Notas EGW
El llamado pastoral de Pablo

Lección 9


Sábado 19 de agosto

Pablo y Bernabé habían aprendido a confiar en el poder liberta-dor de Dios. Sus corazones estaban llenos de ferviente amor por las almas que perecían. Como fieles pastores que buscaban las ovejas perdidas, no pensaban en su propia comodidad y conveniencia. Ol-vidándose de sí mismos, no vacilaban frente al cansancio, el hambre y el frío. No tenían sino un objeto en vista: la salvación de aquellos que se habían apartado lejos del redil (Conflicto y valor, p. 348).
El Salvador anhela de todo corazón que sus discípulos cumplan el plan de Dios en toda su altura y toda su profundidad. Deben estar unidos en él, aunque se hallen dispersos en el mundo. Pero Dios no puede unirlos en Cristo si no están dispuestos a abandonar su propio camino para seguir el suyo.
Cuando el pueblo de Dios crea sin reservas en la oración de Cristo y ponga sus instrucciones en práctica en la vida diaria, habrá unidad de acción en nuestras filas. Un hermano se sentirá unido al otro por las cadenas del amor de Cristo. Sólo el Espíritu de Dios puede realizar esta unidad. El que se santificó a sí mismo puede san-tificar a sus discípulos. Unidos con él, estarán unidos unos a otros en la fe más santa. Cuando luchemos para obtener esta unidad como Dios desea que lo hagamos, nos será concedida (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 254).
La gente se llenó de admiración por el fervor de Pablo y su lógica exposición de los atributos del Dios verdadero: su poder creador y la existencia de su providencia predominante. Con ardiente y férvida elocuencia, el apóstol declaró: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, éste, como sea Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos, ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas”. Los cielos no eran bastante grandes para contener a Dios, cuánto menos los templos hechos por manos humanas.
En aquella época de castas, cuando a menudo no se reconocían los derechos de los hombres, Pablo presentó la gran verdad de la fraternidad humana, declarando que Dios “de una sangre ha hecho
todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra”. A la vista de Dios, todos son iguales. Cada ser humano debe suprema lealtad al Creador. Luego el apóstol mostró cómo, a través de todo el trato de Dios con el hombre, su propósito de mise-ricordia y gracia corre como un hilo de oro (Los hechos de los apóstoles, p. 193).
La fuerza de los que aman y sirven a Dios se renovará día tras día. El entendimiento del Infinito se coloca a su servicio, de modo que al realizarse sus propósitos no yerren... No debe haber desaliento en relación con el servicio de Dios... Dios puede y quiere conce-der a sus siervos toda la fuerza que necesitan, y darles la sabiduría que sus variadas necesidades demanden. Él hará más que cumplir las más altas expectaciones de los que confían en él (Los hechos de los apóstoles, p. 196).


Domingo 20 de agosto: El corazón de Pablo

[El] hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio... la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degra-dada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado solo por el Espíritu Santo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 69).
Pero se chasquearán los que esperan contemplar un cambio má-gico en su carácter sin que haya un esfuerzo decidido de su parte para vencer el pecado. Mientras contemplemos a Jesús, no tendre-mos razón para temer, no tendremos razón para dudar que Cristo es capaz de salvar hasta lo último a todos los que acuden a él. Pero podemos temer constantemente, para que nuestra vieja naturaleza no gane otra vez la supremacía, no sea que el enemigo invente al-guna trampa por la cual seamos otra vez sus cautivos. Hemos de ocupamos de nuestra salvación con temor y temblor, pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el hacer su buena voluntad. Con nuestras facultades limitadas, hemos de ser tan santos en nuestra es-fera como Dios es santo en la suya. Hasta donde alcance nuestra capacidad, hemos de manifestar la verdad, el amor y la excelencia del carácter divino. Así como la cera recibe la impresión del sello, así el alma ha de recibir la impresión del Espíritu de Dios y ha de retener la imagen de Cristo.
Hemos de crecer diariamente en belleza espiritual. Fracasaremos con frecuencia en nuestros esfuerzos de imitar el modelo divino.
Con frecuencia tendremos que postramos para llorar a los pies de Jesús debido a nuestras faltas y errores, pero no hemos de desani-mamos. Hemos de orar más fervientemente, creer más plenamente y tratar otra vez, con mayor firmeza, de crecer a la semejanza de nuestro Señor. Al desconfiar de nuestro propio poder, confiaremos en el poder de nuestro Redentor y daremos alabanza al Señor, quien es la salud de nuestro rostro y nuestro Dios (Mensajes selectos, t.1, pp. 394, 395).
La promesa de Dios es: “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13).
Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el cambio que se ha de efectuar en nosotros, por el cual hemos de ser transfor-mados conforme a la semejanza divina. Por naturaleza estamos ene-mistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: “Muertos en las transgresiones y los pecados,” (Efesios 2:1). “la cabeza toda está ya enferma, el corazón todo des-fallecido,” “no queda ya en él cosa sana” (Isaías 1:5, 6). Nos sujetan firmemente los lazos de Satanás, “por el cual” hemos “sido apresa-dos, para hacer su voluntad” (2 Timoteo 2:26). Dios quiere sanamos y libertamos. Pero como esto exige una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregamos a él completamente (El camino a Cristo, p. 43).


