Notas EGW

Lección 6
La prioridad de la promesa


Sábado 29 de julio

Nuestra fe tiene que aumentar; si no, no podemos ser renovados conforme a la imagen divina y amar y obedecer los requerimientos de Dios. Nazca de labios sinceros la oración: “Señor, auméntame la fe; dame iluminación divina; porque sin ayuda de tu parte nada puedo hacer”. Venid con humildad y postraos delante de Dios; abrid delante del Señor vuestras Biblias, las cuales contienen las promesas divinas; tomad vuestra posición con respecto a éstas; haced con Dios el pacto de que responderéis a sus requerimientos; decidle que cree-réis sin otra evidencia fuera de la desnuda promesa. Esto no es pre-sunción; pero a menos que obréis con celo, a menos que seáis fer-vientes y estéis decididos, Satanás obtendrá ventajas, y vosotros se-réis dejados en la incredulidad y las tinieblas.
Las palabras y promesas de Dios son el único fundamento de nuestra fe. Tomad la palabra de Dios como verdad, como una voz viva que os habla, y obedeced fielmente cada requerimiento. Dios, que ha prometido, es fiel (Consejos sobre la obra de la escuela sa-bática, p. 79).
Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer”, y él ha pro-porcionado el Espíritu Santo como pronto auxilio en todo tiempo de necesidad. Pero muchos tienen una experiencia religiosa débil por-que, en lugar de buscar al Señor para obtener la eficiencia del Espí-ritu Santo, hacen de la carne su brazo. Edúquese al pueblo de Dios a ir al Señor cuando está en problemas y a obtener fortaleza de las promesas que son el sí y el amén para toda alma que confía...
Las promesas de Dios son plenas y abundantes, y no hay necesi-dad de depender de la humanidad para recibir fuerza. Dios está cerca de todos los que le piden que los socorra. Y él es grandemente des-honrado cuando, después de invitamos a poner en él nuestra con-fianza, nos apartamos de él —el Único que no nos interpretará mal, el Único que puede damos consejo infalible—, para dirigimos a hombres que en su debilidad humana están propensos a desvia-mos (Testimonios para los ministros, p. 381).


Domingo 30 de julio: La ley y la fe

A Abraham se le dio la promesa que de su descendencia vendría el Salvador del mundo: “En tu simiente serán benditas todas las gen-tes de la tierra” (Génesis 22:18). “No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).
Moisés, cerca del fin de su trabajo como jefe y maestro de Israel, profetizó claramente del Mesías venidero. “Profeta de en medio de ti —declaró a las huestes reunidas de Israel—, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis”. Y Moisés aseguró a los israelitas que Dios mismo le había revelado esto en el monte de Horeb, diciendo: “Profeta les suscitaré de en medio de sus her-manos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Deuteronomio 18:15, 18) (Los hechos de los apóstoles, p. 181).
No comprendemos cuántos de nosotros andamos por la vista, y no por la fe. Creemos en las cosas visibles, pero no apreciamos las preciosas promesas que se nos han dado en su Palabra. Y sin em-bargo, no podemos deshonrar a Dios más decididamente que de-mostrando que desconfiamos de lo que dice.
Quisiera decirles a aquellos que están tentados, ni por un solo momento reconozcáis las tentaciones de Satanás, como estando en armonía con vuestras mentes. Alejaos de ellas, como os alejaríais del adversario mismo. La obra de Satanás consiste en desanimar el alma. La obra de Cristo consiste en inspirar al corazón con fe y es-peranza. Satanás procura destruir nuestra confianza. Él nos dice que nuestras esperanzas están edificadas sobre falsas premisas, más bien que sobre la palabra inmutable de Aquel que no puede mentir.
Cuando él [Satanás] sugiere dudas acerca de si realmente somos el pueblo a quien Dios está guiando, a quien él está preparando me-diante pruebas para permanecer firmes en el día final, estemos listos para hacer frente a sus insinuaciones presentando la clara evidencia de la Palabra de Dios, de que éste es el pueblo remanente que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Nuestra elevada vocación, p. 87).
Donde se ha perfeccionado el amor, se guarda la ley y el yo no encuentra lugar. Los que aman a Dios en forma suprema trabajan, sufren y viven para quien dio su vida por ellos. Podemos guardar la ley solo apropiándonos de la justicia de Cristo. Cristo dice: “Sepa-rados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Cuando recibimos el don celestial, la justicia de Cristo, encontraremos que se ha provisto para nosotros la gracia de Cristo, y que los recursos humanos son impotentes. Jesús dio el Espíritu Santo en medida abundante para las grandes emergencias, para ayudamos en nuestras debilidades, para damos fuerte consolación, para iluminar nuestras mentes, y para purificar y ennoblecer nuestros corazones. Cristo llega a ser para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención (Re-flejemos a Jesús, p. 95).


