Notas EGW

Lección 5
La fe del Antiguo Testamento


Sábado 22 de julio

¿Qué lenguaje pudo expresar con tanta fuerza el amor de Diospor la familia humana como lo hizo la entrega de su Hijo unigénito para nuestra redención? El Inocente recibió el castigo de un culpable. “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido conde-nado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:16-18).
Cristo se entregó en sacrificio expiador para salvar a un mundo perdido. Fue tratado como nosotros merecemos, para que nosotros seamos tratados como él merece, Fue condenado por nuestros peca-dos, de los cuales él no participaba, para que nosotros fuésemos jus-tificados por su justicia, de la cual no participábamos. Sufrió la muerte que nos tocaba a nosotros, para que nosotros recibiéramos la vida que a él le pertenecía. “Por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5)...
Durante su vida terrenal, tan llena de luchas y sacrificios, Jesús recibía aliento al pensar que sus padecimientos no serían en vano. Al dar su vida por la vida de los hombres, volvería a conquistar la lealtad del mundo. Aunque debía primero recibir el bautismo de san-gre, aunque los pecados del mundo pesarían sobre su alma inocente, por el gozo puesto delante de él escogió de todos modos sufrir la cruz, menospreciando el oprobio (Testimonios para la iglesia, t. 8, pp. 220, 221).
Cristo no abandonará al alma por la cual murió. Ella puede de-jarlo a él y ser vencida por la tentación; pero nunca puede apartarse Cristo de uno a quien compró con su propia vida. Si pudiera agu-dizarse nuestra visión espiritual, veríamos almas oprimidas y so-brecargadas de tristeza, a punto de morir de desaliento. Veríamos ángeles volando rápidamente para socorrer a estos tentados, quie-nes se hallan como al borde de un precipicio

Los ángeles del cielo rechazan las huestes del mal que rodean a estas almas, y las guían hasta que pisen un fundamento seguro. Las batallas entre los dos ejércitos son tan reales como las que sostie-nen los ejércitos del mundo, y del resultado del conflicto espiritual dependen los destinos eternos (El discurso maestro de Jesucristo, p. 100).
El amor del Padre hacia una raza caída es insondable, indescriptible y sin parangón. Este amor lo indujo a consentir dar a su Hijo unigénito para que muriera, a fin de que el hombre rebelde pudiera ser puesto en armonía con el gobierno del cielo, y pudiera salvarse de la penalidad de la transgresión... Dios permitió que su amado Hijo, lleno de gracia y de verdad, descendiera de un mundo de in-descriptible gloria a otro mundo viciado y agostado por el pecado, entenebrecido con las sombras de la muerte y la maldición (La ma-ravillosa gracia de Dios, p. 79).


