El pecado usa la ley —
Mas elpecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Romanos 7:8.


Nuevamente, Pablo personifica al pecado; sólo que esta vez lo muestra como un agresor militar. El término traducido aqui como "ocasión" (y en otras versiones como "oportunidad"), en el idioma original se relaciona con el punto inicial o la base de operaciones de una expedición o, más precisamente, de una campaña militar. De ahi que Pablo describe el pecado como un agresor dispuesto a alistarnos para su campaña.

¿Y cómo lo logra? ¿De qué manera invade nuestra conciencia para inducirnos al mal? Sorprendentemente, Pablo sugiere que lo hace ¡a través del mandamiento! Y para ¡lustrar su tesis, vuelve a emplear el décimo mandamiento: "El pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mi toda codicia".

¿Cómo heñios de interpretar esta declaración tan extraña?¿Cómo puede el mal usar el bien (el mandamiento bueno de Dios) para producir pecado? Anteriormente, en el versículo 5, Pablo habia aludido a este asunto, al señalar que la ley despertaba las pasiones pecaminosas. Ahora, en el versículo 8, llega a la conclusión natural de su lógica, al declarar que la ley produce pecado.

¿Cómo así? Piense por un instante en esto. ¿Recuerda la ilustración que usamos cuando comentamos el versículo 5; aquella en la que decíamos que cuando a un niño se le pide que no toque algo, siente la irresistible tentación de extender su dedito para hacer justamente lo que le prohibimos?

Nuestra mente adulta funciona más o menos igual. Si al cruzar un desierto encuentro un cartel en el medio del camino que exige reducir la velocidad a 60 kilómetros por hora, mi mente de inmediato se pregunta ¿por qué?; y yo no sólo me siento algo perturbado por lo arbitrario de la restricción de mi libertad, sino bien tentado a hacer justamente lo opuesto, porque no veo razón para disminuir la velocidad.

De manera similar, uno de mis amigos ilustra este punto con el mandamiento de no pensar en elefantes rosados. Aun si a uno jamás se le ha ocurrido pensar en elefantes rosados, el sólo mandamiento de no pensar en ellos los instala vividamente en nuestra mente. Según Pablo, algo parecido ocurre en relación con la codicia. El mandamiento que prohibe codiciar, despertó en él la idea de hacer precisamente lo opuesto.

Así, aunque el mandamiento es bueno, el pecado lleva a la persona no renovada, a pensar que una orden semejante constituye una restricción de su libertad, y por lo mismo, causa suficiente para el resentimiento y la oposición. Sin algo contra lo cual rebelarse, la rebelión no existe.

Según Pablo, el verdadero culpable no es la ley, sino el pecado, que de por sí es hostil a la ley (Romanos 8:7). El pecado distorsiona la función de la ley, mostrando no que la ley expone el pecado, sino que lo provoca.


El nacimiento de la bancarrota espiritual
Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, elpecado revivió y yo morí. Romanos 7:9.


Usted de veras cree eso? ¿Cómo podría un muchachito judio de sus dias, proveniente de una familia devota, vivir "sin la ley"?

Dado su contexto, las palabras de Pablo no implican que el apóstol carecía del conocimiento de la ley; sino más bien, que no se había dado cuenta plenamente de la fuerza y la profundidad de las demandas de la misma, y por ende, carecía de la convicción personal de su pecado. De ahí que, tal como lo declara en Filipenses 3:6, se considerara "en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible". Como el joven rico (Mateo 19:20), se congratulaba de haber guardado los mandamientos desde su juventud; y como el fariseo que oraba en el templo (Lucas 18:11), agradecía por no ser un pecador "como los otros hombres".

"Pero venido el mandamiento, el pecado revivió". Cuando Pablo finalmente comprendió el significado pleno de la ley, y sintió su poder, la ley se convirtió en algo vivo para él, y se dio cuenta de que era, en realidad, todo un pecador. Al considerar, por ejemplo, el mandamiento de no codiciar, comprendió de pronto que estaba impregnado de egocentrismo; no era realmente tan "irreprensible" como se creía.

A esa altura, el pecado cobró vida para él. Por supuesto, había estado siempre en él; pero ahora, a la luz del mandamiento, podía reconocerlo por primera vez, en toda su intensidad. Nunca más podría ya ignorar su existencia. Por haber visto la profundidad del mandamiento, podía ahora darse cuenta de que en verdad era pecador. Ya no tenia sentido jactarse de su justicia personal.

¿Y entonces? Pablo murió. No la muerte del cristiano que muere al pecado, según lo que él mismo describiera en el capítulo 6:2, pero sí la muerte a su orgullo espiritual, a su confianza en sí mismo y a su independencia. Se dio cuenta de su situación desesperada. Al entender bien la ley, se sintió destituido.

Su experiencia es la de cada ser humano. Todos tenemos que llegar a experimentar este tipo de vivencia: morir a nuestra justicia, a nuestra pretendida habilidad de observar la ley por nuestra cuenta, y de ganar del mismo modo nuestra salvación. Sólo entonces comenzaremos a sentir nuestra profunda necesidad de la justicia de Cristo para cubrir nuestra desnudez. De ahí que la luz plena de la ley descubra a Cristo, como nuestra única esperanza.


La observancia engañosa de la. ley —
Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. Romanos 7:10, 11.


ablo está en lo cierto cuando asegura que el mandamiento "era para ¡)) vida". Dios nunca se propuso que la ley fuera para muerte. La creó como norma de justicia. La ley presenta los principios que conducen -«- a la vida. Para el salmista eran evidentes las bienaventuranzas de "los que andan en la ley de Jehová" (Salmo 119:1, 2). Jesús mismo le dijo a un intérprete de la ley que, si la guardaba, viviría (Lucas 10:28).

El problema es que desde la caída de Adán, ha sido imposible para la raza humana obedecer plenamente la ley de Dios. En El camino a Cristo, Elena de White dijo lo siguiente al respecto: "Antes que Adán cayese le era posible desarrollar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos. Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa" (pág. 62).

Sin embargo, el pecado no nos dice eso. Antes, nos asegura que si tratamos con mayor empeño, nos volveremos lo suficientemente buenos, y hasta intachablemente perfectos por la obediencia a la ley. Asi, tal como Pablo dijera, "el pecado, tomando ocasión por el mandamiento," nos engaña, intentando que creamos una mentira.

Es mentira que podemos por nuestros propios medios obedecer la ley o volvernos buenos por cumplirla, y que hasta podemos dejar bien a Dios por observarla. Pablo, como muchos otros, no esperaba que el mandamiento de Dios pudiera convertirse en una trampa de muerte. Siendo que la ley parece ser el camino a la vida —cuando en realidad no lo es— el pecado utiliza este malentendido para producir muerte.

Es interesante notar que cada religión falsa —y aun la interpretación errónea de las enseñanzas del cristianismo— se fundamenta, de una manera u otra, sobre el esfuerzo personal, la justicia propia y la confianza propia. En El Deseado de todas las gentes, Elena G. de White declaró lo siguiente: "El principio de que el hombre puede salvarse a sí mismo por medio de sus propias obras yacía en el fundamento de toda religión pagana; se había... convertido en el principio de la religión judía" (pág. 35, 36).

Pablo nunca se cansa de insistir en el tema de que el único camino a la justicia es por medio de la fe en Jesucristo. La ley, por buena que fuera en todo aspecto, nunca nos fue dada para salvarnos del pecado. Creer lo contrario, sólo podría conducirnos a nuestra muerte eterna. Creo que si Pablo pudiera escoger sólo un lema, éste sería: "Confía en Jesucristo".