Un quinto paso en compañía de Pablo
Digo la verdad en Cristo, no miento, y lo atestigua mi conciencia guiada por el Espíritu Santo. Romanos 9:1.


Romanos 9:1 señala un cambio importante en el tema que Pablo ha estado tratando. Ya ha asegurado sus puntos previos, y ahora necesita,

en los capítulos 9 al 11, vincularlos con la situación de Israel. Hasta ahora hemos dado cuatro pasos gigantescos con el apóstol en esta visita guiada al libro de Romanos.

Ahora estamos listos para dar el quinto paso en compañía de Pablo. En éste, el apóstol ayuda a que los judíos vean cómo encajan en el plan de Dios. Algunas autoridades ven en este capítulo "una especie de postdata" del plan de salvación establecido en los primeros ocho capítulos, pero debiéramos considerarlo como parte integral de esa presentación. Después de todo, en la declaración inaugural del libro (1:16), Pablo expresó que el evangelio "es poder de Dios para salvación a todo el que cree; primero al judío y también al griego". Ahora demostrará qué significa el evangelio para el pueblo judío.

El "problema judio" pesa mucho en el ánimo de Pablo. Los judíos habían sido el pueblo escogido de Dios, pero parecían haber sido desplazados por una iglesia mayormente gentil. Si los judíos eran "los elegidos", ¿por qué la mayoría de ellos estaban fuera de la comunidad cristiana? ¿Qué parte debían desempeñar en el plan de salvación?

Ahora Pablo aborda estos temas. Pero la forma como comienza los tres capítulos que les dedica es muy extraña. Por tres veces en R&manos 9:1, hace énfasis en que lo que va a expresar es la verdad, y está dicho con toda sinceridad: (1) "Digo la verdad en Cristo"; (2) "no miento", y (3) "lo atestigua mi conciencia guiada por el Espíritu Santo".

El apóstol siente que algunos de sus lectores van a experimentar graves dudas acerca de diversos aspectos de su presentación. Por eso, quiere que sepan que esté hablando con la mayor sinceridad de corazón.

Hay en esto una lección para nosotros. Todos afrontamos situaciones difíciles, en las cuales podemos ser blanco de la desconfianza o la incomprensión. En tales situaciones necesitamos esforzarnos por alcanzar a la gente, para así poder comunicarnos con ellos en forma efectiva.


El "deseo imposible" de Pablo
Tengo gran tristeza y continuo dobr en mi corazón. Vorque desearía yo mismo ser maldecido, y separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi ra^a según la carne, los israelitas. Romanos 9:2-4.


Pablo se muestra profundamente preocupado por Israel, porque la

mayoría de entre ellos no había aceptado el evangelio que, según su profunda convicción, proveía el único medio de salvación. Su angustía llega al punto de hacerlo decir que él mismo "desearía" sacrificarse por ellos, si con eso pudiera llevarles salvación.

Ese deseo nos recuerda el caso de Moisés. Después que Israel pecó por adorar el becerro de oro, Moisés oró a Dios por ellos, diciendo: "Este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro. Te ruego que perdones su pecado. Y si no, ráeme ahora de tu Libro que has escrito" (Exodo 32:31, 32).

En su lucha con sus conciudadanos israelitas, Pablo selecciona esta impresionante ilustración proveniente de la antigua historia de la nación. Pero su "desearía" representa lo que Everett Harrison llama "un deseo imposible". Después de todo, Moisés no vio cumplida su petición. Dios le dijo: "Al que peque contra mí, a ése raeré de mi Libro. Por ahora, ve, lleva a este pueblo a donde te he dicho" (vers. 33, 34).

La preocupación que siente Pablo por su pueblo es similar a la de Moisés. Pero, como James Denney señala, sus preocupaciones no eran las mismas. Moisés, en su identificación con los judíos, se muestra dispuesto a morir con ellos, pero Pablo dice estar dispuesto a morir por ellos. Por lo tanto, y según lo expresa Denney, el apóstol refleja "una chispa de la hoguera del sacrificio substitutivo de Cristo". El apóstol, desde luego, sabía que su deseo era verdaderamente imposible. Después de todo, acababa de escribir que no hay nada, a excepción de nuestra falta de fe, que nos pueda separar del amor de Dios. Y lo que menos estaba expresando Pablo era falta de fe.

