LA LEY FRENTE A LA GRACIA
Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. Romanos 6:14.


En el versículo anterior, Pablo nos dejó ante la alternativa de ofrecernos como instrumentos en las manos de Dios o en las manos del pecado.

- William Barclay señala que para algunos, tener alternativas es sencillamente abrumador. De ahí que, según él, dada la alternativa, "Alguien podría responder: 'Una elección así es demasiado para mi; me llevará al fracaso'. La respuesta de Pablo es: 'No se desanime ni se desespere; el pecado no se enseñorearé de usted'".

¿Por qué? Porque en la cruz, cuando Cristo venció a Satanás, la gracia obtuvo la victoria sobre el pecado. El pecado ya no es nuestro amo. Estamos "muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (6:11). En la vida del creyente ha ocurrido un cambio de señorío. Por la seguridad de la victoria ya obtenida, el creyente puede librar confiadamente su batalla contra el pecado. El cristiano no avanza confiado en su propia fuerza, sino en la de Jesucristo, su nuevo Señor.

Es aquí y entonces, cuando el asunto de la ley y la gracia cobra especial significado. Pablo deja en claro que el creyente no está bajo el dominio del pecado, porque está bajo el dominio de la gracia, antes que de la ley.

El contraste entre la ley y la gracia sorprendió, sin duda, tanto a los judíos como a los cristianos de ascendencia judia. Tradicionalmente, habían visto la ley como un don concedido por gracia; pero ahora, Pablo contraponía la gracia a la ley.

Más aún, las colocaba como alternativas: quienes estaban bajo la una, no estaban bajo la otra. ¿Por qué hizo esto? Porque tenía que combatir la idea de algunos de sus contemporáneos judíos, que procuraban emplear la ley como medio de salvación, para ganar con su observancia el favor de Dios.

Vez tras vez, a lo largo de Romanos, el apóstol arguye enérgicamente que Dios nunca dio la ley para librarnos del pecado, sino para dárnoslo a conocer (3:20), porque por la ley aumenta el pecado y la ira que produce (5:20 y 4:15). Quienes procuren liberarse por medio de la obediencia a la ley, hallarán que su función condenatoria silenciará toda boca y haré que "todo el mundo quede bajo el juicio de Dios" (3:19).

La ley tiene su propósito, pero Pablo insiste en recalcar que no es el de librarnos del señorío del pecado. Éste es el papel de la gracia. Es por la gracia de Dios que el pecado ha dejado de ser nuestro amo.