«Todos han pecado»
(Romanos 1:18-3: 20)

os primeros 17 versículos de Romanos 1 son positivos, inspiradores y salvíficos. En ellos, Pablo se presenta y explica su misión a los creyentes de Roma (vers. 1-7), los felicita por su fe y expresa su deseo de ministrarles personalmente (vers. 8-15). Además, produce uno de los pasajes más poderosos relacionados con su comprensión de la justificación por la fe: «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego, pues en el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: "Mas el justo por la fe vivirá"» (vers. 16-17).

Hasta aquí, todo bien. Los primeros 17 versículos de la Epístola son positivos y abundantes en cuanto al tema de la gracia.

Gentiles pecadores y abominables (Rom. 1:18-32)

Luego, en el versículo 18, el apóstol lanza la primera bomba: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad».

La clave para entender la transición es la palabra «porque». Este porque enlaza la presentación de Romanos 1: 16-17 con los capítulos siguientes, que hablan sobre el pecado. La palabra porque implica que necesitamos el poder del evangelio de salvación debido a la profundidad del pecado humano.

De esta forma, en Romanos 1:18 tenemos la primera gran transición de la Epístola a los Romanos. El apóstol está listo para la primera parte de su alegato formal, que va de Romanos 1:18 a Romanos 3: 20. En este amplio pasaje, Pablo explora la profundidad y universalidad del problema del pecado en tres etapas. La primera, en Romanos 1: 18-32, donde el punto focal de su análisis del pecado son los gentiles, a quienes Dios no les revela las Escrituras como ocurre con los judíos. La segunda etapa comienza en Romanos 2, donde resume los principios del juicio, la culpa de los judíos y los tipos de iglesia. La etapa final se encuentra en Romanos 3: 9-20, donde el apóstol demuestra que todos (tanto gentiles como judíos) son culpables ante los ojos de Dios. Él resume su conclusión en Romanos 3: 23, cuando declara que «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». En Romanos 3: 21-26, Pablo usa esta verdad para indicar la necesidad humana universal de ser justificados por Dios mediante su gracia, a través de la fe basada en la muerte de Jesucristo en la cruz. Mientras que Romanos 1: 18-3: 20 nos da el diagnóstico divino del problema del pecado, el resto de la Epístola habla de la cura.

La primera frase que resalta de Romanos 1: 18 es «la ira de Dios». A algunos les cuesta asimilar esta expresión, ya que evoca a un Dios furioso hecho a imagen de ellos, que puede explotar en un arranque de furia.

Pero ese no es el significado bíblico de la ira divina. El pecado y sus consecuencias es lo único que puede despertar la ira de Dios. Su ira es, en parte, una reacción sagrada a la aflicción y el sufrimiento que resultan de la rebelión contra él y sus principios. La ira de Dios entonces, «solo existe porque Dios es amor y porque el pecado es lo que lastima a sus hijos y se opone a su amor».1 Desde este punto de vista, la ira divina no es el extremo opuesto del amor de Dios, sino que es más bien un fruto natural del mismo. A la larga, como lo describe la Biblia, Dios no puede permanecer indolente mientras su creación sufre. Su reacción es el juicio por el pecado, y debemos considerar este juicio como el verdadero significado de la ira bíblica. Un día, Dios acabará con el sufrimiento. La buena noticia de Romanos es que Cristo ha sufrido el castigo del juicio de Dios por el pecado en lugar de todos los que crean en él (Rom. 3: 21-26; Juan 3: 36).

Luego de esta explicación general sobra la ira de Dios, es importante resaltar que la ira divina se menciona en la Biblia de dos maneras: En Romanos 1 se presenta como la consecuencia natural de la maldad. Así aparece en los versículos 24, 26 y 28, donde se nos dice que «Dios los entregó» a su elección del pecado y sus consecuencias.

Pero las consecuencias naturales o el aspecto pasivo de la ira no lo es todo. Algún día, Dios acabará con el pecado y el sufrimiento a través de su ira activa. Su ira activa aparece en Romanos 2: 5, 6, cuando se habla del «día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» contra el pecado y la aflicción que este causa.