Domingo 23 de julio: Los gálatas insensatos

Satanás está tratando continuamente de vencer al pueblo de Dios, rompiendo las barreras que lo separan del mundo. Los antiguos is-raelitas fueron arrastrados al pecado cuando se arriesgaron a formar asociaciones ilícitas con los paganos. Del mismo modo se descarría el Israel moderno. “El Dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). Todos los que no son fervientes discípulos de Cristo, son sier-vos de Satanás. El corazón aún no regenerado ama el pecado y tiende a conservarlo y paliarlo. El corazón renovado aborrece el pe-cado y está resuelto a resistirle (El conflicto de los siglos, p. 498).
Hay ocasiones en que la apostasía entra a las filas, cuando los que debieron mantenerse al lado de su Líder divino dejan a la piedad fuera del corazón. El pueblo de Dios se separa de la fuente de su poder, y el orgullo, la vanidad, la extravagancia y la ostentación son el resultado. Existen ídolos adentro y afuera; pero Dios envía al Consolador para amonestar el pecado, a fin de que su pueblo sea advertido por su apostasía y reprendido por su caída. Cuando las manifestaciones más preciosas de su amor son reconocidas con agradecimiento, el Señor derramará el bálsamo de su consolación y el óleo del gozo.
Cuando los hombres lleguen a darse cuenta de que sus cálculos humanos fueron muy cortos, y se convencen de que su propia sabi-duría no es más que insensatez, solo entonces volverán al Señor para buscarlo de todo corazón, y lo hallarán ( Fundamentals of Christian Education, p. 197).
Debéis aprender a mirar con la mente tanto como con los ojos. Debéis educar el juicio para que no sea débil e ineficiente. Debéis orar en busca de dirección y confiar vuestros caminos al Señor. Debéis cerrar el corazón a toda necedad y pecado, y abrirlo a toda in-fluencia celestial. Debéis emplear la mayor parte del tiempo y las oportunidades en el desarrollo de un carácter simétrico...
Debemos estar “cumplidos en él”. “De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”. Esto significa que debéis estudiar la vida de Cristo. La debéis estudiar con mucho más seriedad de la que se emplea al estudiar los cursos de estudios comunes, ya que los intereses eternos son más importantes que los estudios temporales y terrenos. Si apreciáis el valor y la santidad de las cosas eternas, aportaréis vuestros pensamientos más claros, vuestras me-jores energías a la solución del problema que implica el eterno bie-nestar; porque cualquier otro interés desaparece en la insignificancia en comparación con ése.
Tenéis el patrón: Cristo Jesús. Caminad en sus pisadas y estaréis capacitados para llenar cualquiera posición a que podéis ser llama-dos... No debéis sentiros como esclavos sino como hijos de Dios (Sons and Daughters of God, p. 283; parcialmente en Hijos e hijas de Dios p. 285).


Lunes 24 de julio: Cimentados en la Escritura
Cuando se despierte un amor verdadero por la Biblia, y el estu-diante empiece a ver cuán vasto es el campo y cuán precioso su te-soro, deseará echar mano de toda oportunidad que se le presente para familiarizarse con la Palabra de Dios. Su estudio no se limitará a un tiempo y un lugar determinados. Y este estudio continuo es uno de los mejores medios de cultivar el amor hacia las Escrituras. El estudiante debería tener siempre consigo la Biblia. Si tenéis una oportunidad, leed un texto y meditad en él. Mientras andáis por la calle, esperáis en la estación del ferrocarril, o en el lugar de una cita, aprovechad la oportunidad de adquirir algún pensamiento del tesoro de la verdad...
La hermosura exterior de las Escrituras, la belleza de las imáge-nes y la expresión, no es sino el engarce, por así decirlo, de su ver-dadera joya: La belleza de la santidad. En la historia que ofrece de los hombres que anduvieron con Dios, podemos ver fulgores de su gloria. En el que es “del todo amable” contemplamos a Aquel de quien toda la belleza del cielo y de la tierra no es más que un pálido reflejo... A medida que el estudiante de la Biblia contempla al Re-dentor, se despierta en el alma el misterioso poder de la fe, la ado-ración y el amor. La mirada se fija en la visión de Cristo y el que observa se asemeja cada vez más a lo que adora
(La educación, pp. 191, 192).
No hay ningún desacuerdo entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. En el Antiguo Testamento encontramos el evangelio de un Salvador venidero; en el Nuevo Testamento tenemos el evangelio de un Salvador revelado como fue dicho por la profecía. Mientras que el Antiguo Testamento constantemente señala hacia la ofrenda verdadera, el Nuevo Testamento demuestra que ha llegado el Salva-dor prefigurado por las ofrendas típicas. La tenue gloria de la edad judía ha sido sucedida por la gloria más brillante, más clara de la edad cristiana (The Faith I Live By, p. 12).
No podemos permitir que nuestro tiempo se mantenga ocupado de tal manera con cosas de naturaleza temporal —ni siquiera con asuntos que tienen que ver con la causa de Dios—, que pase un día tras otro sin que nos acerquemos al costado sangrante de Jesús. Ne-cesitamos sostener una comunión diaria con él. Se nos exhorta a que peleemos la buena batalla de la fe. Para mantener una vida de fe ardiente se necesita pelear una batalla viva; si nos entregamos total-mente a Cristo, con la determinación inquebrantable de aferramos únicamente a él, seremos capaces de rechazar al enemigo y de ganar una victoria gloriosa. El apóstol Pablo nos exhorta: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón”. Luego agrega: “Mas el justo vivirá por fe”...
Oremos mucho más cuanto menos sintamos la inclinación de te-ner comunión con Jesús. Si así lo hacemos quebraremos las trampas de Satanás, desaparecerán las nubes de oscuridad, y gozaremos de la dulce presencia de Jesús (Exaltad a Jesús, p. 366).

