CAPÍTULO 11
Los judíos y los gentiles en el plan de Dios —SEGUNDA PARTE— (Romanos 10:1-11:36)

Romanos 10 continúa con el tema del capítulo 9, donde Pablo expresa su deseo de que más judíos alcancen la salvación. Mientras que el capítulo 9 ahonda en el hecho de que su rechazo del evangelio no es culpa de Dios, el capítulo 10 afirma que la culpa es de Israel.

El rechazo: una falta de los judíos (Romanos 10:1-21)

Pablo inicia este nuevo capítulo afirmando que desea la salvación de los judíos (Romanos 10:1). En el versículo 2 resalta el hecho de que los judíos sentían celo por Dios, pero no conforme al verdadero conocimiento. Ignorando la justicia de Dios, buscaron establecer la suya propia (versículo 3). En este punto, Pablo escribe que «el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (versículo 4).
Algunos afirman que la interpretación de este versículo es que la ley fue abolida con la muerte de Cristo. Tal interpretación contradice directamente pasajes como Romanos 3:31; 7:12; 14; 13:8-10.
Para Pablo, la fe confirma la bondad de Dios y la ley santa. Otra interpretación es que Cristo es el fin de la ley y el camino de la justicia. Aunque esto es cierto, existe un significado aún más profundo, a saber, que Cristo es el cumplimiento o la consumación de todo lo que la ley establece. Y al ser él la consumación, la salvación proviene de nuestra fe en él. Romanos 10:5-13 distingue entre dos tipos de justicia. La primera, es la justicia según la ley. En cuanto a esta, «Moisés escribe así de la justicia que es por la ley: "El hombre que haga estas cosas vivirá por ellas"» (versículo 5). Para Pablo, Levítico 18:5 significa que quienes desean alcanzar la justicia por medio del cumplimiento de la ley tienen la obligación de vivir en conformidad con todos los aspectos y detalles de ella. Vivir por debajo de esta norma no los puede salvar, porque la ley tiene el poder de condenar (Romanos 3:20), pero en sí misma no contiene gracia o misericordia. Pablo ya había abordado este tema de la justicia en Romanos 1:18-3:20, donde demostró que los seres humanos, incluso los mejores y más diligentes, solo han podido generar una justicia imperfecta e inaceptable según la ley. Como resultado, todos estamos bajo condenación. Luego de su deducción, el apóstol habla de la solución que Dios ofrece por medio de «la justicia que es por la fe» (Romanos 10:6). Pero, ¿cómo se obtiene esta justicia? No por medio de un gran esfuerzo, como ascender a los cielos o descender al sepulcro para encontrar a Cristo (versículos 6-7), sino aceptando aquello que tenemos a mano, incluyendo el evangelio de la justificación por la fe que Pablo ha estado predicando (versículo 8). Aquí el apóstol expone un aspecto interesante de la psiquis humana: esta convence a la gente de que haga peregrinajes religiosos, participe en cruzadas, o entregue todas sus posesiones para alcanzar un objetivo espiritual. Pídenos que hagamos alguna gran proeza y nos sentiremos contentos. Algo de lo que podamos estar orgullosos.
La simple aceptación de Cristo por fe es, por el contrario, sumamente pedestre. Pero Pablo nos dice que ese camino tan poco glamoroso a la salvación es el único que existe. El verdadero camino a la salvación, tanto para judíos como para gentiles, es creer con el corazón y confesar con los labios (versículo 13), y en la médula de esta confesión y creencia está la aceptación de que Jesús es el Señor resucitado (versículo 9). Los versículos 14 y 15 plantean una serie de preguntas que sientan las bases para la evangelización y la misión cristiana, ya que la predicación del evangelio requiere que quienes la lleven a cabo invoquen el nombre del Señor. Pero, ¿ha escuchado Israel? Desde el versículo 16 hasta el final de capítulo, Pablo cita una serie de pasajes del Antiguo Testamento que demuestran que los judíos ciertamente han escuchado, pero han rechazado en rebeldía el mensaje de Dios (versículo 21). Por otro lado, los que no han estado buscando a Dios (los gentiles) lo han encontrado (versículo 20).

