Lección 2
Lo veo, lo quiero lo tengo


Sábado 6 de enero

La gracia puede prosperar únicamente en el corazón que constantemente está preparándose para recibir las preciosas semillas de verdad. Las espinas del pecado crecen en cualquier terreno; no necesitan cultivo; pero la gracia debe ser cuidadosamente cultivada. Las espinas y las zarzas siempre están listas para surgir, y de continuo debe avanzar la obra de purificación. Si el corazón no está bajo el dominio de Dios, si el Espíritu Santo no obra incesantemente para refinar y ennoblecer el carácter, los viejos hábitos se revelarán en la vida. Los hombres pueden profesar creer el evangelio; pero a menos que sean santificados por el evangelio, su profesión no tiene valor. Si no ganan la victoria sobre el pecado, el pecado la obtendrá sobre ellos. Las espinas que han sido cortadas pero no desarraigadas crecen con presteza, hasta que el alma queda ahogada por ellas (Palabras de vida del gran Maestro, p. 31).
Amados hermanos y hermanas, dejemos que los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesús estén siempre presentes en nuestros pensamientos y que ahuyenten las preocupaciones mundanales. Sean ellos nuestra meditación cuando nos acostamos y cuando nos levantamos. Vivamos y actuemos teniendo plenamente en cuenta la venida del Hijo del hombre. El tiempo del sellamiento es muy corto, y pronto terminará. Ahora, mientras los cuatro ángeles están reteniendo los cuatro vientos, es el momento en que debemos asegurar nuestra vocación y elección (Primeros escritos, p. 58).
La palabra de Dios ha sido descuidada. En ella se encuentran las advertencias para el pueblo de Dios que señalan los peligros que lo amenazan. Pero han tenido tantas preocupaciones y perplejidades que difícilmente dejan tiempo para orar. Ha existido un formalismo vacío pero sin el poder. Jesús oraba, ¡y cuán fervientes eran sus oraciones! ¡Y eso que él era el Hijo amado de Dios! Si Jesús manifestó tanta intensidad, tanta energía y agonía, cuánta mayor necesidad existe que los que él ha llamado a ser herederos de la salvación dependan de Dios para recibir toda la fortaleza que necesitan, tengan toda el alma dispuesta a luchar con Dios diciendo: “No te dejaré, si no me bendices”. Génesis 32:26. Pero vi que los corazones estaban recargados con los cuidados de esta vida, y que Dios y su Palabra han sido descuidados (Testimonios para la iglesia, tomo 1, p. 142).
La incredulidad, el orgullo, la codicia y el amor al mundo que se han manifestado en los corazones del profeso pueblo de Dios, han contristado a los ángeles sin pecado. Cuando han visto que pecados atroces y presuntuosos existen en los corazones de muchos profesos seguidores de Cristo, y que Dios ha sido deshonrado por su conducta inconsistente y torcida, se han puesto a llorar. Y sin embargo, los más culpables, los que provocan la mayor debilidad en la iglesia y manchan su santa profesión de fe, aparentemente no están ni alarmados ni convencidos; por lo contrario, pareciera que creen que están floreciendo en el Señor (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 114).


