CAPÍTULO 10
EL TERCER VIAJE MISIONERO (HECHOS 18:23-21:16)

"Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios" (Hech. 20:24).

Historias fascinantes de conversión a veces toman un camino milagroso acerca del descubrimiento de verdades en la Escritura, publicaciones evangelizadoras oportunas o un programa radial providencial. Este fue el caso con la introducción del adventismo del séptimo día en la República del Brasil. En 1884, pequeños paquetes que contenían publicaciones adventistas fueron enviados, aparentemente, desde Alemania y distribuidos entre los inmigrantes alemanes que se habían establecido en Santa Catarina, un estado en la parte sur del país.¡ Guillermo Belz y su familia estuvieron entre quienes periódicamente recibían estas publicaciones, y por 1890 arribaron a la verdad del sábado y co

menzaron a observarlo. En 1893 llegaron a Río de Janeiro los primeros misioneros. Dos años antes, algunos de ellos habían sido enviados por la Asociación General para trabajar en la República Oriental del Uruguay y la República Argentina, donde también había una cantidad de colonias alemanas.

En Río, dieron estudios bíblicos a Albert Bachmeier, un marinero alemán que se había convertido recientemente al protestantismo, y lo invitaron a unirse a ellos como col-portor. Aunque todavía no era bautizado, Bachmeier fue a Santa Catarina para trabajar entre los colonos alemanes. Aquí encontró a la familia Belz, quienes junto con algunos otros habían estado observando el sábado silenciosamente por unos cuatro años. Al año siguiente, en junio de 1895, el primer pastor adventista, Frank H. Westphal, fue enviado por la Asociación General y llegó al pequeño pueblo de Gaspar Alto, cerca de Brusque. Bautizó a 23 personas, incluyendo a Bachmeier, y organizó la primera iglesia adventista del séptimo día del Brasil.

En el tercer viaje misionero de Pablo (Hech. 18:23-21:16) sucedió algo similar. Cuando finalmente llegó a Éfeso, descubrió a un grupo de unos doce creyentes que parecían vivir a las orillas del cristianismo, sin conocer algunos aspectos importantes de la fe cristiana. Aquí también tuvo rudas confrontaciones con el paganismo, y logró escribir una carta a los creyentes de Corinto (1 Cor. 16:8). Este libro bíblico representa su intento más fuerte por enseñar a los conversos gentiles acerca de los límites y las demandas de su nueva vida en Jesús, frente a sus anteriores costumbres paganas.

MINISTERIO EN ASIA

Al regresar de su segundo viaje, Pablo se había detenido brevemente en Éfeso, donde dejó a Aquila y a Priscila (Hech. 18:18-21), la pareja judía que había conocido en Corinto (vers. 1-3). Estos amigos de toda la vida y colaboradores en el evangelio centraron su trabajo en la preparación del campo para las labores futuras de Pablo en su siguiente viaje allí.

Mientras Pablo todavía viajaba hacia Éfeso {cf. vers. 23), sin embargo, un creyente judío llamado Apolos llegó a esa ciudad. Nativo de Alejandría, Egipto, era elocuente y bien versado en las Escrituras (vers. 24). Que Apolos era un seguidor de Jesús es claro por la forma en que Lucas se refiere a él: "Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor" (vers. 25). No obstante, solo conocía el bautismo de Juan, que probablemente significaba que era uno de los primeros discípulos. Después de Pentecostés, el bautismo cristiano difería del de Juan en que era administrado "en el nombre de Jesús" y estaba asociado con el don del Espíritu (Hech. 2:38; 8:14-17; 10:47,48).

Después de ser bautizado por Juan, Apolos se habría relacionado con Jesús, y como algunos de los primeros discípulos de Jesús (cf. Juan 1:35-42), transfirió su lealtad a él. Sin embargo, se habría mudado de Palestina -probablemente, de regreso a Alejandría- algún tiempo antes de Pentecostés.

EL BAUTISMO DE JUAN Y EL CRISTIANO

Como ya se mencionó en el capítulo 8 de este libro, el bautismo cristiano deriva del bautismo de Juan, no del bautismo judío de los prosélitos. Excepto por su forma (inmersión), el bautismo de Juan era fundamentalmente diferente de los baños de purificación del judaismo, ya que era moral (es decir, un "bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados", Mar. 1:4; cf. Luc. 3:3; Hech. 13:24; 19:4), irrepetible y pasivo, en el sentido de que la gente era bautizada por Juan, en vez de sumergirse ellos mismos activamente en el agua (cf. Mat. 3:14, 16; Mar. 1:8,9; Luc. 3:21; Juan 1:25.28,31; 3:23; 10:40).

