Notas EGW

Lección 4
Escape de las costumbres del mundo


Sábado 20 de enero

Satanás vendrá a ti diciéndote: Tú eres un pecador. Pero, no dejes que él llene tu mente con el pensamiento de que, porque eres pecador, Dios te ha rechazado. Di le: Sí, yo soy un pecador, por eso necesito un Salvador. Necesito perdón, y Cristo dice que si voy a él no pereceré. En su carta leo: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiamos de toda maldad”. 1 Juan 1:9...
En el momento en que te aferras de las promesas de Dios por la fe y dices: “Yo soy la oveja perdida que Jesús vino a salvar”, una nueva vida tomará posesión de ti y recibirás fuerza para resistir al tenta-dor (En los lugares celestiales, p. 118).
Debemos creer que somos elegidos de Dios, para ser salvados por el ejercicio de la fe, a través de la gracia de Cristo y la obra del Espíritu Santo; y debemos alabar y glorificar a Dios por esta maravillosa ma-nifestación de un favor que no merecemos. Es el amor de Dios el que conduce el alma a Cristo para ser benignamente recibida y presentada al Padre. Mediante la obra del Espíritu, se renueva la relación divina entre Dios y el pecador. El Padre dice: “Yo seré Dios para ellos, y ellos serán para mí hijos. Ejerceré el amor perdonador hacia ellos, y de-rramaré en ellos mi gozo. Ellos serán para mí un tesoro peculiar; porque este pueblo a quien yo he formado por mí mismo manifestará mi alabanza (Nuestra elevada vocación, p. 79).
Las riquezas proceden del Señor y a él pertenecen. “Las riquezas y la gloria proceden de ti”. 1 Crónicas 29:12. “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”. Hageo 2:8. “Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados”. Salmos 50:10. “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Salmos 24:1) Es el Señor tu Dios quien te da el poder para obtener riquezas.
Las riquezas, por ellas mismas, son transitorias y poco satisfacto-rias. Se nos amonesta a no confiar en riquezas inciertas. “Las riquezas se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” Proverbios 23:5.
“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan”. Mateo 6:19 (
Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 602).
Hay continuas batallas que pelear y no estamos a salvo ni un mo-mento a menos que nos coloquemos bajo el cuidado de Aquel que dio su propia vida preciosa para hacer posible que cada uno que crea en él como el Hijo de Dios, cuando se vea frente a la presión de la variada ciencia de Satanás, pueda escapar de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia. Es plenamente capaz, en res-puesta a nuestra fe, de unir nuestra naturaleza humana con la suya divina (En los lugares celestiales, p. 119).


Domingo 21 de enero: Una relación con Cristo
Nuestra mente se acomoda al nivel de las cosas en las cuales per-manecen nuestros pensamientos, y si pensamos en cosas terrenales no captaremos la impresión de lo que es celestial. Nos beneficiaríamos grandemente contemplando la misericordia, la bondad y el amor de Dios; pero experimentamos una gran pérdida al ocupamos de aquellas cosas que son terrenas y transitorias. Permitimos que las penas, los cuidados y las perplejidades atraigan nuestra mente a la tierra, y con-vertimos un grano de arena en una montaña...
Las cosas temporales no deben ocupar toda nuestra atención, ni absorber nuestra mente hasta que nuestros pensamientos estén com-pletamente ocupados de la tierra y lo terreno. Debemos ejercitar, dis-ciplinar y educar la mente de modo que pensemos en un estilo celestial, para que nos ocupemos de las cosas invisibles y eternas, que serán discernidas por la visión espiritual. Contemplando a Aquel que es invisible, podemos fortalecer la mente y vigorizar el espíritu (Co-mentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 6, p. 1100).
El Señor es bueno y misericordioso. Quiero que mi ofrenda de gratitud ascienda constantemente a Dios. Anhelo tener una compren-sión mayor de su bondad y de su amor inmutable. Anhelo diariamente las aguas de vida... Encuentro continuamente mi fortaleza en Dios. Mi dependencia no debe vacilar. Ningún instrumento humano debe inter-ponerse entre mi alma y mi Dios. El Señor es nuestra única esperanza. Confío en él, y él nunca, no nunca, me chasqueará. Hasta aquí me ha ayudado cuando estaba muy desanimada...
Agradeceré al Señor y alabaré su santo nombre. Alabaré al Señor porque puedo confiar en él en todo tiempo. Él es mi salvación, y mi torre de fortaleza a la que puedo correr en busca de seguridad. El comprende mis necesidades y me iluminará para que yo pueda reflejar luz sobre otros. No fracasaré ni me desanimaré. Espero que tú, mi Padre celestial, me concedas fortaleza y gracia... Su Palabra es mi seguridad (A fin de conocerle, pp. 264, 265).
“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás — nunca anheléis las conveniencias y las atracciones del mundo—; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.
Debéis procurar tener un Salvador que viva en vosotros, que os sea como un manantial de agua que brote para vida eterna. El agua de la vida que fluye del corazón siempre riega el corazón de otros (Co-mentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 5, p. 1108).

