Notas EGW

Lección 7
El camino de la fe


Sábado 5 de agosto

Muchos de los israelitas consideraban que el ceremonial de los sacrificios tenía virtud en sí mismo para libertarlos del pecado. Dios deseaba enseñarles que no tenía más valor que la serpiente de bronce. Debía dirigir su atención al Salvador. Ya fuese para curar sus heridas, o perdonar sus pecados, no podían hacer nada por sí mismos, sino manifestar su fe en el don de Dios. Habían de mirar y vivir... Hay hoy día miles que necesitan aprender la misma verdad que fue enseñada a Nicodemo por la serpiente levantada. Confían en que su obediencia a la ley de Dios los recomienda a su favor. Cuando se los invita a mirar a Jesús y a creer que él los salva únicamente por su gracia, exclaman: “¿Cómo puede esto hacerse?” Como Nicodemo, debemos estar dispuestos a entrar en la vida de la misma manera que el primero de los pecadores. Fuera de Cristo, “no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Por la fe, recibimos la gracia de Dios; pero la fe no es nuestro Salvador. No nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado (El Deseado de todas las gentes, pp. 146, 147).

Hay profundos misterios en la Palabra de Dios, hay misterios en sus providencias, y misterios en el plan de salvación que el hombre no puede sondear. Pero la mente limitada —fuerte en su deseo de satisfacer la curiosidad y resolver los problemas del infinito— descuida seguir el sencillo curso indicado por la voluntad revelada de Dios, y trata de enterarse de los secretos ocultos desde la fundación del mundo. El hombre elabora sus teorías, pierde la sencillez de la fe verdadera, se vuelve demasiado arrogante para creer las declaraciones del Señor, y se circunda con sus propias vanaglorias. Muchos que profesan ser hijos de Dios están en esta situación. Son débiles porque confían en su propia fuerza. Dios obra poderosamente para la gente fiel que obedece su Palabra sin preguntas ni dudas. La Majestad del cielo, con su ejército de ángeles, arrasó los muros de Jericó delante de su pueblo. Los guerreros armados de Israel no tenían por qué gloriarse en sus proezas. Todo se hizo mediante el poder de Dios. Que la gente abandone todo deseo de exaltación propia, que se someta humildemente a la voluntad divina, y otra vez Dios manifestará su poder y proporcionará libertad y victoria a sus hijos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, p. 989). Una religión formalista no basta para poner el alma en armonía con Dios. La ortodoxia rígida e inflexible de los fariseos, sin contrición, ni ternura ni amor, no era más que un tropiezo para los pecadores. Se asemejaban ellos a sal que hubiera perdido su sabor; porque su influencia no tenía poder para proteger al mundo contra la corrupción. La única fe verdadera es la que “obra por el amor” (Gálatas 5:6) para purificar el alma. Es como una levadura que transforma el carácter (El discurso maestro de Jesucristo, p. 49).


Domingo 6 de agosto: La ley y la promesa

La mente debe tributarle obediencia a la ley real de libertad, la ley que el Espíritu de Dios impresiona en el corazón, y hace claro al entendimiento. La expulsión del pecado debe ser un acto del alma misma, realizado al poner en ejercicio sus facultades más nobles. La única libertad que puede disfrutar una voluntad finita, consiste en estar en armonía con la voluntad de Dios, cumpliendo con las condiciones que hacen del hombre un participante de la naturaleza divina. La ley de Dios dada en el Sinaí es una copia de la mente y la voluntad del Dios infinito. Los santos ángeles la reverencian como sagrada. Sus requisitos perfeccionarán el carácter cristiano y restaurarán al hombre, mediante Cristo, a la condición en que se encontraba antes de la caída. Los pecados prohibidos por la ley, nunca podrán encontrar lugar en el cielo. Fue el amor de Dios al hombre lo que lo indujo a expresar su voluntad en los diez preceptos del Decálogo... Dios le ha dado al hombre en su ley una regla completa para la vida. Si obedece, vivirá por ello, mediante los méritos de Cristo. Si la transgrede, tiene poder para condenar. La ley envía a los hombres a Cristo, y Cristo les señala la ley (Nuestra elevada vocación, p. 140). Cristo poseía el poder de romper las ataduras de la muerte. Declara que tiene vida en sí mismo para resucitar a quien quiera. Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son recipientes de la vida del Hijo de Dios. No importa cuán capaces y talentosos sean, no importa cuán amplias sean sus capacidades, son provistos con la vida que procede de la Fuente de toda vida. Él es el manantial, la fuente de vida. Sólo el único que tiene inmortalidad, que mora en luz y vida, podía decir: “Tengo poder para ponerla [mi vida], y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:1 8) (Mensajes selectos, t. 1. D. 354).

