CAPÍTULO 12
DOS MANERAS DE VIVIR

«Digo pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que ro hagáis lo que quisiereis» (Gálatas 5:16, 17).

Pablo, en Calatas 5:13 al 15, enseñó que Dios llama a los cre-yentes a la libertad no para que ellos consientan su natura-leza pecaminosa, sino para que puedan, en amor, «servirse los unos a los otros». Pero ¿cómo?, necesitamos preguntamos, ¿es eso posible? Después de todo, era una tarea en la que los gálatas estaban fallando (versículo 15).

EL ROL ESENCIAL DEL ESPÍRITU SANTO (GÁLATAS 5:16-18)

La respuesta del apóstol a los Gálatas, y también a nosotros, es que solo el Espíritu Santo puede mantenernos libres. El Espí-ritu Santo viene al centro del escenario en los versículos 16 al 25, donde se lo menciona siete veces. Unirse con el Espíritu es el único .sendero para mantener la libertad cristiana. Sin la obra del Espíritu en nuestra vida, nuestra libertad se desvía hacia el legalismo o hacia la licencia. Pablo considera tanto el legalismo como la licencia como obras de la carne, aun cuando de algún modo son bastante diferentes. Después de todo, el legalismo es «religioso», mientras que la licencia es bastante «irreligiosa». Pero ambos son obras de la carne porque se orientan hacia adentro de nosotros mismos y nuestros logros, en vez de hacer-lo hacia Dios y lo que él hizo por nosotros.
Es de la máxima importancia percibir que no todo pecado es irreligioso. El pecado está muy feliz de vestirse con ropa religio-sa, así como con ropa secular. El problema central de los gálatas es su deseo de pecar religiosamente; de procurar hacer por sí mismos, por medio de la ley, lo que solo Dios pudo hacer por ellos en Cristo, en la Cruz. Dos mil años más tarde, la iglesia todavía está llena de aquellos que sufren de los pecados «reli-giosos» de la carne. Tales creyentes necesitan detenerse, y no correr delante del Espíritu, y permitirle que entre en su vida, de modo que puedan ser libres en Cristo.
Uno de los problemas centrales que los cristianos afrontan es que cada persona es un campo de batalla entre el Espíritu y la carne; que existe un gran conflicto entre el bien y el mal que ruge en su propio ser (versículo 17). Este es un problema serio. Significa que no estamos eternamente seguros cuando acepta-mos a Cristo y nos unimos a la iglesia. James Dunn sugiere que el creyente está «de los dos lados del conflicto». 1 Es decir, un creyente tiene el potencial de ir en ambas direcciones, en la lu-cha entre la carne y el Espíritu.
