Notas EGW

Lección 9 Ninguna condenación


Sábado 25 de noviembre

Si bien la vida del cristiano ha de ser caracterizada por la humildad, no debe señalarse por la tristeza y la denigración de sí mismo. Todos tienen el privilegio de vivir de manera que Dios los apruebe y los bendiga. No es la voluntad de nuestro Padre celestial que estemos siempre en condenación y tinieblas. Marchar con la cabeza baja y el corazón lleno de preocupaciones relativas a uno mismo no es prueba de verdadera humildad. Podemos acudir a Jesús y ser purificados, y permanecer ante la ley sin avergonzamos ni sentir remordimientos. “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al Espíritu”. Romanos 8:1. Por medio de Jesús, los hijos caídos de Adán son hechos “hijos de Dios”.
“Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Hebreos 2:11. La vida del cristiano debe ser una vida de fe, de victoria y de gozo en Dios. “Todo aquel que es engendrado de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que vence al mundo, a saber, nuestra fe”. 1 Juan 5:4 (VM). (El conflicto de los siglos, p. 469).
La luz que resplandece de la cruz revela el amor de Dios. Su amor nos atrae a él. Si no resistimos esta atracción, seremos conducidos al pie de la cruz arrepentidos por los pecados que crucificaron al Salvador. Entonces el Espíritu de Dios produce por medio de la fe una nueva vida en el alma. Los pensamientos y los deseos se sujetan en obediencia a la voluntad de Cristo. El corazón y la mente son creados de nuevo a la imagen de Aquel que obra en nosotros para someter todas las cosas a sí. Entonces la ley de Dios queda escrita en la mente y el corazón, y podemos decir con Cristo: “El hacer tu voluntad. Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8) (El Deseado de todas las gentes, p. 147).
Dios proveyó todo lo necesario para el bien del hombre, y lo hizo apenas un poco menor que los ángeles. Adán desobedeció y acarreó con ello el pecado que ha recaído sobre toda su posteridad. Pero Dios dio a su hijo unigénito para que redimiera a la raza culpable. Cristo asumió la naturaleza humana. Recorrió el mismo terreno donde Adán cayó, para ser probado como todos los seres humanos. Satanás vino como si fuera un ángel de luz para inducirlo a cometer un pecado, de ser posible, para lograr de ese modo que la raza humana quedara bajo el dominio del mal. Pero Cristo salió victorioso. Satanás fue derrotado y la humanidad fue puesta en terreno ventajoso. Cuando el Padre dio a su Hijo para que muriera por nosotros, puso todos los tesoros del cielo a nuestra disposición. El pecado no tiene excusa. El Señor nos ha concedido todas las ventajas posibles a fin de que tengamos fuerza para resistir las tentaciones del enemigo (Cada día con Dios, p. 316).


