CAPÍTULO 6
La maldición de Adán y la bendición de Jesús (Romanos 5:1-21)

En Romanos 3: 21 al 4: 25, Pablo nos presentó la gran bendición de la justificación por la fe que está disponible tanto para judíos como para gentiles. Ahora, en los primeros cinco versículos del capítulo 5, pasa a abordar el tema de los frutos de la justificación.

Los frutos de la justificación (Romanos 5:1-5)

La primera bendición que Pablo menciona es «la paz», expresada a través del término hebreo shalom, que significa bienestar total. Alcanzar la paz en la mente y en el corazón es un deseo universal. Es de hecho la búsqueda de todas las religiones, ya que el ser humano anhela aliviar el sentimiento de culpa y de separación de Dios que siente por su estado de imperfección.

Pablo afirma que el cristiano disfruta de una verdadera y genuina «paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (versículo 1), quien murió «por nuestras transgresiones, y [fue] resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25). Aceptar el regalo de la justificación por la fe, señala el apóstol, es el secreto de la paz genuina y duradera con Dios, y lo único que puede calmar nuestra tempestad interna. La paz cristiana descansa entonces en hechos objetivos y no en sentimientos subjetivos. La muerte y resurrección de Cristo así lo demuestran.

Un segundo fruto de la justificación es el «acceso» a Dios. Aquí encontramos una verdad muy importante que muchas veces pasamos por alto. El sentimiento de alejamiento de Dios atormenta al ser humano, pero quienes creen en Cristo tienen acceso directo al Padre a través del Hijo. Esto, sin embargo, no era así en los servicios que se llevaban a cabo en el templo en el Antiguo Testamento, donde solo el sacerdote podía entrar; y solo el sumo sacerdote tenía acceso al trono de Dios, el Lugar Santísimo, una vez al año. Ahora, gracias al sacrificio de Jesús, podemos acercamos a Dios cada vez que lo deseemos.

La muerte y resurrección de Cristo, que trajo como resultado la justificación de la que Pablo habló en Romanos 4:24-25, abrió el camino para que los cristianos pudieran entrar hasta el mismísimo trono de Dios. Según el libro de Hebreos, los seguidores de Cristo pueden acercarse «confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

El tercer fruto de la justificación por la fe es el gozo: «Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Romanos 5:2). Fijémonos en que el verbo está en la primera persona del plural, «nos gloriamos». Es decir, no se trata de un gozo universal, sino de algo que solo disfrutan aquellos que «por fe» entran en «esta gracia en la cual estamos firmes» (versículo 2). Lo interesante de este término, «gloriarse», es que tiene un significado negativo en Romanos 2:17; 4:2.

Pero en Romanos 5 es diferente. El versículo 2 nos anima a gloriarnos. ¿A qué se debe este cambio? Al hecho de que los cristianos no exaltan sus propios logros, sino los logros que el Señor ha realizado y realizará en ellos través de Cristo. Los cristianos se glorían en la bondad y misericordia del Señor. C. K. Barrett afirma que gloriarse es sentir «una confianza gozosa y triunfal [...] en Dios».

El cuarto fruto de la justificación por la fe es la esperanza, un regalo que reciben todos aquellos que obedecen a Dios. Para el común de la gente, tener esperanza es desear algo o pensar que algo podría darse. Pero Pablo no emplea el término de esa manera. Para él, la esperanza es certeza.

La esperanza no alberga la menor duda. La esperanza es el resultado final del viaje de la vida, y es uno de los ejes fundamentales de las enseñanzas de Pablo, aunque él no desestima las batallas de la vida diaria que pueden acabar con ella y destruir la fe si el creyente no tiene una comprensión correcta del aspecto evolutivo de la experiencia del cristiano. El apóstol plantea el tema del sufrimiento en el versículo 3, al sugerir que como cristianos debemos «gloriamos en las tribulaciones».

La Biblia dice claramente que la persona de fe no es inmune al sufrimiento y la tragedia. Después de todo, la cabeza de Juan el Bautista terminó en una bandeja, el apóstol Juan fue sumergido en aceite caliente, según cuenta la tradición; Pablo fue azotado y Jesús fue crucificado. El sufrimiento, por supuesto, puede afectamos de dos maneras. Puede aplastarnos, como la prensa a la oliva; o puede hacemos ver las dificultades como instrumentos para abrir nuevas oportunidades de crecimiento y desarrollo.

