Feligreses evasivos

Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios. Romanos 3:19.

Pablo ha terminado con su "rosario de perlas". En Romanos 3:10-18, J)i ha vaciado su carga de citas bíblicas sobre sus lectores.

Ahora —en el versículo 19— necesita anticiparse a una posible pregunta de los lectores judíos, porque, como Juan Calvino señalara, "cualquier cosa que se dijera en la ley, desfavorable a la humanidad, normalmente se atribuía a los gentiles; como si ellos [los judíos] estuviesen exentos de la condición común del hombre".

El apóstol conocía bien a su gente. Y también a nosotros. La gente que asiste a la iglesia puede resultar la más evasiva de todas. Por lo general, tratamos de evadimos del reconocimiento de nuestra verdadera condición. La condenación es siempre para los demás; aunque cuando hablamos del reino, tendemos a emplear la primera persona, como si ya estuviéramos en él. Acaso, ¿no voy a la iglesia cada semana?, ¿no doy el diezmo?, ¿no entiendo ni guardo el verdadero sábado de Dios?, ¿no vivo limpiamente?, ¿no leo la Biblia?

Las cosas no han cambiado tanto en casi dos mil años. Asi, precisamente, se sentían los judíos de la época de Pablo. Indudablemente, los textos inquietantes que él había citado eran para los gentiles malvados, no para quienes estaban en pacto con Dios.

Sin embargo, ésta es, justamente, la lógica que Pablo destruye en Romanos 3:19. Categóricamente, el apóstol aclara que todo lo que dice la Ley —acepción ésta con la que se alude a todo el Antiguo Testamento— "lo dice a los que están bajo la ley", o sea, a los judíos. Hoy, esas citas aluden a judíos y cristianos por igual; a todo aquel que asiste al templo, a la sinagoga o a la iglesia.

¿Qué prueba este pasaje de Romanos 3.10-18? Que estamos muertos. Condenados. "Que toda boca se cierre", exige Pablo. C. E. B. Cranfield observa que "la alusión a cerrar la boca evoca la imagen del acubado ante el tribunal, quien, cuando se le da la oportunidad de hablar en su propia defensa, permanece en silencio, agobiado bajo el peso de la evidencia contra él". Nada queda ahora, sino esperar el pronunciamiento y la ejecución de la sentencia. "Todo el mundo quede bajo el juicio de Dios." Ésa es la sentencia; y alcanza a judíos y gentiles por igual. Nadie puede refugiarse en su abolengo espiritual.

No obstante, podemos agradecer a Dios que el versículo 19 no marca el final de la Epístola a los Romanos. Es más bien el penúltimo, antes del comienzo de un nuevo tema. Con el versículo 21, Pablo comenzaré a exponer la solución de Dios al problema del pecado. El Señor tiene una respuesta para esto; y por ello podemos regocijarnos.


Lo que la ley no puede hacer

Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él. Romanos 3:20.

ómo mantener una buena relación con Dios? ¿Cómo escapar del jui-Ifl ció del pecado? ¿Cómo obtener un carácter perfecto? Estos son los \\l retos perennes que todo ser humano enfrenta. La audiencia de Pablo —** —que depositaba su confianza en la ley y su observancia, para mantenerse en buenos términos con Dios— también los encaraba.

Estar en paz con Dios mediante el ejercicio de la bondad, no ha sido objetivo exclusivo de los judíos del primer siglo de la era cristiana. Pronto pasó a serlo también de la cristiandad. La iglesia primitiva tuvo incontables ascetas. Uno de ellos fue Simeón Estilita (c. 390-460), quien, procurando escapar del pecado, se hizo enterrar en la arena hasta el cuello. En otro de sus intentos por alcanzar la santidad, Simeón se subió al tope de un pilar de poco más de dieciocho metros de alto, para vivir a salvo de toda tentación. Y una vez allí, no sólo se llenó de parásitos, sino que ejecutó ejercicios extremadamente difíciles. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasión tocó sus pies con la frente, sucesivamente, 1244 veces. Simeón se mantuvo sobre aquel pilar hasta el día de su muerte, 36 años después de haber subido a él.

