Notas EGW

Lección 4
Justificación sólo por la fe


Sábado 15 de julio
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón y ponía todo pensamiento en sujeción a Cristo. Hablando de sí mismo, afirmaba que llevaba “siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestaba en nuestros cuerpos” (2 Corintios 4:10). En las ense-ñanzas del apóstol, Cristo era la figura central. “Vivo — decla-raba—no ya yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado (Los hechos de los após-toles, p. 204).
Somos justificados por fe. El alma que entiende el significado de estas palabras nunca tendrá suficiencia propia. No somos competen-tes por nosotros mismos para pensar algo [bueno] de nosotros mis-mos. El Espíritu Santo es nuestra eficiencia en la obra de la edifica-ción del carácter, en la formación del carácter a la semejanza divina. Cuando creemos que nosotros mismos somos capaces de dar forma a nuestra propia vida espiritual, cometemos un gran error. Por noso-tros mismos nunca podemos conquistar la victoria sobre la tenta-ción. Pero los que tienen fe genuina en Cristo serán impulsados por el Espíritu Santo. El alma en cuyo corazón mora la fe, crecerá hasta ser un bello templo para el Señor. Esa alma es dirigida por la gracia de Cristo. Crecerá solo en la proporción en que dependa de la ense-ñanza del Espíritu Santo (Comentarios de Elena G. de White en Co-mentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1109).
La turba de curiosos que se apiñaban alrededor de Jesús no reci-bió fuerza vital alguna. Pero la enferma que le tocó con fe, quedó curada. Así también en las cosas espirituales, el contacto casual di-fiere del contacto de la fe. La mera creencia en Cristo como Salva-dor del mundo no imparte sanidad al alma. La fe salvadora no es un simple asentimiento a la verdad del evangelio. La verdadera fe es la que recibe a Cristo como un Salvador personal. Dios dio a su Hijo unigénito, para que yo, mediante la fe en él, “no perezca, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16, V.M.). Al acudir a Cristo, conforme a su palabra, he de creer que recibo su gracia salvadora. La vida que ahora vivo, la debo vivir “en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
Muchos consideran la fe como una opinión. La fe salvadora es una transacción, por la cual los que reciben a Cristo se unen en un pacto con Dios. Una fe viva entraña un aumento de vigor y una con-fianza implícita que, por medio de la gracia de Cristo, dan al alma un poder vencedor.
La fe es más poderosa que la muerte para vencer. Si logramos que los enfermos fijen sus miradas con fe en el poderoso Médico, veremos resultados maravillosos. Esto vivificará tanto al cuerpo como al alma (Ministerio de curación, p. 40).

 


Domingo 16 de julio: La cuestión de la “justificación”
Cuando el pecador arrepentido, contrito delante de Dios, dis-cierne la expiación de Cristo en su favor y acepta esa expiación como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe. Cada alma creyente debe amoldar eternamente su voluntad con la voluntad de Dios y mantenerse en un estado de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos expiatorios del Redentor y avanzando de fortaleza en fortaleza, de gloria en gloria.
Perdón y justificación son una y la misma cosa. El creyente pasa mediante la fe de la condición de rebelde, hijo del pecado y de Sa-tanás, a la condición de leal súbdito de Cristo Jesús; no por una bon-dad inherente, sino porque Cristo lo recibe como a su hijo por adop-ción. El pecador recibe el perdón de sus pecados porque esos peca-dos son llevados por su Sustituto y Fiador... El hombre perdonado y revestido con las bellas vestiduras de la justicia de Cristo, está de este modo sin falta delante de Dios...
Justificación es lo opuesto a condenación. La ilimitada miseri-cordia de Dios se aplica a los que son completamente indignos. El perdona las transgresiones y los pecados debido a Jesús, quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados. El transgresor culpable es puesto en gracia delante de Dios mediante la fe en Cristo, y entra en la firme esperanza de vida eterna (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1070).
Cuando el pecador percibe los incomparables encantos de Jesús, el pecado deja de parecerle atractivo; porque contempla al Señalado entre diez mil, a Aquel que es enteramente codiciable. Verifica por experiencia personal el poder del evangelio, cuya vastedad de de-signio es igualada únicamente por su preciosidad de propósito.
Tenemos un Salvador viviente. No se halla en el sepulcro nuevo de José; resucitó y ascendió al cielo como Sustituto y Garante de cada alma creyente. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). El pecador es justificado por los méritos de Jesús, y esto es el recono-cimiento de Dios de la perfección del rescate pagado en favor del hombre. El hecho de que Cristo fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, es prenda de la aceptación del pecador arrepentido por parte del Padre. Entonces, ¿nos permitiremos tener una expe-riencia vacilante de dudar y creer, creer y dudar? Jesús es la prenda de nuestra aceptación por parte de Dios. Tenemos el favor de Dios, no porque haya mérito alguno en nosotros, sino por nuestra fe en “el Señor, nuestra justicia” (Fe y obras, p. 111).
La ley de Dios, por su naturaleza misma, es inmutable. Es una revelación de la voluntad y del carácter de su Autor. Dios es amor, y su ley es amor. Sus dos grandes principios son el amor a Dios y al hombre... Semejante ley, expresión del pensamiento y de la volun-tad de Dios, debe ser tan duradera como su Autor (El conflicto de los siglos, p. 460).

