Notas EGW

Lección 1 El apóstol Pablo en Roma


Sábado 30 de septiembre
Los apóstoles Pablo y Pedro trabajaron por muchos años muy separados el uno del otro, puesto que la obra de Pablo consistía en llevar el evangelio a los gentiles, mientras Pedro trabajaba especialmente para los judíos. Pero en la providencia de Dios ambos debían dar testimonio de Cristo en la metrópoli del mundo, y debían derramar su sangre sobre el mismo suelo como señal de una vasta cosecha de santos y mártires (La historia de la redención, p. 330).
Durante su estada en Corinto tuvo Pablo tiempo para vislumbrar nuevos y más dilatados campos de servicio. Pensaba especialmente en su proyectado viaje a Roma. Una de sus más caras esperanzas y acariciados planes era ver firmemente establecida la fe cristiana en la gran capital del mundo conocido. Ya había una iglesia en Roma y el apóstol deseaba obtener la cooperación de sus miembros para la obra que debía hacerse en Italia y otros países. A fin de preparar el camino para sus labores entre aquellos hermanos, muchos de los cuales le eran todavía desconocidos, les escribió una carta anunciándoles su propósito de visitar a Roma y su esperanza de enarbolar el estandarte de la cruz en España...
Con gran claridad y poder el apóstol presentó la doctrina de la justificación por la fe en Cristo. Esperaba que otras iglesias también fueran ayudadas por la instrucción enviada a los cristianos de Roma. ¡Pero cuán oscuramente podía prever la extensa influencia de sus palabras! A través de todos los siglos, la gran verdad de la justificación por la fe ha subsistido como un poderoso faro para guiar a los pecadores arrepentidos al camino de la vida. Fue esta luz la que disipó las tinieblas que envolvían la mente de Lutero, y le reveló el poder de la sangre de Cristo para limpiar del pecado. La misma luz ha guiado a la verdadera fuente de perdón y paz a miles de almas abrumadas por el pecado. Todo creyente cristiano tiene verdaderamente motivo para agradecer a Dios por la epístola dirigida a la iglesia de Roma (Los hechos de los apóstoles, pp. 299, 300).
Pablo no podía decir todo lo que había visto en visión, porque entre sus oyentes había algunos que habrían hecho mal uso de sus palabras. Pero aquello que le fue revelado, le habilitó para trabajar como dirigente y sabio maestro, y también modeló los mensajes que en años ulteriores envió a las iglesias. La impresión que recibió cuando estuvo en visión le acompañaba siempre y le habilitaba para dar una correcta representación del carácter cristiano. A viva voz y por carta expresó su mensaje que en todo momento trajo ayuda y fuerza a la iglesia de Dios. Para los creyentes de la actualidad, sus mensajes hablan claramente de los peligros que amenazarán a la iglesia y las falsas doctrinas que tendrán que arrostrar (Los hechos de los apóstoles, p. 374).




Domingo 1 de octubre: La carta del apóstol Pablo
En las iglesias Gálatas, el error abierto y desenmascarado estaba suplantando al mensaje evangélico. Cristo, el verdadero fundamento de la fe, era virtualmente desplazado por las anticuadas ceremonias del judaísmo. El apóstol vio que para salvar a los creyentes Gálatas de las peligrosas influencias que los amenazaban, debían tomarse las más decisivas medidas, darse las más penetrantes amonestaciones... Escribió no con vacilación y duda, sino con la seguridad de la firme convicción y del conocimiento absoluto. Bosquejó claramente la diferencia entre el ser enseñado por el hombre y el recibir instrucción directa de Cristo.
El apóstol instó a los Gálatas a dejar a los falsos guías por los cuales habían sido extraviados, y a volver a la fe que había sido acompañada por evidencias inconfundibles de la aprobación divina. Los hombres que habían tratado de apartarlos de su fe en el evangelio eran hipócritas, profanos de corazón y corruptos en su vida. Su religión estaba constituida por una rutina de ceremonias, con cuyo cumplimiento esperaban ganar el favor de Dios. No querían un evangelio que exigía obediencia a la palabra: “El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”. Juan 3:3. Sentían que una religión fundada en tal doctrina, requería demasiado sacrificio, y se aferraban a sus errores, engañándose a sí mismos y a otros (Los hechos de los apóstoles, p. 309).
Cristo predijo que las manifestaciones de los engañadores estarían acompañadas por más peligro para sus discípulos que la propia persecución. Esta advertencia se repite varias veces. Habría que guardarse de los seductores con sus problemas científicos con más cuidado que de cualquier otro peligro que encontrasen, porque la admisión de estos espíritus seductores significaría la entrada de errores especiosos que Satanás había preparado ingeniosamente para disminuir las percepciones espirituales de los que habían tenido solo poca experiencia en la obra del Espíritu Santo, y de los que estuviesen satisfechos con un conocimiento espiritual muy limitado. El esfuerzo de los seductores ha consistido en minar la confianza en la verdad de Dios y en hacer imposible la distinción entre la verdad y el error. Problemas científicos admirablemente agradables y fantásticos son presentados a los incautos para que les den consideración. Y a menos que los creyentes estén en guardia, el enemigo disfrazado de ángel de luz los conducirá hacia sendas extraviadas...
Satanás puede jugar hábilmente el juego de la vida con muchas almas, y trabaja en una forma solapada y engañosa para arruinar la fe de la gente en Dios y para desanimarla... Trabaja hoy como lo hizo en el cielo, para dividir al pueblo de Dios en la etapa final misma de la historia de este mundo. Procura crear disensión y hacer surgir contiendas y discusiones, y trata de quitar si es posible, los pilares antiguos de la verdad dados por Dios a su pueblo. Procura hacer aparecer a Dios como si se contradijera a sí mismo (El evangelismo, pp. 263, 264).