Romanos 1: 19-21 contiene otro asunto transcendental en la presentación de Pablo. En pocas palabras, el apóstol Pablo ve necesario clarificar el fundamento de la condenación y el juicio de Dios hacia aquellos que no conocen la voluntad divina revelada en las Escrituras. Dicho de otra manera, ¿por qué alguien debería sufrir la ira de Dios (vers. 18) si no conoce sus caminos?

La respuesta de Pablo es clara: «no tienen excusa», ya que desde «la creación del mundo», su «eterno poder y su deidad» han sido claramente visibles para todos (vers. 20). Es decir, incluso quienes no tienen una Biblia han recibido alguna palabra de parte de Dios, algún conocimiento de quién es él y de lo que él representa. En el versículo anterior, Pablo señala que «lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible» (vers. 19). Por supuesto, no todo lo relacionado con Dios y la moralidad puede ser deducido de la naturaleza. Pero el apóstol dice claramente que cualquiera puede, por lo menos, entender que existe una deidad poderosa detrás del mundo creado.

Aquí hay algo importante, ya que en esta sección de Romanos Pablo pretende demostrar que los gentiles, en su relativa ignorancia, eran responsables de sus rebeliones contra lo que ellos sabían de Dios y de la bondad a través de lo que veían en la naturaleza y de lo que experimentaban en su conciencia.

Su verdadero problema, escribe en el versículo 18, era que preferían la «impiedad», la «injusticia» o la «maldad» por sobre lo que sabían de Dios y el bien.

Pablo dejó muy claro este punto. Dios le ha dado a cada quien alguna información sobre él y sobre la verdadera bondad. Por ende, toda persona, independientemente de cuánto conocimiento tenga, tiene el deber de vivir de acuerdo con el conocimiento que Dios le ha dado.

En los versículos 21 al 23, Pablo presenta los efectos del pecado en una serie de seis consecuencias decrecientes. Primero, el rechazo a Dios ensombrece el corazón del ser humano, convirtiéndolo en un ser necio, aunque proclame sabiduría. Habiendo rechazado la creencia en el Dios verdadero, el mundo ha vivido una serie de especulaciones filosóficas que lo ha conducido a la oscuridad y la futilidad.

La segunda consecuencia de rechazar a Dios, y un gran ejemplo de la necedad expresada en el versículo 22, es la idolatría. Isaías ilustra la necedad de la idolatría cuando habla de encender un fuego con una parte de un árbol, y con el resto fabricarse un dios para adorarlo (Isa. 44: 15-17). En pleno siglo XXI también hemos presenciado la necedad de la idolatría. ¿No es así? ¿En qué confiamos? ¿En nuestras posesiones? ¿En nuestra belleza? ¿En nuestra sabiduría?

La tercera consecuencia de rechazar a Dios, dice Pablo, es que Dios entrega a los pecadores deliberados al «apetito de sus corazones», a sus «pasiones vergonzosas» y a su «mente depravada» (Rom. 1: 24-28). A primera vista, nos podría parecer extraño que Dios actúe así. ¿Abandona Dios a los seres humanos en el pecado? Al parecer, el secreto para entender la expresión «los entregó», está en la frase «apetito de sus corazones». William Barclay señala que Pablo utiliza palabras que «denotan que los seres humanos hacen cosas innombrables y deshonrosas. Es una especie de locura que los empuja a hacer aquello que jamás habrían hecho si sus deseos no hubieran anulado su sentido del honor, de la prudencia y de la decencia».2

En el fondo del asunto está el hecho de que Dios nos permite realizar malas elecciones y causar daño, pero no nos libera de las consecuencias. ¿Por qué? ¿Porque odia a los pecadores? No, sino porque los ama y quiere que reconozcan que necesitan su salvación.