Lunes 31 de julio: La fe y la ley
A Abraham se le dio la promesa que de su descendencia vendría el Salvador del mundo: “En tu simiente serán benditas todas las gen-tes de la tierra” (Génesis 22:18). “No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).
Moisés, cerca del fin de su trabajo como jefe y maestro de Israel, profetizó claramente del Mesías venidero. “Profeta de en medio de ti —declaró a las huestes reunidas de Israel—, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis”. Y Moisés aseguró a los israelitas que Dios mismo le había revelado esto en el monte de Horeb, diciendo: “Profeta les suscitaré de en medio de sus her-manos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Deuteronomio 18:15, 18) (Los hechos de los apóstoles, p. 181).
No comprendemos cuántos de nosotros andamos por la vista, y no por la fe. Creemos en las cosas visibles, pero no apreciamos las preciosas promesas que se nos han dado en su Palabra. Y sin embargo, no podemos deshonrar a Dios más decididamente que de-mostrando que desconfiamos de lo que dice.
Quisiera decirles a aquellos que están tentados, ni por un solo momento reconozcáis las tentaciones de Satanás, como estando en armonía con vuestras mentes. Alejaos de ellas, como os alejaríais del adversario mismo. La obra de Satanás consiste en desanimar el alma. La obra de Cristo consiste en inspirar al corazón con fe y es-peranza. Satanás procura destruir nuestra confianza. Él nos dice que nuestras esperanzas están edificadas sobre falsas premisas, más bien que sobre la palabra inmutable de Aquel que no puede mentir.
Cuando él [Satanás] sugiere dudas acerca de si realmente somos el pueblo a quien Dios está guiando, a quien él está preparando me-diante pruebas para permanecer firmes en el día final, estemos listos para hacer frente a sus insinuaciones presentando la clara evidencia de la Palabra de Dios, de que éste es el pueblo remanente que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Nuestra elevada vocación, p. 87).
Donde se ha perfeccionado el amor, se guarda la ley y el yo no encuentra lugar. Los que aman a Dios en forma suprema trabajan, sufren y viven para quien dio su vida por ellos. Podemos guardar la ley solo apropiándonos de la justicia de Cristo. Cristo dice: “Sepa-rados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Cuando recibimos el don celestial, la justicia de Cristo, encontraremos que se ha provisto para nosotros la gracia de Cristo, y que los recursos humanos son impotentes. Jesús dio el Espíritu Santo en medida abundante para las grandes emergencias, para ayudamos en nuestras debilidades, para damos fuerte consolación, para iluminar nuestras mentes, y para purificar y ennoblecer nuestros corazones. Cristo llega a ser para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención (Re-flejemos a Jesús, p. 95).