En cuanto al bautismo cristiano, el Nuevo Testamento claramente habla de él como paralelo al bautismo de Juan (Juan 3:22,23; 4:1,2). Aun después de Pentecostés, el bautismo cristiano todavía podía ser definido como un bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados (Hech. 2:38; 22:16; cf. Efe. 5:25-27: Tito 3:5-7).

Los dos elementos nuevos que se introdujeron -su administración en el nombre de Jesús y el don del Espíritu {Hech. 2:38; 8:14-17; 10:47,48; 19:5,6)- no invalidaban su carácter moral (Juan 3:5; Hech. 2:38-40; Rom. 6:4,5; Tito 3:5-7).

Por lo contrario, lo único que añadió era un sentido de pertenencia, o de compromiso personal, ausente en el bautismo de Juan (1 Cor. 1:12,13), y la influencia divina del Espíritu Santo en la vida del creyente, lo que significaba que ahora se experimenta a Dios como activo y presente (Gál. 4:6; 5:22-25; cf. 1 Cor. 12:3).

En el siglo primero, Alejandría era un centro importante de la diáspora judía.2 Dos de sus cinco barrios eran habitados por judíos. Del mismo modo, había una comunidad de buen tamaño de judíos alejandrinos en Jerusalén (cf. Hech. 6:9), y es probable que la reubicación de una ciudad a otra continuara durante el tiempo de los apóstoles.

Lo más notable, Apolos era un creyente que conocía solo el bautismo de Juan y se encontraba en Alejandría antes de ir a Éfeso. La hipótesis de que este era uno de los primeros discípulos, que no estuvo en Pentecostés, parece razonable. Eso explicaría por qué Aquila y Priscila le dieron más instrucción. Aunque capaz de mostrar por las Escrituras que Jesús era el Mesías de Israel (Hech. 18:28), Apolos necesitaba actualizarse con respecto a lo que había transcurrido en el cristianismo desde el tiempo de Jesús. Aquila y Priscila también le dieron a Apolo una carta de recomendación dirigida a las iglesias en Acaya (vers. 27), que le permitieron tener un ministerio efectivo en Corinto (1 Cor. 3:4-6; 4:6; 16:12).

El informe de Apolos está conectado con el informe de los doce hombres que Pablo encontró al llegar a Éfeso (Hech. 19:1-7), y debiera guiar nuestra interpretación de él. La división en capítulos como la tenemos, que separa ambos informes, no es obra de Lucas; fue introducida recién en el siglo XIII, y no debe ser considerada como parte del texto canónico. El informe está cubierto con dificultades, y como esos hombres no habían recibido todavía al Espíritu y conocían solo el bautismo de Juan, muchos intérpretes han sugerido que eran un remanente de los seguidores de Juan el Bautista.

No obstante, al referirse a ellos como "discípulos" (vers. i) y creyentes (ves. 2), ciertamente Lucas desea que sus lectores entiendan que ellos eran cristianos. Cuando no se especifica otra cosa, como en este pasaje, discípulo en Hechos siempre se refiere a un seguidor de Jesús (Hech. 6:1,2,7; 9:i, 10,19,26, 36, 38; 11:26, 29; 13:52; etc.), y el verbo creer siempre implica a Jesús como el objeto de la fe (Hech. 2:44; 4:4,32; 5:14; 8:13; 9:42; 10:43; etc.). Además, la pregunta que les hizo Pablo no estaba relacionada con la persona o el objeto de su fe; tenía que ver solo con la recepción del Espíritu Santo cuando creyeron al principio (Hech. 19:2). Tal pregunta difícilmente tendría sentido si el apóstol no estuviera dirigiéndose a creyentes en Jesús.

Esto permite dos interpretaciones. Primera, su situación era análoga a la de Apolos, en que habrían sido exdiscípulos de Juan el Bautista, viniendo a la fe de Jesús durante la vida de este y luego, posiblemente, alejándose de Palestina, sin saber de Pentecostés ni del derramamiento del Espíritu Santo.3 O segunda, eran conversos de Apolos, quien había recibido solo el bautismo de Juan -o un bautismo como el de Juan- debido al hecho de que era el único bautismo que Apolos conocía y practicaba.

