El volquete de Pablo

Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Romanos 3:10-12.

ablo ahora retrocede su volquete, mientras comienza a inundar a los judíos con sus propias escrituras. ¿De modo que ustedes piensan que son el pueblo especial de Dios porque tienen la Biblia? ¿Por qué no la leen y descubren lo que dice acerca de los escogidos de Dios?

Y con eso les deja una serie de citas, mayormente de los Salmos, que abarcan desde el versículo 10 hasta el versículo 18, del capitulo 3 de Romanos. Para ello, utiliza un método judío de listar citas —una tras otra— como quien enhebra perlas en un rosario o un collar.

Cada una de estas citas corrobora la idea de que los judíos no son tan buenos como se creen. La primera cita es una paráfrasis de Salmos 14:1-3. En ella se presentan seis acusaciones.

La primera: "No hay justo, ni aun uno" (3:10). "Justicia" es un término clave en Romanos. Este término y sus equivalentes se mencionan más de sesenta veces en la epístola. Esencialmente significa "ser justo (o recto) delante de Dios". Pablo insiste en recalcar que no hay un solo ser humano, fuera de Jesús, que haya vivido (o viva) una vida sin pecado. Ni uno hay.

La segunda acusación dice: "No hay quien entienda" (vers. 11). En nuestra condición humana, no sólo somos moralmente malos, sino espiritualmente ignorantes.

La tercera acusación agrega: "No hay quien busque a Dios" (vers. 11). Según Pablo, además de ser universalmente malo y espiritualmente ignorante, el ser humano es rebelde y evita encontrarse de veras con Dios. Por cierto, esto no significa que elude sus deberes religiosos. En realidad, casi todos disfrutan de la pompa y las prácticas que les permiten sentirse religiosos; pero buscar a Dios de todo corazón es algo más amenazador que nuestras soluciones humanas.

La cuarta acusación señala que "todos se desviaron" (vers. 12): la gente no sólo no busca a Dios; se aleja de él deliberadamente, como^el soldado que corre en dirección contraria en medio de la batalla.

La quinta recalca que, precisamente por esto, todos "a una se hicieron inútiles" (vers. 12). Es interesante notar que el término traducido como "inútiles" es el mismo que se utiliza para describir la leche echada a perder. La naturaleza humana sin Dios es inútil y está echada a perder.

Por último, Pablo insiste: "No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno" (vers. 12). Esta acusación no sólo repite la primera, sino que resume las cinco anteriores.

Pablo quiere que sus lectores perciban claramente cuan profunda es su necesidad, y que se inclinen ante Dios, al pie de la cruz, en humildad y arrepentimiento. Dios anhela ayudarnos a hacer esto mismo, hoy mismo.


Más del rosario de perlas

Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Romanos 14.

En cierta ocasión, el carcelero de una prisión de Nueva York invitó al legendario evangelista Dwight L. Moody a predicar a los reclusos.

Como en la prisión no tenían capilla ni salones de ningún tipo para celebrar la reunión, Moody contaba que tuvo que predicar desde el pasillo, al final de una larga fila de celdas.

Durante su predicación, Moody no pudo ver el rostro de ni siquiera uno de los presos; pero al terminar su sermón, el carcelero le permitió hablar personalmente con algunos de ellos, a través de los barrotes de sus celdas. Así descubrió que la mayoría de los reclusos ni lo habían escuchado.

El evangelista preguntó entonces a varios de los presos por qué estaban alli. Invariablemente, sus respuestas inferían que eran inocentes: unos habían sido víctimas de falsos testigos, a otros los habían confundido con los verdaderos culpables, o el juez o el jurado los habían visto con malos ojos. Nadie parecía dispuesto a admitir su culpabilidad.

Moody, extrañado, comenzaba ya a desanimarse, cuando encontró a un recluso con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Qué le pasa? —preguntó el evangelista. Con desesperación y remordimiento, el hombre alzó la vista y contestó:

—Mis pecados son más que lo que puedo soportar. —Gracias a Dios por ello —replicó Moody.

Nuestros pecados son más que lo que podemos soportar. Esto es lo que Pablo ha querido hacemos entender desde la mitad del primer capitulo de Romanos.

En la lección de hoy, continúa insistiendo en su propósito con más de su técnica de "rosario de perlas". En Romanos 3:13 y 14, cita textos de Salmos 5:9; 140:3 y 10:7. Todos estos pasajes tienen que ver con nuestra boca.

Jesús señaló repetidamente que el carácter de la gente se manifiesta, inevitablemente, en su conversación. En el Evangelio según San Mateo leemos: "de la abundancia del corazón habla la boca" (12:34). En otra ocasión, Jesús enseñó que "lo que sale de la boca, del corazón sale" (15:18). Y Santiago sugiere que nada hay más difícil de controlar que nuestras lenguas (3:8). Pedro lo sabía bien. Y yo también.

A diario nos condenamos por nuestras palabras. Nuestros pecados, como los del recluso aquel a quien Moody visitara, son más que lo que podemos soportar; pero el reconocimiento mismo de esta verdad es, precisamente, lo que Dios quiere que experimentemos. Él se ofrece a llevar nuestra carga.


