LECCIÓN 13
VIVIR EL EVANGELIO EN LA IGLESIA
(GÁLATAS 6:1-10)

«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid as; la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).
«No nos cansemos, pues, de hacer bien [...]. Así que, según ten-gamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe» (Gálatas 6:9, 10).

La iglesia en Galacia, lamentablemente, parece ser típica de demasiadas congregaciones. Ya Pablo los había amonesta-do, al decirles que no se devoraran, provocaran y envidia-ran unos a otros (Gálatas 5:15, 26), y al incluir actitudes como contiendas, celos, envidias y disensiones en su lista de las obras de la carne (versículos 20, 21). Del lado positivo, ha comenzado a presentar una solución, al aseverar que la esencia del cristianis-mo es «la fe que obra por el amor» (versículo 6); que «toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (versículo 14); y que el principal aspecto del fruto del Espíritu es el amor (versículo 22).

EJEMPLOS CONCRETOS DE VIVIR EL EVANGELIO (GÁLATAS 6:1-5)

Obviamente, los gálatas tenían algunos problemas serios en esta área. Así, después de haberlos exhortado a que anduvieran por el Espíritu (versículo 25), Pablo ahora está listo para darles algunos consejos prácticos sobre cómo hacerlo, a la luz de los problemas que se desarrollaban en su medio, al pasar de su confianza en la gracia hacia una orientación en la que las reali-zaciones personales en la observancia de la ley estaban incli-nando no solo su teología sino también sus actitudes hacia sí mismos y hacia los demás de una manera no saludable. Una lectura de Calatas 6:1 al 5 implica que ya no estaban actuando bondadosamente los unos con los otros (versículos 1, 2); habían desarrollado ideas exageradas acerca de sí mismos, probable-mente, por causa de sus «realizaciones espirituales superiores» (versículo 3); y habían comenzado a compararse con otras per-sonas en la iglesia, que presumiblemente eran menos dedicadas a las enseñanzas «avanzadas», que veían la circuncisión y la observancia de las reglas judías como una manera de realmente llegar a ser justos ante Dios (versículo 4).
Pablo ya había escuchado suficiente de tales actitudes y ac-ciones que surgían de su nueva orientación teológica. Comen-zará ahora a dirigirse a ellos frontalmente en Gálatas 6:1 al 5, terminando su declaración con el hecho de que, en última ins-tancia, cada persona va al juicio delante de Dios (versículos 5, 7, 8). Para decirlo directamente, Pablo demostrará, en los ver-sículos 1 al 5, que «la primera y mayor evidencia del andar por el Espíritu, o ser llenos del Espíritu, no es una experiencia mís-tica propia privada, sino nuestras relaciones de amor con otras personas». 1
La primera amonestación práctica del apóstol tiene que ver con aquellos creyentes que no han hecho todo bien, que han sido «sorprendidos en alguna falta» (versículo 1), o «pecado» (NVI). La palabra elegida para «falta» es interesante; significa «tropezar sobre algo». 2 Como nota F. F. Bruce, la palabra no representa «un curso de acción establecido, sino una acción aislada». 3 En otras palabras, estamos tratando con un miem-bro de la iglesia que ha pecado, pero no en forma flagrante y desvergonzada, ni que lo haya realizado continuamente en el sentido en que Pablo habló en Gálatas 5:21, donde declaró que los que practican tales cosas «no heredarán el reino de Dios». Es decir, aquellos de quienes habla Pablo en Gálatas 6:1 no son rebeldes encallecidos, sino cristianos sinceros que tempora-riamente cayeron.