Domingo 7 de enero: El evangelio de la prosperidad


La prosperidad espiritual está estrechamente vinculada con la liberalidad cristiana. Los seguidores de Cristo deben regocijarse por el privilegio de revelar en sus vidas la caridad de su Redentor. Mientras dan para el Señor, tienen la seguridad de que sus tesoros van delante de ellos a los atrios celestiales. ¿Quieren los hombres asegurar su propiedad? Colóquenla entonces en las manos que llevan las marcas de la crucifixión. ¿Quieren gozar de sus bienes? Úsenlos entonces para la bendición del necesitado y doliente. ¿Quieren aumentar sus posesiones? Escuchen entonces la orden divina: “Honra a Jehová de tu substancia, y de las primicias de todos tus frutos; y serán llenas tus trojes con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto”. Proverbios 3:9, 10. Procuren retener sus posesiones para fines egoístas, y provocarán su ruina eterna. Pero den sus tesoros a Dios, y desde aquel momento llevarán éstos su inscripción. Estarán sellados con su inmutabilidad (Los hechos de los apóstoles, p. 277).
Todo lo que los hombres reciben de la bondad de Dios sigue perteneciendo a Dios. Todo lo que él nos ha otorgado en las cosas valiosas y bellas de la tierra, ha sido colocado en nuestras manos para probamos, para medir la profundidad de nuestro amor hacia él y nuestro aprecio por sus favores. Tanto los tesoros de las riquezas como los del intelecto, han de ser puestos como ofrenda voluntaria a los pies de Jesús. Ninguno de nosotros puede subsistir sin la bendición de Dios, pero Dios puede hacer su obra sin la ayuda del hombre, si así lo quiere. Ha dado, sin embargo, a cada hombre su obra, y confía a los hombres tesoros de riquezas o de intelecto como a sus mayordomos. Por su misericordia y generosidad, Dios nos pone en cuenta todo lo que le devolvemos como mayordomos fieles (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 688).
Las Escrituras enseñan que la riqueza es una posesión peligrosa únicamente cuando se la hace competir con el tesoro inmortal. Se convierte en una trampa cuando lo mundano y lo temporal absorben los pensamientos, los afectos y la devoción que Dios reclama para sí. Los que cambian el eterno peso de gloria por un poco de brillo del oropel del mundo, las moradas eternas por una casa que puede ser suya en el mejor de los casos tan solo durante unos pocos años, están realizando una elección insensata.
El dinero en sí mismo es el don de Dios al hombre, para que éste lo utilice con fidelidad en su servicio. Dios bendijo a Abrahán y lo enriqueció con ganado, plata y oro.
Y la Biblia declara, como una evidencia del favor divino, que Dios dio a David, Salomón, Josafat y Ezequías muchas riquezas y honor. Tal como ocurre con otros dones de Dios, la posesión de riquezas produce un aumento de responsabilidad y tiene sus tentaciones peculiares. Cuántos hay que en la adversidad han permanecido fieles a Dios pero que han caído bajo las deslumbrantes seducciones de la prosperidad. Con la posesión de riquezas se pone de manifiesto la pasión dominante de una naturaleza egoísta. El mundo está maldecido hoy por la desgracia de la codicia y los vicios de la complacencia de los adoradores de Mamón (Consejos sobre mayordomía cristiana, pp. 144, 145).

 



Lunes 8 de enero: Visión espiritual borrosa

Cristo especificó las cosas que son dañinas para el alma. Según San Marcos, él mencionó los cuidados de este siglo, el engaño de las riquezas, y la codicia de otras cosas. Lucas especifica los cuidados, las riquezas y los pasatiempos de la vida. Esto es lo que ahoga la palabra, el crecimiento de la semilla espiritual. El alma deja de obtener su nutrición de Cristo, y la espiritualidad se desvanece del corazón. “Los cuidados de este siglo”.
Ninguna clase de personas está libre de la tentación de los cuidados del mundo. El trabajo penoso, la privación y el temor de la necesidad le acarrean al pobre perplejidades y cargas. Al rico le sobreviene el temor de la pérdida y una multitud de congojas. Muchos de los que siguen a Cristo olvidan la lección que él nos ha invitado a aprender de las flores del campo. No confían en su cuidado constante. Cristo no puede llevar sus cargas porque ellos no las echan sobre él. Por lo tanto, los cuidados de la vida, que deberían inducirlos a ir al Salvador para obtener ayuda y alivio, los separan de él (Palabras de vida del gran Maestro, p. 31). Vosotros estáis decidiendo vuestro destino eterno. Vuestro orgullo, vuestro amor a las modas mundanas, vuestra conversación vana y frívola, vuestro egoísmo, son todos puestos en la balanza, y el mal pesa temiblemente contra vosotros. Sois pobres, y miserables, ciegos y desnudos. Mientras el mal aumenta y se arraiga profundamente, comienza a ahogar la buena simiente que ha sido sembrada en el corazón...
Muchas personas que vi se complacían a sí mismas pensando que eran buenos cristianos, pero en realidad no habían recibido ni un solo rayo de luz procedente de Jesús. No saben en qué consiste ser renovados por la gracia de Dios. Carecen de experiencia propia eficaz en las cosas de Dios. Y vi que el Señor le estaba sacando filo a su espada en el cielo para segarlos. ¡Ojalá que toda persona que profesa tibiamente su creencia pudiese comprender la obra de limpieza que Dios está por realizar entre su pueblo profeso! Estimados amigos, no os engañéis acerca de vuestra condición. No podéis engañar a Dios. Dice el Testigo Fiel: “Conozco tus obras”. Apocalipsis 3:1. El tercer ángel está conduciendo a un pueblo paso a paso cada vez más arriba. A cada paso será probado (Testimonios para la iglesia, tomo 1, p. 175). Hay una importante obra que los observadores del sábado deben realizar. Sus ojos deben ser abiertos para que vean la verdadera condición en que se encuentran, y además deben ser celosos y arrepentirse, porque si no lo hacen perderán la vida eterna. El espíritu del mundo se ha posesionado de ellos, y han caído cautivos de los poderes de las tinieblas. No prestan atención a la exhortación del apóstol Pablo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:2 (Testimonios para la iglesia, tomo 1, p. 421).



