Notas EGW

Lección 5 -La fe de Abraham


Sábado 28 de octubre

Dado que la ley del Señor es perfecta y, por lo tanto, inmutable, es imposible que los hombres pecaminosos satisfagan por si mismos la medida de lo que requiere. Por eso vino Jesús como nuestro Redentor. Era su misión, al hacer a los hombres participes de la naturaleza divina, ponerlos en armonía con los principios de la ley del cielo. Cuando renunciamos a nuestros pecados y recibimos a Cristo como nuestro Salvador, la ley es ensalzada. Pregunta el apóstol Pablo: ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Romanos 3:31).

La promesa del nuevo pacto es: “Pondré mis leyes en sus corazones v en sus mentes las escribiré” (Hebreos 10:16). Mientras que con la muerte de Cristo iba a desaparecer el sistema de los símbolos que señalaban a Cristo como Cordero de Dios que iba a quitar el pecado del mundo, los principios de justicia expuestos en el Decálogo son tan inmutables como el trono eterno. No se ha suprimido un mandamiento, ni una jota o un tilde se ha cambiado. Estos principios que se comunicaron a los hombres en el paraíso como la ley suprema de la vida existirán sin sombra de cambio en el paraíso restaurado. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, la ley de amor dada por Dios será obedecida por todos debajo del sol (El discurso maestro de Jesucristo, p. 47).

La fe genuina se manifestará en buenas obras, pues las buenas obras son frutos de la fe. Cuando Dios actúa en el corazón y el hombre entrega su voluntad a Dios y coopera con Dios, efectúa en la vida lo que Dios realiza mediante el Espíritu Santo y hay armonía entre el propósito del corazón y la práctica de la vida. Debe renunciarse a cada pecado como a lo aborrecible que crucificó al Señor de la vida y de la gloria, y el creyente debe tener una experiencia progresiva al hacer continuamente las obras de Cristo. La bendición de la justificación se retiene mediante la entrega continua de la voluntad y la obediencia continua.

Los que son justificados por la fe deben tener un corazón que se mantenga en la senda del Señor. Una evidencia de que el hombre no está justificado por la fe es que sus obras no correspondan con su profesión.

Santiago dice: “¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfecciono por las obras?” Santiago 2:22. La fe que no produce buenas obras no justifica al alma (Mensajes selectos, t. 1, pp. 464, 465).

Como cristianos hemos prometido comprender y cumplir nuestras responsabilidades, y mostrar al mundo que tenemos una estrecha relación con Dios. Así, por medio de las palabras divinas y las obras de sus discípulos, Cristo debe ser representado.

Dios exige de nosotros perfecta obediencia a su ley; la expresión de su carácter. “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”. Romanos 3:31. Esta ley es el eco de la voz de Dios, que nos dice: “Más santos, si, más santos aun” (Alza tus ojos, p. 282).




Domingo 29 de octubre - La Ley

Los judíos se alejaron del Señor Jesús, a quien los profetas anunciaron como el Mesías venidero, y no han podido ver hasta el fin de lo que ha sido abolido. Al invalidar la ley de Dios, al alejarse de la verdad con aversión, el mundo cristiano se ha alejado de Cristo, y ha hecho evidente el hecho de que no estaba acostumbrado a contemplar la verdad de origen divino. La oscuridad se ha tornado semejante a un palio funerario que cubre toda la tierra. No hay tiempo para debilitarse ni enfermarse la fe. No hay tiempo para permitir que el mundo convierta a la iglesia de Dios. Que los que tengan la luz ahora se levanten y resplandezcan (That I May Know Him, p. 343; parcialmente en A fin de conocerle, p. 342).

El pacto de la gratia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza. Este pacto puso al alcance de todos los hombres el perdón y la ayuda de la gracia de Dios para obedecer en lo futuro mediante la fe en Cristo. También les prometía la vida eterna si eran fieles a la ley de Dios. Así recibieron los patriarcas la esperanza de la salvación.

Este mismo pacto le fue renovado a Abrahán en la promesa: “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra”. Génesis 22:18.