Martes 1 de agosto: El propósito de la ley


“Por medio de la ley —dice Pablo— es el conocimiento del pecado”. “Yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 3:20; 7:7). Algunos que trabajan en la Palabra y la doctrina no tienen una comprensión práctica de la ley de Dios y sus santos requerimientos, ni de la expiación de Cristo. Ellos mismos necesitan con-vertirse antes que puedan convertir a los pecadores.
No se presta atención al fiel espejo que puede revelar los defectos del carácter; por lo tanto, la deformidad y el pecado existen, y son evidentes para los demás, aunque los que están en el error no se den cuenta de su existencia. El odioso pecado del egoísmo existe en gran proporción, aun en algunos que profesan estar dedicados a la obra de Dios. Si compararan su carácter con sus requerimientos, espe-
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cialmente con la gran norma, su santa, justa y buena ley, se cerciorarían, si se examinaran seria y honestamente, de que son tremenda-mente deficientes. Pero algunos no están dispuestos a ir lo suficientemente lejos y penetrar lo suficientemente profundo como para ver la maldad de sus propios corazones. Son deficientes en muchos as-pectos; sin embargo permanecen en una voluntaria ignorancia de su culpabilidad, y están tan empeñados en cuidar de sus propios intere-ses que Dios no se interesa por ellos (Romanos 8:18)
(Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 454, 455).
Pablo había exaltado siempre la ley divina. Había mostrado que en la ley no hay poder para salvar a los hombres del castigo de la desobediencia. Los que han obrado mal deben arrepentirse de sus pecados y humillarse ante Dios, cuya justa ira han provocado al vio-lar su ley; y deben también ejercer fe en la sangre de Cristo como único medio de perdón. El Hijo de Dios había muerto en sacrificio por ellos, y ascendido al cielo para ser su abogado ante el Padre. Por el arrepentimiento y la fe, ellos podían librarse de la condenación del pecado y, por la gracia de Cristo, obedecer la ley de Dios (Los hechos de los apóstoles, p. 315).
La fe salvadora no es un mero asentimiento intelectual a la verdad. El que aguarda hasta tener un conocimiento completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir bendición de Dios. No es sufi-ciente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única fe que nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal; que nos pone en posesión de sus méritos. Muchos estiman que la fe es una opinión. La fe salvadora es una transacción por la cual los que reciben a Cristo se unen con Dios mediante un pacto. La fe genuina es vida. Una fe viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita por la cual el alma llega a ser una potencia vencedora.
El apóstol Pablo presenta claramente la relación que existe entre la fe y la ley bajo el nuevo pacto. Dice: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. “¿Luego deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera; antes es-tablecemos la ley”. “Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne [no podía justificar al hombre, porque éste en su naturaleza pecaminosa no podía guardar la ley], Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, con-denó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cum-plida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas con-forme al espíritu” (Romanos 5:1; 3:31; 8:3, 4) (La maravillosa gra-cia de Dios, p. 140).

 


Miércoles 2 de agosto: La duración de la ley de Dios


En los preceptos de su santa ley, Dios ha dado una perfecta norma de vida; y ha declarado que hasta el fin del tiempo esa ley, sin sufrir cambio en una sola jota o tilde, mantendrá sus demandas sobre los seres humanos. Cristo vino para magnificar la ley y hacerla honora-ble. Mostró que está basada sobre el anchuroso fundamento del amor a Dios y a los hombres, y que la obediencia a sus preceptos comprende todos los deberes del hombre. En su propia vida, Cristo dio un ejemplo de obediencia a la ley de Dios. En el sermón del monte mostró cómo sus requerimientos se extienden más allá de sus acciones externas y abarca los pensamientos e intentos del cora-zón (Hechos de los apóstoles, p. 402).
Jesús no se había espaciado en las especificaciones de la ley, pero no quería dejar que sus oyentes sacasen la conclusión de que había venido para poner de lado sus requerimientos. Sabía que había es-pías listos para valerse de toda palabra que pudiese ser torcida para servir su propósito. Conocía el prejuicio que existía en la mente de muchos de sus oyentes, y no dijo nada que pudiese perturbar su fe en la religión y las instituciones que les habían sido confiadas por medio de Moisés. Cristo mismo había dado la ley moral y la cere-monial. No había venido para destruir la confianza en sus propias instrucciones. A causa de su gran reverencia por la ley y los profetas, procuraba abrir una brecha en la muralla de los requerimientos tra-dicionales que rodeaban a los judíos. Mientras trataba de poner a un lado sus falsas interpretaciones de la ley, puso a sus discípulos en guardia contra la renuncia a las verdades vitales confiadas a los he-breos.
Los fariseos se jactaban de su obediencia a la ley; pero conocían tan poco de sus principios por la práctica diaria, que para ellos las palabras del Salvador eran como una herejía. Mientras él barría las inmundicias bajo las cuales la verdad había estado enterrada, los cir-cunstantes pensaban que barría la verdad misma. Se murmuraban unos a otros que estaba despreciando la ley, pero él leyó sus pensa-mientos, y les dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir”. Así refutó Jesús el cargo de los fariseos. Su misión en este mundo consistía en vindicar los sagrados derechos de aquella ley que ellos le acusaban de violar. Si la ley de Dios hubiese podido cambiarse o abrogarse, Cristo no habría necesitado sufrir las consecuencias de nuestra transgresión. El vino para explicar la relación de la ley con el hom-bre, e ilustrar sus preceptos por su propia vida de obediencia (El Deseado de todas las gentes, p. 273).
Ahora bien, ya que te has consagrado al Señor Jesús, no vuelvas atrás, no te separes de él, mas repite todos los días: “Soy de Cristo; le pertenezco;” pídele que te dé su Espíritu y que te guarde por su gracia. Así como consagrándote a Dios y creyendo en él llegaste a ser su hijo, así también debes vivir en él. Dice el apóstol: “De la manera, pues, que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él” (Colosenses 2:6)
(El camino a Cristo, p. 52)