 

 


Lunes 2 de octubre: El deseo de Pablo de visitar Roma


Se me llamó la atención al comienzo de esta última obra. Entonces algunas personas que amaban la verdad podían hablar continuamente de sacrificios. Dedicaron mucho a la causa de Dios, para enviar la verdad a otros. Han enviado su tesoro de antemano al cielo. Hermanos, vosotros que habéis recibido la verdad en un período posterior, y que tenéis cuantiosas posesiones, Dios os ha llamado al campo, no solamente para que disfrutéis de la verdad, sino también para que ayudéis con vuestros bienes a llevar adelante esta gran obra.
Y si os interesáis en esta obra avanzaréis e invertiréis en ella una parte de vuestros bienes, para que otros puedan salvarse mediante vuestros esfuerzos, y así cosecharéis con ellos la recompensa final. Se han realizado grandes sacrificios y se han soportado privaciones para hacer brillar la verdad con clara luz delante de vosotros. Ahora Dios os llama, porque es vuestro tumo de hacer grandes esfuerzos y sacrificaros a fin de colocar la verdad ante los que se encuentran en tinieblas. Dios requiere esto. Puesto que profesáis creer la verdad, dejad que vuestras obras den testimonio de este hecho. Vuestra fe estará muerta a menos que la pongáis en acción. Ninguna otra cosa fuera de una fe activa os salvará de los terribles acontecimientos que están por sobrevenir.
Vi que ha llegado el tiempo cuando los que tienen cuantiosas posesiones deben actuar rápidamente. Es tiempo de que no solo hagan provisión para la causa según Dios ahora los está prosperando, sino en la forma como los ha prosperado. Durante los días de los apóstoles se trazaron planes especiales para que algunos no estuvieran aliviados mientras otros estaban recargados. Se adoptaron las disposiciones necesarias para que todos participaran equitativamente en las cargas de la iglesia de Dios (Testimonios para la iglesia, tomo 1, pp. 176, 177).
Todo cristiano tiene algo que hacer en el servicio de su Maestro. No hemos de procurar nuestra propia comodidad ni conveniencia, sino más bien considerar el engrandecimiento del reino de Cristo, como nuestra primera prioridad. Los esfuerzos abnegados hechos para ayu dar y bendecir a nuestro prójimo no solamente revelarán nuestro amor por Jesús, sino que nos mantendrán cerca de él en dependencia y fe y nuestras propias almas crecerán continuamente en gracia y en el conocimiento de la verdad. Dios ha dispersado a sus hijos por diversas comunidades para que la luz de la verdad brille en medio de la oscuridad moral que envuelve la tierra. Mientras más densa la oscuridad que nos rodea, mayor la necesidad de que nuestra luz alumbre para Dios. Puede ser que seamos colocados en circunstancias de grandes dificultades y pruebas, pero esto no es evidencia de que no estamos en el lugar que la Providencia nos ha asignado...
Quien quiera que dependa enteramente de la gracia divina podrá hacer que su vida sea un constante testimonio en favor de la verdad. No hay situación en la que no se pueda ser un cristiano verdadero y leal. No importa cuán grandes sean los obstáculos, todos los que determinan obedecer a Dios encontrarán que el camino se les abrirá a medida que avanzan (Testimonios para la iglesia, tomo 5, pp.170, 171).