Martín Lutero, el gran reformador, captó la esencia de la angustia del apóstol, al señalar que todo el contexto del pasaje indica su profundo anhelo de que los judíos se salven. "Desea [Pablo] llevarles a Cristo... Les ruega por medio de un juramento sagrado, porque parece increíble que un hombre pueda querer ser maldito para que los malditos puedan ser salvos".

¿Qué siento yo hoy? ¿Tengo la misma angustia por los perdidos que embargaba a Pablo?

Señor, ayúdame a compartir hoy tu preocupación por los que todavía permanecen en las garras del pecado. Amén.


Bendiciones superlativas
Los israelitas... recibieron la adopción, la gloria, los pactos, la promulgación de la Ley, el culto y las promesas. Romanos 9:4.


El pueblo de Israel era privilegiado. Pablo no tenia dudas en cuanto a

la situación especial que Israel ocupaba entre las naciones, ni a su papel también especial en la historia de la salvación.

En el versículo de hoy, el apóstol comienza a enumerar precisamente las bendiciones que debían haberlos preparado para recibir a Cristo. Primero, "recibieron la adopción" como hijos. El Antiguo Testamento presenta repetidamente a Israel como el "primogénito" de Dios (véase por ejemplo Éxodo 4:22). De manera similar, proclama que Dios es el Padre de la nación (Jeremías 31:9). Pero Romanos 9:4 es el único lugar en que se habla de Israel como habiendo sido adoptado, término que denota la bondad de Dios al llevar a la nación a formar parte de la familia celestial.

Segundo, la nación no sólo mantenía una relación especial con Dios, sino que también tenía "la gloria". Sin duda el término se refiere a la shekina que representaba el esplendor de Dios, y llenaba el Lugar Santísimo del tabernáculo del desierto, y más tarde el Templo. Esa gloria simbolizaba a Dios, "que habita entre querubines" (2 Samuel 6:2).

Tercero, Israel había recibido los pactos que Dios había hecho con Abrahán, Moisés y David. Esos pactos llegaron a ser el vehículo a través del cual Israel entró en una relación singular con Dios, tanto por ser un pueblo especialmente privilegiado como por cargar con una responsabilidad especial.

Cuarto, Israel era custodio de la ley de Dios. Los judíos se preciaban de poseer la revelación especial de la voluntad de Dios, salida de su propia boca y escrita con su propio dedo. Pablo se muestra de acuerdo con ellos en que su posesión de la ley en verdad los había puesto en una situación especíalísi-ma.

Más allá de esas bendiciones, los judíos tenían tanto el sistema de adoración centrado en el Templo, como las promesas, especialmente las que se referían a la venida del Mesías como el divino Profeta, Sacerdote y Rey. Y el culto en el Templo era para ellos tan especial, que les prohibían a los gentiles, bajo pena de muerte, entrar en sectores del edificio que eran accesibles a lodos los varones judíos.

Por cierto que, en la mente de Pablo, los judíos eran un pueblo bendecido. Pero necesitamos preguntar: ¿De qué sirven las ventajas, si no llevan a la salvación? Mantengamos en nuestras mentes esa misma pregunta, mientras meditamos en nuestra relación personal con Dios.


Las ventajas no salvan
De ellos son los padres, y de ellos según la carne, procede Cristo, que es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado por los siglos Amén. Romanos 9:5.


Pablo no ha terminado todavía de hacer la lista de las profundas bendije/ ciones de Israel. En Romanos 9:4 citó seis, y en nuestra lectura de hoy nos ofrece dos más. Primero, tenían a los patriarcas, especialmente Abrahán, Isaac y Jacob, a través de quienes llegaban hasta ellos las bendiciones de Dios.

En segundo lugar, la nación israelita era el conducto para la venida del Mesías. Desde la primera vislumbre del Mesías, en Génesis 3:15, hasta las promesas hechas a David, la esperanza de la nación se había concentrado en el Ungido especial de Dios, que había de salvar a su pueblo. Por esta razón Mateo, en su primer capítulo, se esmera en demostrar que Jesús de Nazaret poseía el linaje y ancestro judío adecuado para conferirle las cualidades del Mesías predicho.

Ocho grandes bendiciones, y sin embargo la nación no fue salva. Desde luego, muchos judíos individuales se habían entregado a Cristo, pero no el grueso de la nación. Este hecho encierra una lección para nosotros: Las ventajas espirituales, por excelentes que sean, no salvan a nadie. Pueden ayudar a preparar los corazones, pero sin la elección de aceptar a Cristo, son insignificantes.

