Notas EGW

Lección 13
El evangelio y la iglesia


Sábado 16 de septiembre

El Señor dice: “Dichosos vosotros los que sembráis junto a todas las aguas” (Isaías 32:20). Sembrar junto a todas las aguas significa dar dondequiera que se necesite nuestra ayuda. Esto no será causa de pobreza. “El que siembra generosamente, generosamente tam-bién segará”. Al esparcir la semilla, el sembrador la multiplica. Del mismo modo, al compartir con otros, aumentamos nuestras bendi-ciones. La promesa de Dios asegura abundancia, para que sigamos dando.
Más aún: al impartir bendiciones en esta vida, la gratitud del que las recibe prepara el corazón para recibir la verdad espiritual y se produce una cosecha para vida eterna.
Mediante la acción de echar el grano en la tierra, el Salvador representa su sacrificio por nosotros. “Que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere —dice él—, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). Únicamente por medio del sacrificio de Cristo, la Simiente, podía obtenerse fruto para el reino de Dios. De acuerdo con la ley del reino vegetal, la vida es resultado de su muerte.
Lo mismo ocurre con todos los que dan fruto como colaboradores con Cristo; el amor y el interés propios deben perecer; la vida debe ser echada en el surco de la necesidad del mundo. Pero la ley del sacrificio del yo es la ley de la conservación propia. El agricultor conserva el grano cuando lo arroja a la tierra. Del mismo modo será conservada la vida que se da generosamente para servicio de Dios y del hombre {La educación, pp. 109, 110).
Para muchos, la vida es una lucha dolorosa; se sienten deficien-tes, desgraciados y descreídos: piensan que no tienen nada que agra-decer. Las palabras de bondad, las miradas de simpatía, las expre-siones de gratitud, serían para muchos que luchan solos como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra de simpatía, un acto de bondad, alzaría la carga que doblega los hombros cansa-dos. Cada palabra y obra de bondad abnegada es una expresión del amor que Cristo sintió por la humanidad perdida.
Los misericordiosos “alcanzarán misericordia”. “El alma gene-rosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Hay dulce paz para el espíritu compasivo, una bendita satisfacción en la vida de servicio desinteresado por el bienestar ajeno. El Espíritu Santo que mora en el alma y se manifiesta en la vida ablandará los corazones endurecidos y despertará en ellos simpatía y ternura. Lo que sembremos, eso segaremos. “Bienaventurado el que piensa en el pobre... Jehová lo guardará, y le dará vida; será bienaventurado en la tierra, y no lo entregarás a la voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad” (Salmo 41:1-3) (El discurso maestro de Jesucristo, p. 24).


Domingo 17 de septiembre: Restaurar al caído

Nosotros mismos debemos todo a la abundante gracia de Dios. La gracia en el pacto ordenó nuestra adopción. La gracia en el Sal-vador efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra exaltación a ser coherederos con Cristo. Sea revelada esta gracia a otros.
No demos al que yerra ocasión de desanimarse. No permitamos que haya una dureza farisaica que haga daño a nuestro hermano. No se levante en la mente o el corazón un amargo desprecio. No se ma-nifieste en la voz un dejo de escarnio. Si hablas una palabra tuya, si adoptas una actitud de indiferencia, o muestras sospecha o descon-fianza, esto puede provocar la ruina de un alma. El que yerra nece-sita un hermano que posea el corazón del Hermano Mayor, lleno de simpatía para tocar su corazón humano. Sienta él el fuerte apretón de una mano de simpatía, y oiga el susurro: oremos. Dios les dará a ambos una rica experiencia...
Nada puede justificar un espíritu no perdonador. El que no es misericordioso hacia otros, muestra que él mismo no es participante de la gracia perdonadora de Dios. En el perdón de Dios el corazón del que yerra se acerca al gran Corazón de amor infinito. La corrien-te de compasión divina fluye al alma del pecador, y de él hacia las almas de los demás. La ternura y la misericordia que Cristo ha reve-lado en su propia vida preciosa se verán en los que llegan a ser par-ticipantes de su gracia. Pero “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él” (Romanos 8:9). Está alejado de Dios, listo sola-mente para la separación eterna de él (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 195, 196).
El poder sanador de Dios se hace sentir en toda la naturaleza. Si se corta un árbol, si un ser humano se lastima o se rompe un hueso, la naturaleza empieza inmediatamente a reparar el daño. Aun antes que exista la necesidad, están listos los elementos sanadores, y tan pronto como se lastima una parte, todas las energías se dedican a la obra de restauración. Lo mismo ocurre en el reino espiritual. Antes que el pecado creara la necesidad, Dios había provisto el remedio. Toda alma que cede a la tentación es herida por el adversario, pero dondequiera que haya pecado está el Salvador. Es obra de Cristo “sanar a los quebrantados de corazón... pregonar libertad a los cau-tivos... poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18).
Nosotros debemos cooperar en esta obra. “Si alguno fuere sor-prendido en alguna falta... restauradle” (Gálatas 6:1). La palabra aquí traducida por “restaurar” significa juntar, como si se tratara de un hueso dislocado. ¡Qué figura sugestiva! El que incurre en el error o el pecado llega a desarmonizar con todo lo que lo rodea. Puede percatarse de su error, llenarse de remordimiento, pero no puede res-tablecerse. Se encuentra confuso, perplejo, vencido, impotente. Ne-cesita ser ganado de nuevo, sanado, rehabilitado. “Vosotros que sois espirituales, restauradle”. Solamente el amor que fluye del corazón de Cristo puede sanar. Sólo aquel en quien fluye ese amor, como la savia en el árbol, o la sangre en el cuerpo, puede restaurar al alma herida (La educación, p. 113).


