Notas EGW

Lección 8
De esclavos a herederos


Sábado 12 de agosto

“Herederos de Dios, y coherederos con Cristo”, ¡qué puesto exaltado y digno! ¡Separados y distintos del mundo, protegidos de las malignas trampas de Satanás! en sus votos bautismales los profesos seguidores de Dios se han comprometido a mantenerse en oposición contra el mal. El enemigo empleará toda clase de astucias para co-rromper su mente. Tratará de introducir sus métodos en su servicio para el Maestro. Pero habrá seguridad para ellos si escuchan la ad-vertencia: “Confortaos en el Señor, y en la potencia de su fortaleza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”.
¿A qué otro honor mayor pudiéramos aspirar que a ser llamados hijos de Dios? ¿Qué otro rango mayor pudiéramos tener, qué otra herencia mayor pudiéramos encontrar, que la que reciben los que son herederos de Dios y coherederos con Cristo? (Sons and Daugh-ters of God, p. 15; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 17).
¡Qué amor maravilloso el manifestado por Dios, el Dios infinito, al concedemos el privilegio de acercamos a él llamándolo Padre! Ningún padre terrenal podría suplicar más vehementemente a su hijo que yerra, que Aquel que nos creó cuando mega al transgresor. Nunca un interés humano, lleno de amor, ha seguido al impenitente con invitaciones tan tiernas...
Ha empeñado su palabra. Las montañas podrían desaparecer y los collados podrían temblar, pero su amor no se apartará de su pue-blo, ni se quebrantará el pacto de su paz. Se oye su voz que dice: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31:3). “Con misericordia eterna tendré compasión de ti” (Isaías 54:8). Cuán asombroso es este amor, que Dios condescienda a quitar toda causa de duda e incerti-dumbre del temor y la flaqueza humanos, y tome la mano temblo-rosa que se levanta hacia él con fe; y nos ayude a confiar mediante renovados motivos de seguridad (A fin de conocerle, pp. 160, 161).
Todo el amor paterno que se haya transmitido de generación a generación por medio de los corazones humanos, todos los manan-tiales de ternura que se hayan abierto en las almas de los hombres, son tan solo como una gota del ilimitado océano, cuando se compa-ran con el amor infinito e inagotable de Dios. La lengua no lo puede expresar, la pluma no lo puede describir. Podéis meditar en él cada día de vuestra vida; podéis escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de comprenderlo; podéis dedicar toda facultad y capacidad que Dios os ha dado al esfuerzo de comprender el amor y la compasión del Padre celestial; y aún queda su infinidad (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 691).


Domingo 13 de agosto: Nuestra condición en Cristo

Salgan de en medio de ellos, y apártense, dice el Señor, y yo los recibiré, y serán hijos e hijas del Señor Todopoderoso. ¡Qué pro-mesa es ésta! Es una garantía de que lleguen a ser miembros de la familia real, herederos del reino celestial. Si una persona recibiera honores de algún monarca de la tierra, o se conectara con él, la no-ticia pasaría a todos los periódicos del día y despertaría la envidia de los que se consideran menos afortunados. Pero hay Uno que es Rey sobre todos, el Monarca del universo, el Origen de todo lo bueno; y él nos dice: Los haré mis hijos e hijas; los uniré a mí mismo; llegarán a ser miembros de la familia real e hijos del Rey celestial (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 524).
Al considerar el inspirado apóstol Juan la “altura,” la “profundidad” y la “anchura” del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo encontrar lenguaje adecuado con que expresar la grandeza y ternura de ese amor, exhorta al mundo a contemplarlo. “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!” (1 Juan 3:1). ¡Cuán valioso hace esto al hom-bre! Por la transgresión, los hijos de los hombres son hechos súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Al vincularse con Cristo, los hombres caídos son colocados donde pueden llegar a ser en verdad dig-nos del título de “hijos de Dios”.
Tal amor es incomparable. ¡Que podamos ser hijos del Rey celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema digno de la más profunda medi-tación! ¡Incomparable amor de Dios para con un mundo que no le amaba! Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, mejor vemos la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más clara-mente discernimos las pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre para con su hijo extraviado (El camino a Cristo, p. 15).
Por el bautismo se renuncia muy solemnemente al mundo. Los que son bautizados en el triple nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, al comienzo mismo de su vida cristiana, declaran públicamente que han abandonado el servicio de Satán y que han llegado a ser miem-bros de la familia real, hijos del Rey Celestial. Han obedecido la orden: “Salid de en medio de ellos, y apartaos... y no toquéis lo in-mundo”. Y para ellos se cumple la promesa: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopo-deroso” (2 Corintios 6:17, 18) (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 97).


Lunes 14 de agosto: Esclavizados a los rudimentos del mundo
Tenemos que ir a Dios con fe y derramar nuestras súplicas ante él, creyendo que obrará en nuestro favor y en el de otros a quienes tratamos de salvar. Hemos de dedicar más tiempo a la oración ferviente. Con la confiada fe de un niñito hemos de ir a nuestro Padre celestial para contarle todas nuestras necesidades. Él siempre está listo para perdonar y ayudar. Es inagotable la provisión de sabiduría divina, y el Señor nos anima para que nos sirvamos abundantemente de ella. El anhelo que debiéramos tener de las bendiciones espiri-tuales se describe en las palabras: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Ne-cesitamos que nuestra alma sienta un hambre más profunda de los ricos dones que el cielo tiene para conferimos. Debemos sentir ham-bre y sed de justicia.
Ojalá tuviéramos un deseo consumidor de comprender a Dios con un conocimiento experimental, de llegar a la cámara de audien-cias del Altísimo con la mano de la fe levantada y dejando caer nues-tra alma desvalida delante de Aquel que es poderoso para salvar. Su amante bondad es mejor que la vida (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1165).
La gracia divina en el alma recién convertida es progresiva. Pro-porciona cada vez más gracia, la que se recibe, no para ser ocultada debajo de un almud, sino para ser compartida a fin de beneficiar a otros. La persona que se ha convertido genuinamente trabajará para salvar a otros que están en tinieblas. Un alma verdaderamente con-vertida avanzará por fe para salvar a otra y luego a otra más. Los que hacen esto son instrumentos de Dios, son sus hijos y sus hijas. Forman parte de su gran empresa, y su trabajo consiste en reparar la brecha que Satanás y sus agentes han hecho en la ley de Dios al pisotear el día de reposo verdadero y al poner en su lugar un día de reposo espurio (El evangelismo, p. 260).
Si para los seres creados fuese posible obtener una comprensión plena de Dios y sus obras, después de lograrla no habría para ellos mayor descubrimiento de la verdad, ni crecimiento en el conoci-miento, ni ulterior desarrollo del intelecto o el corazón. Dios no sería ya supremo; y los hombres, habiendo alcanzado el límite del conoci-miento y del progreso, dejarían de avanzar. Demos gracias a Dios de que no es así. Dios es infinito; en él están “escondidos todos los teso-ros de sabiduría y conocimiento” (Colosenses 2:3). Y durante toda la eternidad los hombres podrán estar investigando y aprendiendo siem-pre, y sin embargo no podrán agotar los tesoros de su sabiduría, bon-dad y poder (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 658).

Martes

 

 


Miércoles

 


 


Jueves