Ahora bien, nosotros, como hermanos de la iglesia, pode-mos relacionarnos con aquellos que han cometido un yerro (aun serio) de dos maneras. Podemos animarlo y llevarlo al Trono de la gracia, donde puede confesar su fracaso moral y ser perdonado (1 Juan 1:9), o podemos añadir nuestra conde-nación al peso de su conciencia ya culpable. Este último curso de acción «parece haber sido lo que estaba ocurriendo en las iglesias en Galacia. Los zelotes por la Ley no tenían misericor-dia con los pecadores». 4
Para Pablo, esa era parte de la tragedia del nuevo énfasis en la ley de aquellas iglesias, que había usurpado el lugar central de la fe y la gracia en el evangelio que él les había predicado. Como nota Hans Betz, «Pablo parece agudamente consciente de que una posición de justicia propia de los acusadores puede causar mayor daño a la comunidad que la ofensa cometida por la persona». 5
Condenar a quienes han sido descuidados o negligentes pa-rece ser normal y correcto; por lo menos, desde una perspectiva humana. Pero Pablo está diciendo a los gálatas, y a nosotros hoy, que eso no es ser cristianos. Por el contrario, las personas guiadas por el Espíritu —las personas que andan en el Espíritu (Gálatas 5:25)— expresarán el amante fruto del Espíritu (versículo 22), que incluye la virtud de la bondad (versículo 23) al tratar con el que «fue sorprendido en alguna falta». Y ellos no solo necesitan ser bondadosos con tales personas, sino además deben recordar quiénes son ellos mismos; después de todo, ninguno de nosotros está por encima de la posibilidad de caer (Gálatas 6:1). Y, si reflexionamos un momento, recordaremos que hemos sido salvos por la gracia, y reiteradamente perdona-dos por las bondadosas misericordias de Dios. Así como Dios repetidamente nos ha restaurado, también nosotros, si somos cristianos, nos «restauraremos» unos a otros, en vez de condenar. La palabra griega para restaurar es un término sanador, usado «especialmente corno un término quirúrgico, de acomo-dar un hueso o una articulación». 6 Marcos 1:19 lo emplea cuando los hermanos hijos de Zebedeo «remendaban» sus re-des. Los cristianos deben ser sanadores de aquellos de entre nosotros que han caído en pecado. Por lo tanto, no debemos condenar a los que cayeron en las trampas del pecado, sino «llevar los unos las cargas de los otros», y con ello «cumplir la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).
La expresión ley de Cristo es interesante en el contexto de Gá-latas. Sin duda, alude a Gálatas 5:14, donde Pablo mencionó que «toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y el versículo 14 puede estar basado en ideas como las que presentó Jesús en Mateo 22:37 al 40, donde define la ley en términos del amor, y Juan 13:34, donde él afirma que su «nuevo mandamiento» es «que os améis unos a otros, como yo os he amado» (cf. Juan 15: 12).
La tragedia de los judaizantes y de muchos cristianos mo-dernos es que su preocupación por las leyes exteriores de la Bi-blia los ha llevado a una transgresión del centro de la Ley de Dios del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento: amar al prójimo como a uno mismo (Gálatas 5:14; Romanos 13:8-10; Ma-teo 22:37-40; Deuteronomio 6:5; Levítico 19:18). Del centro de la Ley de amor fluyen los Mandamientos más específicos relacio-nados con nuestro prójimo (ver Romanos 13:8-10; Mateo 22:40).7 En el centro de la enseñanza general de Pablo está que aquellos que han sido liberados del legalismo judío y de usar la ley como una manera de llegar a ser justos ante Dios al fin viven la Ley cuando andan en el Espíritu. Como Pablo lo dice en Romanos, los que «están en Cristo Jesús» están libres «de la ley del pecado y de la muerte [...] para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:1-4).
En Gálatas 6:3, Pablo se vuelve al tema de la evaluación per-sonal. El engaño más serio que afrontan los cristianos es pensar que son algo, cuando en realidad son nada. Comenzamos a suponer que somos alguien cuando comenzamos a contrastar nuestras «buenas» realizaciones con otros, que pueden no ser tan «rectos» en su vida diaria como nosotros. «Dios», exclamó el fariseo, «te doy gracias porque no soy como los otros hombres [...] ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano» (Lucas 18:11, 12). ¡Oh, qué buenos aparecemos cuando nos comparamos con otros! Pero, cuán pobres somos cuando nos evaluamos con Dios, cuando recordamos que él nos ha per-donado nuestros pecados pasados por su gracia y cuando nos damos cuenta de que aún trata bondadosamente con nosotros en nuestro orgullo actual.
