La tensión entre la ley de ellos y la humanidad imperfecta
Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Romanos 7:16, 17.


En estos dos versículos llegamos al meollo de lo que Pablo intenta II decir en Romanos 7:14-20. Su punto principal es que el problema no radica en la ley, sino en nosotros, seres imperfectos. En este capítulo, el apóstol responde a dos preguntas acerca de la ley. La primera es: ¿es pecado la ley?; y la segunda, ¿produce muerte? (7:7, 8). Al declarar en el versículo 16 que la ley es buena, contesta ambas preguntas.

Ahora bien; si la ley es buena, ¿por qué nos causa tantos problemas? Esta es justamente la pregunta a la que Pablo responde en el capítulo 7:14-20.

Al analizar el texto bíblico de hoy, debemos notar varios puntos. En primer lugar que, como ya hemos visto, Pablo creía absolutamente en la bondad de la ley. El término traducido como bondad, también puede significar virtud o belleza. Según James Denney, Pablo aludía aquí a "la belleza moral o la nobleza de la ley". Lejos de oponerse a ella, Pablo la reconocía y aprobaba.

El hecho mismo de que considerara la ley como "buena", cuando él mismo había hecho lo que en realidad no quería (quebrantar esa ley; pecar), demuestra el verdadero carácter de Pablo. El hombre nuevo, el cristiano, su verdadero ser proclamaba de corazón la bondad e impecabilidad de la ley. Como creyente redimido anhelaba honrar la ley en toda su dimensión y cumplirla cabalmente.

En este sentido, todo cristiano es como Pablo. Percibe, de alguna manera, la excelencia moral de la ley divina y siente el deseo de estar en armonía con ella. Cuanto más madure en su experiencia cristiana, más percibirá la santidad, la gloria y la bondad de la ley de amor de Dios, y mayor será su deseo de vivir en armonía con sus principios.

Pablo sabía que la ley no tenía la culpa de la tensión que él sentía; el culpable era el pecado que moraba eri él; pero de ninguna npanera decía esto para desligarse de su responsabilidad personal. Bien había confesado su mal en el versículo 14.

Tras su entrega a Cristo, Pablo descubrió lo mismo que nosotros; que, como diría León Morris, el pecado no es más "la visita honorable" que solía ser antes de la conversión; "tampoco el inquilino que paga, sino el 'intruso', el ocupante ¡legal, pero difícil de echar". Como también Wesley dijera respecto a la vida del cristiano: "el pecado permanece, pero ya no reina".

Señor, ayúdanos a aprender a tratar el pecado y la ley de manera saludable.