LO QUE LA LEY NO PUEDE HACER
Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él. Romanos 3:20.


Cómo mantener una buena relación con Dios? ¿Cómo escapar del juició del pecado? ¿Cómo obtener un carácter perfecto? Estos son los retos perennes que todo ser humano enfrenta. La audiencia de Pablo »' —que depositaba su confianza en la ley y su observancia, para mantenerse en buenos términos con Dios— también los encaraba.

Estar en paz con Dios mediante el ejercicio de la bondad, no ha sido objetivo exclusivo de los judíos del primer siglo de la era cristiana. Pronto pasó a serlo también de la cristiandad. La iglesia primitiva tuvo incontables ascetas. Uno de ellos fue Simeón Estilita (c. 390-460), quien, procurando escapar del pecado, se hizo enterrar en la arena hasta el cuello. En otro de sus intentos por alcanzar la santidad, Simeón se subió al tope de un pilar de poco más de dieciocho metros de alto, para vivir a salvo de toda tentación. Y una vez allí, no sólo se llenó de parásitos, sino que ejecutó ejercicios extremadamente difíciles. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasión tocó sus pies con la frente, sucesivamente, 1244 veces. Simeón se mantuvo sobre aquel pilar hasta el día de su muerte, 36 años después de haber subido a él.

Aun en nuestros días encontramos este tipo de "atletas espirituales". El jesuíta William Doyle, por ejemplo, se infligía todo tipo de molestias: usaba una camisa de pelos directamente sobre la piel, se exponía a las ortigas y al agua helada a medianoche, y se acostaba sobre las piedras frías de la capilla. Por cierto, tenía que lidiar con un apetito atroz (inquietud conductual de muchos a lo largo de la historia). El diario de Doyle registra en detalle sus tentaciones con el azúcar, los pasteles, la miel, las mermeladas y cosas por el estilo: "Violenta tentación a comer pasteles, resistida en muchas ocasiones. [...] Vencí el deseo de consumir mermelada, miel y azúcar. [...] Feroz tentación a comer pasteles, etc. [...] Durante este retiro, Dios me ha urgido a abandonar por completo la manteca".

Yo puedo identificarme con Doyle, Simeón y los lectores judíos de Pablo. Todavía recuerdo que, cuando a mis 19 años me convertí al cristianismo, prometí a Dios, en voz alta, que sería el primer cristiano perfecto desde la época de Jesús. ¿Y cómo iba a lograrlo? Mediante mi buena conducta, ¡claro!

Sin embargo, esto es, precisamente, (o que según Pablo, "no funciona". Es un camino trillado que sólo termina en frustración. El ser humano puede distanciarse de la tentación, pero sigue siendo pecador. Sólo Dios, en su gracia, provee una solución adecuada al problema del pecado y la salvación.


USOS ILEGÍTIMOS DE LA LEY
Por medio de la ley es el conocimiento delpecado. Romanos 5:20.


La ley es útil para algunas cosas, pero absolutamente inútil para otras. En 1 Timoteo 1:8, Pablo advierte que "la ley es buena, si uno la usa legitimamente". Parece increíble, pero es cierto: la ley puede usarse de manera apropiada o inapropiada. Una de las mayores tentaciones para la "gente decente que asiste a la iglesia" —asi como nosotros— es, justamente, la de usar la ley de Dios de manera ilegitima.

La ley no puede lograr lo más importante de todo: no puede salvarnos. Pablo explica que la función de la ley no es justificarnos, sino decirnos en qué nos hemos equivocado. En Romanos 7:7 dice: "Yo no conocí el pecado sino por la ley".

Santiago compara la ley a un espejo (1:23-25). Por la mañana, antes de salir rumbo al trabajo, me miro en el espejo para descubrir qué está bien o mal en mi cara y mi cabello. El espejo me muestra que no todo está listo para su exposición en público; que tengo restos de comida en la barbilla o que mi cabello luce despeinado.

La función del espejo es señalar lo que necesita cambio. Dado ese conocimiento, recurro al jabón, la toalla o el peine. Obviamente, no me refriego la cara con el espejo para quitar los restos de comida, ni me lo paso por el cabello para peinarme. El propósito del espejo es sólo mostrarme que necesito arreglarme.

Lo mismo ocurre con la ley. Cuando me comparo a mi mismo con la ley de Dios, encuentro que hay mucho que arreglar; pero la ley no puede modificarme. Tiene otra función: mostrarme mi pecado. La ley me muestra mis problemas y mis necesidades; pero ni resuelve mis problemas, ni satisface mis necesidades.

Dios habla hoy —versión popular de las Escrituras— expresa claramente la ¡dea: "La ley solamente sirve para hacernos saber que somos» pecadores". También la paráfrasis La Biblia al día rinde este pasaje de Romanos 3:20, de manera esclarecedora: "Mientras más conocemos la ley de Dios, más nos damos cuenta de que no la obedecemos; la ley nos hace vernos pecadores".

Como vemos, la ley no es una escalera al cielo; pero alerta nuestra conciencia al respecto. Más allá de sí misma, nos conduce a Jesús y a la verdadera solución de nuestros problemas. Es a este tema que Pablo ahora se dirige, al pasar de su extenso análisis del problema del pecado a las buenas nuevas de la justificación.