Pablo experimentó en sí mismo esta verdad. En Filipenses nos habla de sus orígenes. Menciona seis ventajas: cuatro de ellas que le correspondían por nacimiento, y dos que había obtenido por su propio celo y esfuerzo. El apóstol (1) había sido circuncidado al octavo día; (2) pertenecía al pueblo de Israel; (3) era hebreo de hebreos (su linaje era puro); (4) era miembro del exclusivo partido farisaico; (5) había demostrado su celo por Dios al encabezar la persecución de los cristianos, y (6) era "sin tacha" en lo referente a la justicia que es por la ley (Filipenses 3:4-6).

Hombre joven al cual la vida parecía sonreírle, Saulo tenía todas las ventajas. Sin embargo, no lo salvaron. Su salvación llegó cuando se encontró con Jesús en el camino a Damasco. Allí decidió que ni siquiera todos sus privilegios juntos eran suficientes. Al encontrarse cara a cara con Jesús, se dio cuenta en qué consiste la verdadera justicia, y que todas sus prerrogativas eran como "estiércol". Al momento entregó todas sus ventajas humanas y sus logros a cambio de la justicia de Cristo (vers. 7-9).

Pablo les desea lo mismo a sus conciudadanos de Israel. Y nos ofrece lo mismo a ti y a mi. Anhela que entreguemos todas nuestras ventajas, todos nuestros logros, y aun todo lo que somos, a cambio de la salvación en Cristo Jesús.


No todos los miembros de iglesia son cristianos
No es que la Palabra de Dios haya fallado, sino que no todos los que descienden de Israel son israelitas. Romanos 9:6.


En la zona central de Europa, cierto tallador de madera —un verdadero artista— descubrió un trozo de madera en la boca de un saco de trigo. Le llamó la atención que la madera tuviese el mismo color de l|os granos de trigo, de modo que se le ocurrió tallar con ella una serie de granos que imitaran los de trigo. Después de preparar un puñado de ellos, los mezcló con un poco de trigo genuino, y desafió a sus amigos a que los distinguieran. Tan bien hecho estaba su trabajo, que nadie pudo separar los granos verdaderos de los falsos. De hecho, ni el mismo tallador pudo identificar las imitaciones. Al fin, la única forma de distinguir los granos reales de sus imitaciones fue colocándolos todos en agua. Después de unos días la semilla genuina comenzó a brotar, mientras que las imitaciones siguieron siendo lo de siempre: madera muerta.

Existe un paralelo aquí con los que pretenden ser el pueblo de Dios. Para el ojo humano es a menudo imposible distinguir los creyentes genuinos de los que se limitan a actuar como si fueran cristianos. Pueden todos ellos ser miembros de la misma congregación, pero a pesar de ello, hay diferencia entre unos y otros. Los que en verdad han establecido una relación de fe con Cristo a través del tiempo, demostrarán que dicha conexión existe, por su crecimiento espiritual.

La distinción entre los que sólo parecen ser hijos espirituales y los que de veras lo son, se hace crítica al pasar Pablo a la siguiente sección de Romanos.

Aquí el apóstol enfoca el problema de por qué tan pocos israelitas habían aceptado el evangelio. Después de todo, Dios le había dado sus promesas a Israel; sin embargo, la nación misma parecía no responder. ¿Quería eso decir que las promesas habían fallado? ¿O que el mismo Dios les había quedado mal? ¿Debían desconfiar de allí en adelante de las promesas?

Nada de eso, dice Pablo. Las promesas de Dios no tienen nada de malo. El problema radica en los que las recibieron. En una palabra, ni todos los israelitas pertenecían a Israel. No todos ellos se hallaban conectados espiritual-mente con Dios por fe. Aquí Pablo reanuda el tratamiento de un tema que ya había comenzado a presentar en Romanos 2:25-29: los verdaderos judíos no son los miembros aparentes, externos, de la comunidad, sino hombres y mujeres que en lo intimo de sus corazones han mantenido una relación de amor con Dios.

Lo mismo sucede en el caso de los miembros de iglesia. No todo el que pertenece a la iglesia es un cristiano. Pero los que en verdad han escogido establecer y mantener una relación viviente con Dios, demostrarán con el tiempo que han recibido en su interior la vida de Cristo.


Elegidos para ser responsables
No ¡os hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son contados descendientes. La palabra de la promesa es ésta: "...Sara tendrá un hijo". Romanos 9:8, 9
.