Domingo 26 de noviembre: En Jesucristo
Si confesáis vuestros pecados, creed que son perdonados porque la promesa es positiva. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”. 1 Juan 1:9. ¿Por qué, pues, deshonraremos a Dios dudando de su amor perdonador? Habiendo confesado vuestros pecados, creed que la Palabra de Dios no fallará, sino que el que ha prometido es fiel. Es tan grande el deber de creer que Dios cumplirá su palabra perdonando vuestros pecados, como el que tenéis de confesarlos. Debéis ejercer vuestra fe en Dios como alguien que hará exactamente lo que dijo que haría —perdonar todas vuestras transgresiones... Oh, cuántos hay que andan dolientes, pecando y arrepintiéndose, siempre bajo una nube de condenación. No creen en la palabra del Señor. No creen que obrará como lo ha dicho...
Usted hiere el corazón de Cristo al dudar, cuando él nos ha dado tantas evidencias de su amor al dar su vida para salvamos para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida eterna (In Heavenly Places, p. 126; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 128). Entre [los] oyentes [de Cristo], muchos eran atraídos a él con fe, y a éstos les dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará”.
Estas palabras ofendieron a los fariseos... [ellos] exclamaron coléricamente: “Simiente de Abraham somos, y jamás servimos a nadie: ¿cómo dices tú: Seréis libres?” Jesús miró a esos hombres esclavos de la malicia, cuyos pensamientos se concentraban en la venganza, y contestó con tristeza: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado”. Ellos estaban en la peor clase de servidumbre: regidos por el espíritu del maligno...
En la obra de la redención no hay compulsión. No se emplea ninguna fuerza exterior. Bajo la influencia del Espíritu de Dios, el hombre está libre para elegir a quien ha de servir. En el cambio que se produce cuando el alma se entrega a Cristo, hay la más completa sensación de libertad. La expulsión del pecado es obra del alma misma. Por cierto, no tenemos poder para libramos a nosotros mismos del dominio de Satanás; pero cuando deseamos ser libertados del pecado, y en nuestra gran necesidad clamamos por un poder exterior y superior a nosotros, las facultades del alma quedan dotadas de la fuerza divina del Espíritu Santo y obedecen los dictados de la voluntad, en cumplimiento de la voluntad de Dios.
La única condición bajo la cual es posible la libertad del hombre, es que éste llegue a ser uno con Cristo. “La verdad os libertará;” y Cristo es la verdad. El pecado puede triunfar solamente debilitando la mente y destruyendo la libertad del alma. La sujeción a Dios significa la rehabilitación de uno mismo, de la verdadera gloria y dignidad del hombre. La ley divina, a la cual somos inducidos a sujetamos, es “la ley de libertad” (Santiago 2:12) (El Deseado de todas las gentes, pp. 431, 432).

Lunes 27 de noviembre: Lo que la Ley no puede hacer


Pablo había exaltado siempre la ley divina. Había mostrado que en la ley no hay poder para salvar a los hombres del castigo de la desobediencia. Los que han obrado mal deben arrepentirse de sus pecados y humillarse ante Dios, cuya justa ira han provocado al violar su ley; y deben también ejercer fe en la sangre de Cristo como único medio de perdón. El Hijo de Dios había muerto en sacrificio por ellos, y ascendido al cielo para ser su abogado ante el Padre. Por el arrepentimiento y la fe, ellos podían librarse de la condenación del pecado y, por la gracia de Cristo, obedecer la ley de Dios (Los hechos de los apóstoles, p. 315).
Él tomó sobre sí nuestra naturaleza, y se hizo pecado por nosotros, para que podamos hallar remisión de “los pecados pasados” (Romanos 3:25), y por su divina gracia y fortaleza podamos cumplir los requerimientos de la ley. Quienquiera que tome la posición de que no significa nada si guardamos o no los mandamientos de Dios, no conoce a Cristo. Jesús dice: “He guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10) y los que siguen a Jesús, harán como él ha hecho...
:10) y los que siguen a Jesús, harán como él ha hecho... Satanás tratará de atraeros para que entréis en las sendas del pecado, prometiendo que algún bien maravilloso resultará de la transgresión de la ley de Dios; pero es un engañador. Tan solo busca vuestra ruina. ... Cristo vino para quebrantar el dominio del maligno... y para dar libertad a los cautivos. El hombre se ha debilitado tanto con la transgresión, que no posee suficiente poder moral para apartarse del servicio de Satanás y servir solamente al único Dios verdadero; pero Jesús, el Príncipe de la vida, a quien se le ha dado “toda potestad, tanto en el cielo como en la tierra”, impartirá a cada alma que desea salvación la tuerza necesaria para vencer al enemigo de la justicia (That I May Know Him, p. 125; parcialmente en A fin de conocerle, p. 127).
La obra de la redención es llamada un misterio, y es ciertamente el misterio mediante el cual la justicia eterna se presenta a todos los que creen. La raza humana estaba enemistada con Dios como consecuencia del pecado. A un precio infinito, mediante un proceso penoso, misterioso tanto para los ángeles como para los hombres, Cristo tomó la humanidad. Ocultó su divinidad, puso a un lado su gloria, y nació como un niñito en Belén. Vivió en la carne humana la ley de Dios para que pudiera condenar el pecado en la carne, y para dar testimonio a los seres celestiales de que la ley fue ordenada para vida y para asegurar felicidad, paz y eterno bien a todos los que obedecen. Pero el mismo sacrificio infinito que es vida para los que creen, es un testimonio de condenación para los desobediente, testimonio que habla muerte y no vida (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 927).