Lunes 22 de enero: En la Palabra


Cada día debéis aprender algo nuevo de las Escrituras. Escudriñadlas como si buscarais tesoros ocultos, porque contienen las palabras de vida eterna. Orad por sabiduría y entendimiento para comprender estos es-critos sagrados. Si lo hacéis, hallaréis nuevas glorias en la Palabra de Dios; sentiréis que habréis recibido luz nueva y preciosa sobre asuntos relacionados con la verdad, y las Escrituras recibirán constantemente nuevo valor en vuestra estima (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 246).
Cristo tiene derechos sobre cada alma, pero muchos eligen una vida de pecado. Algunos no quieren acudir a Jesús para que les conceda vida... No realizan una entrega completa, para morar únicamente en Jesús, que es vida, paz y gozo indecible, y gloria plena...
Dios os ha dado el derecho de aferraros a él mediante la oración de fe. La oración creyente es la esencia de la religión pura, el secreto del poder para cada cristiano...
Tomaos tiempo para orar, para investigar las Escrituras, para poner el yo bajo la disciplina de Cristo. Vivid en contacto con el Cristo vi-viente, y tan pronto como hagáis esto, él os sostendrá, y os sostendrá firmemente con su mano poderosa que nunca os dejará abandonados (Nuestra elevada vocación, p. 103).
Las mentes que se han abandonado al pensamiento inmoral necesi-tan cambiar. “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia, sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”. 1 Pedro 1:13-16. Los pensamientos se deben fijar en Dios. Ahora es el tiempo de esforzamos fervientemente para vencer las ten-dencias naturales del corazón camal.
Nuestros esfuerzos, nuestra abnegación, nuestra perseverancia, deben ser proporcionales al valor infinito del objeto que perseguimos. Solo venciendo como Cristo venció obtendremos la corona de la vi-da (Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 329).
En Cristo está la plenitud de gozo para siempre... La bondadosa presencia de Cristo en su Palabra siempre habla al alma, lo representa como el manantial de agua viviente que vivifica al sediento. Tenemos el privilegio de contar con un Salvador viviente y permanente. Él es la fuente de poder espiritual implantada dentro de nosotros, y su in-fluencia fluirá en palabras y acciones que vivifiquen a todos los que estén dentro de la esfera de nuestra influencia, creando en ellos deseos y aspiraciones de fortaleza y pureza, de santidad y paz, y de aquel gozo que no causa dolor. Este es el resultado de un Salvador que mora in-teriormente (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 5, p. 1108).
Martes 23 de enero: La vida de oración