Lunes 17 de julio: Las obras de la ley


La fe genuina se manifestará en buenas obras, pues las buenas obras son frutos de la fe. Cuando Dios actúa en el corazón y el hom-bre entrega su voluntad a Dios y coopera con Dios, efectúa en la vida lo que Dios realiza mediante el Espíritu Santo y hay armonía entre el propósito del corazón y la práctica de la vida. Debe renun-ciarse a cada pecado como a lo aborrecible que crucificó al Señor de la vida y de la gloria, y el creyente debe tener una experiencia progresiva al hacer continuamente las obras de Cristo. La bendición de la justificación se retiene mediante la entrega continua de la vo-luntad y la obediencia continua.
Los que son justificados por la fe deben tener un corazón que se mantenga en la senda del Señor. Una evidencia de que el hombre no está justificado por la fe es que sus obras no correspondan con su profesión. Santiago dice: “¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (Santiago 2:22).
La fe que no produce buenas obras no justifica al alma. “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24). “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3) (Mensajes selectos, t. 1, pp. 464, 465).

Jesús está en el Lugar Santísimo, para comparecer por nosotros ante la presencia de Dios. Allí, no cesa de presentar a su pueblo mo-mento tras momento, como completo en El. Pero, por estar así re-presentados delante del Padre, no hemos de imaginar que podemos abusar de su misericordia y volvemos descuidados, indiferentes y licenciosos. Cristo no es el ministro del pecado. Estamos completos en El, aceptados en el Amado, únicamente si permanecemos en él por fe.
Nunca podemos alcanzar la perfección por medio de nuestras propias obras buenas. El alma que contempla a Jesús mediante la fe, repudia su propia justicia. Se ve a sí misma incompleta, y con-sidera su arrepentimiento como insuficiente, débil su fe más vigo-rosa, magro su sacrificio más costoso; y se abate con humildad al pie de la cruz. Pero una voz le habla desde los oráculos de la Pala-bra de Dios. Con asombro escucha el mensaje: “Vosotros estáis completos en él”. Ahora todo está en paz en su alma. Ya no tiene que luchar más para encontrar algún mérito en sí mismo, algún acto meritorio por medio del cual ganar el favor de Dios (Fe y obras, pp. 111, 112).
Se nos ofrecen los mayores incentivos a ser fíeles, los más altos motivos, las más gloriosas recompensas. Los cristianos han de ser re-presentantes de Cristo, hijos e hijas de Dios. Son sus joyas, sus tesoros peculiares. Acerca de todos los que se mantengan firmes, declara: “Andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignos” (Apo-calipsis 3:4). Los que lleguen a los portales de la bienaventuranza eterna no considerarán demasiado grande ningún sacrificio que hayan hecho (Testimonios para la iglesia, t. 5. p. 345).ssss