 

 


Martes 3 de octubre: Pablo en Roma
Con corazón apesadumbrado el apóstol avanzaba para hacer su visita largo tiempo anhelada a la metrópoli del mundo. ¡Cuán diferentes eran las circunstancias de las que él se había imaginado! ¿Cómo podría él, encadenado y estigmatizado, proclamar el evangelio? Parecía que sus esperanzas de ganar a muchas almas para la verdad en Roma iban a quedar chasqueadas. Por fin los viajeros llegan a la plaza de Apio, a 65 kilómetros de Roma. Mientras se abren paso entre las multitudes que llenan la gran carretera, el anciano de cabellos grises, encadenado con un grupo de criminales aparentemente empedernidos, recibe más de una mirada de escarnio y es hecho objeto de más de una broma grosera y burlona.
De repente se oye un grito de júbilo, y un hombre que sale de entre la multitud se arroja al cuello del preso y le abraza con lágrimas de regocijo como un hijo que da la bienvenida a su padre por largo tiempo ausente. Vez tras vez se repite la escena, a medida que con ojos aguzados por la amante expectación, muchos reconocen en el encadenado a aquel que en Corinto, en Filipos, en Efeso, les había hablado las palabras de vida... Se disipó la nube de tristeza que había pesado sobre su espíritu. Su vida cristiana había sido una sucesión de pruebas, sufrimientos y chascos, pero en esta hora se sentía abundantemente recompensado. Con paso más firme y corazón gozoso continuó su camino. No se quejaría del pasado, ni tampoco temería el futuro. Sabía que cadenas y aflicciones le esperaban, pero también que debía rescatar almas de un cautiverio infinitamente más terrible, y se regocijó en sus sufrimientos por causa de Cristo (Los hechos de los apóstoles, pp. 357, 358).
El Señor considera necesario fortalecer el alma contra la suficiencia y la dependencia propias, con el propósito de que el obrero no mire sus fallas como virtudes y de este modo se arruine por la exaltación propia. A veces, el Señor se abre paso hacia el alma mediante un proceso que es penoso para la humanidad; la obra de la purificación es una gran obra, y siempre demandará del hombre sufrimiento y prueba. Pero él debe pasar por el homo de la prueba hasta que las llamas hayan consumido la escoria, y finalmente pueda reflejar la imagen divina.
Quienes siguen sus propias inclinaciones no son buenos jueces de lo que el Señor está haciendo, y están henchidos de descontento. Ven fracaso donde hay triunfo, y pérdida donde hay ganancia. Como Jacob, están listos a exclamar: “Contra mí son todas estas cosas” (Génesis 42:36), cuando en realidad aquellas cosas por las que se quejan están operando para bien de ellos. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos”... Consideremos por un momento la experiencia de Pablo. El apóstol fue encarcelado y encadenado en el momento en que parecía que su labor era más necesaria para fortalecer la sufrida y perseguida iglesia. Pero éste fue el momento en que el Señor obró y las victorias que ganó fueron preciosas (Reflejemos a Jesús, p. 350).



 


Miércoles 4 de octubre: Los “santos” de Roma
Nuestra santificación es el objetivo de Dios en todo su trato con nosotros. Él nos ha escogido desde la eternidad para que fuéramos santos. Cristo se dio a sí mismo por nuestra redención, para que por nuestra fe en su poder para salvar del pecado pudiéramos ser completos en él... ¿Por qué no nos espaciamos más en esto? ¿Por qué no nos esforzamos para que esto se entienda fácilmente, cuando ello significa tanto? ¿Por qué los cristianos no abren sus ojos para ver la obra que Dios requiere que hagan? La santificación es una obra progresiva, de toda la vida. El Señor declara: “La voluntad de Dios es vuestra santificación”. 1 Tesalonicenses 4:3. ¿Tenéis el anhelo de que vuestros deseos e inclinaciones sean traídos en conformidad con la voluntad divina? Como cristianos nos hemos comprometido a realizar y cumplir nuestras responsabilidades, y a mostrar al mundo que tenemos una estrecha relación con Dios. De esta manera Cristo ha de ser representado por las palabras y las obras piadosas de sus discípulos (Mensajes selectos, t. 3, p. 230).
Dios no lleva al cielo sino a aquellos que primero se santifican en este mundo por medio de la gracia de Cristo, o sea, aquellos en quienes puede ver a Cristo personificado. Cuando el amor de Jesús sea un principio que mora en el alma, comprenderemos que estamos escondidos con Cristo en Dios...
Dios se regocija solamente en los que, por medio de la oración, el amor y la constante vigilancia obran las obras de Cristo. Cuanto más nítidamente ve el Señor que se refleja el carácter de su Hijo en su pueblo, tanto mayor es su satisfacción y deleito. Dios mismo y los ángeles celestiales se regocijan grandemente en ellos. El pecador que cree es declarado inocente, y se transfiere la condenación a Cristo. La justicia de Cristo se entra en la cuenta del deudor, y en la hoja del balance, junto a su nombre, se escribe lo siguiente: Perdonado. Vida eterna (Mi vida hoy, p. 281).
La carrera no es del veloz, ni la batalla del fuerte. El santo más débil, tanto como el más fuerte, puede llevar la corona de gloria inmortal. Puede ganarla todo el que, por el poder de la gracia divina, pone su vida en conformidad con la voluntad de Cristo. Demasiado a menudo se considera como asunto sin importancia, demasiado trivial para exigir atención, la práctica en los detalles de la vida, de los principios sentados en la Palabra de Dios. Pero en vista del resultado que está en juego, nada de lo que ayude o estorbe es pequeño. Todo acto pesa en la balanza que determina la victoria o el fracaso de la vida. La recompensa dada a los que venzan estará en proporción con la energía y el fervor con que hayan luchado (Los hechos de los apóstoles, p. 252).

