Cristianos en tensión
Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido alpecado. Romanos 7:14.


En el texto de hoy encontramos uno de los asuntos más controversiaIes de la Epístola a los Romanos. El debate sobre los versículos 14-25 de este capítulo se centra, principalmente, en entender a qué "yo" se refiere Pablo: ¿habla aquí de sí mismo, del creyente antes de su conversión al cristianismo, o del creyente luego de su conversión? Sea como fuere, el problema es que Pablo no está considerando aquí nuestras preguntas sobre la naturaleza humana, sino asuntos concernientes a la ley.

Para nosotros, sin embargo, es prácticamente imposible interpretar sus palabras sin tener en cuenta su posición en {o que respecta a la naturaleza humana. Lo que de otro modo podría ser fácil de entender, se complica, porque en estos 12 versículos el apóstol formula declaraciones, que tanto pueden referirse a los conversos como a los inconversos. Tal es así, que en el versículo 22, "yo" corresponde a alguien que se deleita en la ley de Dios, en tanto que en el versículo 14, corresponde a una persona "carnal". Sea quien fuere este "yo", una cosa es cierta, se trata de alguien "en tensión" entre el bien y el mal.

La solución más adecuada parecería ser considerar ese "yo" como el del cristiano genuino cuando ha caído en pecado. Su condición no corresponde a la de su vida entera como cristiano, puesto que el aspecto de la victoria de la vida cristiana se describirá en el capítulo 8. Por el momento, sólo estamos ante el individuo que sabe lo que es bueno, pero que llora angustiado a causa de su debilidad, por no haber hecho o no hacer lo que debería.

Todo cristiano se identifica en mayor o menor grado con este pasaje. No hay creyente que esté totalmente libre de pecado. Todos nos sentimos bajo tensión. El "yo" de este versículo tiene una dimensión existencial que todos enfrentamos en nuestra vida diaria. Pablo lo ilustra con sus propias vivencias.

Para captar acabadamente estas expresiones paulinas, debemos recordar cómo nos sentimos cuando hacemos lo que sabemos que éstá mal, a pesar de lo que desearíamos ser. Yo no sé cómo reaccionará usted, pero en situaciones así, yo exclamo, como el apóstol: "¡Miserable de mí!" (Vers. 24); y siento... deseos de apalearme.

Recordemos, una vez más, que el apóstol no describe aquí la vida cristiana en su totalidad; y también, que aún si la vida del cristiano es mayormente victoriosa, y el cristiano posee la paz y el gozo que le da su fe, hay momentos en los que bien puede identificarse con el profeta Isaías cuando se lamentó: "¡Ay de mí!... hombre inmundo de labios" (Isaías 6:5); y también con Pedro cuando, cayendo de rodillas ante Jesús, exclamó: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas 5:8).