Esta promesa dirigía los pensamientos hacia Cristo. Así la entendió Abrahán. (Véase Gálatas 3:8, 16), y confió en Cristo para obtener el perdón de sus pecados. Fue esta fe la que se le conto como justicia. El pacto con Abrahán también mantuvo la autoridad de la ley de Dios…

Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abrahán, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención. Fue aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios (Patriarcas y profetas, pp. 386, 387).

Nadie mejorara nunca mediante la acusación y la recriminación. Hablarle de su culpa al alma tentada no le inspirara la determinación de mejorar. Al equivocado y desanimado señálele a Aquel que es capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que acuden a él. Muéstrele lo que puede llegar a ser. Dígale que en el no hay nada que lo pueda recomendar a Dios, pero que Cristo murió para que el pudiera ser aceptado por el Amado. Transmítale esperanza, mostrándole que en Cristo hay fuerza para obrar mejor. Ponga delante de él las posibilidades que el Cielo le da Señálele las alturas que puede alcanzar. Ayúdele a aferrarse de la misericordia del Señor, a confiar en su poder perdonador. Jesús está esperando para tomarlo de la mano, para darle poder a fin de vivir una vida noble y virtuosa (Mente, carácter y personalidad, t.2, p. 469).

 


Lunes 30 de octubre -¿Deuda o Gracia?


No era suficiente que los discípulos de Jesús fuesen instruidos en cuanto a la naturaleza de su reino. Lo que necesitaban era un cambio de corazón que los pusiese en armonía con sus principios. Llamando a un niñito así, Jesús lo puso en medio de ellos; y luego rodeándole tiernamente con sus brazos dijo: “De cierto os digo, que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entrareis en el reino de los cielos”. La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza.
Jesús volvió a explicar a sus discípulos que su reino no se caracteriza por la dignidad y ostentación terrenales. A los pies de Jesús, se olvidan todas estas distinciones. Se ve a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes, sin pensamiento alguno de casta ni de preeminencia mundanal. Todos se encuentran allí como almas compradas por la sangre de Jesús, y todos por igual dependen de Aquel que los redimió para Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 404).
Solamente por la fe en el nombre de Cristo puede ser salvo el pecador… La fe en Cristo no es obra de la naturaleza, sino la obra de Dios en las mentes humanas, realizada en la misma alma por el Espíritu Santo, que revela a Cristo, como Cristo revelo al Padre. La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven. Con su poder justificador y santificador, está por encima de lo que los hombres llaman ciencia. Es la ciencia de las realidades eternas. La ciencia humana a menudo es engañosa, pero esta ciencia celestial nunca induce a engaño. Es tan simple que un niño puede entenderla, y sin embargo los hombres más sabios no pueden explicarla. Es inexplicable e inconmensurable, más allá de toda expresión humana.
Cuan inefable el amor que el Salvador ha manifestado hacia los hijos de los hombres. No solo quita la mancha del pecado, sino que limpia, purifica el alma y lo reviste con el manto de su propia justicia, que es sin mancha, tejido en los telares del cielo. No solo quita la maldición del pecado, además lo atrae a la unidad consigo mismo y refleja sobre el los brillantes rayos de su justicia. Es recibido por el universo celestial, aceptado en el amado Hijo de Dios. Cuanta gloria puede el hombre caído, por medio del arrepentimiento y la fe, traer de nuevo a Dios (In Heavenly Places, p. 51; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 53).