En la oración que Cristo dirigió al Padre, dio al mundo una lección que debe ser grabada en la mente y el alma. “Esta empero es la vida eterna —dijo—: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado”. Juan 17:3. Esta es la verdadera educación. Im-parte poder. El conocimiento experimental de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado, transforma al hombre a la imagen de Dios. Le da dominio propio, sujetando cada impulso y pasión de la baja naturaleza al gobierno de las facultades superiores de la mente. Convierte a su poseedor en hijo de Dios y heredero del cielo. Lo pone en comunión con la mente del Infinito, y le abre los ricos tesoros del univer-so (Palabras de vida del gran Maestro, p. 85).
La comunión con Dios es la vida del alma... La comunión con Dios nos brinda una experiencia diaria que en verdad hace que nuestro gozo sea completo.
Los que tienen esa unión con Cristo lo manifestarán en espíritu, en palabras y en obras. La profesión no es nada a menos que de palabra y de hecho se revele el buen fruto. La unidad, comunión de unos con otros y con Cristo: ése es el fruto que lleva cada pámpano de la vid viviente. El alma purificada, nacida de nuevo, tiene un testimonio claro y distinto para dar...
Conocer a Dios significa, en el sentido bíblico del término, ser uno con él en corazón y mente, conociéndolo por experiencia propia, manteniendo una comunión reverente con él como Redentor. Solo a través de una sincera obediencia puede obtenerse esa comunión (Alza tus ojos, p. 293).
“Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. Hebreos 11:6.
Pero la fe no va en ningún sentido unida a la presunción. Solo el que tenga verdadera fe se halla seguro contra la presunción. Porque la presunción es la falsificación satánica de la fe. La fe se aferra a las promesas de Dios, y produce la obediencia. La presunción también se aferra a las promesas, pero las usa como Satanás, para disculpar la transgresión. La fe habría inducido a nuestros primeros padres a con-fiar en el amor de Dios, y a obedecer sus mandamientos. La presunción los indujo a transgredir su ley, creyendo que su gran amor los salvaría de las consecuencias de su pecado. No es fe lo que reclama el favor del Cielo sin cumplir las condiciones bajo las cuales se concede una mer-ced. La fe verdadera tiene su fundamento en las promesas y provisio-nes de las Escrituras
(El Deseado de todas las gentes, p. 101).
He observado frecuentemente que los hijos del Señor descuidan la oración, y sobre todo la oración secreta; la descuidan demasiado. Muchos no ejercitan la fe que es su privilegio y deber ejercitar, y a menudo aguardan aquel sentimiento íntimo que solo la fe puede dar. El sentimiento de por sí no es fe. Son dos cosas distintas. A nosotros nos toca ejercitar la fe; pero el sentimiento gozoso y sus beneficios han de sernos dados por Dios. La gracia de Dios llega al alma por el canal de la fe viva, que está en nuestro poder ejercitar (Primeros escritos, p. 72).

 


Miércoles 24 de enero: La vida de sabiduría
El lenguaje de Salomón al orar a Dios ante el antiguo altar de Ga-baón, revela su humildad y su intenso deseo de honrar a Dios. Com-prendía que sin la ayuda divina, estaba tan desamparado como un niñito para llevar las responsabilidades que le incumbían. Sabía que carecía de discernimiento, y el sentido de su gran necesidad le indujo a solicitar sabiduría a Dios. No había en su corazón aspiración egoísta por un conocimiento que le ensalzase sobre los demás. Deseaba desempeñar fielmente los deberes que le incumbían, y eligió el don por medio del cual su reinado habría de glorificar a Dios. Salomón no tuvo nunca más riqueza ni más sabiduría o verdadera grandeza que cuando confesó: “Yo soy un niño pequeño y no sé cómo me debo conducir”...
Nuestras peticiones a Dios no debieran proceder de corazones lle-nos de aspiraciones egoístas. Dios nos exhorta a elegir los dones que redundarán para la gloria de él. Quiere que elijamos lo celestial en lugar de lo terrenal. Abre de par en par ante nosotros las posibilidades y ventajas de un trato con el Cielo. Alienta nuestras metas más altas, da seguridad a nuestros más selectos tesoros. Aunque le sean arrebatadas las posesiones mundanales, el creyente se regocija en su tesoro celes-tial, cuyas riquezas no pueden perderse en ningún desastre te-rreno (Conflicto y valor, pp. 189, 190).
Nadie que realmente ame y tema a Dios seguirá transgrediendo ningún punto de la ley de Dios. Cuando infringe la ley, el hombre está bajo la condenación de la misma, que se convierte en un yugo de escla-vitud para él...
“La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma”. Por medio de la obediencia se logra la santificación del cuerpo, el alma y el espíritu. Esta santificación es una obra progresiva, en que se pasa de una etapa de perfección a otra.
Corre una fe viva cual hilo de oro, en toda la ejecución de los deberes aun los más humildes. Entonces toda la tarea diaria promoverá el creci-miento cristiano. Habrá una continua contemplación de Jesús. El amor por él dará fuerza vital a cuanto se emprenda (Mi vida hoy, p. 258).
No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salva-ción es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obedien-cia es el fruto de la fe. “Sabéis que él fue manifestado para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo aquel que mora en él no peca; todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido”. (1 Juan 3:5, 6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios está en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nues-tros designios, nuestras acciones, estarán en armonía con la voluntad de Dios, según se expresa en los preceptos de su santa ley...
La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nues-tros primeros padres: la perfecta obediencia a la ley de Dios, la perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo (El camino a Cristo, pp. 61, 62).

