Lección 6
Las marcas de un mayordomo


Sábado 3 de febrero
Las Escrituras proporcionan abundante evidencia de que es más seguro unirse al Señor y perder los favores y la amistad del mundo, que acudir al mundo en busca de favor y apoyo olvidando nuestra depen-dencia de Dios...
El Señor mismo ha establecido una muralla separatoria entre las cosas del mundo y las que ha elegido y sacado del mundo y santificado para él mismo. El mundo no reconocerá esta distinción... Pero Dios ha establecido esta separación y la hará durar. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos, el Señor ha ordenado definidamente a su pueblo que sea diferente del mundo en espíritu, en obras, en la práctica, para que sea una nación santa, un pueblo peculiar, a fin de manifestar las alabanzas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. El este no está más lejos del oeste de lo que están los hijos de luz en sus costumbres, prácticas y espíritu de los hijos de las tinieblas. Esta distin-ción será más señalada y decidida a medida que nos acerquemos al final del tiempo (A fin de conocerle, p. 306).
“Pero el que se une al Señor”, es decir, que se encuentra unido a Cristo mediante el pacto de la gracia, “un espíritu es con él. Huid de la fornicación”. 1 Corintios 6:17-18. No os detengáis ni por un momento para racionalizar. Satanás se regocijará al veros vencidos por la tenta-ción. No os detengáis a discutir el caso con vuestra conciencia débil. Alejaos del primer paso de la transgresión (Consejos sobre la salud, p. 589).
Si hubo una vez cuando los que pretenden ser cristianos debieran ser todo lo que abarca el nombre, es ahora. ¿Estamos siguiendo a Cristo de verdad?... Esta es una obra individual. Hemos de considerar fervientemente nuestro ascendiente y responsabilidad...
¿Están fundamentados en las doctrinas bíblicas los que saben la verdad para este tiempo? ¿Son sus armas, “así dice Jehová”, “escrito está”? ¿Hemos arrojado nuestra ancla dentro del velo? ¿Estamos in-dividualmente arraigados y fundados en la verdad del evangelio, de modo que podamos ser establecidos, fortalecidos y fundados en la fe? Como quienes conocen los misterios de Dios, aquellos a quienes Dios ha confiado los oráculos vivientes, ¿somos leales y fieles a nuestra mayordomía? Los que están verdaderamente convertidos, como mi sioneros de Dios, revelarán lo que significa para ellos la verdad, en su eficiencia transformadora y poder santificador.
Si somos pesados con los tesoros de la verdad eterna, proclamaremos a un mundo que perece en el pecado lo que significa tener el amor de Cristo santificador y redentor en el alma. Si estamos real y verdaderamente unidos a Cristo, es porque la verdad se ha posesionado del templo del alma (A fin de conocerle, pp. 129, 130).


Domingo 4 de febrero: La fidelidad
[Hay] la solemne responsabilidad que recae sobre aquellos que fueron nombrados guardianes de la iglesia, dispensadores de los mis-terios de Dios. Han de ser como atalayas en las murallas de Sión, para hacer resonar la nota de alarma si se acerca el enemigo...
Es privilegio de estos centinelas de las murallas de Sión vivir tan cerca de Dios, y ser tan susceptibles a las impresiones de su Espíritu, que él pueda obrar por su medio para apercibir a los pecadores del peligro y señalarles el lugar de refugio. Elegidos por Dios, sellados por la sangre de la consagración, han de salvar a hombres y mujeres de la destrucción inminente. Con fidelidad han de advertir a sus semejantes del seguro resultado de la transgresión, y salvaguardar fielmente los intereses de la iglesia. En ningún momento deben descuidar su vigilancia. La suya es una obra que requiere el ejercicio de todas las facultades del ser. Sus voces han de elevarse en tonos de trompeta, sin dejar oír nunca una nota vacilante e incierta. Han de trabajar, no por salario, sino porque no pueden actuar de otra manera, porque se dan cuenta de que pesa un ay sobre ellos si no predican el evangelio (Obreros evangélicos, p. 15).
De la descendencia de Abrahán dice la Escritura: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas, y confesando que eran pere-grinos y advenedizos sobre la tierra”. Tenemos que vivir aquí como “peregrinos y advenedizos,” si deseamos la patria “mejor, es a saber, la celestial”. Los que son hijos de Abrahán desearán la ciudad que él buscaba, “el artífice y hacedor de la cual es Dios”. Versículos 13, 16 (Patriarcas y profetas, p. 167).
Zacarías sabía muy bien que Abrahán en su vejez había recibido un hijo porque había tenido por fiel a Aquel que había prometido. Pero por un momento, el anciano sacerdote recuerda la debilidad humana. Se olvida de que Dios puede cumplir lo que promete. ¡Qué contraste entre esta incredulidad y la dulce fe infantil de María, la virgen de Nazaret, cuya respuesta al asombroso anunció del ángel fue: “He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra”! Lucas 1:38.
El nacimiento del hijo de Zacarías, como el del hijo de Abrahán y el de María, había de enseñar una gran verdad espiritual, una verdad que somos tardos en aprender y propensos a olvidar. Por nosotros mismos somos incapaces de hacer bien; pero lo que nosotros no podemos hacer será hecho por el poder de Dios en toda alma Sumisa y creyente. Fue mediante la fe como fue dado el hijo de la promesa. Es por la fe como se engendra la vida espiritual, y somos capacitados para hacer las obras de justicia
(El Deseado de todas las gentes, p. 73).
El que declara: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10), formula también esta invitación: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. Isaías 55:7. Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador. Declara: “Yo medicinaré su rebelión, amarólos de voluntad”. Oseas 14:4 (Profetas y reyes, p. 61).

