¿La esposa de quién?: — ¿de Cristo o de la ley?
La ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive. Romanos 7:1.


Con Romanos 7, llegamos a un cambio importante en el argumento de Pablo. En la última mitad del capítulo 6, insistía en que el creyente no está bajo el dominio del pecado. Ahora recalca que tampoco está bajo el dominio de la ley.

El paralelismo entre ambos capítulos es notable. En 6:2, Pablo enseña que el creyente ha muerto al pecado; en 7:4, sostiene que ha muerto a la ley. En 6:7 y 18, describe a los creyentes como libres del pecado; en 7:4, los presenta como libres de la ley. Y por último, en 6:4, los insta a andar "en vida nueva"; mientras que en 7:6, los exorta a servir "bajo el régimen nuevo del Espíritu".

En ambos capítulos, Pablo alude al hecho de que el cristiano contempla las cosas, las experiencias de la vida y hasta la religión desde una perspectiva nueva; pues no está ya "bajo la ley, sino bajo la gracia". El capítulo 7 de Romanos, en particular, constituye una expansión de dicha declaración del apóstol, registrada en el pasaje de 6:14.

Como explicación parcial de la misma, Pablo ha recurrido ya a ilustraciones relacionadas con el bautismo y la esclavitud. Ahora, en el capitulo 7:1 -6, utiliza como analogía la ley sobre el matrimonio.

A fin de poder captar en su plenitud la intensidad de su ilustración, debemos recordar que la observancia de la ley constituía el medio por el cual el judío devoto esperaba ganar la salvación. Su esperanza radicaba en la adecuada observancia de la ley. El joven rico que le dijo a Jesús que él había guardado todos los mandamientos desde su temprana juventud, era sincero en su deseo de alcanzar la perfección (Mateo 19:16-30); y cuando Pablo escribió a los filipenses, diciéndoles que había sido "en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible" (3:6), hablaba en términos de una realidad indiscutible desde la perspectiva de la mente farisaica. Sin embargo, en Cristo había encontrado una vida nueva, un poder nuevo, un gozo nuevo y una paz nueva que hasta entonces ni siquiera había imaginado.

En Romanos 7:1-3, utilizando como analogía la relación matrimonial, Pablo señala que la esposa está sujeta a su marido "mientras éste vive", pero que luego de su muerte, es libre de casarse con quien quiera. El argumento de Pablo puede parecer complicado, pero su significado es claro. Tal como lo explica F. F. Bruce, "la muerte —la muerte del creyente con Cristo— rompe el vínculo que antes le ligaba a la ley, y ahora es libre de entrar en unión con Cristo". La ley probó ser infructuosa como medio de salvación. La unión con ella trajo el pecado y la muerte, mientras que la unión con Cristo trae vida eterna.

Como de costumbre, Pablo ensalza a Cristo como único camino a la vida.


¿La muerte de quién?, —¿mía. o de la ley?
Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, afin de que llevemos fruto para Dios. Romanos 7:4.


¡Muertos a la ley! En Romanos 7:1-3, notamos que la muerte pone fin a la obligación legal de un matrimonio. Ahora, en el versículo 4, Pablo aplica esa ilustración a la experiencia cristiana, pero con un cambio de personajes. En la ilustración de los versículos 1 al 3, la muerte del marido liberaba a la mujer de las demandas de la ley. En el versículo 4, la muerte del ser pecador libera al creyente de la condenación y el dominio de la ley, permitiéndole unirse a Cristo.

¿Cómo el cristiano ha "muerto a la ley"? Lo ha hecho, al entregar su antiguo "yo" pecador, para crucificarlo y sepultarlo con Cristo en el sepulcro del bautismo (capitulo 6:3-6). La muerte del creyente con Cristo es una muerte a la ley como medio de salvación. Confiar en la gracia de Dios significa dejar morir toda confianza en la ley como camino al cielo.

El cristiano sabe que nada bueno tiene en sí; que Dios no dio la ley para salvar a la gente; y que la fe en Jesús es el único camino a la vida eterna. Ha muerto a toda forma de autosuficiencia y de observancia de la ley como vía hacia la vida.

Y aquí, tenemos que ser cuidadosos. Es el creyente el que ha muerto; no la ley. La ley sigue viva y bien; y como Pablo señalará más adelante, sigue siendo santa, justa, buena y espiritual (7:12, 14); sólo que Dios nunca la dio para que la gente fuera salva por observarla.

Como el gran reformador Calvino señala: "deberíamos recordar, con cuidado, que esto no significa la exoneración de la justicia que se enseña en la ley". La ley no ha muerto; permanece aún como la gran norma divina de justicia; condena aún el pecado de aquellos que la transgreden; e impele aún a hombres y mujeres, a acudir al pie de la cruz, para ser limpios de culpa y pecado. La ley vive; pero no tiene en sí misma la virtud de limpiar. Cuando la efente deje de creer en el falso concepto de que la ley tiene cualidades salvadoras; cuando en ese sentido muera a la ley, podrá resucitar y "volverse a casar", uniéndose al verdadero plan de salvación de Dios, en Jesucristo.

En esta nueva unión si producirá fruto para el reino de Dios. Y —como dijera Pablo en Romanos 6:22— ese fruto será... "la santificación".


