La tensión entre el deseo y la acción
Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Romanos 7:15.


Aquí hay algo con lo cual todos podemos identificarnos. ¿Hacemos siempre, acaso, lo que debemos? El versículo de hoy representa al creyente que es sincero en su relación con Dios, sabe lo que es correcto y siente el profundo deseo de hacerlo, pero comete acciones que comprometen ese deseo.

¿Por qué? ¿Cuál es el problema aqui? La respuesta comienza en Romanos 7:14, donde Pablo se refiere al conflicto del alma dividida: "Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado". El término "carnal" indica la naturaleza humana en su debilidad. El apóstol la contrasta con lo espiritual, implicando con ello la tendencia natural hacia el pecado y la complacencia para con uno mismo.

Pablo concluye el versículo 14, señalando no sólo que es débil y carnal, sino "vendido al pecado". Esta última expresión refleja una esclavitud recurrente o, por lo menos, un residuo periódico de la esclavitud al pecado a la que antes había estado sometido todo el tiempo, y que aún le inducía a hacer lo que sabía que estaba mal.

La tensión entre saber y desear lo correcto, pero hacer lo incorrecto, llevó al apóstol a declarar que él mismo no entendía su proceder: "Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago". James Denney señala que sólo el concepto de "esclavitud explica sus actos".

A esta altura, es imperativo notar que Pablo no se refería con esto a los mejores tiempos de la vida cristiana. Y tampoco implicaba que nunca hacía lo correcto. Sus palabras significan, más bien, que no estaba tan libre de errar como le hubiera gustado estarlo. No se trata, pues, de una confesión o un reconocimiento de que hacía el mal habitualmente o de que jamás hacía lo bueno. El punto aquí es que el apóstol deseaba el bien y esperaba vivir, en consecuencia, una vida coherente con sus principios; pero no siempre podía. En la metáfora de la esclavitud halló el medio perfecto para demostrar que el pecado es una fuerza arrolladora, que él mismo no había podido resistir en todo momento.

Las declaraciones de Pablo nos llevan a aquellas otras de Juan donde nos insta, por un lado, a no pecar, pero por otro, a reconocer y confesar nuestros pecados, recurriendo al Padre por medio de Jesucristo (1 Juan 1:6-10; 2:1). "El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (vers. 9).