Notas EGW

Lección 14
Gloriarse en la cruz


SSábado 23 de septiembre

La lección que Dios desea que toda la humanidad aprenda de la experiencia del rey de Babilonia es que él puede humillar a todos los orgullosos. Nabucodonosor tuvo que aprender, con la ayuda de una severa disciplina, la lección de que Dios, y no el hombre, es el Soberano y que su reino es un reino eterno. De manera que el hombre en la actualidad también debe aprender que Dios es supremo. Cuando los hombres tienen éxito en la causa del Señor, es porque Dios les ha dado ese éxito, y no para su gloria personal, sino para Gloria de Dios. Quien trate de robar un rayo de luz de la gloria del Señor verá que tendrá que ser castigado por su presunción... Déjese que la gente se vanaglorie en su propia sabiduría; déjese que exalten el yo y complazcan el orgullo, y el resultado es inevitable. Con la misma seguridad con que el sol brilla durante el día, el orgullo se dirige hacia la destrucción y el espíritu altanero encontrará su caída. Si una iglesia se vuelve orgullosa y jactanciosa, ciertamente será humillada. Si los encargados de cualquier institución se toman presuntuosos y se atribuyen el crédito por el éxito que han tenido en ciertas líneas de actividad, si se vanaglorian de su sabiduría y eficiencia, serán indefectiblemente humillados (El ministerio de publicaciones, pp. 139, 140).

Si los hombres pudiesen ver por un momento más allá del alcance de la visión finita, si pudiesen discernir una vislumbre de lo eterno, toda boca dejaría de jactarse. Los hombres que viven en este pequeño átomo del universo son finitos; Dios tiene mundos innumerables que obedecen a sus leyes, y son conducidos para gloria suya. Cuando en sus investigaciones científicas los hombres han ido hasta donde se lo permiten sus facultades mentales, queda todavía más allá un infinito que no pueden comprender.

Antes que los hombres puedan ser verdaderamente sabios, deben comprender que dependen de Dios, y deben estar henchidos de su sabiduría. Dios es la fuente tanto del poder intelectual como del espiritual. Los mayores hombres, que han llegado a lo que el mundo considera como admirables alturas de la ciencia, no pueden compararse con el amado Juan o el apóstol Pablo. La más alta norma de virilidad se alcanza cuando se combina el poder intelectual con el espiritual. A los que hacen esto, Dios los aceptará como colaboradores consigo en la preparación de las mentes.

Grande conocimiento es el conocerse a sí mismo. El maestro que se estime debidamente permitirá que Dios amolde y discipline su mente. Y reconocerá la fuente de su poder... El conocimiento propio lleva a la humildad y a confiar en Dios; pero no reemplaza a los esfuerzos para el mejoramiento de uno mismo. El que comprende sus propias deficiencias no escatimará empeño para alcanzar la más alta norma de la excelencia física, mental y moral. Ninguno que esté satisfecho con una norma inferior debiera tener parte en la educación de los jóvenes (Consejos para los maestros, p. 65).


Domingo 24 de septiembre: La propia mano de Pablo

El deseo del apóstol para aquellos a quienes escribía sus cartas de consejo y admonición era que no fuesen “niños fluctuantes y llevados por doquiera de todo viento de doctrina,” sino que todos llegaran “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo”. Rogó a aquellos que eran seguidores de Cristo y que vivían en comunidades paganas, que no anduviesen “como los otros Gentiles, que andan en la vanidad de su sentido, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios... por la dureza de su corazón,” sino “avisadamente; no como necios, mas como sabios; redimiendo el tiempo” (Efesios 4:14, 13, 17, 18; 5:15, 16). Animó a los creyentes a mirar hacia el tiempo cuando Cristo, que “amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella,” podría “presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante,” una iglesia “santa y sin mancha” (Efesios 5:25, 27).

Estos mensajes, escritos, no con poder humano, sino con el de Dios, contienen lecciones que deben ser estudiadas por todos, lecciones que será provechoso repetir frecuentemente. En ellas encontramos delineada la piedad práctica, se formulan principios que deben ser seguidos en cada iglesia y se define el camino que lleva a la vida eternal (Los hechos de los apóstoles, p. 375).