En el cuarto paso del abismo en el que caen los que rechazan a Dios, está la enorme lista de perversiones, actitudes y comportamientos disfuncionales mencionadas en los versículos 26 al 31. Desde el sexo contra natura (el cual probablemente el apóstol analizó a la luz de la revelación general de los versículos 18 al 21, relacionada con las características naturales de la anatomía sexual humana), y pasando por una lista general de pecados específicos del Nuevo Testamento, Pablo desea mostrar lo que le ocurre al ser humano cuando excluye a Dios de su vida. Una de las realidades más tristes de la vida es que el pecado engendra más pecado. Una vez que un individuo o grupo social se adentra en el camino del pecado, practicar la maldad le resulta cada vez más fácil. De hecho, pronto llega a ver el pecado como algo normal.

El quinto paso en la espiral descendente del pecado es que este conduce a la muerte. Y el último paso en este camino sombrío que va desde el versículo 21 hasta el versículo 32, es el hecho de que algunos no solo hacen el mal, sino que «aprueban» tales acciones en los demás (vers. 32). La Reina Valera 1995 expresa la fuerza de esta noción de Pablo cuando traduce la frase como: «se complacen con tales prácticas». Este viene a ser el punto más bajo en la escala del pecado.

El pecado de los tipos de iglesia (Rom. 2:1-29)

Pablo era bueno usando la psicología. En la segundé mitad de Romanos 1 condena de forma categórica los pecados del mundo gentil de ese entonces. Casi podríamos escuchar los «amén» de los judíos y sus adeptos. Ellos llevaban una «buena» vida. Ciertamente, no practicaban los pecados abominables mencionados en el capítulo 1. De hecho, después del capítulo 1, se sienten superiores. Al igual que el fariseo de Lucas 18: 9-14, podían sentirse contentos porque no eran «como otros hombres». Habían abandonado la maldad exterior y adoptado una apariencia de bondad Pero cuando Pablo tiene a los «buenos» de su lado, lanza entonces la segunda bomba en Romanos 2: 1 «Por eso —escribe—, eres inexcusable, hombre, tú que juzgas, quienquiera que seas, porque al juzgar a otro, te condenas a ti mismo, pues tú, que juzgas, haces lo mismo».

Estos ególatras, señala, son también pecadores. Indudablemente son excelentes miembros de la iglesia. No sacan a la luz sus trapos sucios. Sus pecados son vegetarianos. En comparación con la gente verdaderamente abominable, se consideran buenos ante sus propios ojos.

Pero —y este es el razonamiento de Pablo en Romanos 1— ante los ojos de Dios no lucen tan bien. Pecan con sus ínfulas de superioridad moral, aunque ni se den cuenta de ello. Tales individuos sufren del pecado de la bondad, el pecado del fariseo, que es el pecado más infortunado de todos. En Palabras de vida del gran Maestro se señala acertadamente que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el corazón humano, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados, es el más desesperado, el más incurable».' Quien tiene esta presunción, no siente necesidad de arrepentirse o de buscar a Dios.

Romanos 2 contiene entonces un cambio importante en el discurso de Pablo. Después de hablarles a las prostitutas, los pervertidos y los ladrones, se dirige a los que se sienten moralmente superiores, sean estos judíos, gentiles o simples miembros de la iglesia.

El mensaje de Romanos 2: 1 es claro: todos los seres humanos son pecadores. En su discurso, Pablo dice que todos están haciendo lo mismo. No que están haciendo exactamente las mismas cosas, sino que todos están en pecado. Esto nos lleva al versículo 2, con su proclamación de que «el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según la verdad». En otras palabras, todos estamos bajo el mismo juicio.

Desde el punto de vista de Romanos, una de las actitudes más fáciles que podemos asumir es la de juzgar a los demás. En los versículos 1 al 3, Pablo expone la incómoda verdad de que es muy fácil criticar a otros, pero no a nosotros mismos.

Bueno, tal vez nos engañamos a nosotros mismos, e incluso a los demás. Pero Pablo dice que no podemos engañar a Dios, cuyo «juicio [...] es según verdad» (vers. 2). Podemos escoger presentarnos delante de él apoyándonos en nuestra propia bondad, o en la justicia de Cristo.