Todo buen impulso o aspiración es un don de Dios; la fe recibe de Dios la única vida que puede producir desarrollo y eficiencia verdaderos. Se debería explicar claramente cómo se puede ejercer fe. Toda promesa de Dios tiene ciertas condiciones. Si estamos dispuestos a hacer su voluntad, toda su fuerza nos pertenece. Cualquier don que nos prometa se encuentra en la promesa misma. “La semilla es la palabra de Dios” (Lucas 8:11). Tan ciertamente como se encuentra la semilla del roble en la bellota, se encuentra el don de Dios en su promesa. Si recibimos la promesa, recibimos el don. La fe que nos capacita para recibir los dones de Dios, es en sí misma un don del cual se imparte una porción a cada ser humano. Aumenta a medida que se la usa para asimilar la Palabra de Dios. A fin de fortalecer la fe debemos ponerla a menudo en contacto con la Palabra (La educación, p. 253).


Lunes 7 de agosto: “Confinados bajo la ley”
No hay otro camino para la salvación del hombre. Dice Cristo: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Mediante Cristo, y solo mediante él, las fuentes de la vida pueden vitalizar la naturaleza del hombre, transformar sus gustos y hacer que sus afectos fluyan hacia el cielo. Mediante la unión de la naturaleza divina con la humana, Cristo podría iluminar el entendimiento e infundir sus propiedades dadoras de vida al alma muerta en delitos y pecados.
Cuando la mente es atraída a la cruz del Calvario, en una visión imperfecta, Cristo es discernido en la vergonzosa cruz. ¿Por qué murió? A consecuencia del pecado. ¿Qué es pecado? La transgresión de la ley. Entonces se abren los ojos para ver el carácter del pecado.
La ley es quebrantada pero no puede perdonar al transgresor. Es nuestro ayo, que condena al castigo. ¿Dónde está el remedio? La ley nos lleva a Cristo, que pendió de la cruz para que pudiera impartir su justicia al hombre caído y pecaminoso y así presentar a los hombres ante su Padre en su propio carácter perfecto (Mensajes selectos, t. 1, p. 400). La sofistería de Satanás consiste en hacer creer que la muerte de Cristo trajo la gracia que reemplazó a la ley. La muerte de Cristo no cambia o anula o debilita en el menor grado la ley de los diez mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida al hombre por medio de la sangre de Cristo, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Van de la mano a través de todas las dispensaciones. “La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10). La obediencia a sus estatutos y leyes constituye la vida y la prosperidad de su pueblo.

La influencia de una esperanza evangélica no inducirá al pecador a considerar la salvación de Cristo como un asunto de libre gracia, mientras continúa viviendo en transgresión a la ley de Dios... Reformará sus caminos, llegará a ser leal a Dios por medio de la fortaleza obtenida de su Salvador, y vivirá una vida pura y nueva (The Faith I Live By, p. 89; parcialmente en La fe por la cual vivo, p. 91 y La maravillosa gracia de Dios, p. 144).
Al hablar a los gentiles, Pablo ensalzaba a Cristo, presentándoles luego las imposiciones vigentes de la ley. Demostraba cómo la luz reflejada por la cruz del Calvario daba significado y gloria a toda la dispensación judaica. Así variaba el apóstol su manera de trabajar, y adaptaba el mensaje a las circunstancias en que se veía colocado. Después de trabajar pacientemente, obtenía gran éxito; aunque eran muchos los que no querían ser convencidos. Algunos hay hoy día que no serán convencidos por ningún método de presentar la verdad; y el que trabaja para Dios debe estudiar cuidadosamente los mejores métodos, a fin de no despertar prejuicios ni espíritu combativo (Obreros evangélicos, p. 124).