Martes 18 de julio: El fundamento de nuestra justificación
Si bien debemos estar en armonía con la ley de Dios, no somos salvados por las obras de la ley; sin embargo, no podemos ser sal-vados sin obediencia. La ley es la norma por la cual se mide el ca-rácter. Pero no nos es posible guardar los mandamientos de Dios sin la gracia regeneradora de Cristo. Sólo Jesús puede limpiamos de todo pecado. Él no nos salva mediante la ley, pero tampoco nos sal-vará en desobediencia a la ley.
Nuestro amor a Cristo será proporcional a la profundidad de nuestra convicción de pecado, y por medio de la ley es el conoci-miento del pecado. Pero, cuando nos observamos a nosotros mis-mos, fijemos la mirada en Jesús, quien se dio a sí mismo por noso-tros a fin de redimimos de toda iniquidad. Mediante la fe apropié-monos de los méritos de Cristo, y la sangre purificadora del alma será aplicada. Cuanto más claramente vemos los males y los peli-gros a los cuales hemos estado expuestos, más agradecidos hemos de estar por la liberación mediante Cristo. El evangelio de Cristo no da a los hombres licencia para transgredir la ley, porque fue a causa de la transgresión que las compuertas del infortunio se abrieron so-bre nuestro mundo
(Fe y obras, pp. 98, 99).
La fe mencionada en la Palabra de Dios exige una vida en la cual la fe en Cristo sea un principio activo y viviente. Es la voluntad de Dios que la fe en Cristo sea perfeccionada por las obras. El conecta la salvación y la vida eterna de los que creen con estas obras, y me-diante éstas provee para que la luz de la verdad vaya a toda nación y pueblo. Este es el fruto de la operación del Espíritu de Dios.
Mostramos nuestra fe en Dios obedeciendo sus órdenes. La fe siempre se expresa en palabras y acciones. Produce resultados prác-ticos, porque es un elemento vital de la existencia. La vida que está modelada por la fe engendra un propósito de avanzar, de ir adelante siguiendo las pisadas de Cristo.
Hemos sido tomados, como piedras toscas de la cantera del mundo por la cuchilla de la verdad, y colocados en el taller de Dios. El que tiene fe genuina en Cristo como su Salvador personal descu-brirá que la verdad cumple una obra definida en él. Su fe es una fe obradora... No podemos crear nuestra fe, pero podemos ser colabo-radores con Cristo en promover el crecimiento y el triunfo de la fe.
La fe que obra por el amor y purifica el alma produce frutos de humildad, paciencia, tolerancia, longanimidad, paz, gozo y obedien-cia voluntaria (In Heavenly Places, p. 109; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 111).
Los que por la gracia de Dios hayan logrado vencer sus debilida-des tienen que enseñar a otros el secreto de la victoria, señalándoles la Fuente de fortaleza. A cada alma convertida se le da el privilegio de ayudar a los que los rodean y que no se regocijan en la luz en medio de la cual están. Ellos también pueden conocer la alegría que experimentan. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Pueden ocupar su lugar en el mundo como portaluces de Dios (Cada día con Dios, p. 224).

 


Miércoles 19 de julio: La obediencia de fe


La justificación por la fe en Cristo se manifestará en la transfor-mación del carácter. Esta es para el mundo la señal de la verdad de las doctrinas que profesamos. La evidencia diaria de que somos una iglesia viviente se ve en el hecho de que practicamos la Palabra. Un testimonio viviente se manifiesta al mundo en una acción cristiana consecuente.
Ese testimonio declara a un mundo apóstata que hay un pueblo que cree que nuestra seguridad reside en aferramos a la Biblia. Este testimonio es una distinción inconfundible frente al testimonio de la gran iglesia apóstata, que acepta la sabiduría y autoridad humanas en lugar de la sabiduría de Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1070).
Eloy Satanás presenta las mismas tentaciones que presentó a Cristo, ofreciéndonos los reinos del mundo a cambio de nuestra su-misión. Pero no tienen poder las tentaciones de Satanás sobre aquel que contempla a Jesús como el autor y consumador de su fe. No puede hacer pecar al que acepte por fe las virtudes de Aquel que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo uni-génito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. No puede ser vencido el que se arrepiente de sus peca-dos y acepta el don de la vida del Hijo de Dios. Aferrándose por fe de la naturaleza divina, llega a ser un hijo de Dios. Ora, cree. Cuando es tentado y probado, demanda el poder que Cristo dio con su muerte, y vence mediante la gracia de Jesús. Esto necesita entender cada pecador. Debe arrepentirse de sus pecados, debe creer en el poder de Cristo, y debe aceptar ese poder que salva y protege del pecado. ¡Cuán agradecidos debiéramos estar por la dádiva del ejem-plo de Cristo! (Mensajes selectos, t. 1, p. 262).
En la fe no hay nada que la convierta en nuestro salvador. La fe no puede quitar nuestra culpa. Cristo es el poder de Dios para salva-ción a todos lo que creen. La justificación se recibe mediante los méritos de Jesucristo; él ha pagado el precio de la redención del pe-cado; sin embargo, solo mediante la fe en su sangre es como Jesús puede justificar al creyente.
El pecador no puede depender de sus propias buenas obras como un medio de justificación. Debe llegar hasta el punto donde renuncia a todos sus pecados y acepta un grado tras otro de luz a medida que brillen sobre su sendero. Por la fe sencillamente echa mano de la provisión amplia y gratuita hecha por la sangre de Cristo. Cree en las promesas de Dios, las cuales mediante Cristo son hechas para él santificación, justificación y redención. Y si sigue a Jesús caminará humildemente en la luz, regocijándose en ésta y difundiéndola a otros. Ya justificado por la fe, marcha gozoso en su obediencia du-rante toda su vida. Paz con Dios es el resultado de lo que Cristo es para él (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1071).


