Capítulo 4
Todos somos justificados por la fe
(Romanos 3: 20-31)

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas: la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Úl╗ (Rom. 3: 21-22).

La importancia del «pero ahora» (Rom, 3:21-22)

«Pero ahora». Con estas dos palabras alcanzamos un punto de inflexión importante en el libro de Romanos. En la primera parte (Rom. 1: 1-17), conocimos a Pablo y su evangelio. En la segunda parte (Rom. 1: 18-30), Pablo demuestra con lujo de detalles que todos somos pecadores y que iremos a juicio, que sufriremos la ira de Dios y que finalmente moriremos.

Esto no es algo que suena muy halagador. Pero es aquí donde el «pero ahora» entra en escena. David Martyn Lloyd-Jones afirma que «no hay palabras más maravillosas en las Escrituras, que estas dos palabras: "Pero ahora"».1

¿Por qué dice esto con tanta emoción? La respuesta está en el contexto. Pablo ha dejado a sus lectores en un estado de desesperanza y desamparo. En Romanos 3: 19, Pablo señala que cada uno de nosotros está sometido a la justa condenación de Dios. Más adelante, en el versículo 20, es enfático al afirmar que jamás podremos estar bien con Dios, por mucho que nos esforcemos en ser buenos y cumplir estrictamente la ley. Es en ese preciso instante que Pablo suelta su «pero ahora».

«Pero ahora —escribe él—, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios» (vers. 21). Con estas palabras, Pablo presenta su evangelio y establece el tercer punto de su discurso en Romanos. Retoma el tema de la justificación por la fe de Romanos 1: 16-17 y completa su significado en un poderoso pasaje que va de Romanos 3: 21 a 5: 21. El tratamiento inicial del tema se extiende de Romanos 3: 21 al 31, un pasaje que según León Morris es «el párrafo más importante jamás escrito».2

La buena noticia es que Dios ha intervenido en los asuntos humanos. Él ha hecho por nosotros lo que nosotros no habríamos podido hacer a través de la ley. La expresión «pero ahora» refleja el hecho de que la obra de salvación de Dios a través de Cristo ha transformado el panorama humano.

El plan de salvación a través de Cristo que descubrimos en Romanos 3: 2, no fue un plan improvisado. Por el contrario, «la ley y los profetas (es decir, las Escrituras hebreas]» ya daban testimonio de él. El primer indicio de la justificación en el Antiguo Testamento, aparte de la ley, lo encontramos en Génesis 3: 15, cuando Dios dice que la simiente (es decir, Cristo, ver Gál. 3: 16) heriría la cabeza de la serpiente (ver Apoc. 12: 7-11). Este indicio se hace más evidente en la experiencia de Abraham, a quien Dios contó como justo porque creyó en él (Gén. 15: 6), un tema que Pablo trata de manera exhaustiva en Romanos 4. Pero quizás la muestra más explícita del plan de salvación en los libros de Moisés lo encontramos en el sistema de sacrificios. En esta misma tónica, resulta interesante que Juan el Bautista se refirió a Jesús como el «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1: 29) y que Pablo describa a Cristo como «nuestro Cordero pascual», que «ya ha sido sacrificado» por nosotros (1 Cor. 5: 7, NVI).

David también nos dice que «aparte de la ley [... ] la justicia de Dios» (Rom. 3: 21) cuando confía en la misericordia de Dios para que borre sus transgresiones y lo lave de toda su maldad (Sal. 51: 1-2). Isaías 53 profetizó sobre Aquel que justificaría a muchos, llevando sobre sí las iniquidades de ellos (Isa. 53: 11). El mismo capítulo señala que «él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados» (vers. 5).

Jeremías también toca el tema al referirse a la descendencia de David, que sería llamada «Jehová, justicia nuestra» (Jer. 23: 5-6). Y el gran capítulo profético de Daniel 9 señala: «Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, poner fin al pecado y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable» (vers. 24).

Pablo sabía de lo que estaba hablando. El plan de Dios para salvarnos por otro medio que no fuera el cumplimiento de la ley es un tema recurrente a lo largo del Antiguo Testamento.