La amonestación de Pablo es que necesitamos examinar nuestra propia obra (Gálatas 6:4). En el contexto de Gálatas, ese examen necesita ocurrir a la luz del fruto del Espíritu y de las obras de la carne (Gálatas 5:19-23). ¿Estamos caminando en la carne, con su orgullo espiritual y contiendas, o andamos en el Espíritu, con su amor y su mansedumbre? De acuerdo con Pa-blo, es lo uno o lo otro. Y necesito preguntarme honestamente: ¿cuál es el principio guiador de mi vida al relacionarme con los demás miembros de la iglesia? ¿Estoy condenando a quienes pecaron o estoy sirviéndolos bondadosamente en amor?
Solo cuando ando en el Espíritu tengo base para «gloriarme» (Gálatas 6:4), o «presumir» (NVI). Los gálatas se complacían en dos clases de jactancia. Un grupo exaltaba sus realizaciones por medio de la circuncisión y otros aspectos de la Ley considera-dos como un medio para llegar a ser justos ante Dios. El otro grupo consistía en quienes se daban cuenta de que habían sido rescatados de la maldición de la Ley quebrantada por la muerte de Cristo (Gálatas 3:10, 13), transformados de la esfera de la carne a la del Espíritu (Gálatas 5:19-23), y empoderados por el Espíritu Santo para andar en el Espíritu (vers. 25). Tal «jactan-cia» consistía en ensalzar lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo (ver Gálatas 2:20). Realmente representa humildad, pues vemos que somos nada sin la gracia gratuita de Dios. Y eso conduce a amar y a cargar bondadosamente los fardos los unos de los otros (Gálatas 6:1, 2).
Pero entonces, el versículo 5 viene como una sorpresa: «Por-que cada uno llevará su propia carga». ¿Cómo es que necesita-mos compartir las cargas los unos de los otros (versículo 2) y, no obstante, llevar nuestras propias cargas (versículo 5)? La res-puesta reside en el hecho de que estamos considerando dos pa-labras griegas diferentes. La carga (báros) del versículo 2 es aplastante, mientras que la carga (fórtion) del versículo 5 es co-mo la mochila soportable de un soldado individual, de la cual «cada uno obtiene sus propias provisiones». 8 De este modo, si estamos andando en el Espíritu, estaremos trabajando bonda-dosamente a fin de ayudar a otros cristianos a lo largo del sen-dero de la vida; pero cada uno continúa siendo responsable por vivir diariamente en el Espíritu en forma personal, en nuestro transitar cristiano. Nuestra carga ha de ser seguir la voluntad de Dios al caminar. Juan Calvino sin duda está en lo correcto cuando vincula a cada persona que lleva su propia carga con el Juicio Final de Dios, «en el que cada hombre por sí mismo y sin comparaciones rendirá cuenta de su vida». 9 Los versículos 7 y 8, que tratan de los resultados de sembrar para la carne o para el Espíritu, refuerzan esta conclusión.

VIVIR EL EVANGELIO ANTE EL JUICIO (GÁLATAS 6:6-10)


Los versículos 3 al 5 plantearon la idea del Juicio en térmi-nos de un autoexamen y de llevar la carga propia. Estos temas aparecen de nuevo en los versículos 7 y 8. «No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sem-brare, eso también segará», asevera Pablo en el versículo 7.
En realidad, el apóstol está haciendo un llamado para que los creyentes individuales en las iglesias de Galacia decidan si van a vivir según la carne o de acuerdo al Espíritu. No hay manera en que puedan vivir con alguna mezcla de ambas formas (ver Mateo 6:24). Es lo uno o lo otro.