A algunos miembros de iglesia no les gusta esta enseñanza. Alegan que murieron al pecado cuando llegaron a ser cristia-nos, y han crucificado la carne de una vez por todas. Pero, seña-la Pablo aquí, eso no es así. Lucharemos contra las tentaciones de la carne por tanto tiempo como estemos sobre esta Tierra. Martín Lutero reconoció ese hecho, cuando escribió que los verdaderos santos de Dios no son «figuras o estatuas de modo que nunca nada los mueve, nunca sienten lujuria o deseos de la carne: pero, como dijo Pablo, su carne codicia contra el Espíritu, y por lo tanto tienen pecado y pueden pecar». 2
Los adversarios de Pablo sobre esta enseñanza clara, gene-ralmente, son mejores que otras clases, que a menudo tienen mucho que decir acerca de la observancia de la Ley y el perfec-cionismo sin pecado. Lo que ellos dejan de percibir es que no han eliminado la «carne»; que esta ha llegado a ser, sencilla mente, «carne religiosa».
Tales personas «buenas» a menudo critican a otros en la igle-sia que no viven a la altura de su norma «elevada». Así sucedía con quienes procuraban seguir a los judaizantes influenciados por los fariseos en Galacia. Ellos pudieron haber echado al diablo con todos sus pecados repugnantes, por así decirlo, de la puerta delantera de su vida, pero él entró inmediatamente por la puerta de atrás, disfrazado de cristiana piedad amante de la Ley.
Y ¿cuál es la solución para el dilema humano? Pablo es claro en este punto; la única manera de tratarlo es permitir que el Es-píritu Santo guíe nuestra vida. Ese es el significado de las pala-bras de Pablo al final del versículo 18: «No estáis bajo la ley». Comentando este pasaje, Ronald Fung escribe que «si los judai-zantes sostenían la Ley como la única salvaguardia contra llegar a ser esclavos de la carne, Pablo asevera como salvaguardia adecuada la conducción del Espíritu». 3 Él había dicho casi lo mismo en el versículo 16, cuando encargó a los cristianos: «An-dad en el Espíritu», que significa estar bajo su conducción mo-mento a momento.
Si Pablo es correcto en lo que escribe en los versículos 16 al 18, entonces nada puede ser más importante en la vida de un cristiano que actuar con el Espíritu Santo. Kenneth Wuest declara que «el Espíritu Santo fue dado» a los cristianos «como el Agen-te para contrarrestar la naturaleza mala», y lo hace cuando nos entregamos a él. «Debe haber una cooperación del santo con el Espíritu Santo en su obra de santificar la vida. El Espíritu Santo no es una máquina de movimiento perpetuo que opera automá-ticamente en la vida del creyente. Es una Persona divina que espera que dependa de él para su ministerio, y espera que el santo coopere con él en ello. De este modo, la elección reside en el creyente, acerca de si se cederá al Espíritu Santo u obedecerá la naturaleza mala». 4
Y, según Pablo, no hay ninguna elección más importante. Aceptar al Espíritu en nuestra vida es tan vital como recibir el sacrificio expiatorio de Cristo, que absorbió por nosotros en la Cruz la maldición de la Ley quebrantada (Gálatas 3:13).