En Romanos 9:6, Pablo hizo notar que no todos los que descienden de Israel forman en verdad parte de Israel. En los versículos 7-9 sigue desarrollando este tema, ilustrando el punto con la familia de Abrahán. Establece así que no todos los hijos de Abrahán eran verdaderos descendientes de Abrahán en sentido de estar incluidos en las promesas. En el proceso, Pablo cita Génesis 21:12, que declara: "...por medio de Isaac vendrá tu descendencia". En otras palabras, la promesa llegó a través de la línea de Isaac y no incluyó a Ismael ni a los hijos de Cetura (esposa de Abrahán después de la muerte de Sara). Todos los lectores judíos de Pablo estarían fácilmente de acuerdo con él en ese punto, pues se sentían muy orgullosos de su linaje familiar y religioso.

Pero esos mismos lectores habrían negado su forma de interpretar qué significaba el hecho de que Dios hubiera escogido a Isaac. Para ellos, la elección de Isaac quería decir que Dios se había comprometido con los descendientes de Isaac, y que por lo tanto, el Señor les debía algo por ser ellos los verdaderos hijos de Abrahán. Era una lógica que les hacía prácticamente imposible verse, como judíos, fuera del reino celestial. Dios los tenía que salvar porque eran los verdaderos hijos de Abrahán. Pero no era eso lo que Pablo quería decir. El apóstol insistió en que Dios era libre de elegir a Isaac y rechazar a Esaú.

Pero en este punto es absolutamente crucial ver porqué Dios eligió a Isaac. El Señor lo seleccionó para servicio más bien que para salvación eterna. Después de todo, tanto Ismael como Isaac fueron incluidos en el pacto, y por mandato de Dios, fueron circuncidados. Ambos recibieron la bendición divina. De Ismael Dios dijo: "Lo bendeciré, lo fructificaré y multiplicaré en gran manera... y haré de él una gran nación" (Génesis 17:20; véase Gén. cap. 36).

Pero si bien Ismael y Esaú podrían haber recibido la bendición de Dios, las naciones que ellos representaban no eran el pueblo al cual el Señor daría su revelación o a través del cual iba a enviar al Mesías. Los hijos de esas promesas eran únicamente los descendientes de Abrahán a través de Isaac.

Así pues, Dios es Dios. Está libre de escoger a quién honrará con la responsabilidad de preservar y esparcir su mensaje por el mundo. Pero el hecho de que un pueblo haya sido seleccionado no quiere decir que sus integrantes sean mejores que otros, o que al fin vayan a ser automáticamente salvados. Dios les ha asignado la responsabilidad de exaltar su nombre, pero eso no significa una garantía de salvación personal o corporativa. Ese era precisamente el punto que los judíos tenían gran dificultad en comprender. Algunos cristianos luchan con el mismo problema. El orgullo espiritual tiene un efecto cegador en el alma.


La doctrina de la elección
Además, a Rebeca se le hizo llegar una promesa... y vino antes que sus hijos nacieran... demostrando así que la elección de Dios no tiene nada que ver con las acciones, buenas o malas, sino que es enteramente asunto de su voluntad. Romanos 9:10-12 (Paráfrasis de Phillips).


La doctrina de la elección A muchas personas no les gusta. Otras prefieren ignorarla. Pero Pablo la expone tan firmemente como las palabras lo pueden hacer.

Hasta ahora, en Romanos 9 Pablo les ha dicho a sus lectores judíos que Dios los ha escogido y bendecido por encima de todos los demás pueblos. Pero esa misma bendición hace surgir una pregunta. Si son los hijos de la promesa, ¿por qué no han respondido mejor a Jesús? ¿Por qué estaban siendo pasados por alto? ¿Había fallado la palabra que Dios les dirigiera?

¡No! responde Pablo. No hay defectos en la palabra de Dios ni en sus promesas. Más bien, el defecto está en los mismos judíos, y en su comprensión defectuosa de la forma como el Señor actúa. Dios tiene el perfecto derecho de elegir a quien él quiera para que le sirva.

¿Cómo sabemos que no está comprometido exclusivamente con los judíos? ¿No habían sido ellos su pueblo, los custodios de su revelación y su ley? ¿Cómo puede Dios permitir que los gentiles compartan las promesas?