Parte de su ruego es una advertencia basada en principios bien conocidos de la agricultura. Los granjeros saben que, si quieren una cosecha, deben sembrar semillas en sus campos. «Precisamente el mismo principio», escribe John Stott, «opera en la esfera moral y espiritual. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. No son los segadores quienes deciden cómo será la cosecha, sino los sembradores. Si un hombre es fiel y concienzudo en su siembra, puede esperar confiada-mente una buena cosecha. ¡Si siembra “cizaña”, como a veces decimos, entonces no debe esperar cosechar fresas o frutillas!» 10
La ley de la siembra y la cosecha está incorporada en la trama del mundo de Dios tanto en la esfera natural como en la espiritual. Y Pablo afirma, citando una advertencia prover-bial: «Dios no puede ser burlado». No podemos tratar a Dios con doblez, porque él conoce todos los pensamientos y las intenciones del corazón, así como sabe qué semilla sembró el sembrador.
En un nivel superficial, todos nosotros estamos de acuerdo en que no podemos engañar a un Dios que lo sabe todo. «Sin embargo», nota agudamente G. Walter Hansen, «hay una tendencia común de pensar que hay una excepción a este principio universal: “Aunque sea cierto para todos los demás, no es cierto para mí. No tendré que segar la cosecha de las semillas que yo siembro. Puedo sembrar las semillas que quiera, y todavía esperar una buena cosecha”. Esta línea co-mún de pensamiento solo demuestra las palabras del profeta Jeremías: “Engañoso es el corazón, y perverso” ([Jeremías] 17:9). Nuestra capacidad para el autoengaño es aterradora. Es sorprendente cuán ciegas pueden ser personas de otro modo brillantes, a su propia dirección espiritual en la vida. De he-cho, cuanto más brillantes son las personas, más hábiles son en diseñar racionalizaciones para engañarse y esconderse de Dios [...]. La advertencia de Pablo [“No os engañéis”] necesita ser escuchada, y escuchada a menudo, para advertirnos con-tra nuestros más brillantes autoengaños». 11
El apóstol ya ha mencionado dos veces el engaño en su carta a los Gálatas: «¿Quién os fascinó?», en Gálatas 3:1, y el engaño propio, en Gálatas 6:3. Y ¿con qué los creyentes gála-tas (y nosotros) estamos en peligro de ser engañados? Del contexto general del libro, los dos puntos medulares del en-gaño son la naturaleza de la verdadera religión y cómo nece-sitamos expresarla en nuestra vida diaria. En Gálatas 3 y 4, Pablo trató el primer aspecto de su engaño, y en Gálatas 5 y 6 se concentró en el segundo. Ha afirmado repetidamente que necesitan vivir en el Espíritu, en vez de vivir en la carne.
Ahora, en Calatas 6:7 y 8, Pablo amplía los motivos de la carne y del Espíritu en un escenario de juicio, afirmando que «el que siembra para su carne» cosechará corrupción, mien-tras que «el que siembra para el Espíritu, cosechará vida eter-na». No es exactamente claro qué quiso decir con «corrup-ción», pero parece seguro asumir que, por lo menos, parte de lo que pensaba sería lo opuesto a «vida eterna».
Pero, debemos preguntar, ¿qué es sembrar para su carne? En el contexto de Gálatas, en el sentido más general, involu-cra vivir una vida egoísta, centrada en sí misma; más especí-ficamente, incluye las obras de la carne enumeradas en Gála-tas 5:19 al 21. Y, aún más relevante al contexto de 6:8, habla de quienes se estaban devorando, provocando y envidiando unos a otros (Gálatas 5:15, 26), mientras se deslizaban aleján-dose del evangelio de gracia y fe de Pablo, hacia una solución legalista promovida por los judaizantes. La crisis estaba des-truyendo literalmente a la comunidad cristiana en Galacia. La defección de Pedro y de Bernabé (Gálatas 2:12, 13) solo ilustra la falta de armonía que resulta de las falsas enseñanzas.