Lunes 21 de agosto: El desafío de llegar a ser
Jesús contribuyó para que todo el mundo tenga un conocimiento inteligente de su misión. Vino a nuestro mundo a representar el ca-rácter del Padre, y a medida que estudiamos la vida, las palabras y las obras de Cristo, somos auxiliados de toda forma en la educación de la obediencia a Dios; y a medida que reproducimos su ejemplo nos transformamos en epístolas vivientes conocidas y leídas por to-dos. Somos agentes vivos que representan el carácter de Jesucristo ante el mundo.
Cristo no solo dio reglas explícitas para mostramos cómo podemos llegar a ser hijos obedientes, sino que también nos demostró en su vida y en su carácter cómo hacer las cosas que son justas y aceptables para Dios; por tanto, no hay excusa para que no hagamos lo que es agradable a sus ojos...
El gran Maestro vino a este mundo para ponerse al frente de la humanidad, para así elevarla y santificarla por su obediencia santa a todo requisito divino, demostrando que es posible obedecer todos los mandamientos de Dios. Demostró que es posible la obediencia de toda la vida. Por eso dio al mundo, como el Padre nos lo dio a él, hombres elegidos y representativos, para que ejemplificaran en sus vidas la vida de Jesucristo
(Reflejemos a Jesús, p. 332).
Escuchémoslo [a Pablo] en la corte de Festo, cuando el rey Agripa, convencido de la verdad del evangelio, exclamó: “Por poco me persuades a ser cristiano”. Con qué gentil cortesía respondió Pa-blo señalando sus propias cadenas: “¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!”
Y así pasó su vida, según su propia descripción: “En caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos herma-nos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Corintios 11:26, 27) (La historia de la redención, p. 328).
Los seres humanos comparecen actualmente delante de Dios cubiertos con vestiduras viles. Toda su justicia es “como trapo de in-mundicia” (Isaías 64:6). Satanás emplea contra ellos su magistral poder acusador, para mostrar sus imperfecciones como evidencia de su debilidad. Señala sarcásticamente los errores de los que preten-den servir a Dios. Han sido engañados por él, y ahora pide permiso para destruirlos.
Pero ellos confían en Cristo y el Señor no los abandonará. Vino a este mundo para expiar sus pecados y para imputarles su justicia. Afirma que por la fe en su nombre pueden recibir perdón y un ca-rácter perfecto, semejante al de él. Le han confesado sus pecados y le han pedido perdón, y Cristo afirma que por haberlo mirado y haber creído en él, les dará la facultad de ser hechos hijos de Dios (Cada día con Dios, p. 224).