Martes 8 de agosto: La ley como nuestro “guarda

No hay paz en la injusticia; los impíos están en guerra con Dios. Pero el que recibe la justicia de la ley en Cristo, está en armonía con el cielo. Cada ley [mandato] de Dios es un estatuto de misericordia, amor y poder salvador. Cuando se obedecen estas leyes, son nuestra vida, nuestra salvación, nuestro gozo, nuestra paz [se cita Sal. 119:165] (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, p. 1171).
Estáis unidos al Señor por los lazos más fuertes y la manifestación del amor de nuestro Padre debiera despertar el afecto más filial y la gratitud más ardiente. Las leyes de Dios se fundan en una inmutable rectitud, y han sido conformadas para promover la felicidad de los que las obedecen (Hijos e hijas de Dios, p. 269).
Dios desea que todos los que son obreros juntamente con él tengan una experiencia fecunda en su amor y en su poder para salvar. Nunca deberíamos decir: “No tengo ninguna experiencia”, porque el mismo Dios que le dio a Pablo una experiencia se revelará a cada alma que lo busque fervorosamente. ¿Qué le dijo Dios a Abraham? “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Génesis 18:19)... El Santo ha dado instrucciones para la dirección de todos: la norma de carácter de la que nadie puede apartarse sin ser considerado culpable. Hay que estudiar la voluntad de Dios con diligencia y concienzudamente, y debe dársele un lugar preponderante en todas las actividades de la vida. Los principios que cada instrumento humano debe obedecer fluyen del corazón de amor infinito (Mensajes selectos, t. 2, p. 247).
Puesto que los israelitas habían de ser, en un sentido especial, los guardianes y depositarios de la ley de Dios, era necesario que el significado de sus preceptos y la importancia de la obediencia les fuesen inculcados en forma especial a ellos y por su medio a sus hijos y a los hijos de sus hijos. El Señor mandó con respecto a las palabras de sus estatutos: “Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes... y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas” (Deuteronomio 6:7-9).
Cuando sus hijos les preguntasen en el futuro: “¿Qué significan los testimonios, y estatutos, y derechos, que Jehová nuestro Dios os mandó?” debían los padres repetirles la historia de cuán bondadosamente Dios los había tratado, de cómo el Señor había obrado para librarlos a fin de que ellos pudieran obedecer su ley, y debían declararles: “Mandónos Jehová que ejecutásemos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, porque nos vaya bien todos los días, y para que nos dé vida, como hoy. Y tendremos justicia cuando cuidáremos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado” (Patriarcas y profetas, p. 501).

 