En Romanos 2: 17 Pablo está listo no solo para dirigirse específicamente a aquellos que se creen buenos, sino a los propios judíos y su falso sentido de seguridad. A lo largo del capítulo 2, el apóstol aplasta la autosuficiencia judía. Primero, cuestiona su seguridad de que ellos están exentos del juicio final de Dios (vers. 1-16). Segundo, neutraliza su confianza en base a su dominio de la ley (vers. 17-24). Tercero, socava el valor que le daban a la circuncisión como garantía de entrada en el reino de Dios (vers. 25-26). Luego, Pablo tiene la audacia de decir que los gentiles que obedecen la ley podrían juzgar a los judíos (vers. 27), anulando completamente todo lo que ellos entendían en cuanto al juicio. Y en los versículos 28 y 29 redefine lo que significa ser judío, al afirmar que la verdadera circuncisión es un asunto del corazón más que una señal externa. Es más espiritual que física, como el bautismo. Su representación física es cuando mucho un símbolo externo de una realidad espiritual interna.

El mundo entero es culpable (Rom. 3:1-20)

En este punto, Pablo lanza su tercera bomba, cuyo blanco son exclusivamente los judíos. «¿A qué conclusión llegamos?» es la interpretación de la Nueva Versión Internacional de la primera parte de Romanos 3: 9. Y a estas alturas la mayoría de los lectores están listos para algunas conclusiones sobre la naturaleza pecaminosa del ser humano. Pareciera que Pablo nunca terminará con el tema, pero él tiene sus razones para extenderse. León Morris así lo cree, al decir que «a menos que haya algo de lo que debamos ser salvados, no tiene sentido predicar sobre la salvación», o de hecho aceptarla.4

La exposición que el apóstol hace del pecado y de la condenación universal ha abonado el camino para hablar del gran plan de salvación de Dios. Y así como ha repetido en múltiples ocasiones que tanto judíos como gentiles son pecadores, enfatiza repetidamente que la salvación es para todos.

Romanos 3: 9 es la continuación de los lincamientos que quedaron pendientes en Romanos 2: 29, ya que Romanos 3: 1-8 fue un paréntesis para tratar una serie de objeciones a las enseñanzas de Pablo. Pero en el versículo 9 Pablo retoma el tema, y sus conclusiones no son solo contundentes, sino devastadoras para la mentalidad judía y su pretensión de ser la nación escogida. La verdad, dice, es que los judíos no son más que los demás.

Para asegurarse de que entiendan su razonamiento, les presenta seis citas en los versículos 10 al 18. Estos pasajes del Antiguo Testamento confirman su naturaleza pecaminosa en términos claros. En el proceso, el apóstol comienza a mencionar sistemáticamente las partes del cuerpo humano. Pablo les explica a sus lectores que el pecado afecta cada parte de su ser. Presenta lo que los teólogos llaman la «depravación total». Depravación total no significa que alguien sea todo lo malo que pueda ser, sino más bien que el pecado ha afectado todo su ser. En consecuencia, en vez de usar los órganos del cuerpo para bendecir, los usa para hacer daño y rebelarse contra el Creador.

En el versículo 19, Pablo vuelve a enfatizar que estos pasajes se refieren a los judíos. Esto era necesario, ya que los judíos creían que se aplicaban a los gentiles. Una vez aclarado este punto, está listo para decir en el versículo 20 que cumplir la ley no exime a la persona, ya que el propósito de la ley no es salvarla, sino señalar su naturaleza pecaminosa.

El apóstol finalmente formula la conclusión a la que ha venido apuntando desde Romanos 1: 18, que «no hay diferencia [entre gentiles y judíos], por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Rom. 3: 22-23).

Una vez concluido esto, se dedica a demostrar en el resto de la Epístola que todos, judíos y gentiles, son salvados exactamente de la misma forma.