Martes 22 de agosto: Yo me hice como ustedes

Lo que hizo el apóstol Pablo al encontrarse con los filósofos de Atenas encierra una lección para nosotros. Al presentar el evangelio ante el tribunal del Areópago, Pablo contestó a la lógica con la ló-gica, a la ciencia con la ciencia, a la filosofía con la filosofía. Los más sabios de sus oyentes quedaron atónitos. No podían rebatir las palabras de Pablo. Pero este esfuerzo dio poco fruto. Escasos fueron los que aceptaron el evangelio. En lo sucesivo Pablo adoptó un pro-cedimiento diferente. Prescindió de complicados argumentos y dis-cusiones teóricas, y con sencillez dirigió las miradas de hombres y mujeres a Cristo, el Salvador de los pecadores. Escribiendo a los Corintios acerca de su obra entre ellos, dijo:
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con altivez de palabra, o de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. ... Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espí-ritu y de poder; para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios” (1 Corintios 2:1-5) (Ministerio de curación, pp. 164, 165).
Jesús mismo nunca compró la paz por la transigencia. Su corazón rebosaba de amor por toda la familia humana, pero nunca fue indul-gente con sus pecados. Amaba demasiado a los seres humanos para guardar silencio mientras éstos seguían una conducta funesta para sus almas, las almas que él había comprado con su propia sangre. Él trabajaba para que el hombre fuese fiel a sí mismo, fiel a su más elevado y eterno interés. Los siervos de Cristo son llamados a hacer la misma obra, y deben velar, no sea que al tratar de evitar la discor-dia, traicionen la verdad. Han de seguir “lo que hace a la paz,” (Ro-manos 14:19) pero la verdadera paz no puede obtenerse traicio-nando los buenos principios. Y ningún hombre puede ser fiel a estos principios sin excitar oposición. Un cristianismo espiritual recibirá la oposición de los hijos de la desobediencia. Pero Jesús dijo a sus discípulos: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar”. Los que son fieles a Dios no necesitan temer el po-der de los hombres ni la enemistad de Satanás. En Cristo está segura su vida eterna. Lo único que han de temer es traicionar la verdad, y así el cometido con que Dios los honró (El Deseado de todas las gentes, p. 322).
No transijáis con el mal. Haced frente con valor a las peligrosas influencias que se levanten. No temáis los resultados de resistir a los poderes del enemigo...
A menos que estemos individualmente bien despiertos para dis-cernir las obras del Espíritu Santo, ciertamente tropezaremos y cae-remos en los abismos de incredulidad de Satanás. Exhorto a nuestros hermanos a que velen, como fíeles pastores y guardianes, sobre los inexpertos que están expuestos a los engaños de influencias seduc-toras. Mantened una continua y atenta vigilancia para evitar las ro-cas y arenas movedizas que amenazan destruir la fe en los mensajes que Dios ha dado para nosotros en este tiempo (Mensajes selectos, t. 1, p. 199).

 