Pablo se enfoca en la segunda opción, alegando que los cristianos se pueden gloriar en las tribulaciones porque estas producen «paciencia», la cual a su vez crea «prueba», y la prueba «esperanza». Los cristianos descubren en las tribulaciones que el sufrimiento no es un motivo para renunciar, sino que puede ser una forma de utilizar la fe para alcanzar una relación más profunda con Jesús. Un cristiano que estaba siendo presionado para que renegara de su fe, declaró: «Somos como los clavos: cuanto más duro nos golpeen, más fuerzas nos dan». Eso es paciencia. Eso es «estar bajo» el gobierno de Cristo.

Pero la paciencia, nos dice Pablo, no es un fin en sí misma. Su propósito es más bien desarrollar entereza de carácter (versículo 4, NVI). El término entereza era utilizado antiguamente cuando los metales preciosos eran probados para demostrar su pureza. Así como el herrero usa el calor intenso para derretir la plata y el oro y remover sus impurezas físicas, Dios usa las tribulaciones y el sufrimiento para extraer las impurezas espirituales de sus hijos y desarrollar su carácter. La fortaleza de carácter no se obtiene de la abstinencia o las quejas, sino atacando los problemas frontalmente en una relación de fe con Dios, a través de Jesús.

El versículo 5 nos dice que «la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». Nuestra mayor esperanza como cristianos está fundamentada en el profundo amor que Dios siente por nosotros. Su amor nunca nos abandonará.

Más razones para gloriarse (Romanos 5:6-11)

Romanos 5:5 nos habla de la revelación del amor de Dios que fluye en el corazón del creyente gracias al Espíritu Santo. Los versículos 6 al 8 establecen la base objetiva de esta experiencia subjetiva, aludiendo al amor de Dios expresado en la cruz de Cristo. Douglas Moo resume el discurso del apóstol de la siguiente manera:

Pablo ofrece más evidencias de que la esperanza del cristiano es certera. Un Dios que amó tanto a los seres humanos como para morir por ellos, a pesar de que esos seres humanos estaban en su contra, jamás los abandonará.

Pasamos entonces a Romanos 5:7, donde Pablo habla sobre el punto de vista humano de dar la vida por alguien, e incluso de ayudar a alguien. Lo primero que nos preguntamos cuando se nos pide que ayudemos a alguien, incluso a nivel financiero, es: «¿Es una buena persona?», «¿Merece la ayuda?», «¿Agradecerá mi ayuda, o no vale la pena hacerlo?». Solo a la luz de nuestras actitudes humanas es que resalta la absoluta radicalidad del amor de Dios. Romanos 5 nos dice que Jesús no solo murió por los buenos, sino también por aquellos que no están en sintonía con él y con el Padre. Es este tipo de amor el que afianza la esperanza del cristiano.

En el versículo 8, Pablo declara que Cristo murió por nosotros «cuando aún éramos pecadores». Ahora, un pecador no es solo alguien que no está en sintonía con Dios, sino que se rebela activamente en su contra. La Biblia dice que pecar es estar personalmente en contra de Dios.

Pero más que personal, el pecado es moral. Es el acto deliberado de rebelarse contra Dios. El pecado es una elección, un rechazo consciente de Dios. Emil Brunner lo describe acertadamente al afirmar que el pecado es «como el hijo que golpea con ira el rostro del padre [...], es la pretensión abierta de que la voluntad del hijo predomina sobre la voluntad del padre».3 Con esto en mente, podemos comenzar a percibir la altura, la profundidad y la anchura del amor de Dios.

Romanos 5:9-11 resume la conclusión que podemos extraer de la revelación del amor de Dios en la cruz. Los versículos 9 y 10 se enfocan en «mucho más» que simples enunciados que se compaginan entre sí. «Con mucha más razón —nos dice el versículo 9— habiendo sido ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira». El tema central de la primera mitad del versículo es la justificación «por su sangre», en una referencia al sacrificio vicario de Cristo, que echó las bases de la justificación divina de los pecadores (presentada anteriormente en Romanos 3:24-25). Pablo no se cansa de reflexionar en «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). «Al que no conoció pecado —escribió a los Corintios—, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). Y señaló en Gálatas: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: "Maldito todo el que es colgado en un madero")» (Gálatas 3:13).

