CAPÍTULO 6

LA PROMESA PRECEDIÓ A LA LEY
(GÁL. 3:15-20)

Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa" (Gál. 3:18).

o todos los pasajes bíblicos son igualmente fáciles de comprender, y Gálatas 3:15 al 18 es uno de los más provocadores. Parte de la razón de su dificultad es que usa formas rabínicas de argumentación en lugar de la clase de razonamiento que tienen sentido en nuestra cultura.

Pero podemos captar el significado de los versículos 15 al 18 más fácilmente si recordamos dónde estuvo el apóstol con su argumento. Los versículos 6 al 9 dejan absolutamente en claro que Abraham fue justificado por la fe y que la promesa que vino por medio de Abraham a los gentiles estaba basada solo en la fe. "Así que los que viven por la fe son bendecidos junto con Abraham, el hombre de fe" (vers. 9, NVI).

Si esto es así, ¿qué pasa con el camino de la Ley, que los judaizantes enseñaron como método para ser justos ante Dios? En los versículos 10 al 14 Pablo argumenta que el camino de la Ley no trajo nada, sino una maldición. Pero allí es donde entra el evangelio de Cristo: Cristo tomó la maldición de la Ley quebrantada en el árbol del Calvario, de modo que la promesa de Abraham pudiera venir a los gentiles por medio de la fe.

Pero, alguno podría preguntarse: ¿cuál es el lugar de la Ley? ¿Dónde entra esta, en el plan de Dios? Pablo dedicará los versículos 15 a 25 a responder tales preguntas.

ABRAHAM Y MOISÉS (GÁL. 3:15-20)

El primer segmento de su respuesta aparece en los versículos 15 al 18. En su mente, subyace en este pasaje la relación entre Abraham, por medio de quien vino la promesa, y Moisés, por medio de quien vino la Ley. Pablo argumenta acerca de la superioridad del camino de Abraham (el sendero de la fe), por sobre el camino de Moisés (el sendero de la Ley).

Pero todos estos diálogos tienen un problema inherente: "Después de todo, ¡el Dios que dio la promesa a Abraham, y el Dios que dio la Ley a Moisés es el mismo Dios! [...] No podemos poner en contra a Abraham y a Moisés, la promesa y la Ley, aceptando una y rechazando la otra [...]. Si Dios es el autor de ambas, tuvo que haber tenido algún propósito para ambas. ¿Cuál es, entonces, la relación entre ambas?"1

Los versículos 15 al 18 argumentan el aspecto negativo de la relación entre la promesa y la Ley; es decir, que la venida de la Ley no anuló la promesa de Dios. Los versículos 19 al 25 trataron el lado positivo del tema.

La meta general de los versículos 15 al 18 es bastante clara, aun cuando la argumentación no refleja el razonamiento moderno. El propósito de Pablo es demostrar la superioridad del camino de la fe y la gracia por sobre el camino de la Ley, como un medio de llegar a ser justos ante Dios.

Su primera línea de ataque es señalar el hecho de que el camino de la fe es más antiguo que el camino de la Ley. Eso no es difícil de demostrar, porque Abraham precedió a Moisés en unos 430 años. Aunque algunos estudiantes se desvían por la referencia exacta de los 430 años, su punto es claro como el cristal: que la promesa por la fe precedió a la entrega formal de la Ley en Sinaí en un largo período de tiempo.
Entonces ¿qué? ¡Eso es obvio!, puedes estar pensando. Allí es donde entra el argumento de Pablo con respecto a las voluntades humanas. Reconoce que es meramente un ejemplo humano (vers. 15) y, por ello, no es un paralelo exacto de los actos de Dios; no obstante, él cree que arroja luz sobre el tema. Su argumento avanza del siguiente modo:

CRISTO, LA "SIMIENTE" DE LA PROMESA (GAL. 3:15-20)

La promesa a Abraham -el pacto con él- es absolutamente central para Pablo, en Gálatas 3. Él suscitó el tema ya en el versículo 8: "Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones" (NVI), citando Génesis 12:2 y 3. Luego, en Gálatas 3:16 se refirió a la promesa de Génesis 13:15 y 17:7 y 8, sobre la cual basa su más bien extraño (para nosotros) argumento de la simiente, en lugar de simientes. "Y", leemos, "estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti" (Gén. 17:7). Después de establecer su punto, con un buen estilo rabínico, de que el Génesis usa el singular en lugar del plural, Pablo pasa a defender que el descendiente singular es Cristo (Gál. 3:16).