Lunes 18 de septiembre: Cuidado con la tentación
Las promesas de Dios no son para que las reclamemos impru-dentemente, para protegemos mientras corremos temerariamente hacia el peligro, violando las leyes de la naturaleza, o desentendién-donos de la prudencia y del juicio que Dios nos ha dado. Esto no sería una fe genuina, sino presunción... Satanás acude a nosotros con honor mundano, riquezas y los placeres de la vida. Estas tentaciones son variadas, para adaptarlas a hombres de toda categoría y condi-ción, para tentarlos y alejarlos de Dios, para servirse a sí mismos más que a su Creador. “Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:9), le dijo Satanás a Cristo. Y Satanás le dice al hombre: “Todo esto te daré”. “Todo este dinero, toda esta tierra, todo este poder, y honor, y riquezas te daré”; y el hombre queda encantado, engañado, y traidoramente arrastrado a su ruina. Si nos entregamos a la mundanalidad del corazón y de la vida, Satanás está satisfe-cho (Mente, carácter y personalidad, t. 1, p. 25).
Al notar los discípulos cómo sus labores tenían éxito, corrían peligro de atribuirse el mérito a sí mismos, de sentir orgullo espi-ritual, y así caer bajo las tentaciones de Satanás. Les esperaba una gran obra, y ante todo debían aprender que su fuerza no residía en sí mismos, sino en Dios. Como Moisés en el desierto del Sinaí, como David entre las colinas de Judea, o Elias a orillas del arroyo de Querit, los discípulos necesitaban apartarse del escenario de su intensa actividad, para ponerse en comunión con Cristo, con la na-turaleza y con su propio corazón
(El Deseado de todas las gentes, p. 327).
Los que profesan ser siervos del Dios viviente deben estar dis-puestos a ser siervos de todos, en vez de creerse exaltados sobre los hermanos, y deben poseer un espíritu bondadoso y cortés. Si llegan a errar, deben estar dispuestos a confesarlo cabalmente. La sinceri-dad de las intenciones no puede usarse como excusa por no confesar los errores. La confesión no reduciría la confianza de la iglesia en el mensajero, mientras que él daría un buen ejemplo; se alentaría un espíritu de confesión en la iglesia, y el resultado sería una dulce unión. Los que profesan ser maestros, deben ser dechados de piedad, mansedumbre y humildad, es decir, deben poseer un espíritu bonda-doso, a fin de ganar almas para Jesús y la verdad de la Biblia (Primeros escritos, p. 102).
Os ruego en el nombre de Jesús de Nazaret que desterréis todo lo que se asemeje al orgullo espiritual y el amor a la supremacía. Convertíos en niñitos, ya que cuando termine la lucha, llegaréis a ser miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Leed Juan 17 una y otra vez. Esa oración que nuestro Salvador elevó a su Padre en favor de sus discípulos es digna de repetirse a menudo, y de ser practicada en la vida diaria. Alzará al hombre caído, porque el Señor ha prometido que si conservamos esta unidad, Dios nos amará como amó a su Hijo; el pecador se salvará, y Dios será glorificado eterna-mente (Hijos e hijas de Dios, p. 297).