La vida "en la carne"
Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Romanos 7:5.


ué quiere decir Pablo con la expresión "estábamos en la carne"? ¿Sugiere acaso que los cristianos —que según él no están más "en la carne"— deben vivir algún tipo de experiencia "fuera del cuerpo"? Obviamente, no. Debemos considerar esta frase a la luz de su contexto. En primer lugar, hemos de notar que el término "carne" es importante para Pablo. De las casi ciento cincuenta veces que aparece en el Nuevo Testamento, él lo utiliza más de noventa veces; sólo que de maneras diferentes. En 6:19, por ejemplo, lo emplea significando la debilidad del cuerpo que conduce a la debilidad moral. Es éste el sentido del texto de hoy.

Cuando en tiempo pasado —e incluyéndose— hablaba de la época en la que "estábamos en la carne", se refería al tiempo cuando nos encontrábamos dominados por "las pasiones pecaminosas" o, como reza la Nueva Versión Internacional de la Biblia, por nuestra "naturaleza pecaminosa": por deseos y conceptos carnales. Es en este sentido que Pablo contrasta la vida "en la carne" de nuestro texto de hoy (7:5), con la vida en el Espíritu del versículo 6. La primera era aquella de pecado, bajo cuyo dominio todos vivimos antes de nuestra entrega a Cristo; la segunda, la que a partir de entonces vivimos, bajo el dominio de la justicia.

No debemos entender por vivir "en la carne", tener un cuerpo terrenal, puesto que tanto el cristiano que vive en el Espíritu como el no cristiano, obviamente viven en un cuerpo humano. Pablo se refiere aquí al hecho de que cuando los romanos solían vivir en conformidad con su naturaleza de pecado, la ley despertaba sus pasiones pecaminosas produciendo frutos para muerte.

¿Y cómo —puede uno preguntarse— algo tan bueno y santo como la ley de Dios puede despertar las pasiones humanas y producir muerte en la gente? Para responder a esto, tenemos que volver a lo que Pablo ya había dicho sobre la ley. En 3:20, había señalado que la función de la ley es reconocer el pecado; en 4:15, declaraba que la ley trae ira y condenación; y en 5:20, sostiene que hasta incrementa el pecado, por cuanto deja bien en claro el significado del mismo. Desde este ángulo, quienes cuentan con la ley tienen más elementos para definir qué cosa es o no pecado, que quienes no poseen la ley.

En el versículo de hoy (7:5), sin embargo, Pablo parece ir más allá, al punto de indicar que la ley produce el pecado. ¿Cómo asi? Piense, por un momento, en el niñito al que se le pide no tocar algo. ¿Qué es lo primero que hace? Por lo general—como minimo— acerca cautelosamente un dedito para tocar el objeto prohibido. De la misma manera, quien aún está "en la carne" se siente tentado a rebelarse contra Dios. La solución de Dios a esto consiste en el renacimiento espiritual, para que uno pueda no vivir ya "en la carne", sino en el Espíritu.


La vida en el espíritu
Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra. Romanos 7:6
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Los muchachos son criaturas extrañas. Cuando todavía son niños, los padres a menudo tienen que establecer reglas acerca del cepillado de los dientes, el peinado y hasta el lavado del cuello y las orejas. Yo - todavía recuerdo haber leído en una historieta, el caso de un chico al que su madre descubrió mintiendo respecto a su aseo personal, ¡porque el jabón estaba seco! De allí en adelante, cuando algún adulto me mandaba a bañar, me aseguraba siempre de que el jabón estuviera húmedo, aun cuando no lo usara.

Más tarde, llegué a un punto decisivo en mi vida. De casualidad, escuché a una chica que me gustaba, contarle a otra, acerca de un muchacho que le disgustaba porque tenia manchas verdes en los dientes y olía a sudor. Eso fue suficiente. A partir de allí, mi vida sanitaria cambió por completo. El cepillado de los dientes y dos duchas diarias, cada una de veinte o treinta minutos, con abundante jabón y champú, se convirtieron en la orden del día. Entonces, |pasé yo a ser un problema para mi familia! Con seis en la casa compartiendo el mismo baño, yo... ¡acaparaba la ducha!

¿Por qué ese cambio? Porque me había enamorado, y nada podía detenerme. Me mantenía limpio, porque quería hacerlo; no por los castigos que me acarrearía si desobedecía a mamá.

Algo asi sucede cuando nos entregamos a Cristo. En el pasado, decía Pablo a los romanos, ellos habían estados cautivos bajo la condenación de la ley. Sin duda, muchos deben de haber tratado de guardarla de la mejor manera posible, a fin de escapar del castigo; pero aun los mejores esfuerzos no bastaban. Sintiéndose esclavos de la ley, no hallaban paz ni seguridad para con Dios.

Todo eso cambió cuando comprendieron la plenitud del evangelio: lo que Dios había hecho por ellos, a través de Jesucristo. A partió de ese momento, la obediencia se convirtió en su respuesta al amor; el amor que transforma por el poder del Espíritu Santo de Dios.

Los cristianos pueden ser libres de la esclavitud del pecado, pero esa libertad no es para hacer lo que la ley prohibe (Romanos 6:1, 15; 3:31). La libertad de la ley no ofrece licencia para pecar, sino lo opuesto. Por primera vez en la vida, quien se ha convertido al cristianismo puede, realmente, guardar la ley, porque ha nacido de nuevo por el poder del Espíritu Santo. De ahora en más, ya no contempla la ley como un legalista austero, sino como alguien enamorado, que puede decir como David: "¡Oh, cuánto amo yo tu ley!" (Salmo 119:97). A esta altura, ya no le preocupa diezmar "la menta y el eneldo y el comino", sino "lo más importante de la ley" (Mateo 23:23).