Notas EGW

Lección 12
Vivir por el Espíritu


Sábado 9 de septiembre

Andad en la luz. Andar en la luz significa ser decidido, pensar, ejercer fuerza de voluntad, en un ferviente intento de representar a Cristo en la dulzura de su carácter. Significa apartar toda lobreguez. No debéis descansar satisfechos diciendo solamente: “Soy un hijo de Dios”. ¿Estáis contemplando a Jesús, y al contemplarlo, os estáis transformando a su semejanza? Caminar en la luz significa avanzar en el desarrollo de los dones espirituales. Pablo declaró: “No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; pero... olvidando ciertamente lo que queda atrás”, al contemplar constantemente el Modelo, me extiendo “a lo que está adelante”. Caminar en la luz significa caminar “rectamente”, caminar “en la ley de Jehová”, caminar “por fe”, caminar “en el Espíritu”, caminar “en tu verdad”, caminar “en amor”, caminar “en novedad de vida”. Esto es perfeccionar “la santificación en temor de Dios” (Hijos e hijas de Dios, p. 202).
Con cuánto cuidado deberían los cristianos controlar sus hábitos con el fin de preservar todo el vigor de cada facultad para dedicarla al servicio de Cristo. Si hemos de alcanzar la santificación del alma, cuerpo y espíritu, debemos vivir en conformidad con la ley divina. El corazón no puede mantenerse consagrado a Dios mientras se complacen los apetitos y las pasiones en detrimento de la salud y la vida misma...

Andad en la luz. Andar en la luz significa ser decidido, pensar, ejercer fuerza de voluntad, en un ferviente intento de representar a Cristo en la dulzura de su carácter. Significa apartar toda lobreguez. No debéis descansar satisfechos diciendo solamente: “Soy un hijo de Dios”. ¿Estáis contemplando a Jesús, y al contemplarlo, os estáis transformando a su semejanza? Caminar en la luz significa avanzar en el desarrollo de los dones espirituales. Pablo declaró: “No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; pero... olvidando ciertamente lo que queda atrás”, al contemplar constantemente el Modelo, me extiendo “a lo que está adelante”. Caminar en la luz significa caminar “rectamente”, caminar “en la ley de Jehová”, caminar “por fe”, caminar “en el Espíritu”, caminar “en tu verdad”, caminar “en amor”, caminar “en novedad de vida”. Esto es perfeccionar “la santificación en temor de Dios” (Hijos e hijas de Dios, p. 202).
Con cuánto cuidado deberían los cristianos controlar sus hábitos con el fin de preservar todo el vigor de cada facultad para dedicarla al servicio de Cristo. Si hemos de alcanzar la santificación del alma, cuerpo y espíritu, debemos vivir en conformidad con la ley divina. El corazón no puede mantenerse consagrado a Dios mientras se complacen los apetitos y las pasiones en detrimento de la salud y la vida misma...


Domingo 10 de septiembre: Andar en el Espíritu

Pablo ruega a los efesios que conserven la unidad y el amor: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados; con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportando los unos a los otros en amor; solícitos a guardar la unidad del Espíritu; como sois también llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautis-mo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por todas las cosas, y en todos vosotros” (Efesios 4:1-6).
El apóstol exhortó a sus hermanos a manifestar en su vida el poder de la verdad que les había presentado. Con mansedumbre y bon-dad, tolerancia y amor, debían manifestar el carácter de Cristo y las bendiciones de su salvación. Hay un solo cuerpo, un Espíritu, un Señor, una fe. Como miembros del cuerpo de Cristo, todos los creyentes son animados por el mismo espíritu y la misma espe-ranza (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 239).
Los que son participantes de la humildad, la pureza y el amor de Cristo, se gozarán en Dios, y esparcirán luz y alegría a todo su alrede-dor. El pensamiento de que Cristo murió para conseguimos el don de la vida eterna, basta para poner de manifiesto en nuestro corazón la gratitud más sincera y ferviente, y obtener de nuestros labios la alabanza más entusiasta. Las promesas de Dios son ricas, plenas y gratui-tas. Cualquiera que, en la fortaleza de Cristo, cumpla con los requisitos, podrá reclamar estas promesas con toda su riqueza de bendición como propias. Y al recibir abundante provisión del almacén de Dios, podrá, en el viaje de la vida, “andar como es digno del Señor, agradándole en todo”, bendiciendo a sus semejantes y honrando a Dios con su ejemplo piadoso. Mientras nuestro Salvador previene a sus seguidores con la advertencia: “Sin mí nada podéis hacer”, ha unido a ella para nuestro estímulo la grata seguridad de que “el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”
(Hijos e hijas de Dios, p. 329).
La verdad de Dios, revelada en su Palabra, es un principio viviente y permanente. No debe ser considerada como una influencia entre muchas otras, sino que debe estar sobre todas las otras. Ejer-cerá poder en la vida y la conducta hasta que todo el ser sea asimi-lado a la imagen del Modelo perfecto, y el agente humano sea com-pleto en Cristo Jesús. “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él”, no en uno mismo, no en las ideas de los hombres, sino “en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias. Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo” (Colosenses 2:6-8) (Alza tus ojos, p. 25).