Esta segunda alternativa es preferible por las siguientes razones: 1) explica por qué aquellos discípulos no sabían nada acerca del Espíritu, que hubiera sido increíble si fueron anteriores discípulos de Juan, ya que, de acuerdo con los Evangelios, el Espíritu Santo formaba parte de la proclamación profética de Juan (Mat. 3:11,16; Mar. 1:8,10; Luc. 3:16,22; Juan 1:32,33; Hech. i:5; cf. Luc. 1:15); y 2) clarifica por qué motivo Pablo los bautizó nuevamente. No hay registro de que Aquilay Priscila hicieran lo mismo con Apolos.

Hablando históricamente, la validez del bautismo de Juan no podía ser negada. Hacerlo hubiera sido equivalente a negar la naturaleza preparatoria de su ministerio (cf. Juan 1:6-8,22, 23, 33, 34; 3:28), así como las raíces del movimiento cristiano anteriores a Pentecostés /cf. Hech. 13:24, 25). De este modo, aun cuando varios de los discípulos de Jesús probablemente fueron bautizados por Juan (Juan 1:35-42), como Jesús mismo lo fue (Mat. 3:13-17), ninguno de ellos necesitó ser bautizado de nuevo después de Pentecostés.

Desde la perspectiva anterior a Pentecostés, por lo tanto, no había nada malo con el bautismo de Juan. Sin embargo, después de Pentecostés, tal bautismo -que era a la vez profético y temporario por naturaleza (Hech. 19:4)- era inadecuado y necesitaba ser remplazado por el bautismo cristiano apropiado, un bautismo que ahora era realizado en el nombre de Jesús e incluía el don del Espíritu. Por esta razón, aunque el propio bautismo de Apolos por Juan continuaba siendo válido, su bautismo de los doce hombres con el bautismo de Juan era problemático y fuera de armonía con su lugar en la historia de la redención. Por esta razón, su bautismo por Pablo no era un rebautismo sino, más bien, el bautismo legítimo para los creyentes posteriores a Pentecostés.

Dos puntos adicionales son dignos de notar. El primero tiene que ver con el don de lenguas. Después de su bautismo por Pablo, ellos recibieron el Espíritu, hablaron en lenguas y profetizaron (vers. 6). Esta experiencia sobrenatural era su confirmación personal de ser incorporados en la corriente principal del cristianismo, o una indicación de que eran misioneros cristianos, como Apolos, y que ahora eran capacitados para dar testimonio de Jesús dondequiera que fueran.4

El segundo punto se relaciona con que fueron bautizados por Pablo. Su encuentro con el apóstol no debe ser tratado como un caso de conversión. Ellos ya eran cristianos, y el cristianismo no se había dividido todavía en diferentes denominaciones. De hecho, era tal vez una situación singular en la iglesia apostólica, en la que un discípulo de los primeros que probablemente se había separado del movimiento de Jesús en Palestina todavía estuviera realizando el bautismo de Juan años después de Pentecostés.

INTERACCIÓN CON EL PAGANISMO

En su primer viaje, Pablo y sus compañeros parecen haber seguido un plan específico. Iban a ciudades importantes, predicaban en la sinagoga local, reunían en nuevas congregaciones a los que creían (hogar-iglesias), y luego seguían viaje. Siendo que la mayoría de las personas en su audiencia venían de los judíos, los prosélitos judíos y los que temían a Dios alrededor de las sinagogas, parece que su propósito era quedar el tiempo suficiente para establecer una nueva congregación. En el segundo viaje, se puede notar el mismo esquema hasta que Pablo llegó a Corinto, donde se quedó un año y medio (Hech. 18:11).

El cambio no fue accidental. Hasta entonces, excepto por algunos episodios aislados, (cf. Hech. 14:8-18; 17:16,17), el apóstol todavía no había emprendido esfuerzos significativos para alcanzar a los paganos, pero en Corinto decidió ser más intencional hacia ellos. Esto requeriría, naturalmente, más tiempo.

Además de su ubicación estratégica como una ciudad eje tanto para tierra como para la navegación, Corinto era un centro pagano dinámico que atraía visitantes de todas partes. La gente que sufría de diversas enfermedades fluía hacia el templo de Esculapio, el dios de la curación, y de su hija Hygeia, la diosa de la salud. Cada dos años, miles de personas asistían a los Juegos ístmicos, realizados en honor de Poseidón, el dios del mar. Los juegos comenzaban con un sacrificio, y luego todos los participantes tenían que jurar en el altar que jugarían según las reglas. Los entretenimientos que rodeaban el evento incluían abundancia de alcohol y prostitución.