En Romanos 9, Pablo se dedica a responder precisamente estas preguntas. La primera táctica del apóstol es demostrar que cuando Dios escoge a un pueblo o grupo para que lleve cierta responsabilidad, su elección no se basa en la bondad o méritos de los escogidos, sino en su propia y soberana voluntad.

Pablo ilustra su premisa apelando a la historia judía. ¿Cómo llegaron los judíos a ser el pueblo especial de Dios? En primer lugar, porque Dios escogió deliberadamente a Isaac sobre Ismael, para dar inicio a la línea genealógica de la promesa. Esto queda suficientemente claro, pero algunos podrían pasar por alto la distinción, ya que ambos tuvieron diferente madre, y Dios había hecho la promesa a Abrahán y Sara, sin incluir en ella a Agar. Pero Pablo extiende aun más su lógica. Enfoca ahora a Jacob y Esaú, que no sólo habían compartido la misma madre, sino también el mismo embarazó. A pesar de ello, Dios escogió a Jacob y no a Esaú, aun desde antes que nacieran.

¿Cuál es la moraleja? Que Dios escogió unilateralmente a aquellos a quienes encargó la responsabilidad de cumplir su misión en la tierra.

El tema esencial que Pablo ha desarrollado hasta aquí en Romanos es que, por cuanto todos son culpables, nadie tiene derecho exclusivo a la gracia de Dios. Si Dios extiende su gracia a alguien que no pertenece a cierto círculo, los integrantes de éste no tienen razón de protestar; porque la única razón de que ellos hayan sido incluidos es que Dios ya les había extendido su gracia en el pasado. Dios escoge a quienes él quiere. Esto es buenas nuevas, ya que Cristo murió por todos, y quiere llenar su reino con tanta gente como sea posible.


"Hay anchura en su clemencia"
Entonces, ¿qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera! Porque él dijo a Moisés: "Tendré misericordia del que yo quiera, y me compadeceré del que yo quiera". Romanos 9:14,

En Romanos 9:6-13 Pablo respondió la pregunta de si las promesas de Dios a los judíos habían fracasado, ya que éstos habían dejado de ser el pueblo de su reino. La respuesta del apóstol es que el Señor podía - —obrar ahora a través de una iglesia mayormente gentil, del mismo modo como había elegido usar originalmente a Israel. Dios, actuando enteramente por cuenta propia, había seleccionado a Israel, independientemente de cualquier mérito —o a pesar de cualquier demérito— de su parte.

Esa respuesta hace surgir una segunda pregunta, que Pablo responde en los versículos 14-18. ¿Es injusto Dios al actuar en forma tan arbitraria?

¡De ninguna manera! es la respuesta de Pablo. ¿Por qué? Porque la pregunta no está bien pensada. Dios no basa su selección (o elección o predestinación) en su justicia, sino en su misericordia. El apóstol prueba su aserto citando Exodo 33:19: "Tendré misericordia de quien yo quiera, y seré clemente con quien yo quiera". Los judíos que criticaban a Pablo podrían argüir con él, pero no iban a poder contradecir la Escritura.

Dios siempre elige conforme a su misericordia. Si hubiera tratado a los israelitas como se merecían (con justicia), todos hubieran sido exterminados. Lo mismo se aplica a los judíos de los tiempos de Pablo, o aún a los cristianos que vivimos en el siglo 21. Dependemos en forma absoluta de la misericordia de Dios tanto para nuestra salvación como para nuestra vida misma.

Dada la naturaleza de la justicia, John Stott señala que "la maravilla no es que algunos sean salvos y otros no, sino que haya siquiera alguien que se salve. Porque no merecemos nada de parte de Dios, excepto el juicio". Si, por lo tanto, Dios escoge tener misericordia de algunos que según nuestra opinión no lo merecen, o que no son "de nuestro grupo", ¿quiénes somos nosotros para oponernos? Nunca debemos olvidar que no son nuestras buenas obras ni nuestro propio valer lo que nos salva, sino sólo su misericordia. Como bien dijera poco antes el apóstol, ninguno de nosotros tiene razón alguna pará jactarse.

Debemos recordar un punto de vital importancia al disponernos a leer las porciones un tanto difíciles de Romanos 9. Debemos recordar que Pablo no está respondiendo nuestras preguntas acerca del libre albedrío. En Romanos 9 ni siquiera se refiere a este tema. Más bien, Pablo procura destacar que Dios es misericordioso. A tal punto llega su misericordia, que elige para salvación no sólo a los judíos, sino también a los gentiles.