Seguidamente, encontramos otro «mucho más» en Romanos 5:10. «Porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida». Lo primero que llama la atención en este versículo es el uso de «enemigos». Vimos en Romanos 5:6-10 que Pablo clasifica a los perdidos en una escala que va de «débiles», «impíos» (versículo 6) y «pecadores» (versículo 8), a «enemigos» (versículo 10). Cada término de la secuencia es más grave y más descriptivo que el anterior. Con enemigos, Pablo llega a la cúspide en su descripción de los perdidos. Enemigo es una palabra fuerte. «Un enemigo —señala León Morris—, no es solo alguien que no es un amigo bueno y fiel. Es alguien que pertenece al bando contrario y que se opone a lo que uno hace. Los pecadores concentran sus esfuerzos en la dirección contraria a la de Dios». 4

Pero aquellos que aceptan la reconciliación con Dios, que es posible «por la muerte de su Hijo» (Romanos 5:10), tendrán acceso a este segundo mucho más. Si bien el primero tiene que ver con ser «salvos [por él] de la ira» (versículo 9), el segundo nos dice que los reconciliados serán «salvos por su vida» (versículo 10).

Aquí encontramos una declaración similar a la de Romanos 4:25, que dice que Cristo fue «resucitado para nuestra justificación». La resurrección es una parte esencial del evangelio de Pablo (1 Corintios 15:3-4), porque la obra salvífica de Cristo no concluyó en la cruz. Después de su muerte, vino su resurrección y el ministerio intercesor por sus hijos en el Santuario Celestial (Romanos 8:34; Hebreos 7:25; 1 Juan 2:1-2). Y luego, se escenificará su Segunda Venida, en la que salvará a su pueblo para siempre de la presencia del pecado. Con este pensamiento, Pablo vuelve a mencionar el gozo en la salvación de Dios, del cual habló en Romanos 5:2. Para él, no hay ninguna duda: los cristianos deben ser los seres más felices de la tierra.

¿Será Adán o será Cristo? (Romanos 5:12-21)

¡Algo que nunca les tendremos que enseñar a nuestros hijos es a pecar! Lo hacen de forma natural. Todos lo hacemos. Por ello, en Romanos 3: 23 Pablo llega a la conclusión de que todos hemos pecado y hemos sido destituidos de la gloria de Dios. Reinhold Niebuhr señaló esta verdad, cuando escribió: «Donde hay historia [... | hay pecado». 5

Para explicar la universalidad obvia del pecado, en Romanos 5:12 Pablo usa la frase «el pecado entró en el mundo por un hombre», Adán. Y prosigue diciendo que la consecuencia del pecado fue la muerte, y que «la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron». La implicación clara es que todos somos pecadores porque de alguna forma estamos relacionados con Adán.

Pero a pesar de que Pablo habla de la universalidad del pecado, de la muerte y del hecho de que Adán fue el origen de todos los problemas, no busca explicar de qué forma el pecado y la muerte pasaron a toda la humanidad. Simplemente lo considera un hecho.

Romanos 5: 12-21 no se enfoca en tratar de averiguar cómo el pecado y la muerte se apoderaron de la humanidad, sino en Adán y en Cristo como modelos de dos tipos de vida. John Brunt da en el clavo al decir que «lo que a Pablo más le interesa mostrarnos [...] es que no importa cuán grande fue el problema en el que nos metió Adán, Cristo no solo limpió el desastre, sino que fue mucho más allá». 6

Cuando Pablo dice que no pequemos como Adán (versículo 14), plantea en su mente una idea interesante que lo lleva a formular el provocador concepto de que Adán «fue figura del que había de venir», Cristo.

Nos vemos en la necesidad de preguntar: «¿Cómo es eso de que Adán, el pecador, es una representación de Cristo, que está libre de pecado? ¿De qué está hablando Pablo?»

La respuesta del apóstol es que lo que Cristo y lo que Adán hicieron fue tan importante, que influyó en todo ser humano que haya existido. Por eso, Adán es una figura o patrón de Cristo, en el sentido de que ambos influyeron en toda la raza humana.

Romanos 5:12-21 describe dos formas de vivir: la de Adán y la de Cristo. Más aún, en el contexto de todo el libro de Romanos y su énfasis en la fe, Pablo da a entender que todos elegimos si nos queremos alinear con Adán o con Cristo. Al final, cada individuo decidirá si se queda con Adán, en su vida de pecado y su ignominioso final; o si se unirá a Cristo por medio de la fe y recibirá justificación y vida eterna.

Una de las claves para entender Romanos 5:15-16 es la frase «no fue como». En el versículo 15, Pablo afirma que «el don no fue como la transgresión». ¿En qué se diferencian? El apóstol responde enfáticamente que el don de gracia es más grande que todos los efectos del pecado.

