El lado bueno de la ley
De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. Romanos 7:12.


Con el pasaje de hoy, el apóstol concluye el argumento que ha venido presentando desde el versículo 7, para rebatir aquel otro de sus detractores, acerca de si la ley es pecado. Aun cuando ya les ha contestado con su habitual y rotundo "¡En ninguna manera!", en el texto de hoy tiene más para decir: no sólo que la ley no es pecado, sino, exactamente, lo opuesto: "La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno".

Como vimos en Romanos 7:8-11, el pecado puede haber abusado de la ley y los pecadores pueden aún emplearla de manera equivocada, pero nada de eso refleja lo que la ley en realidad es. El apóstol insiste en que el pecado es el delincuente, no la ley, puesto que ésta es lo mejor que puede haber. Por el resto del capítulo, Pablo continuará ensalzando la ley, llamándola "espiritual" en el versículo 14 y "buena", en el 16; y señalando, en el versículo 22, que "el hombre interior" se deleita en ella. No cabe la más mínima duda en cuanto a los sentimientos positivos que Pablo guardaba hacía la ley. Su expresión de dichos sentimientos positivos es tan definida y contundente, como lo fue antes la de los negativos, respecto al mal uso de la ley.

El apóstol concuerda totalmente con los grandes pasajes del Antiguo Testamento que ensalzan la ley. En el Salmo 19, por ejemplo, David dice que "La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal" (vers. 7-10).

Como cierto autor dijera, "el hecho de que la ley revele, despierte y condene el pecado, acarreando la muerte al pecador, no hace que la ley sea mala. Cuando con justicia se declara la culpabilidad de un asesino, y se le sentencia, no hay falta en la ley ni en quienes tienen la responsabilidad de hacerla cumplir. La falta esté en quien la transgrede".

Como cristiano, Pablo aún amaba la ley de Dios. Díríase que su conversión al cristianismo más bien intensificó su discernimiento, permitiéndole ver cómo antes, él y otros la habían empleado con propósitos que Dios no tenía para ella. Utilizada como se debe, la ley es, realmente, "santa, y el mandamiento santo, justo y bueno".