La raíz de la tensión —
Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Romanos 7:18.


Pablo no tenia ni la más mínima duda respecto a la bondad de la ley.

El problema o la causa de su tensión no era la ley. Era su carne. En la Nueva Versión Internacional de la Biblia, el texto en cuestión dice: "En mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita". El contraste es claro: la ley es buena; pero en Pablo, no había "nada bueno".

¿Es cierto eso? ¿No había nada bueno en Pablo? ¿No acababa de aprobar que la ley era buena, y que íntimamente deseaba cumplirla? Esto en sí es bueno.

Debemos reconocer que cuando Pablo dice "nada bueno habita", lo dice en referencia a una parte de su ser, no a todo su ser. "Nada bueno habita" en su carne, en su "naturaleza pecaminosa"; pero él también tiene una naturaleza espiritual (ésa que llama "hombre interior" [vers. 22]).

A fin de comprender el significado del término "carne" en los escritos de Pablo, debemos destacar que el apóstol no estaba de acuerdo con los filósofos griegos que enseñaban que la carne era esencialmente mala. Pablo, por ejemplo, creía en la resurrección del cuerpo; algo impensable para los griegos que menospreciaban la existencia corpórea. Para el apóstol, el problema no consistía en que la carne era inherentemente mala, sino en que era débil, propensa a sucumbir ante la tentación e incapaz de hacer siempre el bien que en su interior, él aprobaba. Ernst Kaseman declara que "la carne es el taller del pecado". Y como bien nos consta, Satanás es todo un experto en el manejo de este tipo de "taller".

Antes de abandonar el análisis del versículo 18, convendría saber hacia dónde se dirige Pablo, más allá de los versículos 15 y 16, al referirse a la debilidad humana. En los versículos anteriores decía que no podía dejar de hacer aquello que en realidad desaprobaba. Aquí agrega que tampoco puede hacer lo que sí aprueba.

La carne es débil, en verdad. Como dice Kaseman: "No se ve al ser humano como alguien que puede luchar contra su destino y cambiar su sino, como el ser moral lo intenta". Necesitamos ayuda externa.

Y es hacia esa ayuda a la que todo este capítulo nos lleva, inexorablemente. Nuestra única esperanza es Cristo Jesús, Señor nuestro.


Usted no es el único — —o la única— con altibajos
Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino elpecado que mora en mí. Romanos 7:19, 20.


La frustración continúa. En estos versículos, Pablo resume tanto su incapacidad para hacer el bien como para evitar el mal por completo. Como cristiano que conoce la profundidad de su debilidad, siente —agonía en el alma. Cree que no hay nada loable en él.

Una vez más, observe que no está diciendo que no puede hacer bien alguno. Más bien, deplora el hecho de que, aun siendo cristiano, es incapaz de cumplir completamente las demandas de la ley. Algo similar expresa en su Epístola a los Filipenses: "No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que esté delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (3:12-14).

Una cosa es que el creyente vaya a Jesús, le entregue su vida, confiese sus pecados, reciba justificación, un nuevo corazón y una nueva mente, y sea apartado para el servicio de Dios. Todo eso sucede en un momento; pero la conversión al cristianismo no hace del individuo un ser santificado por completo. john Wesley, Elena G. de White y otros han reconocido correctamente que la santificación progresiva (el crecimiento paulatino para asemejarnos más a Dios en carácter) es tarea de toda la vida.

El andar del cristiano es continuo, y tal como Pablo lo ha venido explicando, tiene sus retrasos, retos y fracasos. Sin embargo, a medida que crece en su vida espiritual, inevitablemente aumenta su odio por el pecado, su amor por la justicia y por la ley de Dios, y el creciente reconocimiento de su propia debilidad; todo lo cual le lleva a depender más y más de Dios.

En nuestro diario vivir, no debemos descorazonarnos. Ciertamente, tenemos nuestros altibajos. Y cuando estamos en "los bajos", nos sentimos despreciables; no vemos nada bueno en nosotros. Cuando eso suceda, armémonos de valor. Pablo y David sintieron ese mismo profundo desaliento. Ambos tuvieron sus momentos de alabanza, de gozo y de paz; pero cuando cayeron, supieron traspasar su desaliento, para asirse de la gracia y el poder de Dios, su única esperanza.

Hoy, Padre, nos entregamos en tus manos, agradeciéndote por tu sabiduría, comprensión y gracia.