El Señor siempre da su obra al agente humano. Aquí está la cooperación divina y humana. En esto consiste en que el hombre actúe obedeciendo la luz divina que recibe. Si Saulo hubiese dicho: “Señor, no siento el menor deseo de seguir tus órdenes específicas para alcanzar mi salvación”, entonces, aunque el Señor hubiera hecho brillar diez veces más la luz sobre Saulo, habría sido inútil. La obra del hombre es cooperar con lo divino. Y el conflicto más duro y severo viene junto con el propósito y la hora de la gran resolución y decisión del ser humano de inclinar su voluntad y el rumbo de su vida ante la voluntad de Dios y el rumbo que Dios indica...

El carácter determinará la naturaleza de la resolución y la acción. Lo que uno hace no está en armonía con los sentimientos o las inclinaciones, sino con la voluntad conocida de nuestro Padre que está en el cielo. Seguid y obedeced las directivas del Espíritu Santo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1058). La vida que abriga el temor de Jehová no será una vida de tristeza y oscuridad. La ausencia de Cristo es la que entristece el semblante y hace de la vida una peregrinación de suspiros. Los que están llenos de estima y amor propios no sienten la necesidad de una unión viviente y personal con Cristo. El corazón que no ha caído sobre la Roca está orgulloso de estar entero... Pero Cristo al morar en el alma es una fuente de gozo. Para todos los que lo reciben, la nota tónica de la Palabra de Dios es el regocijo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).


Lunes 25 de septiembre: Gloriarse en la carne

Miren en el espejo de la ley de Dios los que se sienten inclinados a hacer una elevada profesión de santidad. Cuando vean la amplitud de sus exigencias y comprendan cómo ella discierne los pensamientos e intentos del corazón, no se jactarán de su impecabilidad. “Si dijéremos —dice Juan, sin separarse de sus hermanos— que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros”. “Si dijéremos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”.

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad” (1 Juan 1:8, 10, 9). Hay quienes profesan santidad, quienes declaran que están completamente con el Señor, quienes pretenden tener derecho a las promesas de Dios, mientras rehúsan prestar obediencia a sus mandamientos. Dichos transgresores de la ley quieren recibir todas las cosas que fueron prometidas a los hijos de Dios; pero eso es presunción de su parte, por cuanto Juan nos dice que el verdadero amor a Dios será revelado mediante la obediencia a todos sus mandamientos. No basta creer la teoría de la verdad, hacer una profesión de fe en Cristo, creer que Jesús no es un impostor, y que la religión de la Biblia no es una fábula por arte compuesta. “El que dice, Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos —escribió Juan—, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él, mas el que guarda su palabra, la caridad de Dios está verdaderamente perfecta en él: por esto sabemos que estamos en él”. “El que guarda sus mandamientos, está en él, y él en él” (1 Juan 2:4, 5; 3:24).

Juan no enseñó que la salvación puede ser ganada por la obediencia; sino que la obediencia es el fruto de la fe y del amor... Si permanecemos en Cristo, si el amor de Dios habita en el corazón, nuestros sentimientos, pensamientos y acciones estarán de acuerdo con la voluntad de Dios. El corazón santificado está en armonía con los preceptos de su ley (Los hechos de los apóstoles, pp. 449, 450).

Si los miembros de la iglesia trabajan fielmente para edificar la causa de la verdad, no escaparán de la lengua del chismoso, de la falsedad y de la calumnia. “Y también todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). Su conducta consecuente e inconmovible es un reproche constante para la incredulidad, el orgullo, el egoísmo del profesante hipócrita...

Jesús no pierde de vista a su pueblo, que tiene que hacer frente a tantos desánimos. Requiere poquísimo esfuerzo flotar con la corriente popular, pero aquellos que alcanzarán las playas inmortales deben luchar contra viento y marea. Hay una forma de cristianismo —una falsa profesión—que no tiene energía reformadora. Sus poseedores se complacen en oponerse a la fe de otros y en desacreditarla...

El verdadero seguidor de Cristo no debería desmayar al recibir reproches de esta clase... Los que son fieles a Dios no recibirán daño en el reproche o en la oposición. No, más bien así se desarrollarán virtudes que no florecerían en el sol de la prosperidad. La fe, la paciencia, la humildad y el amor brotarán y florecerán en medio de las nubes y de las tinieblas (Nuestra elevada vocación, p. 361).