No sorprende que Corinto tuviera una amplia reputación de inmoralidad y vida licenciosa. El geógrafo romano Estrabón dice que mil prostitutas rituales servían una vez en el templo corintio de Afrodita,5 y hordas de marineros y otros viajeros solían subir al templo para sus rituales de orgías y embriaguez. Entre los griegos, el término corinthiázesthai, que literalmente significa "vivir una vida corintia", se usaba para describir una conducta inmoral y degenerada. Además, Corinto era el hogar de otros templos de dioses tradicionales griegos y extranjeros, tales como los dioses egipcios Isis y Serapis. Todo esto presentaba una oportunidad especial para Pablo.

En el tercer viaje, las cosas no fueron muy diferentes en Éfe-so, donde Pablo se detuvo por tres años (Hech. 20:31). Ubicada en la costa occidental de Asia y con más de un tercio de millón de habitantes, Éfeso era la ciudad más grande e importante de la provincia. Además de su significación comercial y cultural, Éfeso era tal vez aún más dominada por el paganismo que Corinto. Juntas, con una cantidad de otros templos, eran el sitio de uno de los más populares lugares sagrados de la antigüedad, un santuario dedicado a Artemisa, la diosa de la fertilidad, adorada por los romanos como Diana. Contenía una imagen de la diosa que se creía que había caído del cielo (cf. Hech. 19:35). De todo el Mediterráneo, los peregrinos venían al Artemisio para los numerosos rituales y festividades (vers. 27). Este gran templo, cuatro veces del tamaño del Partenón en Atenas, era, de acuerdo con Pausanias,6 el mayor edificio de la antigüedad y una de las siete maravillas del mundo antiguo. Éfeso estaba tan íntimamente asociado con la magia y el exorcismo, que a menudo se hace referencia a libros de fórmulas de magia y encantamiento como los "libros efesios".

Debido al compromiso evangelizador ferviente de Pablo (Rom. 1:14), él no se limitaba en sus esfuerzos,a las sinagogas y a los que asistían a ellas. En Éfeso, parece que sintió los desafíos del paganismo aún más intensamente que en Corinto (cf. 1 Cor. 16:8,9. Según Lucas, un éxito inicial en convertir personas de sus creencias de magia acompañaron las labores del apóstol allí, y muchos voluntariamente destruyeron sus libros de magia (Hech. 19:13-19). Algún tiempo más tarde, sin embargo, un platero llamado Demetrio, fabricante de pequeñas estatuilias votivas de Artemisa en plata para vender a los visitantes, organizó un motín en contra de Pablo y sus asociados. Casi llenaron el anfiteatro de Éfeso, que tenía lugar para 25 mil personas sentadas, con devotos de la diosa, y la gente repetidamente gritó por casi dos horas: "¡Grande es Artemisa de los efesios!" (vers. 34). Si no hubiera sido por la ayuda de amigos, el apóstol pudo haber sido muerto en el tumulto (vers. 29-31).

Un aspecto socio-religioso importante del tiempo de Pablo era que, sin importar la manera de ser de una religión, tenía el derecho de existir, siempre que fuera antigua, ancestral, y mostrara respeto a los otros dioses. Celso, un filósofo griego del siglo segundo y adversario del cristianismo, enfatizó acerca de los judíos que ellos "observaban una adoración que puede ser muy peculiar, pero que por lo menos es tradicional. En este respecto, se conducen como el resto de la humanidad, porque cada nación sigue sus costumbres específicas".7 El problema con los judíos, sin embargo, es que no reconocen otros dioses, insistiendo en que su Dios debe ser el único que reciba adoración (Éxo. 20:3). Esta actitud de exclusivismo religioso, ofensivo para los paganos contemporáneos, fue lo que atrajo las mayores críticas.

Como judío devoto, Pablo era fuertemente monoteísta. Es natural que no haya mostrado consideración por los dioses paganos (1 Cor. 8:4-6); de hecho, él se burla de ellos y quería que sus creyentes gentiles rompieran cualquier posible vínculo con la idolatría y la inmoralidad (1 Cor. 5:1-5,9-n). En una época en que la religión era una parte congénita de la identidad de la persona, este mensaje representaba un enorme desafío para los nuevos conversos. Aunque no se requería que se convirtieran a la religión de los judíos mediante la circuncisión, tenían que renunciar a todas las prácticas idolátricas y convertirse al Dios de los judíos, llegando así a "servir al Dios vivo y verdadero" (1 Tes. 1:9; cf. Gál. 4:8,9).