Lunes 5 de febrero: La lealtad


Las obras de los que tienen un amor irracional por las riquezas muestran claramente que es imposible seguir a dos señores, a Dios y a Mamón. Revelan ante el mundo que su dios es el dinero. Rinden home-naje a su poder pero en realidad sirven al mundo. El amor al dinero se convierte en un poder dominante, y por amor a él violan la ley de Dios. Pueden profesar la religión de Cristo, pero no aman sus principios ni tienen en cuenta sus amonestaciones. Dedican lo mejor de su fuerza a servir al mundo y se inclinan ante Mamón.
Se encuentra con frecuencia que el cambio de la piedad a la mun-danalidad se ha efectuado en forma imperceptible mediante las astutas insinuaciones del maligno, en tal forma que el alma engañada no se da cuenta que se ha alejado de Cristo y que le sirve tan solo nominal-mente (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 226).
Los cristianos deben mantenerse distintos y separados del mundo, de su espíritu y de su influencia. Dios tiene pleno poder para guarda-mos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. El amor de Dios no es incierto ni fluctuante. El vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable. Pero requiere una fidelidad indivisa. “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mamón”. Mateo 6:24.
Salomón había sido dotado de sabiduría admirable; pero el mundo le atrajo y le desvió de Dios. Los hombres de hoy no son más fuertes que él; propenden tanto como él a ceder a las influencias que ocasio-naron su caída. Así como Dios advirtió a Salomón el peligro que co-rría, hoy amonesta a sus hijos para que no pongan sus almas en peligro por la afinidad con el mundo. Les ruega: “Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos...”. 2 Corintios 6:17, 18.
El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté san-tificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción
(Profetas y reyes, pp. 42, 43).
El universo celestial espera que haya canales consagrados por los cuales Dios pueda comunicarse con su pueblo y mediante él con el mundo. Dios obrará mediante una iglesia consagrada y abnegada, y revelará su Espíritu en una forma visible y gloriosa, especialmente en este tiempo, cuando Satanás trabaja en una forma magistral para en-gañar a las almas, tanto de los ministros como de los laicos...
¿No se despertará la iglesia a su responsabilidad? Dios espera para impartir el Espíritu del Misionero más grande que el mundo haya conocido a aquellos que trabajen con consagración abnegada y sacri-ficio propio. Cuando el pueblo de Dios reciba este Espíritu, irradiará poder (Mensajes selectos, tomo 1, p. 137).
Martes 6 de febrero: Una conciencia limpia