Pablo sabía, por supuesto, que la referencia literal a las promesas en Génesis era para los descendientes físicos de Abraham, que habían de recibir la tierra de Canaán. De este modo, muchas traducciones presentan la palabra hebrea de Génesis 17:7 como "descendientes", aun cuando el original está en singular. Pero es un "singular colectivo",2 que podría ser traducido como singular o como plural. De este modo, aun cuando la promesa estaba destinada primariamente a los muchos descendientes físicos de Abraham (tantos como el polvo de la tierra" [Gén. 13:16]), el apóstol alega "que esto no agotaba su significado; ni era la referencia máxima en la mente de Dios. En realidad, no podría haber sido, pues Dios dijo que en la simiente de Abraham todas las familias de la Tierra serían bendecidas [...]. Pablo se daba cuenta de que tanto la 'tierra' prometida como la 'simiente' prometida serían, en última instancia, espirituales. El propósito de Dios no era solo dar la tierra de Canaán a los judíos, sino dar la salvación (una herencia espiritual) a los creyentes que están en Cristo".3

G. Walter Hansen nos ayuda a captar las implicaciones más amplias del uso del singular de descendientes o simiente, cuando escribe que "debemos percibir que la definición de Pablo de simiente contradice la interpretación nacionalista judía de este término. Los judíos estaban convencidos de que el término simiente se refería a los descendientes físicos de Abraham, el pueblo judío. Por lo tanto, creían que era absolutamente necesario pertenecer a la nación judía a fin de recibir las bendiciones prometidas a Abraham".4 Por supuesto, esa lógica formaba la base de por qué los gentiles cristianos necesitaban circuncidarse y observar la ley de Moisés, a fin de ser justos ante Dios.

Pero la forma en que Pablo empleó simiente en Gálatas 3 es un poco más compleja que, sencillamente, el hecho de que su uso en singular se refería a Cristo. En el versículo 29, leemos: "Si sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa". De este modo, señala Hansen, "Cristo, la singular simiente, incluye consigo una nueva comunidad de todos los creyentes donde no hay divisiones ráciales, sociales o de género". La simiente prometida de Abraham llega a ser el "centro de una nueva unidad".5

Como resultado, el factor que califica para pertenecer a la comunidad de Dios no es la circuncisión sino la fe en Cristo. Esa fe sola pone a la gente en la relación correcta con él.

Pablo amarra su argumento en el versículo 18, al escribir: "Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa". El argumento del apóstol no tiene terreno neutral. La herencia viene ya sea por medio de la Ley o por medio de la promesa, antes de que por medio de una combinación de ambas. Al fin, "Pablo afirma su caso en el axioma teológico de que la salvación es siempre, del principio al fin, un asunto de la iniciativa y la gracia divinas. El punto es fortalecido por la idea de herencia [...] siendo que la disposición de una herencia está totalmente en las manos del testador".6 El medio para ser justo ante Dios es siempre su don (vers. 18).

Y esa es una buena noticia no solo para los gálatas de antaño, sino también para nosotros, en el siglo XXI. No interminables obras, sino solo la fe en Cristo -quien llegó a ser una maldición en nuestro lugar sobre la cruz del Calvario (vers. 13)- nos pondrá en la relación correcta con Dios. Tener fe es andar en el sendero de Abraham, con quien Dios estableció su pacto de fe.

Pero entonces, pregunta Pablo en el versículo 19, ¿por qué Dios siquiera dio la Ley, si el guardarla no puede usarse como manera de ponerse en buena relación con él? Ese tema conducirá a una exposición de cómo la Ley conduce a la salvación en Cristo (vers. 19-25).


1 Stott, The Message of Galatians, p. 87.

2 James D. G. Dunn, The Epistle to the Galatians (Peabody, MA: Hendrickson, 1993), p. 183.

3 Stott, The Message of Galatians, p. 88. "Hansen, Galatians, pp. 97, 98. 5Ibíd„ p. 98.

6 Dunn, The Epistle to the Galatians, p. 186.