Miércoles 23 de agosto: Ayer y hoy

“El Señor no tarda su promesa” (2 Pedro 3:9). Él no se olvida de sus hijos ni los abandona, pero permite a los malvados que pongan de manifiesto su verdadero carácter para que ninguno de los que quieran hacer la voluntad de Dios sea engañado con respecto a ellos. Además, los rectos pasan por el homo de la aflicción para ser purificados y para que por su ejemplo otros queden convencidos de que la fe y la santidad son realidades, y finalmente para que su conducta intachable condene a los impíos y a los incrédulos...
Otro asunto hay de más importancia aún, que debería llamar la atención de las iglesias en el día de hoy. El apóstol Pablo declara que “todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). ¿Por qué, entonces, parece adorme-cida la persecución en nuestros días? El único motivo es que la igle-sia se ha conformado a las reglas del mundo y por lo tanto no des-pierta oposición. La religión que se profesa hoy no tiene el carácter puro y santo que distinguiera a la fe cristiana en los días de Cristo y sus apóstoles. Si el cristianismo es aparentemente tan popular en el mundo, ello se debe tan solo al espíritu de transigencia con el pe-cado, a que las grandes verdades de la Palabra de Dios son miradas con indiferencia, y a la poca piedad vital que hay en la iglesia. Re-vivan la fe y el poder de la iglesia primitiva, y el espíritu de perse-cución revivirá también y el fuego de la persecución volverá a encenderse (El conflicto de los siglos, pp. 44, 45).
Estudiad la historia de José y de Daniel. El Señor no impidió las intrigas de los hombres que procuraban hacerles daño; pero hizo re-dundar todos aquellos ardides en beneficio de sus siervos que en medio de la prueba y del conflicto conservaron su fe y lealtad.
Mientras permanezcamos en el mundo, tendremos que arrostrar influencias adversas. Habrá provocaciones que probarán nuestro temple, y si las arrostramos con buen espíritu desarrollaremos las virtudes cristianas. Si Cristo vive en nosotros, seremos sufridos, bondadosos y prudentes, alegres en medio de los enojos e irritacio-nes. Día tras día y año tras año iremos venciéndonos, hasta llegar al noble heroísmo. Esta es la tarea que se nos ha señalado; pero no se puede llevar a cabo sin la ayuda de Jesús, sin ánimo resuelto, sin propósito firme, sin continua vigilancia y oración. Cada cual tiene su propia lucha. Ni siquiera Dios puede ennoblecer nuestro carácter ni hacer útiles nuestras vidas a menos que lleguemos a ser sus cola-boradores. Los que huyen del combate pierden la fuerza y el gozo de la victoria.
No necesitamos llevar cuenta de las pruebas, dificultades, pesares y tristezas, porque están consignados en los libros, y no los olvidará el Cielo. Mientras rememoramos las cosas desagradables, se escapan de la memoria muchas que son agradables, tales como la bondad misericordiosa con que Dios nos rodea a cada momento, y el amor que admira a los ángeles, el que le impulsó a dar a su Hijo para que muriese por nosotros (Ministerio de curación, pp. 387, 388).


 


Jueves 24 de agosto: Decir la verdad

Cristo nos ha prometido suficiente poder para alcanzar esta elevada norma. Dice: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir” (Juan 14:13-17).
Considerad esta declaración por un momento. ¿Por qué “no puede” recibir el mundo la verdad? “Porque no le ve, ni le conoce”. Vers. 17. El mundo está confabulado contra la verdad porque no desea obedecerla. Yo, que percibo la verdad, ¿cerraré los ojos y el corazón a su poder salvador porque el mundo elige las tinieblas an-tes que la luz? ¿Me ataré con los manojos de zarzas porque mis ve-cinos rehúsan ser atados con el trigo? ¿Rehusaré la luz, la evidencia de la verdad que conduce a la obediencia, porque mis parientes y amigos eligen seguir las sendas de desobediencia que apartan de Dios? ¿Cerraré mi mente contra el conocimiento de la verdad por-que mis vecinos y amigos no abren su entendimiento para discernir la verdad como es en Jesús? ¿Rehusaré crecer en la gracia y cono-cimiento de mi Señor y Salvador Jesucristo porque mis vecinos con-sienten en permanecer como enanos? (A fin de conocerle, p. 116, 117).
El pueblo de Dios del tiempo del fin no ha de elegir las tinieblas antes que la luz. Debe buscar la luz, esperar la luz... La luz prose-guirá brillando cada vez con mayor intensidad, y manifestará cada vez más claramente la verdad, tal como es en Jesús, para que los corazones humanos y los caracteres humanos mejoren y se disipe la oscuridad moral que Satanás se esfuerza por traer sobre el pueblo de Dios... Al acercamos al tiempo del fin, se necesitará un discerni-miento más agudo y más claro, un conocimiento más firme de la Palabra de Dios, una experiencia viva y la santidad de corazón y de vida que debemos tener para servirle (A fin de conocerle, p. 346).
Las mentes no consagradas pondrán obstáculos en el camino de los obreros de Dios, como lo han hecho en lo pasado. Pero no se detengan para discutir ni crear situaciones desagradables. Si se les impide actuar de una manera, estén preparados para honrar a Dios al actuar aprovechando las posibilidades que queden abiertas...
Vendrán pruebas, porque muchos no obran en armonía con Dios. Asegúrense de que ustedes caminan delante de él con mansedumbre y humildad. Puede ser que se los malinterprete, y eso ocurrirá, pero los maledicentes tendrán que avergonzarse si ustedes manifiestan constantemente la dulzura del carácter de Cristo (Cada día con Dios, p. 119