Lección 2
La autoridad y el evangelio de Pablo


Sábado 1º de julio

Por la influencia de falsos maestros que se habían levantado entre los creyentes de Jerusalén, se estaban extendiendo rápidamente la división, la herejía y el sensualismo entre los creyentes de Galacia. Esos falsos maestros mezclaban las tradiciones judías con las ver-dades del evangelio. Haciendo caso omiso de la decisión del concilio general de Jerusalén, instaban a los conversos gentiles a observar la ley ceremonial.

La situación era crítica. Los males que se habían introducido amenazaban con destruir rápidamente a las iglesias gálatas.
El corazón de Pablo se sintió herido y su alma fue conmovida por esta abierta apostasía de aquellos a quienes había enseñado fiel-mente los principios del evangelio. Escribió inmediatamente a los creyentes engañados, exponiendo las falsas teorías que habían aceptado, y reprendiendo con gran severidad a los que se estaban apar-tando de la fe...

Confiando en el poder de Dios para salvar, y rehusando reconocer las doctrinas de los maestros apóstatas, el apóstol se esforzó por inducir a los conversos a ver que habían sido groseramente engaña-dos, pero que, retomando a su fe anterior en el evangelio, podrían sin embargo frustrar el propósito de Satanás. Tomó partido firmemente del lado de la verdad y la justicia; y su suprema fe y confianza en el mensaje que predicaba ayudaron a muchos cuya fe había fallado, a recuperar su lealtad al Salvador (Los hechos de los apóstoles, pp. 307, 308).

Satanás está constantemente tratando de inducir a los hombres a caer en el error. Es el dios de toda disensión, y no le faltan “ismos” que presentar para engañar. Surgen constantemente nuevas sectas para desviar de la verdad; y en vez de ser libertadas con la Palabra de vida, las personas reciben un plato de fábulas. Se tuercen las Escrituras y sus textos, y desvinculados de su verdadero contexto son citados para dar a la falsedad la apariencia de verdad. Se roba el ropaje de la verdad para ocultar los rasgos de la herejía (El evangelismo, p. 263).

A los que procuraban negar su apostolado, Pablo les presentó así pruebas de que “en nada he sido inferior a aquellos grandes apósto-les” (2 Corintios 11:5), no para exaltarse a sí mismo, sino para magnificar la gracia de Dios. Los que procuraban empequeñecer su vocación y su obra, estaban luchando contra Cristo, cuya gracia y poder se manifestaban por medio de Pablo. El apóstol se vio forzado, por la oposición de sus enemigos, a defender decididamente su po-sición y autoridad.

Pablo rogó a los que habían conocido una vez el poder de Dios en sus vidas, a volver a su primer amor de la verdad evangélica. Con argumentos irrefutables les presentó su privilegio de llegar a ser hombres y mujeres libres en Cristo, por cuya gracia expiatoria todos los que se entregan plenamente son vestidos con el manto de su jus-ticia. Sostuvo que toda alma que quiera ser salvada debe tener una experiencia genuina y personal en las cosas de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 310, 311).