Martes 31 de octubre - La Promesa


En una visión nocturna, Abrahán oyó otra vez la voz divina: “No temas, Abram —fueron las palabras del Príncipe de los príncipes—; yo soy tu escudo, y tu galardón sobremanera grande”. Génesis 15:1.
Pero tenía el ánimo tan deprimido por los presentimientos que no pudo esta vez aceptar la promesa con absoluta confianza como lo había hecho antes. Rogó que se le diera una evidencia tangible de que la promesa sería cumplida. ¿Cómo iba a cumplirse la promesa del pacto, mientras se le negaba la dádiva de un hijo? “¿Qué me has de dar —dijo Abrahán—, siendo así que ando sin hijo?… Y he aquí que es mi heredero uno nacido en mi casa”. Vers. 2, 3. Se proponía adoptar a su fiel siervo Eliezer como hijo y heredero. Pero se le aseguró que un hijo propio había de ser su heredero. Entonces Dios lo llevó fuera de su tienda, y le dijo que mirara las innumerables estrellas que brillaban en el firmamento; y mientras lo hacía le fueron dirigidas las siguientes palabras:
“Así será tu simiente”. “Y creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a m justicia”. Vers. 5; Romanos 4:3 (Patriarcas y profetas, p. 130).
Si bien debemos estar en armonía con la ley de Dios, no somos salvados por las obras de la ley; sin embargo, no podemos ser salvados sin obediencia. La ley es la norma por la cual se mide el carácter. Pero no nos es posible guardar los mandamientos ríe Dios sin la gracia regeneradora de Cristo. Solo Jesús puede limpiarnos de todo pecado. Él no nos salva mediante la ley, pero tampoco nos salvará en desobediencia a la ley.
Nuestro amor a Cristo será proporcional a la profundidad de nuestra convicción de pecado, y por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Pero, cuando nos observamos a nosotros mismos, fijemos la mirada en Jesús, quien se dio a sí mismo por nosotros a fin de redimimos de toda iniquidad. Mediante la fe apropiémonos de los méritos de Cristo, y la sangre purificadora del alma será aplicada. Cuanto más claramente vemos los males y los peligros a los cuales hemos estado expuestos, más agradecidos hemos de estar por la liberación mediante Cristo. El evangelio de Cristo no da a los hombres licencia para transgredir la ley, porque fue a causa de la transgresión que las compuertas del infortunio se abrieron sobre nuestro mundo (Fe y obras, pp. 98, 99).
Hay una creencia que no es fe salvadora. La Palabra declara que los demonios creen y tiemblan. La así llamada fe que no obra por amor ni purifica el alma no justificará al hombre. “Vosotros veis —dice el apóstol—, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”. Santiago 2:24. Abrahán creyó a Dios. ¿Cómo sabemos que creyó? Sus obras testificaron del carácter de su fe, y su fe le fue contada por justicia.
Necesitamos hoy la fe de Abrahán para iluminar las tinieblas que nos rodean, que impiden que nos lleguen los dulces rayos del amor de Dios y que detienen nuestro crecimiento espiritual. Nuestra fe debiera ser fecunda en buenas obras, pues la fe sin obras es muerta. Cada tarea que realizamos, cada sacrificio que hacemos en nombre de Jesús, produce una recompensa enorme. En el mismo acto del deber Dios habla y nos da su bendición (Reflejemos a Jesús, p. 71).

 