LAS OBRAS DE LA CARNE (GÁLATAS 5:19-21)

Mientras Pablo se concentra, en los versículos 16 al 18, en la necesidad del Espíritu Santo para una vida cristiana victo-riosa, en los versículos 19 al 21 su énfasis se desplaza hacia las obras de la carne. Vimos, en el estudio de los versículos 13 al 15, que en el contexto de Gálatas debemos definir la carne como cualquier cosa contraria al amor. Es decir, como nota C. K. Barrett: «lo opuesto a la carne es el amor; y amar significa servirse los unos a los otros [Gálatas 5:13, 14]. [...] La carne, por lo tanto, definida por su opuesto, significa una existencia centrada en sí misma, una existencia egocéntrica, no específi-camente inclinada hacia los pecados carnales (como los lla-mamos), sino una preocupación concentrada en sí misma». 5
Esto es casi lo mismo que decir que el pecado es un amor pervertido y amante de sí mismo más que de Dios y de otras personas. 6 El impulso hacia la carne y el pecado es lo mismo. Cualquier cosa que nos hace centrados en nosotros mismos en vez de centrados en otros es una obra de la carne. Desde esa perspectiva, el pecado en la mente conduce a acciones pe-caminosas, y una concentración en la carne conduce a las obras de la carne. De este modo, si yo creo que soy la persona más importante en mi universo, puedo finalmente comenzar a deshonrar a Dios, a usar su cuerpo o a tomar sus cosas. Esas, por supuesto, son las obras de la carne más obvias. En un nivel menos visible de mi amor propio carnal, puede sen-cillamente llevarme a criticarte a ti, porque yo estoy más de-dicado a vivir todas las leyes de Dios que tú. El fruto de esa actitud «religiosa» es la disensión y las peleas en la iglesia; el problema mismo que los creyentes en Galacia, que enfatiza-ban la ley, estaban causando (ver los versículos 20, 15).
Barrett se refiere a este punto, cuando escribe que, «en cuanto a las obras de la carne (versículos 19 al 21) se refiere, la cosa que debemos notar es que no todas ellas las describi-ríamos como pecados carnales. Algunos son: fornicación, in-mundicia, lujuria, borrachera, parrandas. Y los pecados se-xuales se mencionan primero, porque son los más claros de todos los ejemplos de un hombre o una mujer arrogándose derechos que no posee, explotando para su propia compla-cencia no solo la propiedad del otro, sino también la persona del otro, y en el punto más sensible. Pero la idolatría, la he-chicería, las enemistades, las contiendas, los celos, los enojos, las facciones, las divisiones, el espíritu partidista, la envidia, estas también son obras de la carne; y la historia eclesiástica ha estado plagada con ellas. No todas son pecados carnales, pero todas son pecados centrados en la persona. Subrayan el hecho de que el pecado es egocentrismo; y la carne es la ten-dencia innata del hombre al egocentrismo». 7
La lista de Pablo de las obras de la carne se divide, apro-ximadamente, en cuatro categorías: 1) los pecados sexuales; 2) las desviaciones religiosas; 3) los desórdenes en las relacio-nes personales; y 4) los pecados de intemperancia. Sus pala-bras finales son que «los que practican tales cosas no hereda-rán el reino de Dios» (versículo 21).
Dios tendrá que excluirlos al menos por dos razones. La primera, sus obras dan evidencia de que no están en Cristo, y por ello no son la simiente de Abraham ni herederos según la promesa (Gálatas 3:29). Y segunda, no estarían felices en el Reino, porque están totalmente fuera de armonía con su prin-cipio básico de amor hacia otras personas. Como resultado, no solo se sentirán incómodos allí con sus principios carnales, sino además su presencia sería eternamente destructiva.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU (GÁLATAS 4:22-26)

Lina de las primeras cosas que debemos notar al comparar el fruto del Espíritu con las obras de la carne es que fruto es singular, mientras que obras es plural. Donald Guthrie escribe que «es significativo que Pablo usara el singular “fruto” en vez del plural, porque esta última palabra sugeriría una can-tidad de productos variados, mientras que su meta real es mostrar los diversos aspectos de la única cosecha. Ninguna de las cualidades que Pablo enumera puede ser aislada y tra-tada corno un fin en sí mismo». 8