Dios manda que llenemos la mente con pensamientos grandes y puros. Desea que meditemos en su amor y misericordia, que estudie-mos su obra maravillosa en el gran plan de la redención. Entonces podremos comprender la verdad con claridad cada vez mayor, nuestro deseo de pureza de corazón y claridad de pensamiento será más ele-vado y más santo. El alma que mora en la atmósfera pura de los pen-samientos santos, será transformada por la comunión con Dios por medio del estudio de las Escrituras...
La palabra de Dios, recibida en el alma, se manifestará en buenas obras. Sus resultados se verán en una vida y un carácter semejantes a los de Cristo. Jesús dijo de sí mismo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; y tu ley está en medio de mis entrañas”... Y la Escri-tura dice: “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo” 1 Juan 2:6 (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 39, 40).
Dios, el gran gobernador del universo, ha sometido todo a leyes. La florecilla y el frondoso roble, el grano de arena y el poderoso océano, el rayo de sol y la lluvia y el viento, todos obedecen a leyes naturales. Pero el hombre ha sido colocado bajo una ley superior. Se le ha dado un intelecto para que vea y una conciencia para que sienta los grandes preceptos de la gran ley moral de Dios, que es la expresión de lo que él desea que lleguen a ser sus hijos.
Dios ha manifestado tan claramente su voluntad que nadie necesita errar. Desea que todos tengan una correcta comprensión de su ley, que sientan el poder de sus principios, porque en esto están implicados sus intereses eternos ( Nuestra elevada vocación, p. 139).
La infidelidad respecto al reconocimiento de Cristo como el verda-dero Mesías, el Salvador del mundo, se incrementará y se extenderá en un grado alarmante antes de su segundo advenimiento. Satanás no ha perdido nada de la habilidad y el poder que ejerció en el pasado. Puede engañar mejor al hombre ahora que en los días del primer adveni-miento de Cristo.
En esta época el Hijo de Dios será tan virtualmente despreciado e insultado por hombres corruptos que pretenden ser buenos, como lo fue en su primer advenimiento. Satanás se está transformando en ángel de luz, para ocultar la deformidad de su carácter, y así él y sus ángeles malvados reciban de un pueblo cegado y engañado la adoración que solo a Dios pertenece. Cristo es pisoteado. La virtud y la santidad son despreciadas. Los ángeles malvados susurran sus enseñanzas bajas y corruptas a los oídos de los hombres, y se deleitan en ello... Sus con-ciencias son quemadas como con un hierro candente (Spiritual Gifts, tomo 4A, p. 118).
Él [Dios] se dio a sí mismo para morir por nosotros, a fin de que pudiera purificamos de toda iniquidad. El Señor continuará esta obra de perfeccionamiento en nuestro favor si permitimos que nos controle. Él hace esta obra para nuestro bien y para la gloria de su propio nombre (Mensajes selectos, tomo 3, p. 228).

 


Miércoles 7 de febrero: La obediencia
La razón por la cual muchos en este siglo no realizan mayores progresos en la vida espiritual, es porque interpretan que la voluntad de Dios es precisamente lo que ellos desean hacer. Mientras siguen sus propios deseos se hacen la ilusión de que están conformándose a la voluntad de Dios...
Las instrucciones formuladas en la Palabra de Dios no dan lugar para transigir con el mal. El Hijo de Dios se manifestó para atraer a todos los hombres a sí mismo. No vino para adormecer al mundo arrullándolo, sino para señalarle el camino angosto por el cual todos deben andar si quieren alcanzar finalmente las puertas de la ciudad de Dios. Sus hijos deben seguir por donde él señaló la senda; sea cual fuere el sacrificio de las comodidades o de las satisfacciones egoístas que se les exija; sea cual fuere el costo en labor o sufrimiento, deben sostener una constante batalla consigo mismos (Los hechos de los apóstoles, p. 451).
Si obramos de acuerdo con las condiciones que ha establecido el Señor, aseguraremos nuestra elección para salvación perfecta obe-diencia a sus mandamientos es la evidencia de que amamos a Dios y no estamos endurecidos en el pecado.