El rechazo de Israel no es definitivo (Romanos 11:1-36)

Romanos 11:1-2 retoma el tema que Pablo abordó en Romanos 9: 6, donde pregunta si las promesas de Dios a Israel serían cumplidas, dado que la mayoría de los judíos y sus líderes no han aceptado el evangelio. Al final del capítulo 10 afirma que el problema no tenía nada que ver con Dios, que se había presentado ante ellos con los brazos abiertos, sino con los seres humanos que en su rebeldía lo rechazan. Cabría suponer entonces que si ellos habían repudiado a Dios, tal vez Dios había hecho lo propio con ellos.
Pablo rechaza contundentemente esta pretensión. «¡De ninguna manera!» (Romanos 11:1), exclama. Dios siempre cumple sus promesas (ver Salmo 94:14).
El apóstol nos ofrece cuatro evidencias en los versículos 1 al 5 que respaldan sus palabras. La primera es que Pablo mismo es judío y Dios no lo ha rechazado (versículo 1). Su testimonio es especialmente relevante en este caso, ya que él había sido un gran perseguidor de los cristianos.
La segunda evidencia de que Dios no rechaza a los judíos es que él «desde antes [los] conoció» (versículo 2). Conocer desde antes, en el sentido que Pablo usa la expresión, significa escoger. 1 Una lección histórica ilustrada por medio de la experiencia de Elias (versículos 3-4) proporciona la tercera evidencia de que Dios no ha rechazado a los judíos. La cuarta evidencia que esgrime el apóstol para probar que Dios no ha abandonado a Israel es que «en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia» (versículo 5). Así como había un remanente de siete mil fieles en los días de Elias, también lo había en la época de Pablo. Dicho remanente no era producto de su imaginación. Santiago le dijo a Pablo en una de sus visitas a Jerusalén que «millares de judíos» habían creído (Hechos 21:20). Sin duda, Dios no había rechazado a su pueblo. Una de las palabras más interesantes de Pablo en Romanos 11:5 es remanente. El Antiguo Testamento describe al remanente de Israel como aquellos israelitas que habían permanecido fieles a Dios. Eran, por decirlo de alguna manera, un Israel dentro de Israel. El hecho de que el remanente de Dios sea «escogido por gracia» (versículo 5) lleva al apóstol a deliberar brevemente en Romanos 11:6 sobre la gracia en contraste con las obras, antes de retomar el tema principal de su exposición en los versículos 7 al 10. Pablo rehúsa dejar algún resquicio de duda sobre este tema que considera tan importante. Él desea destacar el hecho de que la gracia y las obras son mutuamente excluyentes. Tiene que ser la una o la otra. En Romanos 11:7 el apóstol resume lo que ha dicho. ¿Qué conclusión podemos sacar de la situación del pueblo judío, tomando en cuenta lo que ha expresado hasta ahora en Romanos 9 al 11? Su respuesta es que el grueso de la nación no quiso recibir la verdadera justicia. Pero no todos entraban en ese grupo. Algunos de ellos, a quienes llama los escogidos o elegidos, hallaron el verdadero camino de la justicia. Los escogidos eran aquellos que, dándose cuenta de cuán inde fensos eran frente al pecado, aceptaron a Cristo por fe. Los demás quisieron alcanzar la justicia por medio del esfuerzo humano y fracasaron. Pablo nos dice que este último grupo «fue endurecido» como le ocurrió al Faraón en el libro de Éxodo. Así, cuando alguien «persistentemente se opone a esta gracia, Dios, que no fuerza la voluntad de nadie, (...) abandona al hombre a las consecuencias naturales de su obstinada resistencia»: el endurecimiento de su corazón. 2
Es imperativo leer Romanos 11:11-12 a la luz de las tensiones existentes entre los creyentes judíos y gentiles de la iglesia en Roma. Ambos grupos aparentemente creían que de alguna manera estaban en una mejor posición delante Dios. Cada uno despreciaba al otro, y ambos coincidían solamente en su falta de tolerancia. Pablo ha hablado del tema desde Romanos 1:16-17 y preparó el terreno al demostrar que nadie tiene nada de que jactarse, ya que todos han sido salvados de la misma manera: por medio de la fe en la gracia salvadora de Dios en Cristo. Aunque Romanos 9 afirma que Dios tenía todo el derecho de incluir a los gentiles, en el evangelio y el capítulo 10 lanza la hipótesis de que el rechazo de los judíos no era culpa de Dios, sino de ellos, Romanos 11 nos dice que Dios salvará un remanente de Israel y que la salvación de Israel será una realidad en aquellos judíos que crean. El punto culminante del extenso discurso de Pablo que se desarrolla en los capítulos 9 al 11 ocurre cuando declara que Dios puede «tener misericordia de todos» (Romanos 11:32). En Romanos 11:11, el apóstol formula una nueva pregunta. En el versículo 1 había preguntado si Dios había rechazado a Israel. Su respuesta fue que Dios no había repudiado a los judíos, pero que la mayoría de ellos habían sido endurecidos por su insistente rechazo a la gracia de Dios. El estado de endurecimiento de la mayoría de los judíos hace surgir una nueva pregunta en la mente de Pablo: «¿Será que los israelitas, al tropezar, cayeron definitivamente?» (versículo 11). Su respuesta es un rotundo: ¡No! Pablo pasa a demostrar, en el resto de Romanos 11, que todavía hay esperanzas para sus compañeros judíos.