Al demandar esto, Pablo se atenía a las decisiones del Concilio de Jerusalén (cf. Hech. 15:29); excepto que él no censuraría necesariamente aun converso gentil por comer -en el ambien- te de su hogar- lo que hubiera sido sacrificado previamente a los ídolos y luego vendido en el mercado (i Cor. 10:25-27). No obstante, rechazaba completamente la idea defendida por algunos de los corintios de que era aceptable participar en un templo pagano de la carne ofrecida a ídolos (1 Cor. 10:14-22), y el apóstol no veía problema en comer tal carne en la casa, aun en la casa de un incrédulo (vers. 27); a menos, por supuesto, que esto ofendiera la conciencia de alguien (vers. 28-33).

Para clarificar el problema, 1 Corintios 8 al 10, y probablemente Romanos 14 y 15, no tienen que ver con carne inmunda sino con carne del templo; no el menú, sino el lugar, como lo dice un erudito del Nuevo Testamento.8 Y la razón por la que Pablo eludía el participar en las comidas sacrificiales en los templos paganos es que eso significaría tomar parte en el sacrificio mismo (1 Cor. 10:18). Aun si los ídolos no son nada, adorarlos es un pecado serio, equivalente a adorar demonios, y no es apropiado para la participación de un creyente (vers. 20). Está mal, añade el apóstol, comer a la mesa del Señor y también a la mesa de los demonios (vers. 21). Hacer eso es un insulto a Dios y despierta su celo (vers. 22; cf. Éxo. 20:5).

OBSERVACIONES FINALES

El segundo viaje, y en especial el tercero, estuvieron marcados por incursiones crecientes a los dominios del paganismo. Desde un punto de vista ético, era más difícil llevar a un gentil a la fe que a un judío; no obstante, el apóstol nunca rebajó las normas o los requerimientos para facilitar sus esfuerzos evangelizadores (cf. Gál. 1:10). Él insistía en que solo el Dios de Israel debía ser adorado y en que sus conversos gentiles deberían separarse de todas las formas de idolatría.

Esta insistencia, en última instancia, emanaba de la primera tabla de la Ley (Éxo. 20:3-11), y aunque Pablo estaba en contra de cualquier intento de alcanzar la salvación por medio de la Ley, es incorrecto decir que predicaba un evangelio libre de la Ley (cf. Rom. 2:12; 7:7,12; 8:4; 13:8-10; 1 Tim. 1:8-10). Él nunca renunció a su lealtad al único "Dios vivo y verdadero" (i Tes. 1:9; cf. Rom. 3:30; l Cor. 8:4-6; Efe. 4:6; l Tim. 2:5), y nunca aceptó nada menos de sus conversos. No obstante, los judíos no estaban totalmente convencidos de la ortodoxia de Pablo, y a su regreso a Jerusalén de su tercer viaje, el ministerio del apóstol sufriría un revés muy serio.


Referencias:

1 Las publicaciones -inicialmente, unos pocos tomos de la revista Stimme der Wahrheit ("Voz de la Verdad")-fueron producidas en Battle Creek, pero no es claro si fueron directamente desde los Estados Unidos o por medio de Europa. De acuerdo con la historia tradicional, vinieron de Alemania por medio de la influencia de un inmigrante que luego habría regresado a Europa, y entonces, habiendo conocido a algunos misioneros adventistas, les proporcionó los nombres y las direcciones en el Brasil para el envío de los paquetes. Floyd Greenleaf, Terra de Esperanza: o crescimento da Igreja Adventista na América do Sul, trad. Cecilia Eller Nascimento(Tatuí, SP: Casa Publicadora Brasileira, 2001), p. 25.

2Eerguson, Background o f Early Christianity, p. 381.

3 Ver Wilson Paroschi, "Acts 19:1-7 Reconsidered in Light of Paul's Theology of Baptism", Andrews University Seminary Studies 47, N' i (2009), pp. 73-100.

4Ver Elena de White, Hechos de ios apóstoles, p. 233.

5 Estrabón, Geografía 8.6.

6 Pausanias, Descripción de Grecia 4.31.8.

7Orígenes, Contra Celso 5.25.

8 Ben Witherington, The Acts of the Apostles: A Socio-Rhetorícai Commen-tary (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans, 1998), p. 466.