Aun en nuestros días encontramos este tipo de "atletas espirituales". El jesuíta William Doyle, por ejemplo, se infligía todo tipo de molestias: usaba una camisa de pelos directamente sobre la piel, se exponía a las ortigas y al agua helada a medianoche, y se acostaba sobre las piedras frías de la capilla. Por cierto, tenía que lidiar con un apetito atroz (inquietud conductual de muchos a lo largo de la historia). El diario de Doyle registra en detalle sus tentaciones con el azúcar, los pasteles, la miel, las mermeladas y cosas por el estilo: "Violenta tentación a comer pasteles, resistida en muchas ocasiones. [...] Vencí el deseo de consumir mermelada, miel y azúcar. [...] Feroz tentación a comer pasteles, etc. [...] Durante este retiro, Dios me ha urgido a abandonar por completo la manteca".

Yo puedo identificarme con Doyle, Simeón y los lectores judíos de Pablo. Todavía recuerdo que, cuando a mis 19 años me convertí al cristianismo, prometí a Dios, en voz alta, que sería el primer cristiano perfecto desde la época de Jesús. ¿Y cómo iba a lograrlo? Medíante mí buena conducta, ¡claro!

Sin embargo, esto es, precisamente, lo que según Pablo, "no funciona". Es un camino trillado que sólo termina en frustración. El ser humano puede distanciarse de la tentación, pero sigue siendo pecador. Sólo Dios, en su gracia, provee una solución adecuada al problema del pecado y la salvación.


USOS ILEGÍTIMOS DE LA LEY

Por medio de la ley es el conocimiento delpecado. Romanos 5:20.

"La ley es útil para algunas cosas, pero absolutamente inútil para otras. En 1 Timoteo 1:8, Pablo advierte que "la ley es buena, si uno la usa II legítimamente". Parece increíble, pero es cierto: la ley puede usarse - de manera apropiada o inapropiada. Una de las mayores tentaciones

para la "gente decente que asiste a la iglesia" —así como nosotros— es, justamente, la de usar la ley de Dios de manera ilegítima.

La ley no puede lograr lo más importante de todo: no puede salvarnos. Pablo explica que la función de la ley no es justificarnos, sino decirnos en qué nos hemos equivocado. En Romanos 7:7 dice: "Yo no conocí el pecado sino por la ley".

Santiago compara la ley a un espejo (1:23-25). Por la mañana, antes de salir rumbo al trabajo, me miro en el espejo para descubrir qué esté bien o mal en mí cara y mí cabello. El espejo me muestra que no todo está listo para su exposición en público; que tengo restos de comida en la barbilla o que mi cabello luce despeinado.

La función del espejo es señalar lo que necesita cambio. Dado ese conocimiento, recurro al jabón, la toalla o el peine. Obviamente, no me refriego la cara con el espejo para quitar los restos de comida, ni me lo paso por el cabello para peinarme. El propósito del espejo es sólo mostrarme que necesito arreglarme.

Lo mismo ocurre con la ley. Cuando me comparo a mi mismo con la ley de Dios, encuentro que hay mucho que arreglar; pero la ley no puede modificarme. Tiene otra función: mostrarme mi pecado. La ley me muestra mis problemas y mis necesidades; pero ni resuelve mis problemas, ni satisface mis necesidades.

Dios habla hoy —versión popular de las Escrituras— expresa claramente la idea: "La ley solamente sirve para hacernos saber que somos pecadores". También la paráfrasis La Biblia al día rinde este pasaje de Romanos 3:20, de manera esclarecedora: "Mientras más conocemos la ley de Dios, más nos damos cuenta de que no la obedecemos; la ley nos hace vernos pecadores".

Como vemos, la ley no es una escalera al cielo; pero alerta nuestra conciencia al respecto. Más allá de sí misma, nos conduce a Jesús y a la verdadera solución de nuestros problemas. Es a este tema que Pablo ahora se dirige, al pasar de su extenso análisis del problema del pecado a las buenas nuevas de la justificación.