Martes 26 de septiembre: Gloriarse en la cruz

En el pensamiento de las multitudes que viven hoy la cruz del Calvario está rodeada de sagrados recuerdos. Se relacionan con las escenas de la crucifixión sagradas asociaciones. Pero en los días de Pablo, la cruz se consideraba con sentimientos de repulsión y horror. El ensalzar como Salvador de la humanidad a uno que había muerto en la cruz provocaría naturalmente el ridículo y la oposición.

Pablo sabía bien cómo sería considerado su mensaje tanto por los judíos como por los griegos de Corinto. “Nosotros predicamos a Cristo crucificado —confesó él—, a los judíos ciertamente tropezadero, y a los Gentiles locura” (1 Corintios 1:23). Entre sus oyentes judíos había muchos a quienes encolerizaría el mensaje que él estaba por proclamar. Y a juicio de los griegos, sus palabras serían absurda locura. Sería considerado mentalmente débil por tratar de mostrar cómo la cruz podría tener alguna relación con la elevación del género humano o la salvación de la humanidad.

Pero para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés.
Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz. En aquel entonces se le había dado una revelación del infinito amor de Dios, según se revelaba en la muerte de Cristo; y se había producido en su vida una maravillosa transformación que había puesto todos sus planes y propósitos en armonía con el cielo. Desde aquella hora había sido un nuevo hombre en Cristo. Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo (Hechos de los apóstoles, p. 199).

Cuanto más nos acerquemos a él y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltamos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo. Conoceremos que la suficiencia solamente se encuentra en Cristo, y haremos la confesión del apóstol: “Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien”. “Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Romanos 7:18; Gálatas 6:14) (Hechos de los apóstoles, p. 448).

 


Miércoles 27 de septiembre: Una nueva creación

Una simple profesión de piedad no tiene valor. Es cristiano el que permanece en Cristo... A menos que la mente de Dios se convierta en la mente del hombre, será inútil todo esfuerzo para purificarse a sí mismo, pues es imposible elevar al hombre a menos que sea mediante un conocimiento de Dios. Puede haber una cubierta del barniz exterior, y los hombres pueden ser como eran o fariseos, a quienes Cristo describió como “sepulcros blanqueados”, llenos de corrupción y de huesos de cadáveres. Pero todas las deformidades del alma están presentes delante de Aquel que juzga con justicia, y a menos que la verdad sea implantada en el corazón, no puede dominar la vida. La limpieza exterior de la copa nunca podrá hacer que el vaso sea puro por dentro. Una aceptación nominal de la verdad es buena hasta donde pueda llegar, y la capacidad de dar razón de nuestra fe es algo bueno; pero si la verdad no penetra aún más profundamente, el alma nunca será salvada. El corazón debe ser purificado de toda contaminación moral (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 962).

Cuando Pablo recibió el evangelio de Jesucristo, ese evangelio lo convirtió en una nueva criatura. Fue transformado; la verdad plantada en su alma le dio tal fe y coraje como seguidor de Cristo que ninguna oposición pudo moverlo, ningún sufrimiento acobardarlo.

Los hombres pueden elaborar cualquier excusa que les plazca para rechazar la ley de Dios; pero ninguna excusa será aceptada en el día del juicio. Los que contienden con Dios y endurecen sus almas culpables en la transgresión, muy pronto deberán enfrentar al Gran Legislador en relación con su ley quebrantada (Fe y obras, pp. 32, 33).

Debido a la ofrenda hecha en nuestro favor, estamos en situación ventajosa. El pecador, separado por el poder de Cristo de la confederación del pecado, se acerca a la cruz levantada y se postra ante ella. Entonces surge una nueva criatura en Cristo Jesús. El pecador es limpiado y purificado. Se le da un nuevo corazón. La santidad descubre que no tiene nada más que pedir. La obra de la redención implica consecuencias difíciles de concebir para el hombre. Había que impartir a los seres humanos que luchaban por conformarse a la imagen divina un bosquejo de los tesoros celestiales, una excelencia de poder que los pusiera por encima de los ángeles que nunca cayeron. La batalla se había librado, se había ganado la victoria. El conflicto entre el pecado y la justicia exaltó al Señor del cielo, y reafirmó delante de la familia humana salvada, delante de los mundos no caídos, delante de las huestes de malhechores, la santidad, la misericordia, la bondad y la sabiduría de Dios (Hijos e hijas de Dios, p. 245).