Otra forma de decirlo es que los diversos aspectos del fruto se verán todos en la vida de cada verdadero creyente. No po-demos, por ejemplo, tener amor a Dios y a otras personas sin tener paz, gozo y bondad. Del mismo modo, no podemos te-ner paciencia sin dominio propio, mansedumbre, etc. Pero no se puede decir lo mismo de las obras de la carne; después de todo, una persona puede ser adúltera sin ser idólatra ni bo-rracha. De este modo, debemos pensar del fruto como un ra-cimo unificado, en vez de una serie de virtudes separadas.
Otra cosa que resalta como una de las diferencias entre las obras y el fruto es que este último representa un apartarse de las realizaciones humanas representadas por «obras». Como lo dice Fung, la expresión el fruto del Espíritu «asigna directa-mente el poder de fructificación no al creyente mismo, sino al Espíritu, y efectivamente sugiere que las cualidades enume-radas no son el resultado de agotadoras observancias de un código legal externo, sino el producto natural (“la cosecha”) de una vida controlada y guiada por el Espíritu». 9 Tal pers-pectiva era especialmente oportuna para esos gálatas que se encontraban tentados a seguir la actitud de «hagamos para Dios» de los judaizantes, y alejados de la orientación «deje-mos que Dios haga por nosotros» de Pablo.
Otra cosa que debemos notar acerca del fruto del Espíritu an-tes de seguir es que debemos distinguir el fruto de los dones del Espíritu. Pablo es bastante claro en otros lugares sobre que los dones como sanidad, profecía, etc., los reciben ciertas personas para el ministerio, y no todos los cristianos poseen todos los dones (1 Corintios 12:4-11). Es decir, nadie tiene todos los dones del Espíritu, pero cada uno tiene uno o más dones espirituales que podemos usar para ayudar a otros. Pero, en cuanto al fruto del Espíritu, como se observó antes, cada verdadero cristiano guiado por el Espíritu tiene cada aspecto de él. En resumen, G. G. Findlay sugiere que los versículos sobre el fruto «contienen el ideal del carácter provisto por el evangelio de Cristo». El fru-to descrito en Gálatas 5: 22 y 23 «es la religión de Jesús puesta en práctica». 10 Siendo esto así, es desafortunado que los legalistas de Galacia y los perfeccionistas de todas las edades tiendan a subrayar el aspecto externo y a menudo los negativos de la Ley, en vez de hacerlo sobre el fruto presentado por Pablo y por Jesús (ver, por ejemplo, Mateo 5:43-48).
Gálatas 5: 22 y 23 describe el fruto mismo. El primer aspecto mencionado es «amor». H. D. McDonald alega que «el término “amor”, que encabeza la lista del fruto del Espíritu, no debe ser considerado como uno del racimo; más bien, es el tronco sobre el cual afirma todo el resto. El amor está a la cabeza de la lista, pero es el corazón de todo». 11 El énfasis previo de Pablo sobre el amor, que afirma que es el flujo natural de la fe (ver-sículo 6) y la suma total del cumplimiento de la Ley (versículo 14), apoya la validez de tal perspectiva. Más allá de eso, es la necesidad de amor en su comunidad la que él está instando a que los cristianos gálatas apliquen (versículo 15). También apoyando la centralidad de la tesis del amor, está el contraste entre el egocentrismo de las obras de la carne frente a la total centralidad, en los demás, del amor que fluye.
El idioma griego tiene cuatro palabras para amor, pero la que usa Pablo en el versículo 22 es agápē. Esa es la palabra que usó Juan, cuando escribió que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Es la palabra que Pablo empleó cuando describió la mayor de todas las virtudes cristianas en 1 Corintios 13. Y es la palabra a la cual recurrió Jesús, cuando dijo que debemos amar a nues-tros enemigos y orar por los que nos persiguen (Mateo 5:44). Por sobre todo, es la característica que tenemos que tener si hemos de ser perfectos, o completos, como lo es nuestro Padre celestial (versículo 48).
Para Pablo, agápē es la parte esencial del fruto. Es el resu-men de la Ley (5:14; Romanos 13:8-10), y es la virtud que se encuentra en el centro mismo del vivir de la vida cristiana. Sin aquel, la profesión que hagan aun los cristianos más celo-sos es nada más que un ruido fuerte y sin significado (1 Co-rintios 13:1).
Pero, con agápē, las personas tienen paz con Dios y con los demás (el punto focal de las dos tablas de los Diez Manda-mientos; ver Mateo 22:37-40); gozo, porque nada que alguien les haga puede realmente ofenderlos; y paciencia, benigni-dad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (o dominio pro-pio). Todos, porque forman una parte intrínseca de la natura-leza de agápē.