Martes 25 de julio: Contado por justicia

El jactarnos de nuestros méritos está fuera de lugar. “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23, 24).
El premio no se otorga por las obras, a fin de que nadie se alabe; mas es todo por gracia. “¿Qué, pues, diremos que halló Abraham nuestro padre según la carne? Que si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse; mas no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a jus-ticia. Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia” (Romanos 4:1-5). Por lo tanto, no hay motivo para que uno se gloríe sobre otro o manifieste envidia hacia otro. Nadie obtiene un privilegio superior a otro, ni puede al-guien reclamar la recompensa como un derecho (Palabras de vida del gran Maestro, p. 331).
Muchos se confunden en cuanto a lo que constituye los primeros pasos en la obra de la salvación. Se piensa que el arrepentimiento es una obra que debe hacer por sí mismo el pecador a fin de que pueda ir a Cristo. Se piensa que el pecador por sí mismo debe procurar capacitarse para obtener la bendición de la gracia de Dios. Pero si bien es cierto que el arrepentimiento debe preceder al perdón, pues solo es aceptable ante Dios el quebrantado y contrito de corazón, sin embargo el pecador no puede producir por sí mismo el arrepenti-miento ni puede prepararse para ir a Cristo. A menos que se arre-pienta el pecador, no puede ser perdonado. Pero la cuestión a decidir es si el arrepentimiento es obra del pecador o es una dádiva de Cristo. ¿Debe esperar el pecador hasta que esté lleno de remordi-miento por su pecado antes de que pueda ir a Cristo? El primer paso hacia Cristo se da gracias a la atracción del Espíritu de Dios. Cuando el hombre responde a esa atracción, avanza hacia Cristo a fin de arrepentirse...
Nadie puede arrepentirse por sí mismo y hacerse digno de la ben-dición de la justificación. Continuamente el Señor Jesús procura im-presionar la mente del pecador y atraerlo para que contemple al Cor-dero de Dios que quita los pecados del mundo. No podemos dar un paso hacia la vida espiritual a menos que Jesús atraiga y fortalezca el alma, y nos guíe para experimentar el arrepentimiento del cual nadie necesita arrepentirse...
El arrepentimiento es tanto un don de Dios como lo son el perdón y la justificación, y no se lo puede experimentar a menos que sea dado al alma por Cristo. Si somos atraídos a Cristo, es mediante su poder y virtud. La gracia de la contrición viene mediante él y de él procede la justificación (Mensajes selectos, t. 1, pp. 457, 458).

 

 