Martes 19 de septiembre: Llevar las cargas

El Señor no ha calificado a ninguno de nosotros para que lleve solo la carga de la obra. Ha relacionado para que se reúnan hombres de criterios diferentes, a fin de que se aconsejen y se ayuden mutuamente. De esa manera la falta de experiencia y capacidad de uno es suplida por la experiencia y la capacidad del otro. Debiéramos estu-diar cuidadosamente las instrucciones que se dan en Corintios y Efe-sios con respecto a nuestra relación mutua como miembros del cuerpo de Cristo...
Debes aprender a dejar de lado tu voluntad y tu manera de ver las cosas, y recibir luz de aquellos a quienes Dios ha hecho sus ayu-dantes y ha designado como tus colaboradores. Acude a Cristo para recibir alivio. Afórrate de él. Persevera lo suficiente como para so-meter tu voluntad a la de Dios. Muchos están demasiado apurados para orar. Con pasos apresurados avanzan a la sombra de la amante presencia de Cristo. Dara detenerse tal vez unos ñocos momentos en el sagrado recinto, pero sin esperar su consejo
(Cada día con Dios, p. 152).
“Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradamos a nosotros mismos” (Romanos 15:1). De-bemos relacionamos correctamente los unos con los otros, aun cuando esto pueda demandar sacrificio. Cristo hizo un sacrificio infi-nito por nosotros. ¿No debiéramos nosotros estar dispuestos a sacri-ficamos por otros? Debemos evitar cuidadosamente herir o lastimar los corazones de los hijos de Dios, porque cuando lo hacemos herir-nos y lastimamos el corazón de Cristo (Alza tus ojos, p. 29).
El apóstol añade una recomendación a los independientes que confían en sí mismos: “Porque el que estima de sí que es algo, no siendo nada, a sí mismo engaña... Porque cada cual llevará su carga” (Gálatas 6:3, 5). El que se considera superior a sus hermanos en jui-cio y experiencia, y desprecia su consejo y amonestación, demuestra que está peligrosamente seducido. El corazón es engañoso. Debe probar su carácter y su vida por la norma bíblica. La Palabra de Dios derrama una luz infalible sobre la senda de la vida humana. No obs-tante, las muchas influencias que surgen para desviar y distraer la mente, los que piden honradamente a Dios sabiduría serán guiados en el debido camino. Cada hombre deberá al final subsistir o caer por sí mismo, no según la opinión del partido que le sostiene o se le opone, ni según el juicio de hombre alguno, sino según sea su ver-dadero carácter a la vista de Dios. La iglesia puede amonestar, acon-sejar y advertir, pero no puede obligar a nadie a seguir el camino recto. Todo aquel que persista en despreciar la Palabra de Dios, de-berá llevar su propia carga, dar cuenta de sí a Dios, y sufrir las con-secuencias de su propia conducta (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 228)

 


Miércoles 20 de septiembre: La ley de Cristo

Si un miembro de la familia de Cristo cae en tentación, los demás deben velar por él con bondadoso interés, para detener los pies que empiezan a descarriarse por senderos falsos y para ganarlo a una vida pura y santa. Dios requiere que cada miembro de su iglesia realice este servicio... Los miembros de la familia de Dios deben obrar con sabiduría y velar; deben hacer todo lo posible para salvar a sus hermanos más débiles de las redes ocultas de Satanás.
Esto también es obra misionera, y ayuda tanto a los que la reali-zan como a las personas por quienes se hace. El bondadoso interés que manifestamos en el círculo del hogar, las palabras de simpatía que hablamos a nuestros hermanos y hermanas nos preparan para trabajar por los miembros de la casa del Señor, con quienes, si per-manecemos leales a Cristo, viviremos durante la eternidad. Cristo dice: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10). Puesto que esto es así, ¡con cuánto cuidado de-berían los miembros de la familia del Señor velar por sus hermanos y hermanas! Haceos amigos de ellos. Si son pobres y necesitan ali-mento y vestido, atended sus necesidades temporales tal como lo hacéis con sus necesidades espirituales. En esta forma seréis una doble bendición para ellos
(El evangelismo, p. 259).
Acuda a él tal como es, y póngase en sus manos. Crea que él lo acepta tal como ha prometido. No trate de hacer algo importante que lo recomiende a Dios, sino confíe en él ahora, en este momento... Acuda con fe humilde a Aquel que nunca dijo a los necesitados y sufrientes: “Buscan mi rostro en vano”. Sabemos que somos peca-dores, que a menudo nos equivocamos y que frecuentemente somos vencidos en las tentaciones, pero esto no debiera conducimos en nuestra gran necesidad a apartamos del Único que puede ayudamos y salvarnos del poder de Satanás. Desalentar y llevar a la desespe-ración es la obra del enemigo.
¡Qué evidencia tenemos del incomparable amor de Jesús en que dejó el cielo y vino a la tierra para ayudamos! Él dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; por-que mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30) (Alza tus ojos, p. 326).
Algunas veces derramamos nuestras dificultades en los oídos hu-manos, y les contamos nuestras aflicciones a aquellos que no pueden ayudamos, y nos olvidamos de confiárselo todo a Jesús, quien puede cambiar nuestra pena en gozo...
Él se propone ser nuestro amigo y caminar junto a nosotros en todos los ásperos caminos de la vida. Él nos dice: Yo soy el Señor tu Dios, camina conmigo, y yo llenaré de luz tu senda. Jesús, la Ma-jestad del cielo, se propone elevar al compañerismo consigo, a aque-llos que acudan a él con sus cargas, sus debilidades y sus cuida-dos (Nuestra elevada vocación, p. 99).