 


Jueves 3 de agosto: La superioridad de la promesa


La norma para medir el carácter es la ley real. La ley es la que descubre el pecado. Por la ley es el conocimiento del pecado; pero el pecador es constantemente atraído a Jesús por la maravillosa manifestación de su amor, pues él se humilló a sí mismo para padecer una muerte vergonzosa sobre la cruz. ¡Qué estudio es éste! Los án-geles han luchado y anhelado fervientemente entender este maravi-lloso misterio. Es un estudio que requiere el esfuerzo de la más alta inteligencia humana: que el hombre caído, engañado por Satanás, que se coloca al lado de Satanás en este asunto, pueda conformarse a la imagen del Hijo del Dios Infinito; que el hombre pueda ser como Cristo; que, debido a la justicia de Cristo dada al hombre, Dios amara al hombre —caído pero redimido— así como amaba a su Hijo. Leedlo en los oráculos divinos.
Este es el misterio de la piedad. Este cuadro es del más alto valor, y debe ser engarzado en todo discurso, debe ser colgado en los pa-sadizos de la memoria, debe ser anunciado por los labios humanos, debe ser presentado por seres humanos que han gustado y han visto que Dios es bueno. Esto es algo sobre lo cual debe meditarse, debe ser el tema de todo discurso... Debe ser elevado delante de los hom-bres. Cuando esto se mantiene delante de la gente, el mérito de la criatura se hunde en la insignificancia. Cuanto más se concentra la mirada sobre él, cuanto más se estudia su vida, sus lecciones, su perfección de carácter, tanto más pecaminoso y aborrecible apare-cerá el pecado.
Por medio de la contemplación el hombre no podrá menos que admirar y ser más atraído hacia él; queda más encantado y con más deseos de ser semejante a Jesús, hasta que se asimile a su imagen y tenga la mente de Cristo. Anda con Dios como Enoc. Su mente queda llena de los pensamientos de Jesús (Mensajes selectos, t. 3, pp. 191, 192).
El corazón que ha abierto sus puertas a Jesús amará las verdades puras, que limpian y transforman, y con todo celo contenderá por la fe que una vez fue dada a los santos. No se detenga nadie sin hacer una entrega completa y sin reservas a Dios. Comenzad la obra en el corazón... Tenéis un alma que ganar o un alma que perder, y ésta es una cuestión demasiado importante para ser considerada con indiferencia.
Una de las oraciones más fervientes en la Palabra inspirada es “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10); y de Uno que nos amó y dio su vida por nosotros viene la grande e importante seguridad: “Os daré corazón nuevo” (Ezequiel 36:26) (That I May Know Him, p. 323; parcialmente en A fin de conocerle, p. 130).
Todos formamos parte de la gran tela de la humanidad, somos un hilo tejido junto a otros hilos para constituir la tela como un todo completo... Sed hilos de Dios para realizar sus designios (A fin de conocerle, p. 322).