 

 


Jueves 25 de enero: El Espíritu Santo


Muchos cargos se han levantado contra la obra del Espíritu Santo por los errores de una clase de personas que, pretendiendo ser ilumi-nadas por éste, aseguran no tener más necesidad de ser guiadas por la Palabra de Dios. En realidad están dominadas por impresiones que consideran como voz de Dios en el alma. Pero el espíritu que las dirige no es el Espíritu de Dios. El principio que induce a abandonarse a impresiones y a descuidar las Santas Escrituras, solo puede conducir a la confusión, al engaño y a la ruina. Solo sirve para fomentar los de-signios del maligno. Y como el ministerio del Espíritu Santo es de importancia vital para la iglesia de Cristo, una de las tretas de Satanás consiste precisamente en arrojar oprobio sobre la obra del Espíritu por medio de los errores de los extremistas y fanáticos, y en hacer que el pueblo de Dios descuide esta fuente de fuerza que nuestro Señor nos ha asegurado (El conflicto de los siglos, p. 11).
El oficio del Espíritu Santo se especifica claramente en las palabras de Cristo: “Cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio”. Juan 16:8. Es el Espíritu Santo el que convence de pecado. Si el pecador responde a la influencia vivificadora del Espíritu, será inducido a arrepentirse y a comprender la importancia de obedecer los requerimientos divinos.
Al pecador arrepentido, que tiene hambre y sed de justicia, el Es-píritu Santo le revela el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. “Tomará de lo mío, y os lo hará saber,” dijo Cristo. “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he di-cho”. Juan 16:14; 14:26.
El Espíritu Santo se da como agente regenerador, para hacer efec-tiva la salvación obrada por la muerte de nuestro Redentor. El Espíritu Santo está tratando constantemente de llamar la atención de los hom-bres a la gran ofrenda hecha en la cruz del Calvario, de exponer al mundo el amor de Dios, y abrir al alma arrepentida las cosas preciosas de las Escrituras (Los hechos de los apóstoles, p. 43).
Encontramos nuestra seguridad y gozo al espaciamos en las verda-des del plan de salvación. La fe y la oración son necesarias para poder contemplar las profundas cosas de Dios. Nuestras mentes están tan atadas por ideas estrechas que apenas tenemos una visión limitada de la experiencia que es nuestro privilegio tener...
¿Por qué es que muchos que profesan tener fe en Cristo no tienen fuerza para resistir a las tentaciones del enemigo? Es porque no son fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior. El apóstol ora: “Para que, arraigados y fundados en amor, podáis bien compren-der con todos los santos cuál sea la anchura y la longura y la profun-didad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo co-nocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3:17- 19. Si tuviéramos esta experiencia conoceríamos algo de la cruz del Calvario... El amor de Cristo nos constreñiría, y aunque no fué-ramos capaces de explicar cómo el amor de Cristo alienta nuestros corazones, manifestaríamos su amor en una fervorosa devoción a su causa (Nuestra elevada vocación, p. 367).