Con la declaración de Romanos 3: 22, que reza: «La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo», comenzamos la parte central del discurso de Pablo en Romanos. El versículo 21 establece que Dios tenía una justicia «aparte de la ley». Este es el lado negativo, lo que no es la justicia. Pero en el versículo 22 encontramos la explicación positiva a la que Pablo quería llegar desde Romanos 1: 16-17. En aquel pasaje, el apóstol dijo: «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego, pues en el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe» (vers. 115-17).

En ese momento Pablo no se detuvo a explicar lo que quería decir, porque primero tenía que cumplir con una tarea. Quería dejar claro que todos necesitábamos la justicia de Dios y que no podíamos obtenerla a través de ninguna condición o logro humano, como haber nacido en el pueblo del pacto, tener la ley o cumplirla.

Dado que la función de la ley era señalar el pecado (Rom. 3: 20), esta no tenía ningún poder para salvar: solo podía condenar. Todos, incluso los judíos buenos que iban a la sinagoga, estaban irremediablemente condenados.

Ahora que Pablo había demostrado estos dos puntos, podía retomar la declaración sobre el evangelio o la justificación por la fe que había comenzado a desarrollar en Romanos 1: 16-17. Estaba listo para explicar lo que había querido decir con esa frase, pues ya todos estaban preparados para escuchar y sabían que no hay esperanza fuera de la oferta misericordiosa de Dios.

Ahora bien, debemos señalar que «la justicia de Dios» puede referirse tanto al carácter de Dios como a su regalo. En el contexto de Romanos 3: 21-22 se refiere primeramente a la justicia que Dios provee y ofrece a los seres humanos pecaminosos. Para Pablo, tal justicia es la necesidad más grande de la humanidad. Por eso la mantiene como el centro del mensaje del evangelio.

Pero recibir esa justificación no es algo que ocurre de forma automática. Debe ser aceptada. Tiene una condición, que según Romanos 3: 22, es «la fe en Jesucristo», que es «para todos los que creen».

¿Pero qué es la fe? C. K. Barrett nos ayuda a entender su significado en el contexto de Romanos, al afirmar que «difícilmente puede ser mejor definida que como lo opuesto a la autoestima del hombre, o al intento desesperado de establecer una relación adecuada entre sí mismo y Dios por medios legales (bien sean morales o religiosos). En lugar de concentrar sus esperanzas en sí mismo, el hombre las dirige hacia Dios», especialmente hacia su acto de gracia salvadora por medio de Jesucristo».3

La fe, sugiere Frederick Godet, «no es más que la simple aceptación de la salvación de Dios». También es descrita como «la mano del corazón».4 Por ende, es por medio de la fe que recibimos el don de Dios. Aquí debemos tener cuidado en no entender la fe como una especie de obra humana. Los seres humanos no somos salvados por causa de nuestra fe sino por medio de nuestra fe cuando aceptamos el regalo de Dios en Cristo. De esta forma, la fe recibe lo que Dios concede, pero no le añade nada.
Pablo incluso describe a la fe misma como una gracia de Dios (Rom. 12: 3). La única tarea del ser humano es decidir cómo utilizar esa gracia.

La fe bíblica implica tanto creer como confiar. De hecho, debemos pensar la fe como la confianza que se fundamenta en lo que creemos. Así como el primer paso hacia el pecado fue producto de la desconfianza en Dios (Gen. 3: 1-6), el primer paso para acercarnos a él es la fe basada en la confianza. Fe es interiorizar el hecho de que debemos confiar en Dios porque él desea nuestro bienestar y porque aparte de él no existe nadie que sea completamente confiable. Como resultado, aceptar la justificación por la fe no es tener fe en algo abstracto, sino una fe que confía en una persona. En tal sentido* «dado que Jesús es la manifestación personal de la justicia de Dios, la justicia debe ser recibida a través de una relación de fe en el Hijo de Dios».5

Finalmente, debemos señalar que esa fe salvadora descansa firmemente en la idea de que Cristo es nuestra única esperanza. Es por ello que James Denney pudo escribir que «la fe no es la aceptación de un acuerdo legal, sino el abandono del alma, la cual no tiene más esperanza que el Salvador, para el Salvador [...]. Esto incluye la renuncia absoluta a todo lo demás, para aferrarse a Cristo».6

Así fue la fe de aquel Pablo cuya vida fue «capturada» y transformada en el camino a Damasco; y así deberá ser en la vida de todo aquel que ha aceptado a Cristo como su única esperanza.