Miércoles 26 de julio: El evangelio en el Antiguo Testamento


El apóstol Santiago vio los peligros que surgirían al presentar el tema de la justificación por la fe, y se esforzó por mostrar que la fe genuina no puede existir sin las obras correspondientes. Presenta la experiencia de Abraham. “¿No ves —dice— que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” Esta fe genuina realiza una obra genuina en los cre-yentes. La fe y la obediencia producen una experiencia sólida y valiosa.
Hay una creencia que no es fe salvadora. La Palabra declara que los demonios creen y tiemblan. La así llamada fe que no obra por amor ni purifica el alma no justificará al hombre... Abraham creyó a Dios. ¿Cómo sabemos que creyó? Sus obras testificaron del carác-ter de su fe, y su fe le fue contada por justicia.
Necesitamos hoy la fe de Abraham para iluminar las tinieblas que nos rodean, que impiden que nos lleguen los dulces rayos del amor de Dios y que detienen nuestro crecimiento espiritual. Nues-tra fe debiera ser fecunda en buenas obras, pues la fe sin obras es muerta. Cada tarea que realizamos, cada sacrificio que hacemos en nombre de Jesús, produce una recompensa enorme. En el mismo acto del deber Dios habla y nos da su bendición (Reflejemos a Je-sús, p. 71).
El Señor se manifestó a Abraham, y le dijo: “Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Génesis 15:1). Este es el galardón de todos los que siguen a Cristo. Verse en armonía con Jehová Emmanuel, “en quien están escondidos todos los te-soros de la sabiduría y del conocimiento” y en quien “habita cor-poralmente toda la plenitud de la Deidad”, (Colosenses 2:3, 9), conocerlo, poseerlo, mientras el corazón se abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder, poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor “cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura”, y “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”, “ésta es la herencia de los siervos del Señor, ésta es la justicia que deben esperar de mí, dice el Señor” (Isaías 54:17) (El discurso maestro de Jesucristo, p. 32).
Dios quiso que la historia de la caída de David sirviera como una advertencia de que aún aquellos a quienes él ha bendecido y favore-cido grandemente no han de sentirse seguros ni tampoco descuidar el velar y orar. Así ha resultado para los que con humildad han pro-curado aprender lo que Dios quiso enseñar con esa lección. De ge-neración en generación, miles han sido así inducidos a darse cuenta de su propio peligro frente al poder tentador del enemigo común. La caída de David, hombre que fue grandemente honrado por el Señor, despertó en ellos la desconfianza de sí mismos. Comprendieron que solo Dios podía guardarlos por su poder mediante la fe. Sabiendo que en él estaba la fortaleza y la seguridad, temieron dar el primer paso en tierra de Satanás (Patriarcas y profetas, p. 783).


Jueves 27 de julio: Redimidos de la maldición

Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos reconcilia con él. Con la perdonadora compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos acepta en el Amado.
Sin la cruz, el hombre no podría unirse con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella emana la luz del amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para salvarle, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza el más alto lugar que pueda alcanzar el hombre.
Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial nos ama con un amor infinito. ¿Debemos maravillamos de que Pablo excla-mara: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”? (Gálatas 6:14). Es también nuestro privilegio gloriamos en la cruz, entregamos completamente a Aquel que se entregó por nosotros, Entonces, con la luz que irradia del Calvario brillando en nuestros rostros, podemos salir para revelar esta luz a los que están en tinieblas (Los hechos de los apóstoles, pp. 170, 171).
¡Qué precio se pagó! Contemplemos la cruz y la víctima alzada en ella. Mirad aquellas manos horadadas por los crueles clavos. Mi-rad sus pies clavados a la cruz. Cristo llevó nuestros pecados en su propio cuerpo. Ese sufrimiento y esa agonía son el precio de nuestra redención...
¿No sabéis que él nos amó y se dio por nosotros, para que a nuestra vez nos diésemos a él? ¿Por qué no habrían de expresar amor a Cristo todos los que le reciben por la fe, así como se expresó su amor a nosotros por quienes él murió?
Se nos representa a Cristo como buscando a la oveja que se había perdido. Su amor nos circunda y nos trae de vuelta al redil. Su amor nos da el privilegio de sentamos con él en los lugares celestiales. Cuando la bendita luz del Sol de justicia resplandece en nuestros corazones y descansamos en paz y gozo en el Señor, alabemos al Señor; alabemos a Aquel que es nuestra salvación y nuestro Dios. Alabémosle, no solo en palabras, sino por la consagración a él de todo lo que somos y tenemos (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 477).
Entonces miré y vi que el mismo fuego que había consumido a los malos quemaba los escombros y purificaba la tierra. Volví a mi-rar, y vi la tierra purificada. No quedaba la más leve señal de maldición. La quebrada y desigual superficie de la tierra era ya una dila-tada planicie. Todo el universo de Dios estaba limpio y había terminado para siempre la gran controversia. Por doquiera posáramos la vista, todo era santo y hermoso. Toda la hueste de redimidos, viejos y jóvenes, grandes y pequeños, arrojaron sus brillantes coronas a los pies del Redentor y, postrándose reverentemente ante él, adoraron al que vive por siempre (Primeros escritos, p. 295).