Martes 28 de noviembre: La carne o el Espíritu

Cuando uno ha quedado completamente despojado del yo, cuando todo falso dios es excluido del alma, el vacío es llenado por el influjo del Espíritu de Cristo. El tal tiene la fe que purifica el alma de la contaminación. Queda conformado con el Espíritu, y obedece a las cosas del Espíritu. No tiene confianza en sí mismo. Para él, Cristo es todo y está en todo. Recibe con mansedumbre la verdad que le es constantemente revelada, y da al Señor toda la gloria, diciendo: “Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu”. “Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado” (1 Corintios 2:10, 12) (Obreros evangélicos, p. 304).
Jesús se ofrece a cada alma enferma de pecado, a cada alma que se esfuerza por vencer. El Espíritu Santo está intercediendo por cada luchador sincero, y Cristo hará que sus palabras sean espíritu y vida, poder de Dios para salvación a aquellos que creen. Pero seguramente fracasaréis si permitís que el diablo controle vuestra mente y guíe vuestra imaginación. ...
Dios no puede ser burlado; no aceptará un corazón dividido. El exige un servicio completo y de todo corazón. Ha pagado el dinero del rescate de su propia vida, por cada hijo e hija de Adán... Dios os ha dado el derecho de aferraros a él mediante la oración de fe. La oración creyente es la esencia de la religión pura, el secreto del poder para cada cristiano... Tomaos tiempo para orar, para investigar las Escrituras, para poner el yo bajo la disciplina de Cristo. Vivid en contacto con el Cristo viviente, y tan pronto como hagáis esto, él os sostendrá, y os sostendrá firmemente con su mano poderosa que nunca os dejará abandonados (Nuestra elevada vocación, p. 103).
La capacidad de gozar de las riquezas de gloria será desarrollada en proporción al deseo que tengamos de esas riquezas. ¿Cómo podemos desarrollar una apreciación de Dios y de las cosas celestiales a menos que lo hagamos en esta vida? Si permitimos que las exigencias y cuidados del mundo absorban todo nuestro tiempo y nuestra atención, nuestras facultades espirituales se debilitan y mueren por falta de ejercicio. En una mente completamente entregada a cosas terrenales está cerrado todo acceso por el cual pueda entrar luz del cielo. La gracia transformadora de Dios no se siente en la mente o el carácter. Estamos viviendo entre los peligros de los últimos días y deberíamos cuidar toda avenida por la cual Satanás pueda acercársenos con su tentación...
Un mero asentimiento a la verdad nunca salvará un alma de la muerte. Debemos estar santificados por la verdad; debe vencerse cada defecto del carácter, o nos vencerá y será un poder para mal. Comenzad sin demora a desarraigar cada raíz perniciosa del jardín del corazón, y mediante la gracia de Cristo no permitáis que allí florezcan plantas, excepto las que lleven fruto para vida eterna (En los lugares celestiales, p. 162).


 