Cristo tiene una iglesia en cada era. En la iglesia hay quienes no han mejorado en ningún sentido por su relación con ella. Ellos mismos quebrantan los términos de su elección. La obediencia a los manda-mientos de Dios nos da derecho a los privilegios de su iglesia (Co-mentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1078, 1079).
El gran propósito de Dios al llevar a cabo sus providencias, es probar a los hombres, darles la oportunidad de desarrollar el carácter. Así él prueba si son obedientes o desobedientes a sus mandamientos. Las buenas obras no compran el amor de Dios, pero revelan que posee-mos ese amor. Si rendimos a Dios nuestra voluntad, no trabajaremos a fin de ganar el amor de Dios. Su amor, como un don gratuito, será recibido en el alma, y por amor a él nos deleitaremos en obedecer sus mandamientos.
Hay dos clases de personas en el mundo hoy día, y tan solo dos clases serán reconocidas en el juicio: la que viola la ley de Dios y la que la obedece. Cristo da la prueba mediante la cual se ha de compro-bar nuestra lealtad o deslealtad. “Si me amáis —dice él—, guardad mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él... El que no me ama, no guarda mis palabras: y la palabra que habéis oído, no es mía sino del Padre que me envió”. “Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor” Juan 14:15; 15:10 (Palabras de vida del gran Maestro, p. 226).
Todos sabemos que la lucha más dura e intensa del alma se produce cuando el corazón humano toma la gran resolución de poner en prác-tica sus convicciones. Consagrar el alma a Dios significa encomen-darla para que la guarde Alguien que ha comprado su libertad a un precio infinito; una vez dado ese paso debemos seguir conociendo al Señor, para que sepamos que como el alba está dispuesta su salida. “El obedecer es mejor que los sacrificios”. Toda la obra del cristiano con-siste en querer y hacer (Testimonios para los ministros, p. 241)

 

 


Jueves 8 de febrero: La confiabilidad
“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel”. Lucas 16:10. La importancia de las cosas pequeñas es a menudo menospre-ciada a causa de su pequeñez; pero ellas proveen una gran parte de la actual disciplina de la vida. En realidad no hay nada que no sea esen-cial en la vida cristiana. El edificio de nuestro carácter se verá lleno de riesgos si menospreciamos la importancia de las cosas pequeñas...
Esta infidelidad tiene su reacción sobre él mismo. No obtiene la gracia, el poder y la fortaleza de carácter que pueden alcanzarse me-diante una entrega sin reservas a Dios. Al vivir apartado de Cristo está sujeto a las tentaciones de Satanás, y comete equivocaciones en su obra por el Maestro. Por causa de que no es guiado por los debidos princi-pios en las cosas pequeñas, deja de obedecer a Dios en los asuntos de mayor importancia que él considera como su obra especial. Los de-fectos acariciados al tratar con los detalles menores de la vida, pasan a los asuntos más importantes... Así las acciones repetidas forman los hábitos, los hábitos forman el carácter, y por el carácter se decide nuestro destino para el tiempo y la eternidad (
Palabras de vida del gran Maestro, p. 290).
Cristo pregunta a cada uno de los que profesan su nombre: “¿Me amas?” Juan 21:16, 17 Si amamos a Jesús, amaremos las almas por las cuales murió... Ser dignos de confianza en nuestro puesto y vocación, estar dispuestos a negamos a nosotros mismos para beneficio de los demás, impartirá paz al espíritu y nos brindará el favor de Dios.
Los que quieran andar detenidamente en las pisadas de su abnegado Redentor reflejarán en su manera de ser la de Cristo. La pureza y el amor de Cristo resplandecerán en su vida diaria y su carácter y la mansedumbre y la verdad guiarán sus pies (Testimonios para la igle-sia, tomo 4, p. 347).
En el día del juicio muchos serán encontrado faltos porque han sido probados por Dios y hallados indignos de la vida eterna. Dios no podría confiar en ellos en el cielo. La decisión se hará para toda la eternidad; al que no es fiel en lo poco, no se le puede confiar grandes responsa-bilidades. Serán juzgados por sus obras, las que habrán determinado su carácter (El ministerio de publicaciones, p. 333).
En cada acto de la vida, el verdadero cristiano es solo lo que desea que piensen que es los que lo rodean. Se guía por la verdad y la recti-tud... Puede ser criticado, probado, pero a través de todo, su inflexible integridad resplandece como oro puro. Es un amigo y un benefactor de todos los que están relacionados con él, y sus semejantes tienen puesta su confianza en él porque es digno de crédito...
Satanás conoce muy bien qué poder para bien hay en la vida de un hombre de integridad inflexible, y hace ingentes esfuerzos para impe-dir que esos hombres vivan tales vidas...
La verdadera religión no es un experimento. Es una actual imitación de Cristo. Dios lleva una cuenta personal con cada persona, pro-bándolo con los resultados prácticos de su obra. Pronto se escuchará el llamado: “Entregad cuentas de su mayordomía” (In Heavenly Places, p. 243; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 245).