La doctrina de la depravación total

Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de pa%. Romanos 1J-17.

ablo no ha terminado aún de enhebrar perlas en su rosario. El texto de hoy es, en efecto, continuación del de Romanos 3:13 y 14. Y en ambos pasajes trata, deliberadamente, sobre diversas partes del cuerpo. Así, las gargantas de los pecadores son sepulcros abiertos, sus lenguas engañan, sus labios esconden veneno de áspides, sus bocas profieren amargas maldiciones, y sus p/es no sólo procuran la violencia, sino que lo hacen velozmente. El versículo 18 se refiere a sus ojos.

El pecado afecta todo nuestro ser; no sólo los órganos físicos mencionados en Romanos 3:13-18, sino nuestras mentes, nuestras emociones, nuestra sexualidad, nuestros apetitos, nuestra conciencia y nuestra voluntad. La tragedia del problema del pecado es que desvirtúa la creación de Dios. Los órganos del cuerpo que Pablo enumera habían sido creados originalmente por Dios como una bendición para la humanidad. Dios nos los concedió para que con ellos le glorificáramos y bendijéramos a los demás. Sin embargo, nosotros los utilizamos para perjudicar a la gente y rebelarnos contra Dios. Esto es lo que enseña la doctrina bíblica de la depravación total.

Esta expresión no significa que somos tan malvados como podríamos ser. Hace poco escuché en un noticioso, el caso de una mujer a la que habían asaltado en su auto. Sus raptores la golpearon brutalmente, la balearon en el pecho, la atropellaron con su propio auto, y por último le quemaron el coche. ¡Espantoso, realmente! Sus atacantes fueron tan malvados como podían llegar o serlo.

Esto, sin embargo, no es a lo que la Biblia se refiere cuando habla de la depravación total. Uno no necesita ser un Hitler para estar totalmente depravado. Lo que Pablo quiere decir es que el pecado afecta cada aspecto de nuestra vida: cada parte del cuerpo y de la mente. Afecta todo nuestro ser.

De ahí que Dios quiera redimirnos en la totalidad de nuestro ser. Cristo no vino para salvar sólo nuestras almas; vino también para renovar nuestra mente, transformar nuestras actitudes y, al fin, resucitar nuestros cuerpos. Así como el pecado nos afecta enteramente, la salvación... también.

La salvación comienza aquí, en la tierra. Dios quiere que consagremos nuestros labios, nuestras bocas, nuestros píes y nuestros ojos a él, para que podamos ser una bendición para otros, y obtener la paz que él desea darnos.

Padre, hoy consagramos a ti y a tu servicio, todo nuestro ser. Concédenos que seamos para los demás, la bendición encarnada que nos destinaste a ser. Que tu Espíritu transformador y poderoso sea nuestro guia y protector. Amén.


El temor a Dios

No hay temor de Dios delante de sus ojos. Romanos 3:18.
quién le teme usted?

Yo solía temerle a mi padre. Todavía recuerdo, vividamente, cuando aparecía de pronto y, tomándome del brazo con fuerza, me castigaba por haberle faltado el respeto a mi madre. Yo siempre miraba a ambos lados antes de transgredir sus normas. Lo último que deseaba en el mundo era participar en ese tipo de episodios con él. Le tenía un "sano temor", a causa de su autoridad, su poder y su justa indignación.

La expresión bíblica "temor de Dios" tiene varios significados: unos, positivos, y otros, negativos.

En el lado positivo, el temor implica reverencia a Dios; reverencia que nace por el reconocimiento de su poder, su gloria y su santidad. La verdadera adoración proviene de ese temor reverencial. Tal fue el caso de Isaías, por ejemplo. "¡Ay de mí! —escribió— que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isaías 6:5).

Cuando vemos quién es Dios, no sólo nos damos cuenta de su grandeza, sino de nuestra extrema pobreza. Como en el caso de Isaías, el temor de Dios, el asombro y la admiración que provoca, nos induce a adorarle y servirle.

En Proverbios 1:7 leemos que "el principio de la sabiduría es el temor de Jehová". La gente a la que se refiere Pablo en el texto de hoy, ni siquiera teme a Dios. Por lo tanto, no sólo carece de sabiduría, sino del propio punto de partida que le permitiría obtenerla.

El temor de Dios tiene también una connotación negativa. Como León Morris señala, "los malvados harían bien en tener un sano temor de Aquel que determinará su destino eterno".

Es lamentable que la mayoría de la gente en nuestra cultura le tema más a la opinión de los vecinos que a Dios. Les temen más a sus jefes o a la destitución financiera que al Señor.

Señor, concédeme hoy, que abra bien los ojos para poder experimentar mis vivencias en la debida proporción. Ayúdame a darme cuenta de que cuando te "temo" sanamente, no tengo necesidad de temer a nadie ni a nada más. Hoy, Señor, deseo volver a consagrarte mi vida. Quiero que, siendo yo tu criatura, puedas tú vivir en mi y a través de mí. Concédeme tener el tipo de "temor" que me dé paz y poder espiritual.