Jueves 20 de julio: La fe ¿promueve el pecado?
Cuando el apóstol Pablo se convirtió de perseguidor en cristiano por medio de la revelación de Cristo, declaró que era como uno na-cido fuera de tiempo. Desde ese momento Cristo fue para él todo y en todo. “Para mí el vivir es Cristo”, declaró. Esta es la más perfecta interpretación en pocas palabras, en todas las Escrituras, de lo que significa ser cristiano. Esta es la verdad plena del evangelio. Pablo entendía lo que muchos parecen ser incapaces de comprender. ¡Cuán intenso era su fervor! Sus palabras demuestran que su mente estaba centrada en Cristo, que toda su vida estaba ligada a su Señor. Cristo era el autor, el sostén y la fuente de su vida (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 915).
Cuando [los] principios [bíblicos] han llegado a formar efectiva-mente parte del carácter, ¿cuál ha sido el resultado? ¿Qué cambios se han efectuado en la vida? “Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Gracias a su poder, los hom-bres y mujeres han roto las cadenas de los hábitos pecaminosos. Han renunciado al egoísmo. Los profanos se han vuelto reverentes; los beodos, sobrios; los libertinos, puros. Las almas que exponían la se-mejanza de Satanás, han sido transformadas a la imagen de Dios. Este cambio es en sí el milagro de los milagros. Es un cambio obra-do por la Palabra, uno de los más profundos misterios de la Palabra. No lo podemos comprender; solo podemos creer, según lo declara la Escritura, que es “Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria” (Colosenses 1:27).
El conocimiento de este misterio es la clave de todos los demás. Abre al alma los tesoros del universo, las posibilidades de un desa-rrollo infinito.
Y este desarrollo se obtiene por medio de la constante revelación del carácter de Dios a nosotros, de la gloria y el misterio de la Pala-bra escrita. Si nos fuera posible lograr una plena comprensión de Dios y su Palabra, no habría para nosotros más descubrimientos de la verdad, mayor conocimiento, ni mayor desarrollo. Dios dejaría de ser supremo, y el hombre dejaría de progresar. Gracias a Dios, no es así. Puesto que Dios es infinito, y en él están todos los tesoros de la sabiduría, podremos escudriñar y aprender siempre, durante toda la eternidad, sin agotar jamás las riquezas de su sabiduría, su bondad o su poder (La educación, pp. 171, 172).
El que está intentando alcanzar el cielo por sus propias obras al guardar la ley, está intentando un imposible. El hombre no puede ser salvado sin la obediencia, pero sus obras no deben ser propias. Cristo debe efectuar en él tanto el querer como el hacer la buena voluntad de Dios. Si el hombre pudiera salvarse por sus propias obras, podría tener algo en sí mismo por lo cual regocijarse. El es-fuerzo que el hombre pueda hacer con su propia fuerza para obtener la salvación está representado por la ofrenda de Caín. Todo lo que el hombre pueda hacer sin Cristo está contaminado con egoísmo y pecado, pero lo que se efectúa mediante la fe es aceptable ante Dios. El alma hace progresos cuando procuramos ganar el cielo mediante los méritos de Cristo. Contemplando a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, podemos proseguir de fortaleza en fortaleza, de victo-ria en victoria, pues mediante Cristo la gracia de Dios ha obrado nuestra completa salvación (Mensajes selectos, t. 1, p. 426).