LA llegada del Espíritu Santo
Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8:2.


La palabra "porque" es importante en el texto de hoy, pues conecta el versículo 1 del capítulo 8, con el versículo 2; lo cual nos permite empezar a comprender por qué "ninguna condenación hay para los - que están en Cristo Jesús". ¿Por qué? "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús... [los] ha librado de la ley del pecado y de la muerte".

El versículo 3 tratará sobre los fundamentos de dicha libertad; pero antes de pasar a él, debemos notar que el Espíritu Santo, del que aquí se habla en relación con "la ley del Espíritu de vida", tiene un papel primordial a lo largo de Romanos 8. El enfoque sobre el Espíritu marca un cambio importante en la Epístola. Esta transición se torna especialmente significativa cuando contrastamos los capítulos 7 y 8. En Romanos 7, la ley y sus equivalentes se mencionan 31 veces, cuando el Espíritu sólo se menciona una vez. En el capítulo 8, sin embargo, el Espíritu se menciona 18 veces.

Según John Stott, el contraste esencial entre estos dos capítulos es, en realidad, "entre la debilidad de la ley y el poder del Espíritu. Pues por encima y en contra del pecado que nos habita —motivo por el cual es imposible que la ley nos ayude en nuestra contienda moral (7:17, 20)— Pablo reconoce ahora la presencia del Espíritu que nos habita, el cual actualmente es nuestro libertador de 'la ley del pecado y de la muerte' (8:2), y al final del tiempo, la garantía de resurrección y gloria eterna (8:11, 17, 23)".

En Romanos 8, la vida del cristiano se describe como una vida "en el Espíritu Santo". Es una vida cambiada, sostenida, dirigida y enriquecida por el Espíritu. Sin el Espíritu Santo, la vida cristiana sería sencillamente imposible. No es de extrañar que Elena G. de White señalara que el don del Espíritu Santo "trae todas las demás bendiciones en su estela" (El Deseado de todas las gentes, pág. 626).

Según Romanos 8:2, el Espíritu, a través de "la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús" (o sea, del evangelio), nos libra "de la ley del pecado y de la muerte" (o sea, de la condenación de la ley). Por lo tanto, nos'encontramos frente a un segundo privilegio. En el versículo 1 vimos que no estamos más bajo la condenación de la ley; mientras que en el versículo 2 descubrimos la liberación que los cristianos obtenemos por el evangelio. De hecho, esa liberación no es de la ley en sí (que es buena, santa, justa y espiritual), sino de la esclavitud al pecado y de la condenación de la ley.

Así, Pablo proclama la libertad cristiana, aquella que libera al creyente de lo negativo y le encamina hacia lo positivo, mediante la guía y el poder del Espíritu.