Miércoles 29 de noviembre: Cristo en ti
Ningún hombre puede ser cristiano sin tener el Espíritu de Cristo; y si tiene Espíritu de Cristo, lo manifestará en palabras bondadosas y una conducta refinada y cortés... El cambio externo testificará del cambio interno. La verdad es santificadora, refinadora. Recibida en el corazón, actúa con poder oculto, transformando el carácter. Pero los que profesan seguir a Cristo y al mismo tiempo son groseros, hirientes y descorteses en palabra y hechos no han aprendido de Jesús. Una persona jactanciosa, altiva y criticona no es cristiana, porque ser cristiano es ser como Cristo... (Reflejemos a Jesús, p. 297).
La norma para medir el carácter es la ley real. La ley es la que descubre el pecado. Por la ley es el conocimiento del pecado; pero el pecador es constantemente atraído a Jesús por la maravillosa manifestación de su amor, pues él se humilló a sí mismo para padecer una muerte vergonzosa sobre la cruz. ¡Qué estudio es éste! Los ángeles han luchado y anhelado fervientemente entender este maravilloso misterio. Es un estudio que requiere el esfuerzo de la más alta inteligencia humana: que el hombre caído, engañado por Satanás, que se coloca al lado de Satanás en este asunto, pueda conformarse a la imagen del Hijo del Dios Infinito; que el hombre pueda ser como Cristo; que, debido a la justicia de Cristo dada al hombre, Dios amara al hombre —caído pero redimido— así como amaba a su Hijo. Leedlo en los oráculos divinos (Mensajes selectos, t. 3, p. 191).
Mediante el ministerio de los ángeles, el Espíritu Santo puede obrar en la mente y el corazón del ser humano y atraerlo a Cristo. ... Pero el Espíritu de Dios no interfiere con la libertad del ser humano. El Espíritu Santo se da como un ayudador a fin de que el hombre pueda cooperar con la Divinidad, y es dado para que Dios pueda atraer al alma, pero nunca forzar su obediencia... Mediante el ministerio de los ángeles, el Espíritu Santo puede obrar en la mente y el corazón del ser humano y atraerlo a Cristo. ...
Pero el Espíritu de Dios no interfiere con la libertad del ser humano. El Espíritu Santo se da como un ayudador a fin de que el hombre pueda cooperar con la Divinidad, y es dado para que Dios pueda atraer al alma, pero nunca forzar su obediencia. La influencia del Espíritu Santo es la vida de Cristo en el alma. No vemos a Cristo ni le hablamos, pero su Espíritu Santo está tan cerca de nosotros en un lugar como en otro. Obra dentro y por medio de todo el que recibe a Cristo (A fin de conocerle, p. 59).

 

 


Jueves 30 de noviembre: El espíritu de adopción
El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libera al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida. Si usted cree que es el mayor de los pecadores, lo que necesita es Cristo; el mayor de los salvadores. Levante la cabeza y contemple fuera de sí mismo, más allá de su pecado, al Salvador levantado; más allá de la venenosa mordedura de la serpiente, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él llevó el peso de nuestra culpa. También quitará la carga de nuestros hombros cansados. Nos dará descanso. Llevará por nosotros la carga de nuestros cuidados y penas. Nos invita a echar sobre él todos nuestros afanes; pues nos lleva en su corazón (Mente, carácter y personalidad, t. 2, p. 468).
Por la investigación de las Escrituras podemos llegar a comprender lo que somos para Cristo y lo que él es para nosotros. Por la contemplación de él hemos de ser cambiados a su imagen, llegando a ser colaboradores con El, representantes de él en vida y carácter. Debemos aprender a damos cuenta de que hemos de vivir como hijos e hijas de Dios, amando a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Hemos de amar la perfección porque Jesús es la personificación de la perfección, el gran centro de atracción. La vida que ahora vivimos debemos vivirla por fe en el Hijo de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 310).
Todos los que hacen un pacto con Jesucristo se convierten por adopción en hijos de Dios. Son purificados por el poder regenerador de la Palabra, y se comisiona a los ángeles para que les sirvan. Son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se comprometen a ser miembros activos de su iglesia en la tierra. Deben morir a todas las tendencias y los deseos mundanos; en lugar de ello, deben ejercer, gracias a la santificación del Espíritu, una influencia viviente en favor de Dios, tanto en su comportamiento como en su piedad.
“Herederos de Dios, y coherederos con Cristo”, ¡qué puesto exaltado y digno! ¡Separados y distintos del mundo, protegidos de las malignas trampas de Satanás! en sus votos bautismales los profesos seguidores de Dios se han comprometido a mantenerse en oposición contra el mal. El enemigo empleará toda clase de astucias para corromper su mente. Tratará de introducir sus métodos en su servicio para el Maestro. Pero habrá seguridad para ellos si escuchan la advertencia: “Confortaos en el Señor, y en la potencia de su fortaleza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Hijos e hijas de Dios, p. 17).