Domingo 2 de julio: Pablo, el escritor de cartas

Pablo plantó en Galacia las verdades puras del evangelio. Predicó la doctrina de la justicia por la fe, y su obra recibió la recompensa de ver a la iglesia de Galacia convertirse al evangelio. Pero pronto Satanás comenzó su obra utilizando a falsos maestros para confundir las mentes de algunos de los creyentes. La jactancia de esos maestros y la manifestación de poderes capaces de obrar milagros, cegaron la visión espiritual de muchos de los nuevos conversos, y como resultado de esto fueron conducidos al error...
Por un tiempo Pablo perdió la influencia sobre las mentes de los que habían sido engañados. Pero él, confiando en la Palabra y el poder de Dios, y rehusando aceptar las interpretaciones de los maestros apóstatas, pudo inducir a los conversos a ver que habían sido engañados, y en esa forma frustró los propósitos de Satanás. Los nuevos conversos volvieron a la fe, preparados para ocupar inteligentemente su posición en favor de la verdad.
Todos nosotros seremos probados severamente. Personas que pretenden creer la verdad vendrán a nosotros y nos instarán a aceptar doctrinas erróneas, que harán tambalear nuestra fe en la verdad presente si les prestamos oído. Solamente la verdadera religión sopor-tará la prueba del juicio (El evangelismo, p. 263).
Quizá haya algunos que piensen que con su juicio limitado son completamente capaces de tomar la Palabra de Dios y afirmar cuáles son las palabras inspiradas y cuáles no lo son. Mis hermanos en el ministerio, quiero amonestaros para que salgáis de ese terreno... No hay ningún hombre finito que viva ahora —no me importa quién es o qué puesto ocupe—, al que Dios haya autorizado a entresacar y escoger en su Palabra...
Debe tomar la Palabra de Dios al pie de la letra, luego apreciarla tal como es, incorporarla en la vida y entretejerla en el carácter. En la Palabra de Dios está plenamente revelado todo lo que concierne a la salvación de los hombres, y si tomamos esa Palabra y la com-prendemos en la mejor forma en que nos es posible, Dios nos ayudará en su comprensión...
Nunca tratéis de escudriñar las Escrituras a menos que estéis listos a escuchar, a menos que estéis dispuestos a aprender, a menos que queráis escuchar la Palabra de Dios como si la voz divina os estuviera hablando directamente desde los oráculos vivientes. Nunca permitáis que un hombre mortal juzgue la Palaba de Dios o dictamine cuánto de ella es inspirado y cuánto no es inspirado, o que esta porción es más inspirada que algunas otras porciones. Dios le amonesta que se retire de ese terreno. Dios no le ha dado una obra tal para hacer (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 931).



Lunes 3 de julio: El llamado de Pablo

La conversión de Saulo es una impresionante evidencia del poder milagroso del Espíritu Santo para convencer de pecado a los hombres. El había creído en verdad que Jesús de Nazaret menospreció la ley de Dios, y que enseñó a sus discípulos que ella no estaba en vigor. Pero después de su conversión, Saulo reconoció a Jesús como Aquel que había venido al mundo con el expreso propósito de vindicar la ley de su Padre. Estaba convencido de que Jesús era el ori-ginador de todo el sistema judío de los sacrificios. Vio en la crucifixión el tipo, que se había encontrado con la realidad simbolizada; que Jesús había cumplido las profecías del Antiguo Testamento con-cernientes al Redentor de Israel.
En el relato de la conversión de Saulo se nos dan importantes principios que deberíamos tener siempre presentes. Saulo fue puesto directamente en presencia de Cristo. Era uno a quien Cristo había destinado a una obra importantísima, uno que había de ser “instru-mento escogido” (Los hechos de los apóstoles, p. 98).
[Bernabé] creyó plenamente que Pablo decía la verdad, lo recibió, y lo llevó de la mano a la presencia de los apóstoles. Relató entonces el incidente que acababa de escuchar, es a saber, que Jesús había aparecido personalmente ante Pablo mientras éste se encontraba en camino a Damasco. Que había hablado con él; que Pablo había recobrado la vista en respuesta a las oraciones de Ananías, y que de allí en adelante había sostenido en las sinagogas de esa ciudad que Jesús era el Hijo de Dios.
Los apóstoles no vacilaron más; no podían oponerse a Dios. Pedro y Santiago, que en ese momento eran los únicos apóstoles que quedaban en Jerusalén, le tendieron la diestra de la comunión al que había sido fiero perseguidor de su fe; y ahora fue tan amado y respetado como antes había sido temido y evitado. Entonces se reunieron los dos grandes personajes de la nueva fe, es a saber, Pedro, uno de los compañeros elegidos de Cristo mientras estuvo en la tierra, y Pablo, el fariseo, que después de la ascensión de Jesús lo vio cara a cara y habló con él, y también lo vio en visión y se enteró de la naturaleza de su obra en el cielo...
Pronto la voz que había disputado tan vigorosamente con Esteban se escuchó en la misma sinagoga mientras proclamaba osadamente que Jesús era el Hijo de Dios, abogando de ese modo por la misma causa que Esteban había muerto por vindicar. Relató su propia ma-ravillosa experiencia, y con el corazón lleno de ansiedad por sus hermanos y ex asociados, presentó las evidencias de las profecías, tal como lo había hecho Esteban, de que Jesús, el que había sido crucificado, era el Hijo de Dios (La historia de la redención, pp. 90, 91).
No permitáis que hombre alguno venga a vosotros y comience a disecar la Palabra de Dios diciendo qué es revelación, qué es inspiración, y qué no lo es, sin que lo reprendáis. Decid a todos esos sencillamente que no saben, que no son capaces de comprender las cosas del misterio de Dios. Lo que deseamos es inspirar fe. No deseamos que nadie diga: “Esto quiero rechazar y esto quiero recibir”, sino queremos tener fe implícita en la Biblia en conjunto y tal como es (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 931).