«Contra tales cosas», escribe Pablo, «no hay ley» (Gálatas 5:23). «Esto», asevera León Morris, «es una declaración exa-geradamente moderada. Atrae nuestra atención al hecho de que la clase de conducta que Pablo ha bosquejado es la que los legisladores de todas partes quisieran que sucediera». 12 Pero, lo que los legisladores a lo largo de los siglos fracasaron en lograr, el Espíritu Santo puede realizar en aquellos que permiten que Dios cumpla su voluntad en la vida de ellos.
Sin embargo, para que eso ocurra, Pablo dice a los gálatas que las personas tienen que hacer dos cosas: primera, deben crucificar «la carne con sus pasiones y deseos» (versículo 24). Por favor, note que el verbo «crucificar» está en la voz activa. En este contexto, no es algo que se hace a las personas, sino más bien algo que ellos hacen. Pablo toma prestada la imagen de la crucifixión de Jesús, quien dijo a sus discípulos que si alguno quiere seguirlo, «niéguese a sí mismo, y tome su cruz» (Mateo 16:24). Bajo la conducción y el empoderamiento del Espíritu, tenemos que aceptar la crucifixión de nuestra orien-tación egoísta (carnal) hacia la vida. En Gálatas 5:24, esa cru-cifixión está expresada en griego en el tiempo aoristo, lo que quiere decir que es una acción particular en un momento par-ticular, señalando al tiempo de la conversión. De hecho, eso es lo que conversión significa: la muerte a un conjunto de principios (las obras de la carne) y el nacimiento a otro (el fruto del Espíritu). Lamentablemente, la crucifixión era histó-ricamente un proceso lento. Como se notó en el estudio arri-ba, sobre Gálatas 5:17, los antiguos principios de vida pudie-ron haber sido crucificados, pero lucharán por mantener la supremacía en nuestra vida diaria. Esa es una de las razones
por las que Jesús dijo que cada cristiano «tome su cruz cada día» (Lucas 9:2.3).
Pero la crucifixión de la carne es solo el primer paso de lo que cada cristiano necesita hacer. Después de todo, ¿qué po-dría ser peor o más desalentador que un converso muerto? El segundo paso es una necesidad para los que desean el fruto del Espíritu. Es decir, necesitan no solo crucificar (Gálatas 5:24), sino también «andar en el Espíritu» (versículo 25). La palabra griega usada aquí para «andar» tiene una significa-ción especial. No es la misma que aparece en el versículo 16, que es la palabra común para «caminar», sino que es stoijéó, que significa «ponerse en línea con» o, por extensión, «cami-naren una línea recta». 13 Un cristiano que tiene una relación de fe con Dios por medio de Jesús caminará en línea con su voluntad. En tal persona, el Espíritu puede producir el fruto descrito en los versículos 22 y 23.
Pero, para que ese fruto sea el verdadero fruto del Espíritu, el cristiano tiene que vivirlo, en vez de meramente hablar acerca de él. Aquí es donde cabe la apelación de Pablo a los gálatas (y a nosotros) en el versículo 26, en la que dice: «No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envi-diándonos unos a otros». Ben Witherington señala que «el versículo 26 es el espejo opuesto al [versículo] 25. Habiéndo-les dicho lo que debían hacer, Pablo ahora concluye su argu-mento diciéndoles lo que no deben hacer». 14 Aunque hablaba directamente sobre los problemas de los creyentes gálatas, es igualmente significativo para nosotros que vivimos en el si-glo XXI.


Referencias
1 Dunn, The Epistle to the Galatians, p. 299.
2 Lutero, Commentary on Galatians, p. 508.
3 Fung, The Epistle to the Galatians, p. 252.
4 Kenneth S. Wuest, Wuest’s Word Studies from the Greek New Testa-ment (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1998), tomo 1, p. 154.
5 Barrett, Freedom and Obligation, pp. 72, 73.
6 Knight, I Used To Be Perfect, pp. 13-24.
7 Barret, Freedom and Obligation, pp. 76, 77.
8 Donald Guthrie, Galatians (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1974), p. 139.
9 Fung, Ibíd., p. 262.
10 Findlay, The Epistle to the Galatians, p. 375.
11 McDonald, Freedom in Faith, p. 137.
12 Morris, Galatians, p. 175.
13 Rogers, The New Linguistic and Exegetical Key to the Greek New Tes-tament, p. 432.
14 Ben Witherington III, Grace in Galatians: A Commentary on St. Paul’s Letter to the Galatians (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1998), p. 413.