 

 


Jueves 5 de octubre: Los creyentes de Roma
Todos tenemos pruebas, aflicciones duras que sobrellevar y fuertes tentaciones que resistir. Pero no las contéis a los mortales, sino llevadlo todo a Dios, en oración. Tengamos por regla el no proferir una sola palabra de duda o desaliento. Podemos hacer mucho más para alumbrar el camino de los demás y sostener sus esfuerzos si hablamos palabras de esperanza y buen ánimo. Hay muchas almas valientes que están en extremo acosadas por la tentación, casi a punto de desmayar en el conflicto que sostienen consigo mismas y con las potencias del mal. No las desalentéis en su dura lucha. Alegradlas con palabras de valor, ricas en esperanza, que las insten a avanzar. De este modo podéis reflejar la luz de Cristo.
“Ninguno de nosotros vive para sí” (Romanos 14:7). Por vuestra influencia inconsciente pueden los demás ser alentados y fortalecidos, o desanimados y apartados de Cristo y de la verdad... Si recordamos siempre las acciones egoístas e injustas de otros, encontraremos que es imposible amarlos como Cristo nos amó; pero si nuestros pensamientos se espacian de continuo en el maravilloso amor y compasión de Cristo hacia nosotros, manifestaremos el mismo espíritu para con los demás. Debemos amamos y respetamos mutuamente, no obstante las faltas e imperfecciones que no podemos menos de observar. Debemos cultivar la humildad y la desconfianza para con nosotros mismos, y una paciencia llena de ternura hacia las faltas www.escuela.sabatica.com 11 ajenas. Esto destruirá todo estrecho egoísmo y nos dará un corazón grande y generoso (El camino a Cristo, pp. 119-121).
No interesa lo que nos rodea sino lo que está dentro de nosotros. No lo que tenemos sino lo que somos nos hará verdaderamente felices. Necesitamos un fuego vivo en el altar de nuestros propios corazones. De ese modo veremos todas las cosas con una luz dichosa y feliz... Si somos obedientes, confiados en Dios, tal como un niño en su sencillez confía en sus padres terrenales, tendremos paz, no la paz que el mundo da sino la paz que proviene de Jesús... La vida, esta vida, tiene en sí mucho brillo si juntamos las flores y dejemos de tocar los espinos y cardos. Atraigan el gozo del cielo a la vida. La luz del cielo, reflejada en su hermoso encanto para los que están preparándose para ser trasladados, trae gozo a la familia celestial (In Heavenly Places, p. 245; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 247).
Están por sobrecogemos tiempos que probarán las almas de los hombres; los que son débiles en la fe no resistirán la prueba de aquellos días de peligro. Las grandes verdades de la revelación deben ser estudiadas cuidadosamente, porque todos necesitaremos un conocimiento inteligente de la Palabra de Dios. El estudio de la Biblia y la comunión diaria con Jesús nos darán nociones bien definidas de responsabilidad personal y fuerza para subsistir en el día de fuego y tentación. Aquel cuya vida esté unida con Cristo por vínculos ocultos será guardado por el poder de Dios mediante fa fe que salva...
“Escudriñad las Escrituras —dijo Cristo—, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. Juan 5:39. Se requiere del cristiano que sea diligente en escudriñar las Escrituras, en leer una y otra vez las verdades de la Palabra de Dios. La ignorancia voluntaria con respecto a ellas hace peligrar la vida cristiana y el carácter. Ciega el entendimiento y corrompe las facultades más nobles. Esto es lo que produce confusión en nuestra vida. Nuestros hermanos necesitan comprender los oráculos de Dios; necesitan tener un conocimiento sistemático de los principios de la verdad revelada, que los preparará para sobrellevar aquello que está por sobrevenir en la tierra, e impedirá que sean llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina (Testimonios para la iglesia, tomo 5, p. 253).