 



Martes 4 de julio: El evangelio de Pablo

Todo lo debemos a la gratuita gracia de Dios... No porque primero lo amáramos a él, Dios nos amó a nosotros, sino que “cuando aún éramos débiles” Cristo murió por nosotros... Aunque por nuestra desobediencia merecíamos el desagrado y condenación de Dios, sin embargo no nos ha abandonado dejándonos luchar con el poder del enemigo. Angeles celestiales riñen nuestras batallas por nosotros, y cooperando con ellos podemos ser victoriosos sobre los poderes del mal.
Si no hubiéramos caído, nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra “gracia”. Dios ama a los ángeles que no peca-ron, que realizan su servicio y son obedientes a todas sus órdenes, pero no les proporciona gracia a ellos. Esos seres celestiales no saben nada de gracia, nunca la han necesitado, pues nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios mostrado a seres humanos indignos. Por nosotros mismos no la buscamos, sino fue enviada en nuestra búsqueda. Dios se regocija en conferir su gracia a todos los que la anhelan, no porque son dignos, sino porque son completamente indignos. Nuestra necesidad es la característica que nos da la seguridad de que recibiremos este don.
La reserva de la gracia de Dios está esperando la demanda de cada alma enferma de pecado. Curará toda enfermedad espiritual. Mediante ella, los corazones pueden ser limpiados de toda contaminación. Es el remedio evangélico para todo el que cree (En los lugares celestiales, p. 36).
Cuando la gracia de Cristo se implanta en el alma mediante el Espíritu Santo, el que la posee se volverá humilde en espíritu y procurará asociarse con aquellos cuya conversación versa sobre temas celestiales. Entonces el Espíritu tomará las cosas de Cristo y nos las mostrará y glorificará, no al receptor, sino al Dador. Por lo tanto, si tú tienes la sagrada paz de Cristo en tu corazón, tus labios se llenarán de alabanza y gratitud a Dios. Tus oraciones, el cumplimiento de tu deber, tu benevolencia, tu abnegación, no serán el tema de tu pensamiento o conversación, sino que magnificarás a Aquel que se dio a sí mismo por ti cuando aún eras pecador (Fe y obras, p. 89).
Cristo es el “Príncipe de paz”, y su misión es devolver al cielo y a la tierra la paz destruida por el pecado. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Quien consienta en renunciar al pecado y abra el corazón al amor de Cristo participará de esta paz celestial.
No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo, acep-tada en el corazón, vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor. El que está en armonía con Dios y con su prójimo no sabrá lo que es la desdicha. No habrá envidia en su corazón ni su imaginación albergará el mal; allí no podrá existir el odio. El corazón que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su alrededor una influencia bendita. El espíritu de paz se asentará como rocío sobre los corazones cansados y turbados por la lucha del mundo.
Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revele el amor de Cristo por la influencia inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que incite a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado y entregarse a Dios, es un pacificador (El discurso maestro de Jesu-cristo, pp. 27, 28).


 