Un antiguo himno expresa de este modo el pensamiento: "Hay anchura en $u clemencia, cual la anchura de la mar; hay bondad en su justicia; se complace en perdonar". Bien podemos alabar a Dios por esto. Sin su soberana misericordia ni siquiera existiríamos.


Una lección de Faraón
Porque la Escritura dice de Faraón: "...te levanté, para mostrar en ti mi poder"...Así, Dios tiene misericordia del que quiere, y al que quiere, endurece. Romanos 9:17, 18
.


"Habrá Dios de veras "endurecido" el corazón de Faraón de modo que " pudiera demostrar en él su poder? Si leemos con cuidado, veremos que el texto no dice eso. Pero ni así queda Dios exonerado, porque el Antiguo Testamento no nos deja en la menor duda de que "el Señor endureció el corazón de Faraón" (Éxodo 9:12). Y no se trata de una declaración aislada. Hay otras similares en Éxodo 10:1, 20, 27; 11:10; y 14:8.

Pero no se termina aquí la historia. La Biblia declara repetidas veces que fue Faraón quien endureció su propio corazón (véase Éxodo 8:15, 32; 9:34) después de las diversas plagas. ¿Cómo puede la Biblia decir que Dios endureció el corazón de Faraón, y al mismo tiempo, que Faraón se endureció por cuenta propia?

Para responder, necesitamos ver exactamente qué sucedió en el Éxodo. Primero, Dios envió a Moisés y Aarón para que le hablaran a Faraón, en un intento de obtener libertad para los israelitas. Como no tuvo éxito en ese esfuerzo, Dios envió una serie de plagas para despertar al rey. Pero el único resultado fue que Faraón resistió y endureció su corazón después de cada una de ellas. En otras palabras, la porfía de Faraón resultó de su rebelión contra la revelación que Dios le había hecho. En su primera carta a Timoteo, Pablo describe ese endurecimiento como la cauterización de la conciencia, por la aplicación de un fierro candente (1 Timoteo 4:2). Según Romanos 1:24, 26, 28 Dios deja que los que se rebelan contra él cosechen las consecuencias de sus acciones. En ese sentido, Dios es responsable, ya que, como lo expresa el apóstol, "los entregó" a cosechar dichas consecuencias. Pero éstas vinieron como resultado de su rebelión y pecado. Dios podría haber intervenido de modo que las consecuencias nunca se hubieran manifestado, pero no lo hizo. En ese sentido el Señor era responsable de ellas.

Es en este sentido que Dios endureció el corazón de Faraón. La gente endurecida es la que rehúsa arrepentirse cuando Dios le ofrete su gracia. Pero por cuanto él les permite seguir viviendo en su estado endurecido, tiene cierta responsabilidad por su condición.

¿Cómo respondemos ante la convicción que el Espíritu Santo lleva a nuestro corazón? ¿Pondremos el cuello tieso y resistiremos, o caeremos, arrepentidos, sobre nuestras rodillas rogando por el perdón y la restitución? El endurecimiento del corazón de Faraón no es una lección de historia antigua. Me sirve a mí, hoy. Dios quiere que yo aprenda de Faraón y aplique la lección a mi propia vida.


Dios incluye a los gentiles
"Llamaré pueblo mío, al que no era mi pueblo; y amada, ala no amada", y a los que se les dijo: "Vosotros no sois mi pueblo", serán llamados hijos del Dios viviente. Romanos 9:25, 26.


En los versículos que preceden la cita que Pablo hace de Oseas, el apóstol resume el punto focal de lo que argumenta en Romanos 9.

Esto es, Dios llamará "no sólo de los judíos, sino también de los gentiles" a los "objetos de su misericordia" (9:24, 23). Las promesas del Señor no han fallado (vers. 6). Dios llamó a los judíos a ser salvos, y dicho llamado es todavía válido. Pero no se había restringido sólo a ellos. El Dios que había elegido mostrar su misericordia a Abrahán y Jacob también se propone mostrarse misericordioso para con los gentiles.

A continuación, Pablo cita una serie de pasajes del Antiguo Testamento para establecer su punto. Estos forman dos grupos. El primero (vers. 25, 26) es de Oseas, y el apóstol lo usa para afirmar la aceptabilidad de los gentiles. El segundo (vers. 27-29) viene de Isaías y prueba que la elección final no incluye a todos los israelitas, sino sólo a un remanente.