Y ¿qué quiere decir Pablo con sembrar para el Espíritu? Obviamente, piensa en el vivir un estilo de vida centrado en Dios, expresado como «el fruto del Espíritu» (5:22, 23), que también llama andar en el Espíritu (versículo 25).
En los primeros cinco versículos de Gálatas 6, Pablo plan-tea varios ejemplos concretos de cómo los gálatas necesitaban andar en el Espíritu, o sembrar para el Espíritu. Sigue con más ejemplos específicos en los versículos 6 al 10, en el con-texto de una ilustración de juicio.
En el versículo 6, por ejemplo, plantea el problema del sos-tén del ministerio. El mismo hecho de que lo mencionara sugiere que había llegado a ser un problema en las congrega-ciones de Galacia. Dadas las divisiones en la iglesia, es fácil ver cómo pudo haberse desarrollado la situación. Por la alu-sión de Pablo al tema, podemos saber varias cosas acerca de la iglesia cristiana primitiva. Primera, que él defendía una enseñanza formal en doctrina y prácticas correctas, y que ta-les instructores eran activos en Galacia. Segunda, el versículo 6 implica que estos maestros eran de tiempo completo, o por lo menos dedicaban una buena porción de su tiempo a su vocación, porque el apóstol amonesta a que los miembros los sostengan. Pablo dijo casi lo mismo en 1 Corintios, donde es-cribió que «ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:14). Tercero, su conse-jo, en este contexto, sugiere que si la iglesia ha de estar unida y fuerte necesita «maestros capacitados (...) para dedicarse a una interpretación y una aplicación exactas de “la verdad del evangelio“».
12 Eso ha sido cierto a lo largo de la historia de la iglesia cristiana. Pero el diablo siempre está activo, para so-cavar la enseñanza saludable y para desalentar a los buenos maestros por falla de remuneración.
La admonición final en Gálatas 6:6 al 10 trata del hacer bien a otros en la comunidad, pero especialmente para con la familia de los creyentes (versículo 10). Sin embargo, se daba cuenta de que es fácil desalentarse en el bien hacer, especial-mente en una congregación dividida en que ninguno parece apreciar lo que se está contribuyendo. Tal era la situación en Galacia, donde aún Pablo mismo se había desanimado, te-miendo que hubiera trabajado en vano (Gálatas 4:11).
La única manera en que los creyentes gálatas podrían es-perar la salud espiritual, tanto colectiva como individualmen-te, era alejarse del espíritu divisor de los judaizantes, y adop-tar plenamente el fruto del Espíritu de Dios en su vida. Eso es igualmente cierto para nosotros, que vivimos dos mil años más tarde. La mayor necesidad de la iglesia es la de miem-bros que tomen plenamente conciencia de su parte humilde en el plan de salvación, y permitan que el Espíritu de Dios viva su amor, gozo y bondad en su vida. Solo cuando eso su-cede, la familia de Dios en la Tierra comenzará a parecerse a su familia en el cielo.


Referencias
1 Stott, The Message of Galatians, p. 155.
2 Kittel y Friedrich, Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1969), tomo 6, p. 170.
3 Bruce, The Epistle to the Galatians, p. 260.
4 Hansen, Galatians, p. 184.
5 Hans Dieter Betz, Galatians: A Commentary on Paul’s Letter to the Churches in Galatia, (Filadelfia, PA: Fortress, 1999), p. 298.
6 Lightfoot, The Epistle of St. Paul to the Galatians, p. 215.
7 Ver Knight, I Used to Be Perfect, pp. 25-39.
8 Lightfoot, Ibíd., p. 217.
9 Calvino, The Epistles of Paul the Apostle, p. 111.
10 Stott, Ibíd., p. 166.
11 Hansen, Ibíd., p. 194.
12 Ibíd., p. 193.