Miércoles 5 de julio: Ningún otro evangelio

Los que trabajan actualmente en la obra de Dios tendrán que ha-cer frente a pruebas tales como las que Pablo soportó en su obra. Satanás procurará apartar de su fe a los conversos utilizando los mis-mos métodos engañosos y jactanciosos. Introducirá teorías que no será prudente analizar. Satanás es un obrero astuto, e introducirá en-gaños sutiles a fin de oscurecer y confundir la mente y desarraigar las doctrinas de la salvación. Aquellos que no acepten la Palabra de Dios literalmente, caerán en esa trampa.
Hoy necesitamos proclamar la verdad con santa intrepidez. La siguiente declaración dada a la iglesia primitiva por el mensajero del Señor, debe ser escuchada por su pueblo en la actualidad: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio dife-rente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:8) (Men-sajes selectos, t. 2, p. 60).
Algunos falsos maestros habían presentado a los Gálatas doctri-nas opuestas al evangelio de Cristo. Pablo trataba de exponer y co-rregir estos errores. Deseaba mucho que los falsos maestros fuesen separados de la iglesia, pero su influencia había afectado a tantos de los creyentes que parecía azaroso tomar una decisión contra ellos. Había peligro de ocasionar contiendas y divisiones ruinosas para los intereses espirituales de la iglesia. Por lo tanto trataba de hacer ver a sus hermanos la importancia de ayudarse unos a otros con amor. Declaró que todas las demandas de la ley que presentan nuestros deberes hacia nuestros semejantes se cumplen al amamos unos a otros (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 225).
La religión del evangelio es Cristo en la vida —un principio vivo y activo. Es la gracia de Cristo revelada en el carácter y desarrollada en las buenas obras. Los principios del evangelio no pueden sepa-rarse de ninguna fase de la vida práctica. Todo aspecto de la vida y de la labor cristianas debe ser una representación de la vida de Cristo.
El amor es la base de la piedad. Cualquiera que sea la profesión que se haga, nadie tiene amor puro para con Dios a menos que tenga amor abnegado para con su hermano. Pero nunca podemos entrar en posesión de este espíritu tratando de amar a otros. Lo que se necesita es que esté el amor de Cristo en el corazón. Cuando el yo está su-mergido en Cristo, el amor brota espontáneamente. La plenitud del carácter cristiano se alcanza cuando el impulso a ayudar y beneficiar a otros brota constantemente de adentro, cuando la luz del cielo llena el corazón y se revela en el semblante.
Es imposible que el corazón en el cual Cristo mora esté despro-visto de amor. Si amamos a Dios porque él nos amó primero, ama-remos a todos aquellos por quienes Cristo murió... Relacionados con Cristo, estamos relacionados con nuestros semejantes por los áureos eslabones de la cadena del amor... No necesitaremos que se nos su-plique para sentir las desgracias ajenas. Será para nosotros tan natu-ral ministrar a los menesterosos y dolientes como lo fue para Cristo andar haciendo bienes (Palabras de vida del gran Maestro pp. 316, 317).





Jueves 6 de julio: El origen del evangelio de Pablo

Después de saludar a los Gálatas con las palabras: “Gracia sea a vosotros, y paz de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo,” les dirigió estas palabras de agudo reproche: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis traspasado del que os llamó a la gracia de Cristo, a otro evangelio: no que hay otro, sino que hay algunos que os inquietan, y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Más aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema”. Las enseñanzas de Pablo habían estado en armonía con las Escrituras, y el Espíritu había dado testi-monio acerca de sus labores; por lo tanto exhortó a sus hermanos a que no escucharan a quien contradijera la verdad que él les había enseñado (Los hechos de los apóstoles, p. 307).
En casi cada iglesia había algunos miembros que eran judíos de nacimiento. Los maestros judíos llegaron con facilidad a esos con-versos, y mediante ellos se afianzaron en las iglesias. Usando argu-mentos escriturísticos era imposible refutar las doctrinas enseñadas por Pablo; por eso usaron los medios más inescrupulosos para con-trarrestar su influencia y debilitar su autoridad. Declaraban que no había sido discípulo de Jesús, ni había sido comisionado por él; pero que, sin embargo, se había atrevido a enseñar doctrinas directamente opuestas a las anunciadas por Pedro, Santiago y los otros apóstoles. De esa manera los emisarios del judaismo tuvieron éxito en alejar de su maestro en el evangelio a muchos de los conversos cristianos. Luego de triunfar en este punto los inducían a que volvieran a la observancia de la ley ceremonial como esencial para la salvación. La fe en Cristo y la observancia de los Diez Mandamientos eran consideradas como de menor importancia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1108).
Mientras Pablo escudriñaba las Escrituras, descubrió que a través de los siglos, “no... muchos sabios según la carne, no muchos pode-rosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que nin-guna carne se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:26-29). Y así, viendo la sabiduría del mundo a la luz de la cruz, Pablo se propuso “no conocer nada... sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).
En el curso de su ministerio ulterior, Pablo nunca perdió de vista la fuente de su sabiduría y fuerza. Oídlo años más tarde declarar todavía: “Para mí el vivires Cristo” (Filipenses 1:21). Y otra vez: “Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, ... para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:8-10) (Los hechos de los apóstoles, p. 104).