de Dios, no por los métodos o los esfuerzos humanos (1 Cor. 3:6,7). Un compromiso duradero con estos legados sagrados mantendrá a la iglesia fuerte y vital mientras trabaja activamente por su regreso.


Referencias:

1 Robert R. Mathisen, Critical Issues in American Religious History, 2a ed. (Waco, Texas: Baylor University Press, 2006), p. 217. 2 Basado en George R. Knight, Organizing for Missiort and Growth: The Development ofAdventíst Church Structure (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 2006). 3 C. K. Barrett, A Critical and Exegetical Commentary on The Acts of the Apostles, 1.1 (Edimburgo: T&T Clark, 1994), p. 168. 4 Ver Darrell L. Bock, Acts, Baker Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 2007), p. 149. 5 De acuerdo con F. F. Bruce, el término episunagogu en Hebreos 10:25, para denominar las reuniones religiosas cristianas, sugiere que los creyentes judíos en Jesús "no habían cortado su conexión con la sinagoga en la que se habían criado", aunque ellos también pudieron haber tenido reuniones especiales propias en un ambiente más claramente cristiano. The Epistle to the Hebrews, ed. rev. (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1990), p. 258.