En el versículo 16, el apóstol continúa explicando la diferencia entre la gracia y el pecado, y por qué la primera es superior: «Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó, porque, ciertamente, el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación».

Lo que Pablo quiere decir, es que si los efectos del pecado son poderosos, los efectos del don de Dios son más poderosos aún. Es decir, el don supera con creces el problema del pecado.

Pablo señala en los versículos 15 y 16, que el pecado no tiene la última palabra porque el don de la gracia cambia totalmente la situación del pecador. El don nos da una vía de escape. Abre un camino que libera a los pecadores del castigo del juicio y brinda justificación total y gratuita.

En Romanos 5:18-19, Pablo está listo para concluir la disertación que empezó en el versículo 12, cuando señaló que la muerte pasó a todos los hombres por culpa de la infección del pecado que contaminó a todos los seres humanos. La expresión: «Así que» indica que está a punto de perfeccionar lo dicho. En el versículo 18, Pablo no tiene la más mínima duda de que así como la condenación pasó a toda la humanidad por culpa de Adán, la justificación nos alcanzará a todos por medio de Cristo.

En todo caso, debemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir Pablo con «todos los hombres»? No hay la más mínima duda de que cada individuo tendrá un juicio de condenación, porque todos hemos pecado. Este ha sido el argumento de Pablo desde Romanos 1:18, y lo confirma explícitamente en Romanos 3:23.

Pero este no es el único tema que desarrolla en los primeros cinco capítulos de Romanos. Un segundo tema surge de la conclusión de que todos hemos pecado (versículo 23) y hemos sido condenados (Romanos 6:23). Inmediatamente, en Romanos 3:24-25 y en los capítulos 4 y 5, el apóstol insiste en que la justificación por la fe es la solución a la pecaminosidad y la condenación universal. Pablo es claro al afirmar que solo los que tienen fe serán justificados. Establece que la fe es la condición para la justificación. Sin ella, no podemos ser justificados y permanecemos bajo condenación. Pablo no cambia ese esquema en Romanos 5:18. Si bien Cristo murió para darle justificación a toda la humanidad, la humanidad todavía tiene que aceptarla para que le sea dada.

Lo que Pablo quiere probar con el uso de la palabra «todos» en el versículo 18, como señala Douglas Moo, «no es tanto la coexistencia de los grupos influenciados por Cristo y Adán, sino que Cristo influye en su grupo tal como Adán lo hace en el de él. Cuando nos preguntamos quién pertenece a quién, es decir, quién está del lado de Adán y quién del lado de Cristo, Pablo nos da una respuesta clara: todos, sin excepción, estamos del lado "de Adán" (versículos 12-14); pero solo aquellos que "reciben la abundancia de la gracia" (versículo 17; "todo aquel que cree", según Romanos 1:16-5:11) están del lado "de Cristo"». 7

Cuando pensamos en el «todos» del versículo 18, debemos tener presente el «muchos» del versículo 19. En el contexto de Romanos, no hay duda de que los «muchos [que] fueron constituidos pecadores» por la caída de Adán, se refiere a todos los individuos (ver 3:23). Pero también es cierto que, en el sentido general de Romanos, los «muchos [que] serán constituidos justos» son aquellos que aceptan a Cristo por la fe (ver Romanos 1:16-17; 3:24-25; 4:1-25; 5:1).

La buena noticia es que Cristo murió por cada ser humano. La mala noticia es que no todos reciben o aceptan el don de gracia de Dios (versículo 17). Su sacrificio puso la justificación a disposición de toda la humanidad, pero algunos han escogido seguir el ejemplo de Adán, en lugar del ejemplo de Cristo.

Elena G. de White, hablando en un contexto ligeramente distinto, expresó la misma idea: «Las medidas tomadas para la redención se ofrecen gratuitamente a todos, pero los resultados de la redención serán únicamente para los que hayan cumplido las condiciones». 8 La condición para la justificación en Romanos 3-5, por supuesto, es la aceptación por medio de la fe. Es por ello que muchos no significa todos en el sentido integral, cuando hablamos de la justificación y la salvación. Tenemos ahora el privilegio de aceptar su sobreabundante gracia por me-dio del don del Espíritu de Dios (Romanos 5:20) y el ejemplo de Cristo, mientras le damos la espalda al reino de la muerte relacionado con el ejemplo de Adán (versículo 21). ¡Gracias, Señor por la oportunidad que nos das de poder elegir!