Miércoles 9 de agosto: La ley como nuestro tutor

El pecado no mató a la ley, sino que mató la mente camal en Pablo. “Ahora estamos libres de la ley —declara él—, por haber muerto para aquélla en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Ro-manos 7:6). “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro-manos 7:13). “De manera que la ley a la verdad es santa, y el manda-miento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). Pablo llama la atención de sus oyentes a la ley quebrantada y les muestra en qué son culpa-bles. Los instruye como un maestro instruye a sus alumnos, y les muestra el camino de retomo a su lealtad a Dios.
En la transgresión de la ley, no hay seguridad ni reposo ni justificación. El hombre no puede esperar permanecer inocente delante de Dios y en paz con él mediante los méritos de Cristo, mientras continúe en pecado. Debe cesar de transgredir y llegar a ser leal y fiel... Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor. Debe ir más allá. La ley no es sino el ayo para llevarlo a Cristo. Debe contemplar a su Salvador que lleva los pecados. Y cuando Cristo se le revela en la cruz del Calvario, muriendo bajo el peso de los pecados de todo el mundo, el Espíritu Santo le muestra la actitud de Dios hacia todos los que se arrepienten de sus transgresiones. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16)
(Mensajes selectos, t. 1, p. 250).
Muchos dan por sentado que son cristianos simplemente porque aceptan ciertos dogmas teológicos. Pero no han hecho penetrar la ver-dad en la vida práctica. No la han creído ni amado; por lo tanto no han recibido el poder y la gracia que provienen de la santificación de la verdad. Los hombres pueden profesar creer en la verdad; pero esto no los hace sinceros, bondadosos, pacientes y tolerantes, ni les da as-piraciones celestiales; es una maldición para sus poseedores, y por la influencia de ellos es una maldición para el mundo.
La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad elevará los pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano. En-tonces las ceremonias requeridas en el servicio de Dios no serán ri-tos sin significado como los de los hipócritas fariseos.
Jesús consideró los mandamientos por separado, y explicó la profundidad y anchura de sus requerimientos. En vez de quitarles una jota de su fuerza, demostró cuán abarcantes son sus principios y desenmascaró el error fatal de los judíos en su demostración exterior de obediencia (El Deseado de todas las gentes, p. 276).


 


Jueves 10 de agosto: La ley y el creyente

Sin la gracia de Cristo, el pecador está en una condición desvalida. No puede hacerse nada por él, pero mediante la gracia divina se im-parte al hombre poder sobrenatural que obra en la mente, el corazón y el carácter. Mediante la comunicación de la gracia de Cristo, el pe-cado es discernido en su aborrecible naturaleza y finalmente expulsado del templo del alma. Mediante la gracia, somos puestos en co-munión con Cristo para estar asociados con él en la obra de la salvación. La fe es la condición por la cual Dios ha visto conveniente pro-meter perdón a los pecadores; no porque haya virtud alguna en la fe que haga merecer la salvación, sino porque la fe puede aferrarse a los méritos de Cristo, el remedio provisto para el pecado. La fe puede
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presentar la perfecta obediencia de Cristo en lugar de la transgresión y la apostasía del pecador. Cuando el pecador cree que Cristo es su Salvador personal, entonces, de acuerdo con la promesa infalible de Jesús, Dios le perdona su pecado y lo justifica gratuitamente. El alma arrepentida comprende que su justificación viene de Cristo que, como su Sustituto y Garante, ha muerto por ella, y es su expiación y justifi-cación
(Fe y obras, p. 103).
Dijo Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto. Si sois hijos de Dios, sois participantes de su naturaleza y no podéis menos que asemejaros a él. Todo hijo vive gracias a la vida de su padre. Si sois hijos de Dios, engendrados por su Espíritu, vivís por la vida de Dios. En Cristo “habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad”; y la vida de Jesús se manifiesta “en nuestra carne mortal”. Esa vida producirá en nosotros el mismo carácter y manifestará las mismas obras que manifestó en él. Así estaremos en armonía con cada precepto de su ley, porque “la ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma”. Mediante el amor, “la justicia de la ley” se cumplirá “en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4) (El discurso maestro de Jesucristo, p. 67).
Wesley demostró la perfecta armonía que existe entre la ley y el evangelio. “Existe, pues, entre la ley y el evangelio la relación más estrecha que se pueda concebir. Por una parte, la ley nos abre continuamente paso hacia el evangelio y nos lo señala; y por otra, el evangelio nos lleva constantemente a un cumplimiento exacto de la ley. La ley, por ejemplo, nos exige que amemos a Dios y a nuestro prójimo, y que seamos mansos, humildes y santos. Nos sentimos inca-paces de estas cosas y aún más, sabemos que ‘a los hombres esto es imposible;’ pero vemos una promesa de Dios de damos ese amor y de hacemos humildes, mansos y santos; nos acogemos a este evangelio y a estas alegres nuevas; se nos da conforme a nuestra fe; y ‘la justicia de la ley se cumple en nosotros’ por medio de la fe que es en Cristo Jesús (El conflicto de los siglos, p. 267).