Miércoles 1 de noviembre - La Ley y la fe
Por fe, el ojo espiritual contempla la gloria de Jesús… Por fe, el alma capta la divina luz de Jesús. Vemos encantos incomparables en su pureza y humildad, su abnegación, su maravilloso sacrificio salvar al hombre caído. La contemplación de Cristo induce al hombre a justipreciarse correctamente, pues comprende que el amor de Dios lo ha hecho grande… La posibilidad de ser como Jesús, a quien ama y adora, inspira dentro de el aquella fe que obra por el amor y purifica el corazón . . .
Jesús es más precioso para el alma que lo contempla por el ojo de la fe que cualquier otra cosa; y el alma creyente es más preciosa para Jesús que el oro lino de (Mir. Cristo mira sus manos, las huellas de la crucifixión están alii, y dice: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mi están siempre tus muros”. Isaías 49:16 (A fin de conocerle, p. 62).
Tenemos su promesa. Disponemos de los títulos de propiedad en el reino de gloria. Jamás fueron redactados títulos de propiedad tan estrictamente de acuerdo con la ley, o más cuidadosamente firmados, que los que le dan derecho al pueblo de Dios a las mansiones celestiales. “No se turbe vuestro corazón —dice Cristo—; creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomare a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14.T-3…
Todos los que quieren pueden acogerse a las promesas del pacto. Enorme es el precio que se pagó por nuestra redención: La sangre del unigénito Hijo de Dios. Cristo fue puesto a prueba mediante aguda aflicción. Su naturaleza humana fue probada al máximo. Cargo con la pena de muerte que merecía la transgresión del hombre. Se convirtió en la garantía y el sustituto del pecador. Es capaz de mostrar el fruto de sus sufrimientos y su muerte mediante su resurrección de entre los muertos. Desde el sepulcro abierto de José resuena esta proclama: “Yo soy la resurrección y la vida. Los que creen en mí, y hacen las obras de justicia que yo hago, son justificados, santificados, emblanquecidos y probados. Han obtenido piedad y vida eterna” (Cada día con Dios, p. 200).
En el momento en que te aferras de las promesas de Dios por la fe y dices: “Yo soy la oveja perdida que Jesús vino a salvar”, una nueva vida tomara posesión de ti y recibirás fuerza para resistir al tentador. Pero la fe para aferrar las promesas no viene mediante el sentimiento. “La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios”. Romanos 10:17. No debes esperar que se realice algún gran cambio, no debes esperar sentir alguna emoción maravillosa…
Toma confiadamente la Palabra de Dios diciendo: El me ama. Dio su vida por mí, y me salvará (En los lugares celestiales, p. 118).

 

 


Jueves 2 de noviembre - La Ley y el pecado
Mientras que Cristo salva al pecador, no elimina la ley que condena al pecador… La ley nos muestra nuestros pecados, como un espejo muestra que nuestro rostro no está limpio. El espejo no tiene poder para limpiar el rostro; no es esa su función.
Así es con la ley. Señala nuestros defectos y nos condena, pero no tiene poder para salvarnos. Hemos de ir a Cristo por el perdón. El tomara nuestra culpa sobre su propia alma, y nos justificara ante Dios.
Y no solo nos librara del pecado, sino que nos dará poder para rendir obediencia a la voluntad de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 47).
Estamos autorizados a tener el mismo concepto que tuvo el apóstol amado de los que afirman morar en Cristo y viven transgrediendo la ley de Dios. Existen en estos últimos días males semejantes a los que amenazaban la prosperidad de la iglesia primitiva; y las enseñanzas del apóstol Juan acerca de estos puntos deben considerarse con cuidadosa atención. “Debéis tener amor,” es el clamor que se oye por doquiera, especialmente de parte de quienes se dicen santos. Pero el amor verdadero es demasiado puro para cubrir un pecado no confesado. Aunque debemos amar a las almas por las cuales Cristo murió, no debemos transigir con el mal. No debemos unirnos con los rebeldes y llamar a eso amor. Dios requiere de su pueblo en esta época del mundo, que se mantenga de parte de lo justo tan firmemente como lo hizo Juan cuando se opuso a los errores que destruían las almas (Los hechos de los apóstoles, p. 442).
El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, ni desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la fe, y de la fe sola; ^pero que dice la Palabra de Dios?…
El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras. No es fe pretender el favor del cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras.
Nadie se engañe a si mismo creyendo que pueda volverse santo mientras viole premeditadamente uno de los preceptos divinos. Un pecado cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al alma de Dios. “El pecado es transgresión de la ley”.
Y “todo aquel que peca [transgrede la ley], no le ha visto, ni le ha conocido”. I Juan 3:6. Aunque San Juan había mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la ley de Dios. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su palabra, verdaderamente en este se ha perfeccionado el amor de Dios”. 1 Juan 2:4,5 (VM). Esta es la piedra de toque de toda profesión de fe… Si los hombres no sienten el peso de la ley moral, si empequeñecen y tienen en poco los preceptos de Dios, si violan el menor de estos mandamientos, y así enseñan a los hombres, no serán estimados ante el cielo, y podemos estar seguros de que sus pretensiones no tienen fundamento alguno (El conflicto de los siglos, pp. 464,465).