El primer grupo de citas proviene de Oseas 2:23 y 1:10. El trasfondo de los textos de Oseas es el de las diez tribus del norte de Israel, que habían apostatado cayendo en las formas más crudas de idolatría, incluyendo el sacrificio de niños y la sensualidad más grosera. En ese contexto, Oseas fue un profeta de juicio contra una nación que casi había agotado su tiempo de prueba. Por cuanto Israel había rechazado a Dios, el Señor también los había rechazado, y pronto caerían bajo la brutal cautividad asiria, comenzando el año 722 a. C.

Dios ilustra la infidelidad de Israel por medio de Gomer, la prostituta esposa de Oseas, y sus hijos: Lo Ruhama (nombre que significa "no amada") y Lo Ammi (pueblo que no es mío). Sin embargo, Dios promete que va a volver del revés el rechazo implícito en los nombres de los niños. En su gracia, los aceptaría nuevamente, tal como Oseas volvió a recibir a Gomer. Entonces, los que no eran su pueblo llegarían a ser pueblo suyo, y los no amados se convertirían en sus amados.

Oseas le había aplicado esa lección a Israel, pero Pablo avanza un paso más y se la aplica a los gentiles, que no habían sido su pueblo. Por su misericordia, Dios los iba a adoptar, y los amaría de modo que se convirtieran en los "hijos del Dios viviente".

En verdad, hay anchura en la clemencia de Dios. Pensemos en esto: nos ha escogido para ser amados y formar parte de la familia de su reino. ¿Valoramos sus dones? ¿Respetamos su elección?


Justicia trastornada
Pues, ¿qué diremos? Que los gentiles que no buscaban la justicia, la alcanzaron, a saber, la justicia que procede de lafe; mientras que Israel, que seguía la Ley de justicia, no alcanzó la justicia. Romanos 9: 30, 51

Los versículos 30-32 son absolutamente indispensables para comprender Romanos 9, capitulo que hace énfasis en la iniciativa divina, en la predestinación, en la elección, en la voluntad de Dios, en su elección - de gente como Abrahán, y en su "endurecimiento" de Faraón. Muchos, al leer estas palabras de Pablo, han supuesto en forma incorrecta que todo es asunto de Dios y que los seres humanos no somos otra cosa que arcilla pasiva en sus manos, que aun antes de su nacimiento Dios ha predestinado a unos para el cielo y otros para el infierno, al margen de cualesquiera elecciones que pudieran hacer en la vida.

En estos tres versículos, Pablo elimina todas estas teorías. Aquí nos muestra la parte humana, la responsabilidad humana en el plan de Dios. Como lo expresa Emil Brunner, la respuesta no se halla "en el misterioso decreto de Dios, que prepara a unos para salvación y a otros para condenación", sino en la forma como el ser humano responde a Cristo.

El apóstol presenta un cuadro trastornado. Por una parte se ve a los gentiles, que no habían demostrado el menor interés en la justicia, pero que la habían hallado a pesar de ellos mismos. Por la otra, están los judíos, que se esforzaron diligentemente por hallar la justicia pero que, a pesar de su celo, no lograron obtenerla.

¿Por qué? Con esta pregunta volvemos al corazón de la argumentación paulina a través de Romanos 1 al 8. La razón de que los gentiles hayan obtenido la justicia es que aceptaron a Jesús por fe. Y los judíos fracasaron porque habían procurado obtenerla por las obras de la ley, pero "no lograron cumplir dicha ley" (Romanos 9:31, trad. de RSV).

Los seres humanos tenemos una parte que desempeñar en nuestra salvación. No consiste en esforzarnos para ser perfectos en el cumplimiento de la ley, sino en perfeccionar nuestra entrega a Jesucristo por la fe, confiando en su sacrificio por nosotros, y aceptando la realidad de nuestra propia debilidad y la suficiencia de la gracia de Dios.

La tragedia de los judíos no es que hayan amado la ley de Dios. El mismo Pablo la valoraba altamente. Su verdadero problema era el haber intentado transformar la ley en una escalera al cielo, lo cual Dios nunca se propuso que fuera. Si la hubieran visto tal como es —el santo ideal de Dios— de todos modos podrían haberla amado, pero al fracasar en sus intentos de obedecerla, los habría impulsado a buscar a Cristo para recibir su gracia y su perdón. Después de todo, la única clase de justicia que existe es la justicia por la fe, expresión que Pablo usa repetidamente a través de Romanos.