Martes 9 de enero: Los pasos de la codicia


La serpiente contestó a Eva que el mandato de Dios, que les prohibía comer del árbol del conocimiento, era para mantenerlos en tal estado de subordinación que no pudieran obtener conocimiento, que era poder. Le aseguró que el fruto del árbol era deseable más que todos los otros árboles del huerto para hacerles sabios, y exaltarlos hasta ser iguales a Dios.
El —le dijo la serpiente— les ha prohibido la fruta del único árbol, entre todos los árboles, más deseable por su sabor delicioso e influencia ensalzador. Eva creyó que el discurso de la serpiente era muy sabio, y que la prohibición de Dios era injusta. Miró con deseo anhelante el árbol cargado de fruta, que parecía deliciosa. La serpiente la estaba comiendo con aparente deleite. Ella deseaba esta fruta más que toda otra a la cual Dios le había dado perfecto derecho de comer (Confrontation, pp. 13, 14). Un espíritu mundano, codicioso y egoísta predomina en la vida de muchos. Quienes lo poseen solo buscan lo que satisface sus intereses personales. El hombre rico egoísta no se interesa en las cosas de sus vecinos, a menos que sea para descubrir cómo puede beneficiarse perjudicándolos. Los aspectos nobles y piadosos se dejan de lado y se sacrifican en aras de los intereses egoístas. El amor al dinero es la raíz de todos los males. Enceguece la visión e impide que la gente discierna sus obligaciones a Dios o al prójimo (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 421).
Todo egoísmo es codicia, y por lo tanto es idolatría. Muchos que han hecho inscribir sus nombres en los libros de la iglesia como creyentes en Dios y en la Biblia, están adorando los bienes que el Señor les ha confiado para que ellos fuesen sus administradores. No se inclinan literalmente ante su riqueza terrenal, pero ésta de todos modos es su dios. Son adoradores de Mamón. Honran las cosas de este mundo con un homenaje que pertenece al Creador. El que ve y conoce todas las cosas registra la falsedad de su profesión de piedad (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 235). La benevolencia constante y abnegada es el remedio de Dios para los pecados ulcerosos del egoísmo y la codicia. Dios ha dispuesto que la benevolencia sistemática sostenga su causa y alivie las necesidades de los sufrientes y menesterosos. Ha ordenado que la dadivosidad se convierta en un hábito que puede contrarrestar el pecado peligroso y engañoso de la codicia. Dar continuamente da muerte a la codicia. La benevolencia sistemática está concebida en el plan de Dios para arrancarle los tesoros al codicioso tan pronto como son ganados y consagrarlos al Señor, a quien le pertenecen (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 601).




 


Miércoles 10 de enero: La codicia: hacer las cosas a tu manera
Un poco antes de la Pascua, Judas había renovado con los sacerdotes su contrato de entregar a Jesús en sus manos. Entonces se determinó que el Salvador fuese prendido en uno de los lugares donde se retiraba a meditar y orar. Desde el banquete celebrado en casa de Simón, Judas había tenido oportunidad de reflexionar en la acción que había prometido ejecutar, pero su propósito no había cambiado. Por treinta piezas de plata —el precio de un esclavo— entregó al Señor de gloria a la ignominia y la muerte. Judas tenía, por naturaleza, fuerte apego al dinero; pero no había sido siempre bastante corrupto para realizar una acción como ésta. Había fomentado el mal espíritu de la avaricia, hasta que éste había llegado a ser el motivo predominante de su vida. El amor al dinero superaba a su amor por Cristo. Al llegar a ser esclavo de un vicio, se entregó a Satanás para ser arrastrado a cualquier bajeza de pecado (El Deseado de todas las gentes, p. 663).
[Cristo] trató de curar [el] estrecho egoísmo [de Judas] por medio del contacto con su propio amor abnegado. En su enseñanza desarrolló principios que tendían a desarraigar las ambiciones egoístas del discípulo. Así le dio una lección tras otra, y más de una vez Judas se dio cuenta de que se había descripto su carácter y se había señalado su pecado; pero no quiso ceder. Al resistir a las súplicas de la gracia, el impulso del mal triunfó finalmente. Judas, enojado por una velada reprensión, y desesperado al ver desmoronarse sus sueños ambiciosos, entregó su alma al demonio de la avaricia y decidió traicionar a su Maestro. Salió del aposento donde se celebró la Pascua, del gozo de la presencia de Cristo y de la luz de la esperanza inmortal, a hacer su obra perversa, a las tinieblas exteriores, donde no había esperanza (La educación, p. 92).
Acán albergó avaricia en su corazón hasta que ella se hizo hábito en él y le ató con cadenas casi imposibles de romper. Aunque fomentaba este mal, le habría horrorizado el pensamiento de que pudiera acarrear un desastre para Israel; pero el pecado embotó su percepción, y cuando le sobrevino la tentación cayó fácilmente (Patriarcas y profetas, p. 530). Satanás pone en obra proyectos que producirán en las mentes de nuestros hermanos un gran deseo de probar fortuna, tal como en la lotería. Uno y luego otro son halagados por una gran esperanza de ganancia financiera si invierten su dinero en terrenos; de manera que retiran sus recursos de nuestras instituciones y los sepultan en la tierra, donde la causa del Señor no recibe ningún beneficio. Luego, si uno de ellos tiene éxito, queda tan alborozado por el hecho de haber ganado algunos pocos cientos de dólares que decide seguir tratando de obtener más dinero si es que puede. Sigue invirtiendo en bienes raíces o en minas. Y así es como el proyecto de Satanás tiene éxito, porque en lugar de fluir los fondos hacia la tesorería, éstos son retirados de nuestras instituciones a fin de que sus dueños prueben fortuna en el negocio de las minas o de la especulación con terrenos. Así se estimula el espíritu de codicia y el hombre naturalmente tacaño regatea cada peso que se pide para ser usado en el adelantamiento de la causa de Dios en la tierra (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 252).