Ese «todos» que es absolutamente crucial (Rom. 3:22-31)

«No hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Rom. 3: 22-24). La declaración en ef versículo 23 de que todos, tanto judíos como gentiles, pecaron, está en el centro del análisis de Pablo sobre la justificación por la gracia a través de la fe. Este contexto subraya el significado completo de la frase «no hay diferencia». Así como todos son pecadores, también todos necesitan la gracia de Dios.
Es por ello que todos, sin distinción, «son justificados gratuitamente por su gracia» (vers. 24). Justificación, un término legal, es lo opuesto a condenación. Ambas son sentencias de un juez. Tal como la usa Pablo, justificación no significa «hacer lo correcto», sino más bien «proclamar lo correcto». Pero es más que un simple indulto, el cual vendría a ser una exoneración de una falta o deuda. Más bien, la justificación incluye un pronunciamiento positivo del estatus de justicia en el pecador arrepentido.7 Un ejemplo de esto lo encontramos en la parábola del hijo pródigo, donde el padre no solo perdona a su hijo, sino que lo recibe nuevamente en la familia en el preciso instante de su confesión. «¡Pronto! —exclama el padre—. Traigan la mejor ropa"» (Luc. 15: 22, NVI).

Martín Lutero consideraba la justificación como una doctrina central de las Escrituras. Fue por ello que la declaró «el dueño y el príncipe, el señor, el gobernador, y el juez por sobre todas las demás doctrinas».8 Y es la única doctrina cristiana que «distingue a la religión [cristiana] sobre todas las demás».9 Elena G. de White señala el lado opuesto de esta verdad, cuando escribe: «El principio de que el hombre puede salvarse por sus obras [...] es fundamento de toda religión pagana».10 No fue por casualidad que Pablo puso la justificación por la fe en el centro de su evangelio (ver Rom. 1: 16, 17; 3: 24-26; Gál. 2: 16-21).

Parte de la razón por la que él y Lutero consideraban la justificación como el centro del plan de salvación, era indudablemente el tema del juicio, que aparece a lo largo de la Biblia. Pero más allá de la metáfora del juicio, estaban las propias experiencias personales de ambos. En el pasado, ambos habían sido fariseos de corazón. Ambos habían esperado ganarse el favor de Dios acumulando méritos en la balanza del juicio. Pero aquel esfuerzo, como ambos entendieron, era una tarea imposible.

En sus días de fariseos, Pablo y Lutero no estaban del todo equivocados. Después de todo, la justicia exige un perfecto cumplimiento de la ley; y el castigo automático por fracasar es la condenación y la muerte (ver Rom. 6: 23; 4: 15). También tenían razón en lo que respecta a sus deficiencias al obedecer la ley como Dios exigía. El gran descubrimiento para ambos llegó cuando entendieron que la justificación era un regalo gratuito de Dios.

Entender esto nos lleva a preguntarnos de qué forma Dios nos justifica. Romanos 3: 24 nos dice que es «gratuitamente por su gracia». ¡Lo más extraordinario es que la bendición más grande del universo es completamente gratis!

«Gracia» es otra palabra crucial tanto para Romanos 3; 21-25 como para el plan de salvación presentado por Pablo. ¿Qué es lo que Dios hace gratuitamente por los pecadores que le da a la gracia su papel preponderante en el evangelio? Según Pablo, él nos da justificación y perdón en vez de condenación. Ahora, si alguien merece un castigo severo, y por el contrario recibe un regalo precioso e invaluable, está recibiendo algo que no se merece. Y este es el significado corriente de lo que Pablo llama «gracia» en Romanos 3: 24.

Es imposible sobreestimar la importancia de Romanos 3: 21-24 en nuestra comprensión cristiana de la salvación de Dios. Él ciertamente ha provisto una vía de salvación «aparte de la ley». Es su regalo de justicia, ofrecido gratuitamente tanto a judíos como a gentiles (a toda la humanidad). Cuando lo aceptamos por fe, somos justificados o contados como justos. El apóstol lo dijo de otra manera en Efesios 2; 8-9, pero el significado es el mismo: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe». i

¡Qué salvación! ¡Qué Dios!

