CAPÍTULO 5
La fe de Abraham, el padre de todos nosotros
(Romanos 4:1-25)

Pablo establece sus conocimientos básicos sobre la justificación por la fe en Romanos 3: 21-26. En su discurso, subraya que la justificación por la fe es un conocimiento que viene del Antiguo Testamento (Rom. 3: 21; 1:2), aunque aún no ha presentado la evidencia. Hacerlo era muy importante, porque sabía que algunos judíos dudaban de ello.
Anticipándose a sus objeciones, les pregunta qué había hallado Abraham (Rom. 4: 1). Escoger a Abraham como su primer testigo fue una decisión magistral, ya que Abraham, como padre reconocido del pueblo judío, era el personaje más importante del Antiguo Testamento.
Esta era una prueba de fuego para la doctrina de la salvación de Pablo.
Si podía demostrar que Abraham estaba de acuerdo con la justificación por medio de la fe, ganaría el caso.

Prueba de la justificación por la fe en el Antiguo Testamento (Rom. 4:1-8)

El apóstol comienza su referencia a Abraham aludiendo al hecho de que los judíos creían que las obras del gran patriarca lo habían justificado (vers. 2). Fundamentados en Génesis 26: 5 (donde Dios bendice a Abraham, diciendo: «Por cuanto oyó Abraham mi voz y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes»), los judíos consideraban que el patriarca «había cumplido con toda la ley, desde antes de que fuera dada» (M. Kidushin 4: 14). También en el libro judío de los Jubileos, leemos que «él, por el contrario, fue perfecto en toda su conducta para con el Señor, y grato por su justicia todos los días de su vida» (Jubileos 23: 10).
Otro libro judío, La oración de Manases, menciona que Abraham, Isaac y Jacob no tenían que arrepentirse ante Dios porque fueron justos y «no pecaron contra ti» (Oración de Manasés 8, NRSV). Por último, el libro apócrifo de Eclesiástico declara que «Abraham fue padre de pueblos numerosos; no manchó nunca su honor. Cumplió las órdenes del Altísimo e hizo una alianza. En su propio cuerpo marcó la señal de la alianza, y cuando Dios lo puso a prueba, se mostró fiel» (Eclesiástico 44: 19-20, DHHDC).
Si todo esto es verdad, ¡entonces Abraham ciertamente tenía algo de qué gloriarse! Sin embargo, Pablo desecha esa posibilidad tan pronto la plantea; de allí su exclamación: «Pero no ante Dios» (Rom. 4: 2). Para Pablo, «es impensable que cualquiera, incluso Abraham, pueda tener algo de qué gloriarse en presencia de Dios».1
El apóstol entonces acude a la Biblia para probar su tesis: «Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia» (vers. 3). Está citando Génesis 15: 6, cuando Abraham cree en la promesa de Dios de que la anciana y estéril Sara tendría un hijo y que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas en el cielo. Abraham creyó en la promesa de Dios, dicen las Escrituras, «y le fue contado por justicia».
Claramente, Pablo utiliza Génesis 15: 6 para probar que Abraham fue justificado a través de la fe en lugar de sus actos, pero el apóstol estaba claro de que esa no era la única interpretación que esgrimían los judíos en ese momento. En 1 Macabeos 2: 52, por ejemplo, encontramos la siguiente afirmación: «Dios puso a prueba a Abraham; lo encontró fiel, y lo aceptó como justo» (DHHDC). Este pasaje basa el concepto de la fe en la fidelidad y, por consiguiente, en una cualidad que merece 1. ser recompensada. Nuevamente el rabino Shemaiah, que vivió alrededor del año 50 a. C., pone en boca de Dios lo siguiente: «La fe con la cual su padre Abraham creyó en mí [... ] ameritaba que yo abriera el Mar [Rojo] para ellos, tal como está escrito: "Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia"».2