 


Jueves 11 de enero: El autocontrol

Ahora, precisamente ahora, es nuestro tiempo de gracia, en que nos hemos de preparar para el cielo. Cristo dio su vida para que pudiésemos tener este tiempo de gracia. Pero en tanto el tiempo dure, Satanás se esforzará por dominamos. Obra con poder para llevar a los hombres a quedar absortos en el logro de dinero. Idea muchas clases de entretenimientos a fin de que sus mentes puedan estar ocupadas con los placeres mundanos. Quisiera hacemos olvidar todo lo que atañe al adorno interior —el adorno de un espíritu humilde y tranquilo— que a la vista de Dios es de gran precio. Está decidido a que todo momento sea colmado con esfuerzos para cumplir proyectos ambiciosos, o para entretener y satisfacer el yo... Satanás emplea su influencia para ahogar la voz de Dios y la de la conciencia; y el mundo obra como si estuviera bajo su control. Los hombres lo han escogido como su líder... Infatuados con proyectos para los deleites y la diversión, se esfuerzan por lo que ha de perecer con el tiempo (En los lugares celestiales, p. 348).

Los que siempre se acercan un poco más al mundo, y se parecen a él en sentimientos, planes e ideas, han dejado un espacio entre ellos y el Salvador, y Satanás se ha introducido en ese espacio, y planes rastreros, mundanos y egoístas se entretejen con su experiencia. Si nos acercamos a Dios, nos aproximaremos unos a otros. No podemos aproximamos a la misma cruz sin obtener unidad de espíritu. Cristo oró que sus discípulos fueran una sola cosa, así como él y el Padre son uno. Deberíamos buscar la unidad de espíritu y entendimiento. Deberíamos procurar la unidad para que Dios sea glorificado en nosotros así como fue glorificado en el Hijo, y Dios nos amará como amó a su Hijo. Dios os ama. No quiere atraeros para causaros daño; ¡oh, no! Desea consolaros, derramar sobre vosotros el aceite del gozo, sanar las heridas que os ha infligido el pecado, reparar lo que Satanás ha dañado. Desea daros el ropaje de la alabanza a cambio del espíritu de abatimiento (A fin de conocerle, p. 248).
El apóstol presenta ante los creyentes la escalera del progreso cristiano, en la cual cada peldaño representa un avance en el conocimiento de Dios, y en cuya ascensión no debe haber detenciones. Fe, virtud, ciencia, temperancia, paciencia, bondad, fraternidad y amor representan los peldaños de la escalera. Somos salvados subiendo escalón tras escalón, ascendiendo paso tras paso hasta el más alto ideal que Cristo tiene para nosotros. De este modo él es hecho para nosotros sabiduría y justificación, santificación y redención...
Dando un paso tras otro se puede escalar la cima más elevada y se puede llegar por fin a la cumbre de la montaña. No os dejéis abrumar por la enorme suma de trabajo que debéis realizar en el curso de vuestra vida, porque no se os exige que lo hagáis todo a la vez. Dedicad todas las facultades de vuestro ser al trabajo de cada día, aprovechad cada valiosa oportunidad, apreciad el auxilio que os brinda Cristo, y avanzad por la escala del progreso, paso a paso. Recordad que debéis vivir un día a la vez, que Dios os ha concedido un día, y los registros celestiales revelarán en qué forma habéis valorado los privilegios y las oportunidades que aquél contiene (Mi vida hoy, p. 98).