Pero Pablo aún no termina. La primera parte de Romanos 3: 24 explica el modelo de justificación con la frase «gratuitamente por su gracia». «Mediante la redención que es en Cristo Jesús», subraya los medios por los cuales Dios ha hecho posible su veredicto de absolución.

La palabra «redención» es una metáfora comercial. Su significado básico es «redimir a alguien pagando el precio, [...] dejar en libertad a alguien a cambio de un precio» o «una liberación efectuada por el pago de un rescate» o «liberación gestionada por el pago de un rescate».11 En la antigüedad, esta palabra era usada en ocasión de la liberación de prisioneros de guerra o de esclavos. Cuando había sido pagado el rescate o el precio de la redención, quedaban libres (ver Lev. 25: 47-49).

El Nuevo Testamento aplica el concepto de la redención a Cristo. Romanos 6: 16 habla de los pecadores como esclavos del pecado. En este contexto, Pablo nos dice que Cristo se convirtió en nuestra redención (Rom. 3: 24). Jesús les dijo a sus discípulos que «el Hijo del hombre» vino «para dar su vida en rescate por todos» (Mar. 10: 45), así que Pablo señala que «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros» en el «madero» del calvario (Gál. 3: 13). Y Pedro nos recuerda que no podemos ser rescatados con el oro y la plata, «sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Ped. 1: 18-19).

Las primeras palabras de Romanos 3: 25 pasan la atención del precio de la redención, que hizo posible la justificación («mediante la redención que es en Cristo Jesús» [vers. 24]) a la iniciativa de Dios de proporcionar los medios de la redención. Es por ello que leemos que «Dios exhibió públicamente [a Cristo] como propiciación (vers. 25, LBLA)».

La palabra «propiciación» es a veces mal interpretada. Su significado básico es cerrarle la puerta a la ira. En el mundo griego, donde surgió el Nuevo Testamento, la palabra propiciación podía ser entendida como un soborno a los dioses, los demonios, o la muerte, en un intento de ganarse su favor. Como los dioses estaban enfurecidos, necesitaban ser aplacados (ver 2 Rey. 3: 26-27 por un ejemplo bíblico).

Pero no debemos confundir el uso que Pablo le da a esta palabra con el que le daban los paganos. Romanos 3: 25 no dice que Jesús derramó su sangre para aplacar la ira del Padre, sino que fue Dios mismo quien «presentó» el sacrificio propiciatorio. En este punto coincide con Juan, que escribió: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4: 10; ver Juan 3: 16).

Debido a que la palabra «propiciación» tiene matices confusos, la traducción de la Nueva Versión Internacional de este termino griego como «sacrificio de expiación» es esclarecedora, y proporciona una definición que capta la esencia de la comprensión bíblica de la propiciación.

La traducción «sacrificio de expiación» es esclarecedora, pero más significativo es el hecho de que el sacrificio de expiación es «en su sangre» (Rom. 3: 25). Estas palabras colocan el acto de redención a través de Cristo en la cruz como el fundamento de la gracia justificadora de Dios y como el punto focal de la «demostración de su justicia», que se convierte en el tema a tratar en la última parte de Romanos 3: 25 y todo el versículo 26.

Los versículos 27 al 3] mencionan algunas de las implicaciones de la justificación por gracia a través de la fe. Una de ellas es que el redimido no tiene motivos para jactarse, ya que fue recibida como un regalo gratuito y no por nada que haya hecho por sí mismo (vers. 27-28). Nada sería más desagradable que tener que escuchar durante diez mil años a la tía María o al tío Carlos presumiendo de lo buenos que eran.

Otra implicación es que con la justificación por la fe no «invalidamos la ley». Por el contario, la reafirmamos (vers. 31). Después de todo, es deber de la ley señalar el pecado para que los creyentes puedan acudir a Cristo, confesar sus pecados y recibir el perdón (1 Juan 1: 9). Y Pablo continuará en Romanos 6, 7, 12 y 13 examinando cómo la ley moldea las vidas de aquellos que han sido justificados gratuitamente por la gracia recibida a través de la fe.