 


Jueves 21 de septiembre: Cosechar y sembrar

Según las leyes de Dios que rigen en la naturaleza, el efecto sigue a la causa con invariable seguridad. La siega es un testimonio de la siembra. Aquí no hay simulación posible. Los hombres pueden en-gañar a sus semejantes y recibir alabanza y compensación por un servicio que no han prestado. Pero en la naturaleza no puede haber engaño. La cosecha dicta sentencia de condenación para el agricul-tor infiel. Y en su sentido superior, esto se aplica también al campo de lo espiritual. El mal triunfa aparentemente, pero no en realidad. El niño que por jugar falta a clases, el joven perezoso para estudiar, el empleado o aprendiz que no cuida los intereses de su patrón, el hombre que en cualquier negocio o profesión es infiel a sus respon-sabilidades más elevadas, puede jactarse de que mientras la falta permanezca oculta obtiene ciertas ventajas. Pero no es así; se engaña a sí mismo. El carácter es la cosecha de la vida, y determina el des-tino tanto para esta vida como para la venidera.
La cosecha es la reproducción de la semilla sembrada. Toda se-milla da fruto “según su género”. Lo mismo ocurre con los rasgos de carácter que fomentamos. El egoísmo, el amor propio, el engrei-miento, la propia complacencia, se reproducen, y el final es desgra-cia y ruina. “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el espíritu, del espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:8). El amor, la simpatía y la bondad, dan fruto de bendición, una cosecha imperecedera (La educación, pp. 108, 109).
“Así pues, según tengamos oportunidad, obremos lo que es bueno para con todos, y mayormente para con los que son de la fa-milia de la fe” (Gálatas 6:10, V.M.).
En un sentido especial, Cristo ha confiado a su iglesia el deber de atender a los miembros necesitados. Permite que sus pobres se encuentren en el seno de cada iglesia. Siempre han de estar con no-sotros, y Cristo encarga a los miembros de la iglesia una responsa-bilidad personal en lo que respecta a cuidar de ellos.
Así como los miembros de una familia fiel cuidan unos de otros, atendiendo a los enfermos, soportando a los débiles, enseñando a los que no saben, educando a los inexpertos, así también los de “la fa-milia de la fe” han de cuidar de sus necesitados y desvalidos. De ninguna manera han de desentenderse de ellos (Ministerio de cura-ción, p. 153).
El que ama a Dios no solamente amará a sus semejantes, sino que considerará con tierna compasión las criaturas que Dios ha he-cho. Cuando el Espíritu de Dios está en el hombre, induce a prestar alivio en lugar de producir sufrimiento... Debemos cuidar cada caso de sufrimiento, y consideramos instrumentos de Dios para aliviar al necesitado hasta donde nos lo permita nuestra habilidad. Debemos ser colaboradores de Dios... Interroguémonos con corazón fervo-roso: “¿Quién es mi prójimo?” Nuestro prójimo no es meramente nuestro vecino o nuestro amigo particular; no son sencillamente los que pertenecen a nuestra iglesia y piensan como nosotros. Nuestro prójimo es toda la familia humana. Debemos ser buenos con todos los hombres y especialmente con aquellos que son de la familia de la fe. Debemos dar al mundo una demostración de lo que significa cumplir la ley de Dios. Debemos amar a Dios por sobre todo y a nuestros prójimos como a nosotros mismos
(Sons and Daughters of God, p. 52; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 54).