Lunes 11 de septiembre: El conflicto del cristiano
No basta comprender la amante bondad de Dios ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: “Consiento en que la ley es buena,” “la ley es santa, y el manda-miento, santo y justo y bueno;” mas, en la amargura de su alma ago-nizante y desesperada, añadió: “Soy camal, vendido bajo el poder del pecado” (Romanos 7:16, 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: “¡Oh hombre infeliz que soy! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones cargados. Para todos ellos hay una sola con-testación: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29) (El camino a Cristo, p. 19).
Es por la renovación del corazón como la gracia de Dios obra para transformar la vida. Ningún mero cambio externo es suficiente para ponemos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de re-formarse corrigiendo este mal hábito o aquel mal hábito y esperan hacerse cristianos en esa forma, pero están comenzando en el lugar equivocado. Nuestra primera obra es dentro del corazón...
La levadura de la verdad obra secreta, silenciosa, continuamente para transformar el alma. Las inclinaciones naturales son suavizadas y subyugadas. Son implantados nuevos pensamientos, nuevos sen-timientos, nuevos motivos. Se establece una nueva norma de carác-ter: la vida de Cristo. La mente se cambia; las facultades se despier-tan para actuar en nuevas líneas. El hombre no es dotado con nuevas facultades sino que las facultades son santificadas. La conciencia se despierta
(En los lugares celestiales, p. 23).
Las sublimes verdades de la Biblia son para nosotros individual-mente; para regir, guiar y controlar nuestra vida, porque ésta es la única manera mediante la cual Cristo puede ser representado ade-cuadamente ante el mundo; mediante la gracia y hermosura del ca-rácter de todos los que profesan ser sus discípulos. Nada menos que un servicio de corazón será aceptable para Dios. Él requiere la san-tificación del ser entero: cuerpo, alma y espíritu. El Espíritu Santo implanta una nueva criatura y modela el carácter humano mediante la gracia de Cristo, hasta que la imagen de Jesús es perfecta. Esto es verdadera santidad...
El espíritu que ustedes manifiestan, sus palabras e influencia, causan impresiones en las mentes de otros. Si la atmósfera que rodea el alma es mala, será como una malaria espiritual que envenenará a los que estén alrededor. Pero es beneficioso para el alma tener una atmósfera que sea para otros sabor de vida para vida. Cuando el ser está lleno de la verdad que obra por el amor y purifica el alma, lo impregna una atmósfera celestial (Alza tus ojos, p. 25).

Martes 12 de septiembre: Las obras de la carne

¿Qué significa sembrar para la carne? Es seguir los deseos e in-clinaciones del propio corazón natural. Cualquiera sea nuestra pro-fesión, si estamos sirviendo al yo en vez de servir a Dios, estamos sembrando para la carne. La vida cristiana es una vida de abnega-ción y de llevar la cruz... Nadie considera que la vida de un soldado sea una vida de complacencia propia y satisfacción egoísta. Hoy es-tamos en el campo de batalla y dos grandes fuerzas siempre están luchando por la supremacía...
¿Qué estáis sembrando en vuestra vida diaria? ¿Estáis sembrando para vuestra carne? ¿Pensáis tan solo en vuestros placeres y conve-niencias? ¿Sembráis para el orgullo, la vanidad y la ambición?... Os suplico que sembréis para el Espíritu. Cada tentación resistida os dará poder para sembrar para el Espíritu en otro tiempo de prueba...
El ser entero debe estar consagrado a Dios, porque nuestro pre-cioso Salvador nunca habita en un corazón dividido. Nuestras incli-naciones y nuestros deseos deben estar bajo el control del Espíritu de Dios, y entonces estaremos fortalecidos para pelear la buena ba-talla de la fe (That I May Know Him, p. 92; parcialmente en A fin de conocerle, p. 92).
Todo lo que mancha y contamina el alma debe desaparecer, debe ser limpiado del corazón. Debemos saber lo que significa participar de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por causa de la concupiscencia. ¿Están dispuestos a com-batir contra los deseos de la carne? ¿Están listos para luchar contra el enemigo de Dios y el hombre? Satanás está decidido a esclavizar toda alma de ser posible; porque está empeñado en un juego deses-perado para arrebatarle a Cristo y a la vida eterna las almas de los hombres. ¿Le permitirán que les arrebate las gracias del Espíritu de Dios para implantar en ustedes su propia naturaleza corrupta? ¿O aceptarán la gran provisión de la salvación, y por los méritos del infinito sacrificio hecho en favor de ustedes llegar a ser participantes de la naturaleza divina? Dios dio a su Hijo unigénito para que por medio de su vergüenza, sufrimiento y muerte, ustedes pudieran te-ner gloria, honor e inmortalidad (Cada día con Dios, p. 173).
Hay continuas batallas que pelear y no estamos a salvo ni un mo-mento a menos que nos coloquemos bajo el cuidado de Aquel que dio su propia vida preciosa para hacer posible que cada uno que crea en él como el Hijo de Dios... Es plenamente capaz, en respuesta a nuestra fe, de unir nuestra naturaleza humana con la suya divina. Al confiar en la naturaleza divina y al participar de ella y al fortalecer nuestros esfuerzos, estamos proclamando que la misión de Cristo sobre la tierra es paz en la tierra y buena voluntad para con los hom-bres. Debemos hablar de los peligros de la guerra contra enemigos invisibles y llevar puesta nuestra armadura, porque no estamos gue-rreando contra carne ni sangre, sino contra principados y potestades y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes... Por lo tanto, necesitamos mantenemos bajo la constante custodia de los santos ángeles (En los lugares celestiales, p. 119).