A medida que la fe recibe y se asimila así los principios de la verdad, vienen a ser parte del ser y la fuerza motriz de la vida. La Palabra de Dios, recibida en el alma, amolda los pensamientos y entra en el desarrollo del carácter.

Mirando constantemente a Jesús con el ojo de la fe, seremos fortalecidos. Dios hará las revelaciones más preciosas a sus hijos hambrientos y sedientos. Hallarán que Cristo es un Salvador personal. A medida que se alimenten de su Palabra, hallarán que es espíritu y vida. La Palabra destruye la naturaleza terrenal y natural e imparte nueva vida en Cristo Jesús. El Espíritu Santo viene al alma como Consolador. Por el factor transformador de su gracia, la imagen de Dios se reproduce en el discípulo; viene a ser una nueva criatura. El amor reemplaza al odio y el corazón recibe la semejanza divina. Esto es lo que quiere decir vivir de “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto es comer el Pan que descendió del cielo (El Deseado de todas las gentes, p. 355).


 


Jueves 28 de septiembre: Declaraciones finales

Él [Pablo] tenía que llevar consigo, en el cuerpo, en sus ojos, que habían sido cegados por la luz celestial, las marcas de la gloria de Cristo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1058).

Como medida de precaución, Pablo aconsejó prudentemente a Timoteo que se circuncidase, no porque Dios lo requiriese, sino para eliminar del pensamiento de los judíos algo que pudiera llegar a ser una objeción contra el ministerio de Timoteo. En su obra, Pablo había de viajar de ciudad en ciudad, en muchas tierras, y con frecuencia tenía oportunidad de predicar a Cristo en las sinagogas de los judíos, como también en otros lugares de reunión. Si llegaban a saber que uno de sus compañeros era incircunciso, su obra quedaría grandemente estorbada por los prejuicios y el fanatismo de los judíos. Por doquiera el apóstol afrontaba resuelta oposición y severa persecución. Deseaba impartir a sus hermanos judíos, tanto como a los gentiles, el conocimiento del evangelio; y por eso procuraba, en la medida consecuente con su fe, quitar todo pretexto de oposición. Sin embargo, mientras condescendía así con el prejuicio judío, creía y enseñaba que la circuncisión y la incircuncisión nada eran, y que el evangelio de Cristo era todo (Los hechos de los apóstoles, p. 166).

Los gloriosos resultados logrados por el ministerio de los discípulos escogidos por Cristo, fue la consecuencia de llevar en sus cuerpos la muerte del Señor Jesús. Algunos de los que dieron testimonio en favor de Cristo eran hombres sin letras e ignorantes; pero la gracia y la verdad reinaban en sus corazones, inspirando y purificando sus vidas, y controlando sus acciones. Eran representantes vivientes de la mente y el espíritu de Cristo. Eran epístolas vivientes, conocidas y leídas por todos los hombres. Fueron aborrecidos y perseguidos por todos los que recibieron la verdad que predicaban y sin embargo despreciaron la cruz de Cristo.

Los malvados no se oponen a la forma de la piedad, ni rechazan el ministerio popular que no les pide que lleven la cruz. El corazón irregenerado no levantará objeciones serias contra una religión que no tiene nada que haga temblar al trasgresor de la ley, o que induzca al corazón y a la mente a meditar en las terribles realidades del juicio venidero. Es la manifestación del Espíritu y del poder de Dios lo que suscita oposición e induce a rebelarse al corazón no regenerado. La verdad que salva el alma no solamente debe proceder de Dios, sino que su Espíritu debe acompañar a su comunicación a los demás; en caso contrario, cae impotente delante de las influencias opositoras. ¡Oh, que la verdad surja de los labios de los siervos de Dios con tal poder que se abra camino a fuego hacia los corazones de la gente! (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 308).