 


Miércoles 13 de septiembre: El fruto del Espíritu

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benig-nidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio... Y los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, avancemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos unos a otros, envidiándo-nos unos a otros” (Gálatas 5:22-26).
El enemigo procurará entremeterse aun en medio de vuestros ejercicios religiosos. Toda avenida necesita ser fielmente guardada para que el egoísmo y el orgullo no se entreveren en vuestra obra.

Si en verdad el yo ha sido crucificado, con sus afectos y concupis-cencias, el fruto aparecerá en la forma de buenas obras para la gloria de Dios. Os ruego, en el temor de Dios, que no permitáis que vues-tras obras se degeneren. Sed cristianos constantes y simétricos. Cuando los afectos del corazón han sido entregados a Cristo, las co-sas viejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas.
Nuestra religión debe ser inteligente. La sabiduría que viene de arriba debe fortalecemos, establecemos y afianzamos. Hemos de se-guir caminando hacia adelante y hacia arriba, de una luz a otra luz mayor, y Dios todavía nos revelará su gloria como jamás lo hace para el mundo (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 611).
Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos.
Todo cristiano tiene la oportunidad no solo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:12, V.M.). Si todos los que profesan el nombre de Cristo llevaran fruto para su gloria, cuán prontamente se sembraría en todo el mundo la semilla del evangelio. Rápidamente maduraría la gran cosecha final y Cristo vendría para recoger el precioso grano (Palabas de vida del gran Maestro, p. 47).
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13). En la vida de Cristo, este amor encontró expresión perfecta. Él nos amó en nuestro pecado y degradación... No hubo desaliento en su paciencia ni menoscabo en su celo. Las ondas de la misericordia, rechazadas por el orgullo, la impenitencia, los corazones desagradecidos, siem-pre retomaron en una poderosa corriente de amor.
El que está constreñido por el amor de Cristo avanza entre sus semejantes para ayudar a los desamparados y alentar a los abatidos, para señalar a los pecadores el ideal que Dios tiene para sus hijos y para dirigirlos hacia él (En los lugares celestiales p. 236).


 


Jueves 14 de septiembre: El camino a la victoria

Se nos ordena que crucifiquemos la carne, con los afectos y las concupiscencias. ¿Cómo lo haremos? ¿Infligiremos dolor al cuerpo? No, pero daremos muerte a la tentación a pecar. Debe expulsarse el pensamiento corrompido. Todo intento debe someterse al cautiverio de Jesucristo... El amor de Dios debe reinar supremo; Cristo debe ocupar un trono indiviso. Nuestros cuerpos deben ser considerados como su posesión adquirida. Los miembros del cuerpo han de llegar a ser los ins-trumentos de la justicia
(El hogar cristiano, p. 112).
El seguir a Cristo no significa estar libre de conflictos. No es un juego de niños. No es ociosidad espiritual. Todo el gozo del servicio de Cristo significa la sagrada obligación de enfrentar a menudo duros conflictos. Seguir a Cristo significa duras batallas, labor activa, guerra contra el mundo, la carne y el maligno. Las victorias ganadas por Cristo en guerra dura y cruenta serán nuestro gozo... Estamos alistados para luchar “no por la comida que perece, sino por la co-mida que a vida eterna permanece” (Juan 6:27)
Se requiere una vigilancia continua para ser fieles hasta la muer-te, para pelear la buena batalla de la fe hasta que termine la guerra y como vencedores recibamos la corona de la vida (En los lugares celestiales, p. 119).
La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu di-vino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obe-diencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas (El Deseado de todas las gentes, p. 159).
La Palabra de Dios —la verdad— es el medio por el cual Dios manifiesta su Espíritu y su poder. La obediencia a ella produce fruto de la calidad requerida; “amor no fingido de los hermanos” (V.M.). Este amor es de origen celestial y conduce a móviles elevados y ac-ciones abnegadas.
Cuando la verdad llega a ser un principio permanente en nuestra vida, el alma renace, “no de simiente corruptible, sino de incorrup-tible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre”. Este nuevo nacimiento es el resultado de haber recibido a Cristo como la Palabra de Dios. Cuando las verdades divinas son impresas sobre el corazón por el Espíritu Santo, se despiertan nuevos senti-mientos, y las energías hasta entonces latentes son despertadas para cooperar con Dios (Los hechos de los apóstoles, p. 414).